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domingo, 15 de julio de 2007

El volcán se vuelve espectáculo

Juan Carlos Díaz Lorenzo
Las Manchas


El 10 de julio de 1949, dos días después del comienzo de la salida de la lava del volcán de San Juan desde la fractura situada en Llano del Banco, el primer brazo ardiente alcanzó la orilla del mar. La corriente que se había adelantado por Las Hoyas hizo que desapareciera la amenaza que se cernía sobre el barrio de Todoque y, después de sepultar un empaquetado de plátanos, a las siete y media de la tarde se produjo el esperado encuentro, bajo la atenta mirada de miles de personas.

Con un frente de unos 500 metros y mientras caía por el acantilado en forma de cascada, dio origen, en la prosa del profesor palmero Manuel Martel San Gil, "a un violento y sorprendente choque, francamente indescriptible, entre el elemento ígneo y la masa líquida que como gigantescos titanes luchan por imponer su dominio, y al fin, mientras una yace petrificada atestiguando la lucha consumada, el otro se levanta en forma de densas columnas blancas, pregonando cómo entre el hervir de las aguas del mar y la consolidación de un fluido magma, se acrecienta la superficie de una de las islas, a cuya acción deben su existencia".

En la tarde del 11 de julio y en el Teatro Circo de Marte, en Santa Cruz de La Palma, el geólogo Simón Benítez Padilla pronunció una conferencia titulada El volcán de las Manchas y otros de La Palma. La presentación estuvo a cargo del abogado y consejero del Cabildo Insular, Acenk Galván González, quien destacó la personalidad científica del autor y agradeció en nombre de La Palma los constantes desvelos por tranquilizar a la población insular sobre la naturaleza del volcán.

Benítez Padilla hizo una interesante aportación de observaciones personales y datos sobre la erupción, relacionándolos con otros volcanes históricos. El público llenó por completo el aforo del teatro y aplaudió con entusiasmo la intervención del conferenciante, que envió un claro mensaje de tranquilidad al pueblo de La Palma.

Durante la madrugada y en la mañana del 12 de julio se percibieron en El Paso y Los Llanos una serie de fuertes ruidos subterráneos. Poco después de las 16 horas apareció un nuevo cráter con tres bocas en el sitio llamado Hoyo Negro, próximo a El Duraznero, del que dista unos 300 metros y que expulsa una gran cantidad de gases, piedras incandescentes y partículas sólidas hasta una altura de unos 700 metros, lo que ha originado nuevos incendios en el pinar.

Los técnicos estiman que, en el caso de que el volcán arroje lava por este cráter, se prevé que pueda correr próxima a la que vierte la fisura de Llano del Banco, pasando por la finca de San Nicolás y desemboque en el mar por Puerto Naos. Sobre Los Llanos de Aridane cayó una lluvia de cenizas y en el ambiente se percibía un fuerte olor a azufre.

Uno de los brazos de lava mantenía su amenaza sobre el caserío de Cuatro Caminos, mientras en el de Puerto de Naos parece que se detuvo, aunque los ramales aumentaron su anchura y continuó la caída al mar después de atravesar Las Hoyas, en el que se adentró en grandes cantidades, con lo que ensanchó su frente de avance en una longitud considerable.

Hasta el momento, según el recuento oficial, la lava había arrasado unas 70 casas en los barrios de Las Manchas y Jedey, y otras 50 casas se habían caído o sufrido daños de importancia a consecuencia de los temblores de tierra.

Pese a la aparición del nuevo cráter de Hoyo Negro, la ausencia de movimientos sísmicos durante la jornada ha conferido una mayor tranquilidad al desarrollo de la erupción, aunque el personal de Montes informó que en la Caldera de Taburiente se produjeron algunos derrumbes.

El 13 de julio llegó a la capital insular el capitán de fragata Manuel Montojo Fernández, segundo comandante de Marina de la provincia tinerfeña, acompañado del segundo-jefe del Tercio de la Guardia Civil, Carlos Simarro, trasladándose a continuación a la zona del volcán.

A bordo de la falúa Quisisana llegaron a Tazacorte el subjefe provincial del Movimiento, Ricardo Hogdson Lecuona; el jefe insular del Frente de Juventudes, Andrés de las Casas; el secretario particular del gobernador civil, José Duque Alonso y el periodista tinerfeño Luis Álvarez Cruz. Esa noche, y después de permanecer varios días en la Isla estudiando el fenómeno volcánico, regresó a Las Palmas el geólogo Simón Benítez Padilla.

Al día siguiente se recibió un nuevo donativo de 100.000 pesetas del ministro de la Gobernación para atender a los evacuados y se informó que había solicitado del Ministerio de Marina el envío inmediato de varios buques rápidos para mantener el servicio de transporte marítimo entre Tazacorte y Santa Cruz de La Palma.

A instancias del ministro, una comisión de técnicos del Instituto Nacional de Colonización emprendió viaje a La Palma, con la finalidad de ver la posibilidad de adquirir una o dos fincas de grandes dimensiones que podían ser parceladas y donadas a los agricultores que habían perdido sus propiedades al quedar sepultadas por la lava.

Otra comisión de la Dirección General de Regiones Devastadas vino con la misión de atender la reconstrucción de todas las viviendas que habían resultado destruidas o con graves daños por la lava o los temblores de tierra.

Ese mismo día llegó a La Palma el ingeniero-jefe provincial de Obras Públicas, Manuel Belda Soriano, para inspeccionar las carreteras que habían resultado interceptadas por los brazos de lava, así como los daños causados en su recorrido por los movimientos sísmicos y el derribo de paredes. El ingeniero-jefe manifestó que tenía todo dispuesto para que, desde el momento en que dejara de correr la lava, comenzaron los trabajos para restablecer la circulación en la carretera general del Sur.

En el mismo barco llegó el presidente del Cabildo Insular de Tenerife y de la Mancomunidad Provincial Interinsular, Antonio Lecuona Hardisson, que ofreció a las autoridades la ayuda económica o de cualquier otro tipo que pudieran prestar las corporaciones que presidía y entregó un donativo de 25.000 pesetas en nombre de la primera y otro de 10.000 pesetas, de la segunda, así como un donativo personal para atender a los evacuados.

Antonio Lecuona destacó el interés con el que las autoridades nacionales seguían el desarrollo del volcán y, en especial, el ministro Blas Pérez González, de quien dijo que su despacho en el Ministerio de la Gobernación se había convertido casi en un centro de estudios volcanológicos, siguiendo las incidencias diarias sobre un gran mapa de la Isla.

Ese mismo día llegó a La Palma el inspector provincial de Sanidad, Ángel Vinuesa, para inspeccionar el funcionamiento de los servicios sanitarios insulares. En Los Llanos se utilizaron todas las habitaciones libres en el nuevo hospital, para atender a los evacuados que necesitaban cuidados especiales, así como el edificio construido para posibles afectados de epidemias graves. Las dependencias se habilitaron con camas y ropas del Hospital de Dolores de Santa Cruz de La Palma, que fueron trasladadas por vía marítima en cumplimiento de lo dispuesto por el Gobierno Civil.

De las personas evacuadas, niños, adolescentes y muchos adultos, una parte fueron a Santa Cruz de La Palma y se alojaron en casas particulares ofrecidas por sus habitantes. Los que necesitaron cuidados médicos fueron ingresados en el Hospital de Dolores, donde recibieron las atenciones que requerían. El médico cirujano Amílcar Morera Bravo, jefe del citado servicio, realizó más de cuarenta intervenciones.

Los médicos de la isla, tanto de medicina general como especialistas, en servicios oficiales o consultas privadas, atendieron cuantas solicitudes les fueron formuladas para atender a los evacuados. El inspector provincial de Sanidad expresó su satisfacción por el funcionamiento de todos los servicios sanitarios, así como la ausencia de elementos que pudieran provocar alguna epidemia.

Asimismo llegó a la Isla el secretario técnico de la Delegación Provincial de Abastecimientos y Transportes, Ricardo Armas Baker, quien inspeccionó los servicios de las dos zonas de la Isla y proponer a la Comisaría General de Abastecimientos las soluciones que creyera oportunas para el avituallamiento urgente de las familias damnificadas.

El 15 de julio, el Consejo de Ministros, reunido en el Palacio de El Pardo bajo la presidencia del Jefe del Estado, general Franco, escuchó los informes del ministro de la Gobernación referidos a la erupción del volcán de La Palma y acordó prestar la máxima ayuda al pueblo palmero y delegó en el ministro Blas Pérez González para que dispusiera lo necesario para hacer llegar a los damnificados, lo antes posible, los medios que permitieran resolver la situación creada por la erupción volcánica.

En la conferencia que el ministro sostuvo con el delegado del Gobierno, éste le informó que había dispuesto que el buque-escuela Galatea, que se encontraba en alta mar, se dirigiera a Santa Cruz de La Palma, así como el minador Marte, que estaba de apostadero en Las Palmas, para que sus dotaciones colaboraran en lo que fuera necesario.

En este día se informó que el Cabildo Insular, que también presidía Fernando del Castillo-Olivares y Van de Walle, había concedido un primer donativo de 50.000 pesetas para atender las necesidades de los damnificados y adoptó el acuerdo de conceder otras ayudas.

El 18 de julio, el Ayuntamiento de El Paso celebró un pleno extraordinario en el que acordó por unanimidad conceder un voto de gracia a los alcaldes de Tazacorte, Pedro Gómez Acosta y de Fuencaliente, Emilio Quintana Sánchez, por sus personales y valiosas intervenciones en las evacuaciones y las atenciones prestadas a los vecinos afectados.

Acordó, asimismo, expresar el reconocimiento del municipio a Victoriano Sánchez Acosta, quien, el 24 de junio, día en que comenzó la erupción, se ofreció voluntariamente para localizar el lugar donde se abrió el primer cráter; así como un premio en metálico al guarda-jurado de la Asociación de Cazadores, Antonio González Rodríguez, por los servicios prestados, al visitar dos veces cada día la zona de los cráteres, con el fin de seguir en lo posible su evolución.

Por los micrófonos de Radio Club Tenerife, entonces la emisora más importante de Canarias, pasaron durante los días de la erupción del volcán las principales autoridades provinciales e insulares, así como algunas destacadas figuras de las ciencias y las letras, con la finalidad de informar a la audiencia de los acontecimientos del volcán. En la noche del 18 de julio, el abogado palmero Luis Cobiella Zaera, pronunció un discurso titulado "La llamada de La Palma", que fue reproducido en la prensa local.

La noticia del volcán atraía todos los días la presencia de muchos visitantes. "Lo que sí ha ido en aumento -dice la crónica de DIARIO DE AVISOS- es la curiosidad del archipiélago, pues en los últimos correos son muchas las familias que se han desplazado a esta isla con objeto de observar el discurrir de la lava, poniendo una nota de turismo en esta Ciudad y a lo largo de la carretera del Sur".

El periódico tinerfeño La Tarde se hizo eco de la desaparición de un vecino de Breña Alta que "fue a ver el volcán y no ha vuelto".

"El día 11 del corriente salió de su domicilio con dirección al monte, el vecino Ismael Pérez Bravo, sin que hasta la fecha se haya vuelto a saber de él. Grupos de vecinos han recorrido los sitios por donde fue visto por última vez el mismo día, a las 12,30 de la tarde, resultando infructuosas las pesquisas realizadas para encontrarlo. Era un sujeto extravagante y sencillo, muy popular en este pueblo, pues estaba constantemente cantando y riéndose.

Todos los vecinos lo apreciaban. Salió con intenciones de traer leña, pero por el camino dijo a alguien que pensaba ir a ver el volcán, a partir de cuyo instante, como se ha dicho, no se ha vuelto a tener noticias suyas".

domingo, 1 de julio de 2007

De excursión para ver el volcán

JUAN CARLOS DíAZ LORENZO
LAS MANCHAS



A doña Araceli Guimerá de Lugo, una de las excursionistas del volcán



esde el comienzo de la erupción del volcán de San Juan, numerosos grupos de vecinos de El Paso, Los Llanos de Aridane, Mazo y otros pueblos de la Isla fueron de excursión a la Cumbre Vieja, para tratar de ver lo más cerca posible la actividad eruptiva, desafiando, en algunos casos, el límite de lo razonable y haciendo caso omiso a las severas advertencias de las autoridades.

"Estas jiras -dice la crónica del periódico tinerfeño La Tarde- tienen por objeto presenciar de cerca este fenómeno geológico, y son prueba de la tranquilidad que reina en la Isla, ya que en algunas de ellas toman parte incluso animadas parrandas. Por la noche puede apreciarse desde gran distancia el resplandor de las explosiones, lo que constituye un extraño y atrayente espectáculo, siendo perfectamente visible anoche desde la parte alta de El Paso, adonde acudieron numerosos vecinos".

En El Paso, las fiestas del Sagrado Corazón y en Los Llanos, las de Nuestra Señora de los Remedios, Patrona del valle de Aridane, se vieron adornadas por la luminaria pirotecnia del volcán y el suceso acaparó la máxima atención del pueblo palmero. Unos, en vehículos particulares y la mayoría en camiones, se desplazaron hasta Las Manchas y El Time para presenciar un espectáculo tan singular como inolvidable.

El Paso, decía DIARIO DE AVISOS, "encendió durante todo el día las fumarolas de su devoción en honor y amor del Sagrado Corazón de Jesús, su Patrono, llenando las calles de bellísimas alfombras florales, cánticos y versos, músicas y luces como si quisiera demostrar rotundamente que los fuegos de la tierra no pueden jamás con la llamarada de la fe, que llega al Cielo".

Los jóvenes y veteranos artistas de las tradicionales alfombras de El Paso se aprestaron a toda una noche de trabajo en las calles de su ciudad natal para la confección de los motivos alegóricos, en un recorrido de unos tres kilómetros, sobre los que luego pasaría la procesión.

En la ciudad de Los Llanos de Aridane comenzaron las fiestas con un amplio programa de actos populares y religiosos, sin que la erupción del volcán provocara alteraciones en el desarrollo del programa, que era, como es lógico, tema obligado de observación y conversación.

En la tarde del 27 de junio de 1949, el delegado del Gobierno volvió de nuevo a El Paso y, acompañado por el alcalde de la ciudad, se trasladó a la zona afectada por el volcán, recorriéndola con detenimiento y atravesando lugares cuarteados por los movimientos sísmicos que desprendían emanaciones gaseosas y se acercaron lo más que pudieron hasta el cráter de El Duraznero, en una actuación francamente temeraria.

A su regreso se adoptaron varios acuerdos para que, en caso necesario, fuera prestada toda la ayuda necesaria a los vecinos de Jedey y Las Manchas, poblaciones sobre las que se presumía se produciría el vertido de lava, por lo que se ordenó a la Guardia Civil que redoblara sus esfuerzos de vigilancia ante lo que parecía un hecho inminente.

Al pasar por Jedey se detuvo para saludar a los vecinos afectados y, entre ellos, al propietario de un pajero al que un temblor de tierra había derribado una pared. El vecino, Hermógenes Armas Pérez, a pesar de su problema, invitó a un vaso de vino al delegado del Gobierno, al alcalde de El Paso y a otras personas que le acompañaban. Esa noche, Fernando del Castillo habló por teléfono con el ministro Pérez González, transmitiéndole sus apreciaciones acerca de los acontecimientos que se producían en la Isla.

El trabajo del delegado y el subdelegado del Gobierno, así como de los alcaldes de El Paso, Los Llanos de Aridane, Tazacorte, Fuencaliente y Villa de Mazo y de sus respectivos grupos de colaboradores, fue de una especial importancia, lo que se traducía en una relativa tranquilidad para los vecinos, que estaban ansiosos y temerosos al mismo tiempo de que se produjera la salida de la lava, para así conocer qué sería de sus casas y propiedades.

El interés del ministro de la Gobernación, cuyas manifestaciones de protección y ayuda divulgaban insistentemente las autoridades y las emisoras de radio, fueron recogidas con verdadero agrado por los habitantes de La Palma.

Ese mismo día se corrió la noticia, recogida en la prensa, de que la erupción del volcán de San Juan era de tipo peleano, al conocerse el taponamiento del cráter de la base de la montaña de El Duraznero. Al parecer, aficionados a la vulcanología o personas de poco conocimiento se atrevieron a divulgar dicho comentario.

Los técnicos se aprestaron rápidamente a desmentir la noticia y el delegado del Gobierno publicó una nota en la que anunciaba reprimir con las sanciones correspondientes a aquellas personas que contribuyeran a aumentar sin fundamento la intranquilidad y el nerviosismo de los vecinos.

La nota de la Delegación del Gobierno decía lo siguiente:

"La insensatez derrotista en los comentarios acerca del natural como reciente fenómeno volcánico, deformando el hecho y desorbitando sus verdaderas consecuencias en la sugestión colectiva, han obligado a este Organismo, inquebrantable en su decisión de evitar alteraciones en el orden y tranquilidad públicos, a imponer sanciones a determinados individuos especuladores del ridículo fantasma del miedo, en la conciencia de gentes sencillas.

Obvio es repetir, que por mi Autoridad, en nexo íntimo con las de otro orden de la isla y capital de la provincia, se han tomado, sin incurrir en exageraciones perniciosas, las medidas preventivas que la naturaleza del fenómeno reclama; y se está en constante alerta para dictar sobre la marcha del acontecimiento aquellas otras que necesario fueren.

Afortunadamente, el agente geológico interno se desarrolla en sus distintas fases con perfecta normalidad.

No existe, por consiguiente, motivo próximo de inquietud y esta Delegación del Gobierno espera de la serena reflexión de los palmeros que destierren de sus conversaciones conjeturas sin fundamento, que manejadas tendenciosamente por un reducido sector de escándalo, explota su sensacionalismo en falsas alarmas, contra el que actuaré con el máximo rigor, habiendo cursado en tal sentido órdenes a los agentes de mi Autoridad".

Al respecto, DIARIO DE AVISOS comenta lo siguiente:

"También el vecindario sigue en su puesto de virilidad. Esta es la palabra -virilidad-, pues ante las elucubraciones de los derrotistas en su afán de exteriorización científica, cuando no las de otros menos avisados o peor intencionados, les vuelven la espalda con un gesto magnífico de serenidad y civismo, que parece ser la característica de todos los vecinos de los pueblos inmediatos al volcán, siguiendo con ello no sólo las orientaciones de las autoridades, que para un caso de urgencia lo tienen todo previsto y dispuesto, sino respondiendo también a la propia personalidad, que es todo nobleza y comprensión. Lo demás, escoria, que diría Esquinazo".

El 28 de junio, a primera hora, el delegado del Gobierno recorrió de nuevo la zona de la Cumbre Vieja, hasta llegar a las inmediaciones del cráter de El Duraznero. El regreso se hizo especialmente dificultoso por las grietas del terreno y los gases que se desprendían por estas fisuras de grandes dimensiones, complicado, además, por los hundimientos y el espeso manto de cenizas que cubría el suelo. Poco después de mediodía pudo llegar a El Paso y partió hacia la capital insular para ultimar los detalles de la visita de las autoridades provinciales prevista para el día siguiente.

El 29 de junio, al amanecer, atracó en el puerto de Santa Cruz de La Palma el cañonero de la Marina de Guerra Martín Alonso Pinzón, en el que enarbolaba su insignia el capitán general de Canarias, Francisco García Escámez, acompañado del general Vicat, jefe del Arma de Artillería; coronel Luciano García Machiñena, jefe del Estado Mayor de Capitanía General; comandante Rojí, ayudante del capitán general, teniente coronel Pallero y otros jefes y oficiales.

Poco después atracó el vapor Ciudad de Alcira, en el que viajaba el gobernador civil de la provincia, Emilio de Aspe Vaamonde, acompañado de su secretario particular, José Duque Alonso; Isidoro Luz Cárpenter, vicepresidente del Cabildo Insular de Tenerife; Leoncio Oramas y Díaz-Llanos, ingeniero-jefe de los Servicios Forestales; señor Font, jefe de los Servicios Meteorológicos y el periodista Luis Álvarez Cruz, enviado especial de los periódicos El Día y La Tarde.

A pie de muelle fueron recibidos por el delegado del Gobierno, las primeras autoridades insulares y varias representaciones locales. Los recién llegados manifestaron que desde la cubierta del barco se divisaba durante la noche el resplandor del incendio del bosque y las luminarias del volcán. Todos ellos, así como el comandante del cañonero y varios de sus oficiales, a los que también se unió Félix Poggio Lorenzo, director de DIARIO DE AVISOS, emprendieron viaje por la carretera general del Sur hacia el refugio forestal de El Paso, continuando unos a pie y las autoridades a lomo de caballería, por los senderos del pinar hasta alcanzar, después de un largo recorrido, el borde del cráter de El Duraznero, donde pudieron apreciar un panorama realmente impresionante.

De vuelta a El Paso se celebró una reunión en presencia del capitán general y el gobernador civil, en la que se estudiaron las medidas necesarias para prever cualquier contingencia y acudir de inmediato en auxilio de las poblaciones afectadas.

El gobernador civil, en el largo recorrido que hizo durante el día, habló con los habitantes de Las Manchas y Jedey prometiéndoles, en nombre del ministro de la Gobernación y del propio gobierno de Franco, los medios necesarios para reparar las destrucciones ocasionadas por la erupción.

Dos observadores ocasionales, el periodista Juan del Río Ayala, enviado especial del periódico Falange de Las Palmas y el delegado insular de la Falange Juvenil, Andrés de las Casas Herrera, hicieron una arriesgada incursión y llegaron hasta el mismo borde del volcán, utilizando gruesas sogas y medios auxiliares de respiración, para resguardarse del fuerte olor sulfuroso existente en la zona. Sus informaciones sirvieron a los técnicos para comprobar la veracidad de las observaciones hechas con anterioridad y a una distancia más próxima.

Por la noche, y a bordo del Ciudad de Alcira, el gobernador civil y sus acompañantes emprendieron el viaje de regreso a Santa Cruz de Tenerife, mientras el capitán general embarcó en el cañonero Martín Alonso Pinzón y zarpó de madrugada hacia las islas de La Gomera y El Hierro, con la finalidad de visitar las guarniciones de ambas islas y después regresó a la capital tinerfeña.

Ese mismo día, un avión militar Junkers 52 (T2-80), pilotado por el teniente coronel Serrano, despegó desde el aeropuerto de Gando y realizó un vuelo sobre la zona del volcán. Al día siguiente, el mismo aparato, esta vez pilotado por el comandante Suárez Ochoa, realizó un vuelo de algo más de tres horas de duración con técnicos del servicio fotográfico militar.

El 1 de julio, el delegado del Gobierno ordenó la instalación de varias tiendas de campaña facilitadas por el Frente de Juventudes para aliviar en lo posible las enormes molestias que sufrían los vecinos de Las Manchas y Jedey, que vivían desde hacía días al aire libre al no querer abandonar sus casas, resquebrajadas por los movimientos sísmicos.

A mediodía llegó a El Paso el rector de la Universidad de La Laguna, José Ignacio Alcorta Echevarría; el comandante militar de la Isla, Carmelo Llarena y Bravo de Laguna y el teniente coronel de la Guardia Civil, Carlos Simarro. Acompañados por las autoridades locales y el guarda-jurado de la Asociación de Cazadores, marcharon a la zona del volcán, donde observaron las fuertes detonaciones y los daños originados en el pinar colindante. Antes de su regreso a la capital insular visitaron a los vecinos de Jedey y Los Charcos, comprobando su preocupación y el cansancio de los varios días que llevaban a la intemperie.

Esa noche, del delegado del Gobierno embarcó hacia la capital tinerfeña a bordo del correillo. Al día siguiente amaneció en Santa Cruz, con la finalidad de resolver cuestiones urgentes relacionadas con la erupción. Desde los micrófonos de Radio Club Tenerife pronunció una conferencia, que fue también emitida por onda corta para la audiencia hispana de América, en la que explicó el fenómeno geológico desde sus comienzos y la situación en que se encontraba, con la finalidad de aclarar todas las dudas existentes ante las noticias exageradas difundidas por algunos medios, sobre todo en Venezuela, y las emisoras de radio de diferentes países.

En este día, el general Manzaneque, jefe de la Zona Aérea de Canarias y África Occidental Española, al mando de un avión Junkers Ju-52, despegó del aeropuerto de Los Rodeos y sobrevoló la zona del volcán de San Juan, regresando después de dos horas de vuelo.

domingo, 25 de marzo de 2007

Olvia Stone, en el Llano de Argual

Juan Carlos Díaz Lorenzo
Los Llanos de Aridane


Entre los viajeros ingleses que visitaron la isla de La Palma en la segunda mitad del siglo XIX destaca Olivia Stone, autora de un extenso libro de viajes titulado "Tenerife y sus seis satélites", publicado por primera vez en Londres, en 1887 y traducido al español por Juan S. Amador Bedford y publicado en 1995, en los tiempos en que Jesús Bombín Quintana era responsable de publicaciones del Cabildo Insular de Gran Canaria.

La escritora inglesa visitó las Islas Canarias entre septiembre de 1883 y febrero de 1884. El 5 de septiembre del citado año arribó al puerto de Santa Cruz de Tenerife, a bordo del vapor Paraná, y el viaje de vuelta comenzó el 15 de febrero del año siguiente, en el puerto de La Luz, esta vez a bordo del vapor Trojan. Las crónicas de los viajeros y científicos constituyen una interesante fuente documental para conocer la imagen y la situación del archipiélago en la época a que se refiere. El estudio de estas publicaciones resulta atractivo, entre otras razones porque permite apreciar la visión que tenían los visitantes, en su mayoría ingleses, alemanes y franceses -caso de Elizabeth Murray, René Verneau, Sabino Berthelot, Karl von Fritsch, Piazzi Smyth y Adolphe Coquet, entre otros-, personas de una buena posición económica para permitirse un viaje de esta naturaleza, además de cultos, pues la mayoría de ellos se habían documentado previamente con textos referidos a la historia y la naturaleza de las islas. En el caso de Olivia Stone, por ejemplo, se aprecian las referencias que hace a la obra de Viera y Clavijo y también a su antecesor George Glas.

Olivia Stone relata su llegada a la villa de Los Llanos de Aridane, el 12 de octubre de 1883, el mismo día de su llegada a La Palma después de casi cinco días de viaje a bordo del velero Matanzas por falta de viento, diciendo que este pueblo es "un lugar limpio, con casas bastante buenas y un par de plazas; la más cercana a la iglesia con bancos". Sin embargo, su destino estaba un poco más lejos, en la residencia de Miguel de Sotomayor y Fernández, para quien Olivia Stone y su esposo portaban una carta de recomendación.

"El camino que llevaba a sus casas discurría junto a una acequia, mucho mayor que la de Los Llanos, de la cual goteaba agua sobre la orilla del camino, haciendo que creciera un talud exuberante de helechos y flores silvestres. Esta acequia fue construida por la familia Sotomayor, con dinero propio, para que la usase la gente de sus tierras y para regar".

Cuando la viajera inglesa llegó al llano de Argual, "todo estaba bastante oscuro" y relata que "cruzamos a caballo una puerta y un gran patio cuadrado hasta llegar" a la residencia de los hermanos Miguel y Manuel de Sotomayor. "Nos condujeron a su despacho, mientras le hacían llegar nuestra carta".

El recibimiento otorgado a los recién llegados fue atento y distinguido. "Poco después entró y, tras una conversación de unos minutos, nos llevó a la casa de su hermano y hermana, al otro extremo del patio. Nos recibieron con enorme hospitalidad y, poco después, cenamos. Los habitantes son muy amables al recibir así a desconocidos y existen pocos países que estén tan bien dispuestos. Encontramos mucha hospitalidad sincera. Frecuentemente llegábamos tarde por la noche a casa de un desconocido, a veces con una carta de presentación y otras veces sin ninguna, y nos recibían, nos trataban con amabilidad y nos íbamos contentos. Si menciono la manera en que fuimos recibidos, nuestras habitaciones y la comida que se nos ofreció, es porque confío en que no se considerará un atentado contra la hospitalidad, ya que sólo lo hago para mostrar las diferentes formas de vida y las diversas costumbres y hábitos que son propias de otra nacionalidad".

Stone refiere en su relato que la familia Sotomayor "es una de las familias españolas más antiguas, forman parte de la verdadera aristocracia del archipiélago y se encontraban entre los primeros colonos que se asentaron aquí". En el momento de su visita, como se indica, los hermanos Miguel y Manuel de Sotomayor eran los propietarios de la hacienda, cuyas extensas propiedades administraban conjuntamente.

"Dan trabajo -escribe- a un considerable número de personas, porque cultivan caña de azúcar, té, café, viñas y tabaco, además de los alimentos necesarios para la vida diaria". Agrega que, durante su estancia, el hacendado Miguel de Sotomayor "nos señaló una fruta que, según nos dijo, era nueva en las islas, llamada sandía. Es como un melón, pero rosa por dentro y tiene semillas negras".

A pesar del rato tan agradable que los viajeros ingleses disfrutaban con sus anfitriones, "me alegré cuando sugirieron que nos debíamos ir a acostar, ya que estaba muy cansada. Nos condujeron a una habitación en el piso bajo, en la que había cuatro camas en fila. Se nos proporcionó de todo, ¡incluso colonia, pomada aromática y cepillo de dientes! Encontramos provisiones semejantes para los viajeros en muchas casas, especialmente entre las clases altas de modo que, evidentemente, es habitual".

La viajera hace un apunte sobre la forma de viajar, y escribe lo siguiente:

"Generalmente los españoles viajan con poco equipaje, o ninguno, evitando así tener que usar un caballo de carga. Por supuesto que es más caro viajar con equipaje, pero me temo que los ingleses no podríamos hacerlo de otra manera. Pensamos, de hecho, que solamente llevábamos con nosotros lo mínimo para subsistir y que habíamos economizado mucho, ya que necesitábamos sólo una mula para el equipaje. Me temo que nuestros amigos españoles no pensaban lo mismo".

"Padecía mucho con unas ronchas producidas por el sol que me salían sobre todo en las manos; por la noche me escocían tanto que casi no podía dormir. Don Manuel [Sotomayor] las notó y me ofreció un líquido refrescante y una pomada para curarlas. Me alegró enormemente recibir su medicación. Su esposa se rió y me dijo que era el médico apañado de todo el vecindario, cosa que creo será muy necesaria ya que el médico más cercano vive en la Ciudad. El tratamiento de don Manuel resultó muy eficaz".

En la descripción que hace Stone, la casa de la familia Sotomayor está situada a 850 pies sobre el nivel del mar. El sábado, 13 de octubre, al amanecer, la temperatura en la habitación de los huéspedes era de 21,1 grados centígrados (70 grados Fahrenheit). "Una de nuestras ventanas -apunta- da a una inmensa plaza formada por esta casa, otro par de viviendas y algunas oficinas. Se parece un poco a un patio de Cambrigde. En el centro hay un pequeño estanque, rodeado de piedra viva, como un roquedal, alrededor del cual crecen tres grupos de elegantes plantas de papiro. Algunas palomas, blancas y negras, revolotean y picotean grano en el suelo. Nuestra otra ventana da a un hermoso jardín, con un aljibe de cemento en el centro, que se utiliza para la irrigación y que tiene unas pilas de lavar a su lado. ¡Qué lugar tan bello para hacer la prosaica colada, a la sombra de naranjos y mirtos. Abandonando nuestro dormitorio, paseamos por la casa y subimos al piso superior y, al encontrarnos con una sirvienta, le preguntamos cómo se llegaba a la azotea".

Olivia Stone se muestra fascinada en la descripción que hace a continuación del entorno que le rodea y de lo que divisa a lo lejos:

"Desde allí se obtenía una espléndida panorámica de las montañas. Las del lado Oeste de la Caldera recorren un amplio arco hacia nuestra izquierda; forman farallones y tienen perfiles muy afilados. Cerca del mar podemos ver un camino que sube por el empinado risco en zigzag y cruza por encima de la parte más baja que rodea la Caldera, y que esperamos recorrer mañana. Frente a nosotros y escondiendo parte de la Caldera -ya que forma un extremo de la pared curva que rodea el cráter- se encuentra el Pico de Bejenao. La cumbre del afilado perfil que rodea la Caldera es el Pico de los Muchachos. A la derecha de Bejenao se extiende el sinuoso llano o pendiente por el que pasamos ayer tras cruzar la cadena principal de montañas que recorre el centro de La Palma".

"El terreno de los alrededores está bien cultivado, sobre todo en las inmediaciones de esta casa. Hay grandes plantaciones de caña de azúcar, de aspecto verde y fresco, y numerosas plantas de tabaco que inclinan elegantemente las largas hojas verdes de sus rígidos tallos. Hay plátanos y calabazas secándose en la azotea y un mono, allí encadenado, nos observa con esos ojos semihumanos, que atraen y repelen a la vez. A nuestros anfitriones parecen gustarles los animales. Además de las palomas y del mono, hay tres perros, algunos gatos, cuatro conejillos de indias y siete pájaros en jaulas colgadas en el pórtico".

Dispuestos para seguir su recorrido por la isla, "tomamos té con bizcochos esta mañana temprano y ahora vamos a desayunar ¡"cuando lleguen las mulas"! Nos pareció muy divertido que no se sirviese el desayuno hasta que llegasen los animales para que pudiésemos salir inmediatamente después, bien preparados y con fuerza para nuestro viaje del día, aunque la hora a la que los arrieros podrían llegar era algo maravillosamente incierto. Nos quedamos otra noche con nuestros gentiles anfitriones porque queremos subir a caballo por la parte inferior de la Caldera, un trayecto que requiere muchas horas".

Antes de la partida, los viajeros ingleses habían departido con uno de sus anfitriones, Manuel de Sotomayor, sobre el traje típico. "Nos trajo un sombrero o gorra que se usa en una de las zonas vecinas. Está hecho de una tela tejida artesanalmente, de color castaño oscuro, casi negro, con un pico delante y un ala caída por detrás, en realidad muy parecido a un "sueste". Nos lo regaló amablemente y dijo que nos conseguiría uno de los delantales de cuero. En ese momento un hombre que llevaba un samarrón cruzó el patio. Llamándolo para que viniera, le pidió que nos diera su delantal, y así lo hizo, quitándoselo allí mismo. Había escrito su nombre en el reverso con tinta antes de enviar la piel a curtir, garantizando así que le devolvieran la misma piel. Nuestros anfitriones nos regalaron algunas escobas de palma típicas, fabricadas con hojas de palma rajadas. Las más pequeñas, de unas ocho pulgadas de largo, se utilizan como escobillas de mano para la ropa o los muebles. Las más grandes tienen un mango clavado y son para uso doméstico. Nuestros amigos se acercaron hasta la puerta para vernos partir y doña Antonia arrancó una hoja de palma y la sostuvo sobre su cabeza como si fuese un parasol, y muy pintoresco".

Comenzó, a continuación, el siguiente tramo del viaje de los esposos Stone en La Palma. "Cabalgamos por unos caminos y por debajo del pueblo de Argual y, en pocos minutos, llegamos al lado este del barranco de las Angustias, por cuyo lecho avanzaron los españoles cuando conquistaron la isla. Nosotros, sin embargo, cabalgamos por la parte superior del lado este, a no más de unos 150 pies sobre el fondo. El risco opuesto está dividido en dos partes hasta una cierta distancia del mar, y la mitad inferior es escarpada y contiene cuevas. Tiene también unos cortes de lo más curioso, como si el acantilado hubiera sido seccionado de arriba abajo con gigantescas y poderosas paletas de cortar queso. Esos cortes semicirculares comienzan y terminan abruptamente. La mitad superior de la montaña tiene una ligera pendiente al principio y en ella hay algunas casas aisladas y la tierra está dispuesta en bancales, pero la pendiente pronto se vuelve escarpada y, finalmente, vertical. Mientras avanzamos por el barranco a lo largo de un sendero estrecho a mitad de la falda, podemos mirar hacia atrás y hacia abajo, por todo el estrecho barranco rodeado de riscos, hasta el mar, donde hay una goleta fondeada cerca de la costa".

El relato de Stone se vuelve minucioso, cuando detalla su acceso a la Caldera:

"Mientras serpenteamos por el estrecho sendero, la pendiente bajo nosotros se vuelve escarpada, casi tanto como la de la fachada opuesta. Vemos perfectamente el estrecho desfiladero a nuestros pies por donde fluye un sinuoso arroyo, como un hilo de plata. La distancia hace que el agua parezca poca pero, en realidad, es abundante, suficiente para abastecer a Argual, donde llega por canales excavados y acequias".

"El fondo del barranco es de lava gris, lo que Fritsch llama piedra conglomerada de la Caldera, y ahora se encuentra a unos 1.000 pies más abajo, quedando otro tanto de precipicio por encima de nosotros en el lado que estamos. Los riscos del lado opuesto tienen unos precipicios de unos 3.000 pies de altura. De vez en cuando el aspecto vertical del paisaje cambia cuando aparece algún terreno pendiente en el lateral del risco donde, si la tierra es buena, está dispuesta en bancales y donde se aferran algunas casas de paredes blancas y tejados de teja roja. También en el fondo del barranco, a unos pies sobre el cauce, vemos una pequeña zona -que desde esta altura parece una meseta, aunque no realmente plana porque está dispuesta en bancales- cubierta de cañas y de tabaco, verde y refrescante para la vista, que contrasta con las faldas pardas de la montaña. Dondequiera que se ha acumulado tierra en los riscos, allí ha echado raíz un pino y su base está rodeada de verdor, zonas suaves y curiosamente brillantes, sobre la parda aridez de este paisaje de aspecto basáltico. Frente a donde nos encontramos hay una pequeña meseta en una vuelta del camino. Podemos ver ambos lados del barranco si miramos hacia el extremo superior. Numerosas crestas o espolones, de la cadena o anfiteatro principal de riscos que forman La Caldera, bajan hacia el centro como rayos convergentes. Las paredes de este cráter gigantesco tienen entre 3.000 y 4.000 pies de precipicio vertical antes de que aparezcan los espolones...".

domingo, 3 de septiembre de 2006

El santuario herencia de Flandes

Juan Carlos Díaz Lorenzo
Los Llanos de Aridane


Cinco siglos de historia encierran las paredes del santuario de Nuestra Señora de las Angustias, situado en el margen derecho del barranco de su mismo nombre, en el borde de la salida natural de la majestuosa Caldera de Taburiente. Antaño este cauce fue conocido también como barranco de Tazacorte o del Río, porque entonces el agua corría con mucha frecuencia y era algo consustancial a la propia existencia de la comarca.

El origen de esta iglesia, considerada uno de los referentes religiosos de la isla, se remonta a los primeros años después de la conquista. Se edificó justo en el lado opuesto al emplazamiento donde se encontraba la antigua iglesia de Santa María, en los terrenos que hoy ocupa parte de la finca de su mismo nombre.

En 1513, cuando Jácome de Monteverde llegó a La Palma para ponerse al frente del ingenio y la hacienda de Tazacorte, la fábrica se encontraba arruinada y con algunas paredes caídas. Como quiera que la misma pertenecía al patronato de su familia, el citado propietario cumplió la promesa dada y se ocupó de reedificarla a su costa, y también se ocupó de su ornato.

La ermita tenía entonces unas características muy similares a las del templo del arcángel San Miguel, obra hecha en cantería roja, aunque de unas proporciones más modestas, con un tejado a dos aguas y posiblemente una pequeña espadaña para la campana. De éstas, la más antigua que se tiene noticia había sido fundida en Amberes en 1517, por Petrus van den Ghein, según reza en su inscripción.

Para su ornato se importaron algunas piezas de arte sacro flamenco, sin duda de origen brabanzón, como se acredita en los inventarios de 1522 y 1528, el primero de ellos con motivo de la visita que hizo el obispo fray Vicente Peraza, que oyó misa oficiada por el capellán Nicolás Alemán e "hizo decir sus responsos cantados" por los fieles que allí se encontraban enterrados, pidiéndole a Jácome de Monteverde que se ocupara de su sustento económico; y el segundo, por Antonio Bernal, notario público apostólico y secretario del Santo Oficio de la Inquisición, siguiendo el mandato del inquisidor Luis de Padilla, a petición de Margarita de Pruss, esposa de Jácome de Monteverde, con el propósito de incorporarlo a las alegaciones presentadas en su defensa en el proceso inquisitorial seguido contra su marido.

De acuerdo con las descripciones de la época, en la cabecera de la ermita se alzaba un altar de madera, con sus manteles, ara y dos candeleros, encima del cual descansaba la imagen de "Nuestra Señora de bulto con su hijo preçioso en los braços, quando lo deçienden de la cruz", dentro de un tabernáculo con cerradura y caja pintada con otras imágenes. Existía, también, una tabla con la imagen de San Antonio Abad, la escultura de un Cristo crucificado pendiente de un tirante de la techumbre y seis viejos lienzos sin especificar distribuidos por el resto de los paramentos. Había, además, otros enseres propios del ceremonial religioso, pero no había cáliz, que se llevaba cada sábado desde la ermita de San Miguel, dando así cumplimiento a la celebración del oficio religioso instituido por Jácome de Monteverde.

Cuando éste falleció en julio de 1531, el patronazgo de las ermitas de San Miguel Arcángel y de Nuestra Señora de las Angustias quedó a cargo de sus herederos, que tenían la obligación de sufragar en los términos acordados los gastos de mantenimiento, aceite y cera, así como el salario del capellán y el encargo de celebrar misa todos los sábados, de todo lo cual se ratificó en la partición efectuada el 25 de agosto de 1557 ante el escribano público Domingo Pérez.

La tradición cuenta que en este templo celebró su última misa, el 13 de julio de 1570, el grupo de 40 misioneros jesuitas al mando del mítico Ignacio de Azevedo, cuando se dirigían a bordo del galeón Santiago en su viaje evangelizador al Brasil. En varias crónicas se cita, en referencia a lo visto por testigos presenciales, "que en el momento de sumir la sangre del sagrado cáliz vio la corona del martirio pendiente de su cabeza, por relevación divina". En el cáliz, según se explica, se puede distinguir la huella de sus dientes.

En la madrugada del 13 de julio, el galeón Santiago abandonó el fondeadero de Tazacorte y navegó a lo largo de la costa, confiados en que cerca de tierra no sufrirían un ataque de los piratas de Jacques de Sores, que se sabía merodeaba los alrededores de La Palma. Un tiempo de calma chicha vino a complicar la situación. Sores les acechaba y al amanecer del día siguiente, cuando el barco se encontraba cerca de la punta de Fuencaliente, frente a Boca Fornalla, apareció en el escenario del navío de guerra Le Prince. Al principio, la tripulación del Santiago pensó que las velas que divisaban en el horizonte eran las de los navíos de la flota que marchaba con ellos al Brasil y que se había quedado en Funchal, pero pronto se dieron cuenta de todo lo contrario.

Todos los sacerdotes jesuitas, en número de cuarenta, fueron martirizados a manos de los hugonotes en medio de las mayores atrocidades y arrojados al agua. Los objetos religiosos, así como algunas imágenes sagradas que los jesuitas conducían al Brasil, también fueron profanadas y motivo de grotesca burla.

En la partición de 1613, conocida también como la "partición grande" –documento de extraordinario valor para conocer la historia de esta etapa de la isla, que con tanto rigor ha estudiado la profesora palmera Ana Viña Brito- se detalla el contenido del mobiliario religioso de la ermita de Las Angustias. Así sabemos que el altar estaba presidido por la citada imagen, la talla flamenca del arcángel San Miguel, procedente del oratorio privado de su propietario en Santa Cruz de La Palma; además de varios cuadros -entre ellos un par de "papeles pintados" con las representaciones de San Francisco y San Antonio- y un relicario, donde "están las santas reliquias" de los mártires, así como el crucifijo que colgaba de un tirante de la techumbre y el incipiente vestuario de la Virgen, dotado entonces de cuatro mantos de seda y siete tocas.

En 1672, la ermita de Las Angustias estaba de nuevo arruinada y seis años después sus patronos, los señores Monteverde y Vandale, habían construido a su costa y en el mismo sitio donde se encontraba la anterior fábrica otra de mayores dimensiones que, según escribió el visitador Juan Pinto de Guisla, quedó "mui bien paresida".

Por esta razón, la venerada imagen de Nuestra Señora de Las Angustias fue trasladada durante todo ese tiempo a la ermita de San Miguel Arcángel, en la cual permanecería hasta la conclusión de los trabajos de reedificación, donde el citado visitador la encontraría "colocada con mucho aseo", en julio de 1678.

El creciente fervor popular se tradujo en numerosas donaciones, como se deduce de los testimonios de las visitas efectuadas por el licenciado José de Tobar y Sotelo en noviembre de 1705 y mayo de 1718, quien se detuvo en apreciar el mayor ornato del santuario con respecto al existente en la cercana ermita de San Miguel Arcángel en Tazacorte -al contrario de lo que había ocurrido en épocas pasadas- y a la de San Pedro de Argual, justificando tan piadoso hecho a las limosnas de los fieles.

Del siglo XVIII data también el retablo mayor labrado en madera dorada y constituido por un solo cuerpo tripartito, presumiblemente renovado en su policromía en los albores de la citada centuria por el artista palmero Bernardo Manuel de Silva.

La familia Sotomayor conserva en su archivo del llano de Argual una copia de un escrito firmado por Félix Poggio y Alfaro, el 31 de mayo de 1854, dirigido al cura párroco de Los Llanos de Aridane, en el que solicita información sobre la imagen y la ermita de Las Angustias, alegando que ésta "se venera bajo el título que la dieron nuestros mayores N.S. de las Angustias, y otras dos iguales fueron tomadas y conservadas por algunos ingleses que preservados de los errores del cisma que contaminó esta nación en los siglos XV y XVI, queriendo llevarlas a país en donde se las continuase dando culto las pusieron en un barco de dicha nación que al pasar por esta Isla, dejaron una en el barranco de Los Sauces, la otra en esta Ciudad y otra en el barranco de la Caldera y que el caballero flamenco Jácome de Monteverde, dueño de este barranco y de Argual y Tazacorte, fabricó su primer ermita en el mismo lugar en que los ingleses dejaron el cajón en que ella venía, que fue al pie de las vueltas que suben a Argual en donde aún se conservan algunos fragmentos".

En 1861 la imagen tenía puesta la corona imperial de filigrana y plata calada, de procedencia cubana y donada, probablemente, a finales del siglo XVII por la familia Poggio Monteverde, "las potencias del Cristo difunto y una gran cruz puesta detrás de ambos -apunta el doctor Pérez Morera-, así como un soberbio dije de oro, llamado también joyel de capilla o templete con un calvario de boj en miniatura prendido desde tiempo inmemorial en la base de su toca lígnea".

A principios del siglo XX, el santuario sufrió una desafortunada reforma, que desvirtuó su aspecto original, lo que se subsanó bastantes años después gracias a una posterior restauración, que concluyó el 14 de agosto de 1985, con la bendición por el prelado de la diócesis nivariense Damián Iguacen y el traslado de la imagen desde la parroquia de Nuestra Señora de los Remedios, en Los Llanos de Aridane.


Imagen flamenca

La imagen de Nuestra Señora de las Angustias corresponde a la Escuela de Amberes, perteneciente al antiguo ducado de Brabante, y se sitúa cronológicamente entre 1515 y 1522. Está tallada en madera dorada y policromada y mide 110 centímetros de alto, 80 centímetros de ancho y 50 centímetros de fondo.

Desde el punto de vista iconográfico recrea el tema de la Piedad, que con frecuencia se asimiló a la advocación de Nuestra Señora de los Dolores. Como señala la doctora Clementina Calero Ruiz, en alusión al padre Trens, "la soledad de María va a ser aprovechada por artistas y místicos, quienes uniendo los dos extremos de la vida de Cristo, infancia y muerte -pesebre y cruz-, crearán una nueva tipología popularmente conocida como la Piedad. De este modo se supone que María rememora -según palabras de San Bernardino de Siena-, la infancia de Jesús, pero ahora no es al hijo dormido al que porta en sus brazos, sino al Hijo muerto. Por este motivo en estas representaciones se advierten desproporciones entre ambos cuerpos, lo que no debe entenderse como inhabilidad del artista, sino debido a propia idea difundida por los poetas y místicos desde la Edad Media".

Con el título de Nuestra Señora de los Dolores, la imagen de Nuestra señora de las Angustias aparece inventariada por primera vez, como se cita, en 1522. Es contemporánea de otras imágenes de la misma procedencia y representación existentes en la primitiva iglesia del hospital de su nombre erigido en 1517 en La Laguna por Martín de Jerez y en el antiguo oratorio del establecimiento benéfico homónimo suyo, fundado durante la segunda década del siglo XVI en Santa Cruz de La Palma.

"El grupo escultórico plasma el dramático instante inmediato al descendimiento de la cruz –explica la doctora Constanza Negrín-, en el cual la figura sedente de la Madre, absorta en su profundo dolor, acoge por última vez entre sus brazos el cuerpo de su Hijo crucificado y rememora los días felices de Belén cuando acunaba en su regazo al Niño Jesús, de acuerdo con el sentimentalismo patético de finales de la Edad Media que contrapuso al sufrimiento paralelo de la Virgen, ausente en los evangelios canónicos pero insinuada en el apócrifo de Nicomedes".

Así, el grupo escultórico de La Palma -explica- "sigue un esquema compositivo piramidal para el ordenamiento de los protagonistas del episodio narrado, en el que la majestuosa postura sedente, hierática y vertical de la Virgen rellena enteramente con su imponente corpulencia el triángulo equilátero donde se inscribe a semejanza de otras Piedades, sosteniendo en su mano derecha la cabeza de Jesús y con un distorsionado ademán de la opuesta el brazo izquierdo de éste, con una forzada curvatura del cuerpo más pequeño del Hijo yacente, pues se estira arqueado sobre el regazo materno en un inverosímil cruce de sus piernas tendidas para alcanzar el suelo con la punta de los pies desigualmente tallados".

El menor tamaño del redentor desclavado de la cruz acentúa con su simbólica desproporción –derivada de los textos místicos del medievo, como hemos visto- el volumen de la figura mariana la erige en verdadero trono del dolor y del sacrificio del Hijo de Dios. Sin embargo, podemos apreciar que el rostro tiene una expresión serena, dulce y melancólica.

El atuendo de María nos sitúa en la referencia temporal al luctuoso paisaje plasmado, considerando lo usual en todas las imágenes pasionales, donde nunca faltaría esa imprescindible toca blanca cubriéndole la cabeza y el cuello –signo de edad y pena-, hendida en pico en medio de la frente, siguiendo con ello la moda vigente en los Países Bajos meridionales a finales del siglo XV y comienzos del XVI.

La doctora Negrín señala, además, que "la idealizada apariencia del ensimismado semblante de la Virgen, en el cual se opera una sugestiva simbiosis entre su otrora lozana juventud y cierto atisbo de madurez en las correctas facciones de su óvalo lleno, se contrapone al crudo realismo del cristo con las llagas de la pasión aún sangrantes, cuyos atormentados rasgos fisonómicos y anatómicos resumen admirablemente las peculiaridades de un buen número de obras devocionales salidas de los talleres del antiguo ducado de Brabante en el tránsito de dichas centurias, que tuvieron gran difusión geográfica ejerciendo una notable influencia posterior".


Bibliografía. Calero Ruiz, Clementina. La escultura anterior a José Luján Pérez. En "El arte en Canarias". Centro de la Cultura Popular Canaria. Santa Cruz de Tenerife, 1998.

- Negrín Delgado, Constanza. Nuestra Señora de las Angustias. Catálogo de la exposición "El fruto de la fe. El legado artístico de Flandes en la Isla de La Palma". Madrid, 2004

- Pérez Morera, Jesús. Los hacendados flamencos y su descendencia. Paisajes, arquitecturas y organización espacial de los Heredamientos de Argual y Tazacorte. Catálogo de la exposición "El fruto de la fe. El legado artístico de Flandes en la Isla de La Palma". Madrid, 2004.

domingo, 5 de junio de 2005

Las aguas de la Caldera de Taburiente

JUAN CARLOS DÍAZ LORENZO
LOS LLANOS DE ARIDANE


Los antecedentes históricos del Heredamiento de las Haciendas de Argual y Tazacorte se remontan a finales del siglo XV. Con el paso de los años, la sucesión de particiones y cambios de dominios de la agrupación de propietarios, se llegó a mediados del siglo XX, en que se configura como una comunidad de aguas privada acogida a la Ley especial de 27 de diciembre de 1956 y tiene, como tal, personalidad jurídica.

El Heredamiento está dividido en la Hacienda de Argual y la Hacienda de Tazacorte, formadas cada una por la mitad de las cuotas de participación. Tiene su domicilio en Argual, "porque uno había de ser el domicilio elegido -explica el Heredamiento en su articulado-, pero sin que ello signifique preeminencia de una Hacienda sobre la otra".

La organización administrativa del Heredamiento, las oficinas del Sindicato (junta de gobierno) están en un inmueble del barrio de Argual; y las organizaciones administrativas particulares de cada Hacienda, las oficinas de sus Jurados de Riego en Argual y Tazacorte, respectivamente.

El Heredamiento ostenta la propiedad del patrimonio común. Pero a efectos internos, entre los hacendados o copartícipes, los bienes del Heredamiento son de tres clases: los generales del Heredamiento; los particulares de la Hacienda de Argual; y los particulares de la Hacienda de Tazacorte.

Todas las participaciones en el Heredamiento tienen, en última instancia, sin distinción de Hacienda, el disfrute y la administración, así como cuantas facultades y deberes integran el contenido interno del derecho de propiedad, de los bienes generales del Heredamiento. Las mismas participaciones tienen, además, las mismas facultades y deberes respecto de los bienes particulares de su Hacienda, con exclusión de las participaciones pertenecientes a la otra.

Por tanto, los partícipes de cada Hacienda se comportan internamente como propietarios de sus bienes particulares, aunque todos los bienes son de la propiedad del Heredamiento, tanto los generales del común como los particulares de cada una de ellas, de modo que están inscritos a nombre del Heredamiento en el Registro de la Propiedad; y será éste quien ejercite la propiedad frente a extraños, situación en la que también están los demás derechos distintos de la propiedad.

La propiedad fundamental del Heredamiento es la finca de La Caldera de Taburiente, con todos sus montes, viñedos, "caleras y terrenos incultos y de siembra comprendidos en su cuenca", que se describe en los siguientes términos:

"Rústica, situada en la Isla de La Palma, término municipal de El Paso y linda: Norte, divisoria de aguas de la Cumbre y Roque de los Muchachos, que constituye la línea jurisdiccional que separa el término municipal de El Paso con los de Tijarafe, Puntagorda y Garafía y, a partir de la cual, se extienden hacia el exterior los montes de utilidad pública de los propios de dichos Ayuntamientos llamados, respectivamente, Pinar (número 29 del Catálogo de Montes de esta provincia), Pinar de las Animas y Juanmané (número 28) y El Pinar (número 26); Sur: divisoria de aguas que va del Pico de la Punta de los Roques al Pico de Bejenado, pasando por la Cumbrecita y desde cuya última depresión, hacia el exterior, se extiende el monte de utilidad pública de los propios de El Paso (número 27), llamado Ferrer, Laderas y Mancha, y a continuación del Pico de Bejenado sigue el lindero por la divisoria de aguas hasta la Montañeta de la degollada, desde la cual baja por la barranquera de los Puercos hasta el desmonte viejo situado sobre el canal Dos Aguas, continuando por el mismo hasta la barranquera de María, desde donde vuelve a subir, siguiendo el rodadero de Petra Sánchez, hasta la divisoria de aguas por la que prosigue hasta La Cancelita; Este: divisoria de aguas de la cumbre nombrada de los Andenes, que constituye la línea jurisdiccional que separa el término municipal de El Paso de los de Barlovento, San Andrés y Sauces, Puntallana y Santa Cruz de La Palma, y a partir de la cual se extienden hacia el exterior los montes de utilidad pública llamados Pinar (números 36, 39 y 40 del Catálogo), pertenecientes a los propios de Barlovento, Puntallana y Santa Cruz de La Palma, respectivamente; y Oeste, línea que, partiendo del Pico Vinigacia, desciende en máxima pendiente por el barranco de El Fraile, colindante con la zona llamada de Amagar y Hacienda del Cura, hasta entroncar con el barranco de Las Angustias y, siguiendo por el mismo, aguas abajo, lo atraviesa en las inmediaciones de la finca denominada La Viña, en colindancia con la cual sube por la barranquera del Lomo del Trigo, hasta la vaguada conocida como La Cancelita; mide aproximadamente 4.525 hectáreas, 84 áreas y 26 centiáreas".

Consecuentemente, el Heredamiento es también el propietario de todas las aguas que discurren por su superficie, ya sean de origen subterráneo o pluviales, salvo las que por conducciones ajenas son llevadas con dicho carácter a través de la finca.

Son, además, bienes generales del Heredamiento las siguientes fincas:

-Malpaís de los Dos Pinos, Laderas de González y Bergoyo, así como una participación indivisa, equivalente al 32,5 %, de la galería de la comunidad de aguas Tenerra.

Son bienes particulares de la Hacienda de Argual, las siguientes fincas:

-Jeduy, con el Salto allí instalado y La Viña.

Y son bienes particulares de la Hacienda de Tazacorte, las siguientes fincas:

-Barandas, El Roque, con el salto allí instalado; La Carrera, Huerta del Charco, donde antes estaban las Casas de Calderas y de la Herrería.

El Heredamiento posee un derecho de servidumbre de paso por las márgenes de todos sus canales, ya sean generales o particulares de cada Hacienda, desde su nacimiento hasta el último predio regable. Se señala a la servidumbre sobre estas márgenes un metro de anchura por los parajes en que la atarjea esté aislada, pudiendo conservar esta dimensión al margen exterior en aquellos puntos en que el canal se apoye sólidamente por su lado interior en alguna pared.

Además, todos los dueños de fincas por donde pasen dichos acueductos no sólo están obligados a sufrir la indicada servidumbre, sino también a respetar las márgenes de los canales con un metro de anchura, "absteniéndose de toda obra y plantaciones de árboles que puedan perjudicarlas, y consintiendo que recobren esta dimensión en donde la hayan perdido, y que para ello se transite libremente por ellas y se engruese con los escombros y sedimentos que se sacan en las limpias de las acequias, con arreglo a las antiguas costumbres".



Fin fundamental. El fin fundamental del Heredamiento es la común captación, conducción, administración, distribución y defensa de sus aguas hasta el lugar en que a cada hacendado se le entrega la parte de caudal que le corresponde. Los productos de todos los bienes del Heredamiento, tanto de los generales como de los particulares de cada Hacienda, están ordenados a un mejor aprovechamiento de las aguas y no pueden producir beneficio económico ajeno a este fin. El Heredamiento cumple también otros fines que en su quehacer se han ido acumulando a lo largo de su evolución histórica y que son los complementarios y subordinados del fin fundamental de aprovechamiento de las aguas y tanto unos como otros excluyen toda idea de lucro.

Es principio fundamental e inmutable que el agua del Heredamiento se ha de dividir en dos mitades exactas, una para cada Hacienda y es la que éste aprovecha en la cuenca hidrológica de la Caldera de Taburiente. Este aprovechamiento forma un caudal que discurre continuamente y que se distribuye de la siguiente forma: el agua es captada en tomaderos y llevada por las convenientes conducciones hasta los lugares en que, con las combinaciones necesarias, se hace la primera división del caudal corriente en aquellas dos mitades, una para cada Hacienda.

Desde el momento en que el agua es dividida por mitad y entregada a cada Hacienda, continúa su curso por los canales particulares de éstas y es distribuida por éstas entre sus hacendados. La distribución del agua de cada hacienda entre sus hacendados se hace entregando a cada uno de ellos todo el caudal que conduce la Hacienda durante un tiempo determinado, proporcionado a la cuota de su participación, que se repetirá cíclicamente cada diez días.

Las participaciones de los hacendados en el Heredamiento se determinan por el tiempo de aprovechamiento cíclico del agua que a ellas corresponde, es decir, que siguiendo un orden inverso, se determina lo principal por lo accesorio. Cada Hacienda está dividida en diez derechos de un día cada uno, llamados Décimos.

La Hacienda de Argual se divide en los décimos nombrados: 1º. Nicolás Massieu; 2º: Ana teresa; 3º: Indiviso; 4º: Mayorazgo; 5º: Guisla y Boot; 6º: Félix Poggio; 7º: Salgado; 8º: Massieu por arriba; 9: Massieu por abajo; y 10º: Don Pancho.

La Hacienda de Tazacorte en los nombrados: 1º: Presbítero; 2º: Monteverde y Lezcano; 3º: Poggio y Alfaro; 4º: Valcárcel; 5º: Vandale; 6º: Massieu; 7º: La Florida; 8º: San Andrés; 9º: Don Pedro; y 10º: Doña Catalina.

Cada décimo se divide en 24 horas; y cada hora se divide en sesenta minutos, que son las fracciones mínimas. El Heredamiento, en consecuencia, se divide en dos Haciendas, en veinte décimos, en 480 horas o en 28.800 minutos.

El agua que corresponde a estas participaciones se ha de entregar a sus titulares dentro de las 24 horas al décimo a que pertenecen, con las circunstancias de tiempo y lugar que convenga al orden de riego de la Hacienda, mediante un turno que va rotando equitativamente para cada hacendado, lo cual no impide el cambio de turno que entre sí puedan ejercer. Con la entrega del agua se consolida su propiedad particular sobre ésta, y queda a su libre arbitrio su posterior destino. En el articulado se expone que "el riego se hará por el sistema de dulas y durante muchos años de acuerdo con las antiguas costumbres".



Otros aspectos
Los titulares de derechos reales sobre las participaciones en el Heredamiento, ya sean de plena propiedad, de usufructo o cualquier otro, y los arrendatarios de aquellas participaciones, cualquiera que sea el tiempo de arrendamiento pactado, que por estos derechos tengan el disfrute de las aguas, estén o no registrados como tales en los libros del Heredamiento, tienen la obligación de pagar los gastos de éste, en proporción a la cuota sobre la que recae su derecho, por medio de las aportaciones que estén al cobro en el momento de su disfrute del agua. Y quedan a salvo, sin que ello afecte al Heredamiento, las compensaciones y reclamaciones que entre sí tengan que hacer los titulares de derechos concurrentes o que se hayan sucedido sobre la participación en el tiempo en que se han producido aquellos gastos.

La Junta General del Heredamiento acordará la aportación en efectivo que habrán de hacer los partícipes para pagar los gastos. Este acuerdo será publicado en un periódico de la isla y en uno de la capital de la provincia y en los tablones de anuncios del Sindicato y los dos Jurados de Riegos y entraña la obligación de aquellos titulares de derechos sobre las participaciones de satisfacer la parte proporcional que les corresponde, en las oficinas del Sindicato, en el plazo de 15 días a partir de la publicación y, si no lo hicieren, se entiende que autorizan a este sindicato a vender en subasta la cantidad de agua de su disfrute, necesaria para satisfacer la aportación que les correspondiera.

Esta subasta se hará en el momento que convenga al sindicato; podrán asistir y tomar parte en ella todos los que tengan interés aunque no sean hacendados; será anunciada con ocho días de anticipación, como mínimo, en alguno de aquellos periódicos y en los tablones de anuncios del Sindicato y los Jurados de Riego, con expresión de los titulares de derechos a que corresponde el disfrute del agua a subastar ante el Registro del Heredamiento, lugar de la subasta, fecha y hora.

El Heredamiento acordará en la forma expuesta las aportaciones que para sufragar los gastos deberán hacer los partícipes. Estas cantidades serán proporcionadas a las cuotas y, por tanto, exactamente iguales las aportadas por los hacendados de ambas Haciendas. Las Juntas Locales de cada Hacienda pueden acordar por una mayoría mínima de las dos terceras partes de las cuotas del Heredamiento pertenecientes a ellas, proponer a la Junta General que las aportaciones en efectivo de los hacendados de la Hacienda sean sustituidas por una cantidad igual, obtenida por el Jurado de Riego por medio del secuestro de sus aguas. Consiste el secuestro en la venta del caudal corriente durante un tiempo determinado, con lo que el derecho de aprovechamiento cíclico por los hacendados sufrirá un retraso igual al turno vendido.

El secuestro de aguas no podrá tener otro fin que el de sufragar gastos y solamente se secuestrará en cada Hacienda la cantidad de agua necesaria para que el importe obtenido por su venta sea el que los hacendados de la respectiva Hacienda tienen que aportar; y es trámite previo y necesario el acuerdo y proposición de la Junta Local de la Hacienda.

Las Juntas Locales, por el mismo trámite y mismas condiciones, pueden proponer y obtener de la Junta General del Heredamiento el acuerdo de secuestro de aguas para sufragar los gastos particulares de la Hacienda. El dinero obtenido de este secuestro se ingresará directamente en la tesorería del Jurado de Riego.

Con el mismo fin y naturaleza que el secuestro, cuando las aguas del Heredamiento no quepan en los canales particulares de cada Hacienda, dichos excesos, llamados aumentos discontinuos de invierno, se venden y su importe se ingresa también en la tesorería del Sindicato para atender los gastos.

Los bienes del patrimonio del Heredamiento sólo pueden ser enajenados previo acuerdo de una mayoría mínima de las dos terceras partes de las cuotas de participación en el Heredamiento, tomado en junta general. Y cuando estos bienes sean particulares de una de las Haciendas, se necesitará, además, como trámite previo, el acuerdo en el mismo sentido de la Junta Local respectiva, tomado por una mayoría mínima de las dos terceras partes de las cuotas de participación en el Heredamiento, pertenecientes a la Hacienda de que se trate.

domingo, 29 de mayo de 2005

La antigua hacienda de Las Manchas

Juan Carlos Díaz Lorenzo
Las Manchas

De la antigua hacienda de Las Manchas, propiedad de la familia Massieu, el legado más importante que ha llegado hasta nuestros días es la histórica ermita de San Nicolás de Bari, fundada por Nicolás Massieu van Dalle y Rantz.

Según consta en el testamento otorgado ante el escribano público Antonio Roque Casanova, registrado en el protocolo de Antonio Vázquez, el 14 de septiembre de 1696 y que dispone, entre otras cosas, que había de ponerse en el altar una imagen de Nuestra Señora de Bonanza, "por ser aquel distrito muy ventoso y le hace mucho daño a los frutos", así como una imagen de San Nicolás, otra de San José y en lo alto del espaldar del retablo un Santo Cristo de bulto que tenía en su casona solariega del llano de Argual.

Nicolás Massieu nació en Santa Cruz de La Palma y fue bautizado en la parroquia de El Salvador el 25 de junio de 1618. Hijo de Nicolás Massieu, súbdito de origen francés y de Ana van Dalle y Coquiel, de ascendencia flamenca, alcanzó el grado de capitán de Infantería y ostentó los cargos de maestre de campo de las milicias de La Palma, regidor del antiguo Cabildo y alguacil mayor del Santo Oficio de la Inquisición. Casó dos veces, dejó descendencia y falleció en su ciudad natal el 14 de septiembre de 1696.

La construcción de la ermita fue iniciada a comienzos del siglo XVIII por su hijo Pedro Massieu y Monteverde, que está considerado una de las personalidades canarias de más prestigio de su época, cumpliendo así con la voluntad de su padre, que dejó dicho que la iglesia debía ser de buena factura, tanto en el remate final como en la dotación de las imágenes, mobiliario y aderezamiento.

En el testamento de Pedro Massieu Monteverde, otorgado en Sevilla el 20 de julio de 1748 ante el escribano Miguel José de Acosta, se hace constar que "declaro que por la partición que hizimos mis hermanos y yo de los vienes que quedaron por muerte de nuestro Padre y Señor que dios aya fue de mi obligación hazer una ermita en el pago de las manchas gastando de mi cuenta un mill setecientos y setenta rreales que lo demás se de prorratear entre los cinco herederos y según la quenta que me remitió mi hermano don Nicolás Massieu se gastaron doze mill ochocientos y cinquenta rreales de aquella moneda y no se ha liquidado lo que cada uno de mis hermanos deue satisfacer según el prorrateo que se deue hazer y así lo declaro para que conste".

Para cuando estuviera terminada, el testador dispuso que en ella se diera misa todos los domingos, en beneficio de su alma y de la de sus padres. De este cometido se ocuparon, durante años, los curas de la parroquia de Nuestra Señora de los Remedios, en Los Llanos de Aridane, que también atendían la iglesia de Nuestra Señora de Bonanza, en El Paso, haciéndolo además los párrocos de Nuestra Señora de Candelaria, en Tijarafe y los Padres Dominicos de Santa Cruz de La Palma, según consta en solicitud elevada al obispado en julio de 1788 a instancias del párroco de Los Remedios, Juan de Alcalá; del mayordomo de la entonces ermita de El Paso, Antonio Fernández Pino y de Juan José Pino Capote.

El investigador palmero Alberto José Fernández García indica que la mayoría de las imágenes existentes en la ermita de Las Manchas, por su estilo y escuela, pudieran ser obra del imaginero sevillano Hita de Castro (1714-1784), artista al que la opulenta familia Massieu realizó varios encargos, entre ellas las esculturas del Señor de la Caída, de Santa Cruz de La Palma; y San Miguel Arcángel y San Antonio de Padua, de Puntallana.

En la ermita de Las Manchas existen, además, de nueva factura, una imagen de la Virgen Milagrosa y otra de San Nicolás, que sustituye a la primera, a la que hace algunos años encontramos depositada en la sacristía. La imagen de la Virgen Milagrosa fue la primera de esta advocación que llegó a La Palma, traída por los Padres Paúles para el templo del ex convento dominico, siendo posteriormente llevada a Las Manchas por el párroco José Pons, después de que otra imagen de la Virgen fuera entronizada en la parroquia matriz de El Salvador, en la capital palmera.

Una Real Orden de 18 de mayo de 1885 declaró la independencia de las parroquias de Los Llanos de Aridane y El Paso, razón por la cual la ermita de Las Manchas se anexionó a El Paso. "Mas, con motivo de ciertas cuestiones y pretensiones -relata el cronista palmero Juan B. Lorenzo-, suscitadas por el cura de Los Llanos, Justo Campos y Rodríguez, el sr. Gobernador eclesiástico de este Obispado, con fecha 20 de julio de 1885 y 12 de mayo de 1887, dio disposiciones preventivas por las cuales debe servirse esta ermita por el párroco de El Paso, mientras no se resolviese lo contrario".

Pasaron los años. El 18 de noviembre de 1929, siendo obispo de Tenerife fray Albino González y Menéndez-Reigada y con motivo de la demarcación parroquial de la diócesis, sobre la base de la antigua ermita se creó la parroquia de Las Manchas, dependiente del arciprestazgo de Los Llanos de Aridane y con categoría rural de primera.

Con una dotación económica inicial de 2.650 pesetas anuales, 1.500 pesetas eran para los gastos del párroco y otras 500 para el culto. La nueva parroquia carecía de propiedades y su primera modificación patrimonial se produjo en 1952, cuando recibió la imagen de Nuestra Señora de Fátima, que sería colocada al aire libre en un monumento homenaje a la divina devoción. Su primer párroco fue José Pons y Comallonga, nombrado el 28 de mayo de 1931, que ejerció el cargo durante 13 años. En recuerdo de su fecundo magisterio sacerdotal, la plaza de la ermita lleva su nombre.

El relevo lo tomó en 1944 el sacerdote Antonio Rodríguez Socas, quien fue sustituido en 1946 por Salvador Miralles Pérez. En 1948 fue nombrado Elicio Blas Santos Pérez, que desempeñó el cargo hasta 1950, con gran satisfacción y recuerdo del vecindario, en especial por el reconocimiento a su labor durante la erupción del volcán de San Juan. El 8 de julio de 1949, la ermita fue desmantelada ante la amenaza inminente del brazo de lava, que se detuvo donde se encuentra el monumento de Fátima.

En 1950 estuvieron en la parroquia, con carácter interino, los sacerdotes Marino Sicilia Pérez y José Enrique Martín Pérez. En 1951, el primero de ellos fue nombrado párroco titular y en 1959 le relevó Pedro Capote Pérez. En 1960 se hizo cargo de la parroquia Carlos González Quintero, a quien, en 1963, sustituyó Ismael Rodríguez Hernández. A partir de entonces han sido párrocos de Las Manchas los siguientes sacerdotes: José Antonio Zafra Moreno (1965-1967), Domingo Guerra Pérez (1967-1970), Isidro González de Prado (1970-1982), Jorge Fernández Castillo (1982-1992) y el actual, Antonio Manuel Pérez y Pérez, desde el 20 de septiembre de 1992.

Aunque en varias ocasiones llegó a plantearse su demolición, por no tener capacidad suficiente para el culto, así como derribar uno de los muros para construir un anexo, la histórica ermita ha logrado conservar su factura original de una sola nave, dividida en dos tramos de distinto nivel. La parte más antigua corresponde al altar y mide 8,50 metros de largo y 5,70 de ancho, separado por un arco toral de medio punto labrado en piedra.

El artesonado es de par y nudillos, con estructura de almizate y faldones laterales, reforzado por tirantes simples apoyados en sencillas ménsulas. Las losetas del suelo eran de dos tipos: en color el primer tramo, más antiguo y en blanco y negro el segundo, más moderno en el tiempo. Tiene un coro y dos sacristías, a izquierda y derecha del altar mayor. La primera, edificada en el siglo XIX, sufrió el derrumbamiento del techo y sólo conservaba los muros hasta que fue restaurada. La segunda fue construida en la década de los años treinta del siglo XX por un maestro de obras, época en la que también se rehizo el púlpito. El balcón del coro, desde el que se toca la campana, también fue rehecho en 1945.

En 1931, la dependencia de la sacristía fue habilitada por su párroco titular para vivienda. El techo de madera fue sustituido por otro de mampostería y contiguo a este local edificó una pequeña cocina y un servicio, sin taza. La arena la acarreó en bolsas desde la montaña de El Manchón, a más de dos kilómetros de distancia. En el ángulo libre sembró el cura José Pons un nisperero, que pervivió durante muchos años.

En el verano de 1993, la techumbre de la iglesia sufrió un desplome. Ante el peligro inminente de un derrumbe de mayores proporciones, la celebración de los oficios religiosos se trasladó a un local próximo y comenzó el proceso de su restauración, que se prolongó por espacio de casi cinco años.

En 1996, a instancias del Cabildo Insular de La Palma, en expediente promovido por el consejero Vicente Capote Cabrera, la ermita de Las Manchas fue declarada Bien de Interés Cultural (BIC) por el Gobierno de Canarias, con categoría de monumento.

En junio de 1998 concluyeron las obras de recuperación del edificio, así como la rehabilitación del retablo y las imágenes, gracias a un convenio suscrito entre el Cabildo Insular de La Palma y el Obispado de la Diócesis Nivariense, siendo reabierta al culto el 10 de enero de 1999.

El chorro de la ermita
En la historia de Las Manchas ocupa un puesto relevante la figura de José Antonio Jiménez "Patachueca" (1873-1946), considerado un auténtico benefactor del bienestar de sus vecinos. Entre sus principales iniciativas destaca la conducción de agua potable desde El Paso mediante una tubería y la construcción del cementerio.

En una comarca donde la lluvia es escasa, la única posibilidad que existía entonces de almacenar el agua era en aljibes, aunque no todas las casas lo tenían y era racionada durante todo el año. Cuando era un año seco y se agotaba el suministro, había que traerla de las fuentes de la Cumbre -Los Cubos, Nambroque, El Tión y Pascual -que fue sepultada por las cenizas del volcán de 1949- o desde los chorros públicos de El Paso y Todoque -en este último, llamado Los Pasitos, a partir de 1902-, en un viaje de horas debido a las considerables distancias que había que recorrer.

A principios del siglo XX surge la figura del campesino José Antonio Jiménez, apodado "Patachueca", que contribuyó con su imaginación y esfuerzo a mejorar el nivel de vida de sus paisanos. Su primera iniciativa fue traer el agua potable mediante una tubería desde El Paso hasta el chorro de la ermita. El aporte de las pocas familias que tenían recursos era voluntario y no les daba preferencia respecto de los que nada podían, sobre el uso y disfrute del agua.

La obtención del dinero necesario se convirtió en una empresa difícil. A partir de 1908 se conservan algunos recibos de las suscripciones voluntarias, como también lo fueron las prestaciones de muchos vecinos, con su trabajo y esfuerzo, para lograr que el agua llegara a su barrio. Un familiar del promotor, Juan J. Jiménez González, emigrante en Cuba, donó 250 pesetas para la obra, cantidad considerable para la época, en un gesto que se recuerda en una placa en homenaje al donante.

Después de superar dificultades de todo tipo, el agua llegó al chorro de la ermita el 15 de abril de 1912. Los vecinos que vivían cerca fueron los más beneficiados, pero aún quedaban otros más lejos, por lo que se decidió continuar la instalación de la tubería hasta el pago de Las Manchas de Abajo, a donde llegó en 1921.

La segunda iniciativa fue la construcción del cementerio. El traslado de un cadáver hasta Los Llanos, Tazacorte o El Paso era un trabajo penoso, que se hacía a hombros por los caminos reales. José Antonio Jiménez "Patachueca" convenció a sus paisanos de la necesidad de construir un cementerio en Las Manchas y para ello se eligió un lugar equidistante, situado en las proximidades de la montaña de Cogote, donde se iniciaron los trabajos con prestaciones voluntarias. En 1955 se produjo el primer entierro y fue una mujer, Telvia González López, vecina de El Charco.

"A nuestro personaje -escribe Primitivo Jerónimo- le recuerdan los que vivieron en su época como un personaje ejemplar, valiente en plantear soluciones a los problemas y con voluntad absoluta para luchar por Las Manchas. Trabajó en varias actividades: algunos lo recuerdan de panadero en su etapa en El Cantillo, constructor de ataúdes, vendedor de tabaco que traía de Puntallana cuando residía allí, e incluso se le creía con poderes espiritistas".

En los años de la posguerra se construyó un depósito con capacidad para 325.000 litros a cargo de los Servicios Municipales de Abasto Público de Agua. Una placa, expuesta desde 1945, expresa la gratitud del Ayuntamiento de El Paso al presidente de la Junta Interministerial del Paro Obrero, Esteban Pérez González, que subvencionó la construcción de la citada obra.

Monumento del Sagrado Corazón
Sobre las casas de El Callejón se encuentra un monumento dedicado al Sagrado Corazón de Jesús. Fue edificado a iniciativa de Dolores Crespo, esposa del entonces maestro nacional de Las Manchas, Francisco Caballero, y contó con el beneplácito del párroco José Pons. De su edificación, que concluyó el 9 de marzo de 1940, se ocuparon los albañiles Miguel Leal González y Valentín Simón, como recoge una inscripción al pie del pedestal.

En los alrededores fueron sembrados siete rosales en honor de los siete hijos del matrimonio, que fenecieron en la sequía de 1948. En las ventanas ciegas fueron inscritos los nombres de las víctimas de Las Manchas durante la guerra civil (1936-1939) y durante algunos años albergó una luz votiva, que en los años de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) se obligaba a apagar durante la noche, según cuenta el profesor Pedro Nolasco Leal.

El citado monumento ha sido testigo de los principales acontecimientos del barrio de Las Manchas: la erupción del volcán de San Juan, la riada de los barrancos de Tamanca y Los Hombres y la anegación de los pagos de Jedey y Las Manchas de Abajo, entre otros hechos importantes.

domingo, 7 de noviembre de 2004

Las Haciendas de Argual y Tazacorte

Juan Carlos Díaz Lorenzo
Los Llanos de Aridane

El vasto territorio de la Caldera de Taburiente es propiedad de las Haciendas de Argual y Tazacorte. Los antecedentes se remontan a finales del siglo XV, cuando habían transcurrido algo más de tres años desde el final de la conquista de La Palma

El 15 de noviembre de 1496, los Reyes Católicos confirieron en Burgos un poder al adelantado Alonso Fernández de Lugo para que, en su nombre, repartiera las tierras ocupadas con el fin de poblarlas y cultivarlas. El original de este documento se custodia en el Archivo General de Simancas, Sección del Sello de Corte, en el legajo del citado año.

En julio de 1502, Fernández de Lugo hizo donación pura e irrevocable a su sobrino y lugarteniente, Juan de Lugo, ante el escribano público de Santa Cruz de La Palma, Fernando de Gálvez, de todas las tierras y aguas de la Caldera, paraje que entonces se denominaba El Río de Tazacorte, así como de varias fincas y unos ingenios existentes en sus contornos, llamados de Argual y Tazacorte.

De modo que el primer propietario exclusivo del conjunto patrimonial de las Haciendas fue el citado Juan de Lugo, quien, el 27 de noviembre de 1508 vendió dicha propiedad a Jácome Dinarte y, éste, poco después, el 5 de enero de 1509, hizo lo mismo a la compañía alemana de los Welzer, compra que, por tratarse de súbditos extranjeros, tuvo que ser autorizada por la reina Juana la Loca, que se encontraba en Valladolid, el 10 de enero de 1513. El referido documento público, de incalculable valor histórico y documental, tiene la virtud de calificar de dominio privado y de designar por su actual toponímico el paraje de La Caldera, cuyo territorio describe perfectamente.

Estando en Flandes, los mercaderes alemanes Welzer vendieron, el 4 de diciembre de 1513, el patrimonio de las Haciendas de Argual y Tazacorte al súbdito flamenco Jácome van Groenenberg, cuyo apellido se tradujo al castellano por Monteverde. La citada escritura de compra fue confirmada por la reina Juana la Loca y el príncipe Carlos, en el real sitio de Zaragoza, el 4 de diciembre de 1516, cuya carta real original se custodia, asimismo, en el Archivo General de Simancas. A la muerte de Jácome de Monteverde, que fue el último dueño unipersonal de las Haciendas, sus cinco hijos y herederos, Melchor, Ana, Juan, Miguel y la estirpe de Diego de Monteverde, entonces fallecido, otorgaron, ante el escribano público de Santa Cruz de La Palma, Domingo Pérez, el 27 de noviembre de 1557, la partición de los bienes integrantes del citado patrimonio. En el citado documento público se definió y concretó la comunidad por cuotas indivisas o heredamiento de las Haciendas.

La adquisición originaria de las tierras y aguas de la Caldera, así como de los ingenios y cañaverales de Argual y Tazacorte, y las siguientes transmisiones entre particulares de dicho patrimonio -Juan de Lugo, Jácome Dinarte, la compañía Welzer y Jácome de Monteverde- hasta convertirse en una comunidad hereditaria entre los cinco hermanos Monteverde, son hechos históricos incuestionables y de los cuales existen los títulos acreditativos en el archivo más ilustre de España y en el más importante de La Palma.

Al poco tiempo de morir el último dueño unipersonal de las Haciendas, Jácome de Monteverde, y meses antes de la partición notarial entre sus coherederos, se produjo una sentencia firme de la Audiencia Real de Las Palmas, de fecha 2 de abril de 1557, en la que, confirmando la dictada por el juez de La Palma en el pleito promovido por el Consejo de Regidores contra los herederos de Monteverde, "se impone al dicho Consejo perpetuo silencio para que de aquí en adelante no moleste, inquiete ni perturbe a los dichos Monteverde en la propiedad y posesión que por este proceso y por los títulos y derechos presentados han tenido y tienen de las tierras de la Caldera".

Siete meses después de esta resolución judicial, los cinco hijos de Jácome de Monteverde otorgaron la partición de 27 de noviembre de 1557, en la que establecen, con todo lujo de detalles descriptivos, la comunidad o heredamiento de las Haciendas de Argual y Tazacorte, distribuyendo sus elementos patrimoniales en cinco cuotas o participaciones iguales, pactando las reglas para el uso y disfrute de las aguas de la Caldera, las que, con sus montes, tierras y atarjeas, dejan explícitamente proindiviso.

Las aguas de la Caldera, con un "ancho de nueve leguas del que salen tres arroyos de mucho agua", fueron canalizadas para regar las fértiles tierras de esta zona, de extraordinario rendimiento en los cultivos de la caña de azúcar, lo que atrajo las inversiones de capital más importantes, estimuló las relaciones mercantiles y enfrentó a menudo los intereses económicos con el poder establecido.

Abreu Galindo cita que "tiene esta Caldera dentro muchas aguas, que se juntan todas en un arroyo, que sale por una boca de esta caldera... También nacen de las espaldas de esta Caldera dos arroyos de extremada agua: el uno, a la banda del Norte, con que muelen dos ingenios de azúcar; y el otro a la banda de Oriente, para servicio de los molinos de la ciudad y vecinos de ellas".

Entre 1555 y 1557, Juan de Monteverde y Pruss, capitán general de La Palma nombrado después del ataque de Pie de Palo en 1553, construyó la acequia que hizo posible el regadío de las tierras de Argual, trayendo el agua de la Caldera "con mucho coste -escribe Gaspar Frutuoso- sacó el agua de este barranco para aprovecharla en el dicho ingenio y en sus cañaverales, y lo hizo por riscos tan peligrosos y rompiendo peñas tan grandes, que en un principio parecía que iba a ser imposible sacar dicha agua del barranco y traerla al dicho lugar de Argual". La obra, que costó más de 12.000 cruzados, se hizo gracias a la "gran industria" del mercader burgalés Lemes de Miranda.

La importancia del riego resulta evidente, pues los ingenios y haciendas habían tomado un valor de más de 200.000 cruzados, "pues no se hacen en ellos -apunta Frutuoso- menos de 7.000 u 8.000 arrobas de azúcar cada año, moliendo desde enero a julio sin cesar, obteniendo muchos rendimientos de las mieles y remieles que envían a Flandes; sus dueños se evitan muchos gastos al tener muchos esclavos y camellos para cortar y acarrear la caña y la leña de los ingenios".

La partición de 1613
Un momento trascendente en la historia del Heredamiento de las Haciendas de Argual y Tazacorte es la llamada Partición Grande de 1613, autorizada por el escribano público de Santa Cruz de La Palma, Bartolomé González de Herrera, el 29 de noviembre del citado año, resultado de los bienes que habían pertenecido a otro caballero flamenco, Pablo de Vandale, afincado en La Palma y que llegó a adquirir cuatro de las cinco cuotas o participaciones de los hermanos Monteverde, heredando a aquél sus cinco hijos, Pedro, Margarita, Jerónima, Ana y María, la cual, por haberse casado con Melchor de Monteverde -que fue el único que no había enajenado su quinta parte del Heredamiento a Pablo de Vandale-, vino a tener una mayor participación en las Haciendas, asignándose sus bienes comunes unos, por mitad, a ambas Haciendas -es decir, las aguas y tierras de la Caldera- y otros, a una u otra Hacienda en particular -los ingenios, por ejemplo- distribuyéndose todos en veinte décimos o turnos de 24 horas de agua cada diez días de la conducida por la acequia de Argual o por la de Tazacorte, cada una de las cuales proporcionaba, en consecuencia, diez turnos sucesivos de un día entero de agua.

Dicha cláusula narrativa de los inmuebles propiedad del Heredamiento -la Caldera, los ingenios, etc.- figura reproducida exactamente por las ordenanzas de 1887, habiéndose conservado siempre la división de toda el agua de la cuenca de Taburiente en dos mitades, una para cada Hacienda, y la percepción del mismo por el sistema de dulas que tan exquisitamente había regulado la famosa escritura particional de 1613, de modo que cada décimo, con el paso del tiempo, fue subdividiéndose en turnos de una hora, éstos en minutos y después en segundos. Y por un fenómeno de inversión de valores, de principal a accesorio, a las cuotas o participaciones indivisas del conjunto inmobiliario del Heredamiento, se las fue designando con los nombres de "horas o minutos o segundos" de agua de una u otra Hacienda.

Además de la participación de Vandale de 1613, conocida también por la de los Dieciséis Décimos -porque cuatro pertenecían a Melchor de Monteverde, casado, como se dijo con una de sus hijas-, pueden citarse una serie de escrituras, cuyo detalle haría prolijo este trabajo, que eslabonan las transmisiones hereditarias de las cuotas o participaciones de la copropiedad de la Caldera y demás bienes comunes de las Haciendas de Argual y Tazacorte, desde aquellos cinco hijos de Vandale hasta el otorgamiento de las Ordenanzas de 1887 por las que entonces se regía el Heredamiento. Los originales de estos documentos se custodian en el Archivo General de Protocolos de Santa Cruz de La Palma o se reseñan en su registro de la Propiedad.

En cuanto a las relaciones entre los comuneros para la administración, el uso y el goce del agua de la Caldera, ha sido objeto, asimismo, de varias convenciones otorgadas entre los hacendados en el transcurso del tiempo. Al margen de las cláusulas iniciales contenidas en la partición Monteverde de 1557 y ampliada en la Vandale de 1613, los partícipes encuadrados en la Hacienda de Argual formularon un auténtico reglamento mediante escritura autorizada el 14 de abril de 1698, ante el escribano público Andrés de Huertas, mientras que los hacendados de Tazacorte firmaron otra, ante el propio escribano, el 30 de diciembre de 1749. Ambos documentos se conservan en el Archivo General de Protocolos de Santa Cruz de La Palma y son los antecedentes inmediatos de las ordenanzas de ambas Haciendas, cuyo protocolo se otorgó ante notario de Los Llanos de Aridane, Melchor Torres, el 27 de mayo de 1887.

Por estos estatutos, que refunden todas las normas anteriores, se rigió el Heredamiento hasta el 7 de septiembre de 1958, cuyas referencias con la Ley de Aguas de entonces fueron meramente terminológicas, ya que en su exposición de motivos se advierte que la comunidad que regula tiene carácter privado y, en consecuencia, no mantiene relación alguna con las comunidades de regantes modeladas por la indicada ley.

Años de pleitos
El 14 de agosto de 1837, El Paso obtuvo la segregación municipal de Los Llanos de Aridane. Al poco tiempo se removió la cuestión de la propiedad privada de las tierras de la Caldera. Poco después ambos ayuntamientos pretendieron el reconocimiento de la propiedad de las fuentes de Ejeros y Capitán, en el interior de la Caldera, con el pretexto del abasto público de ambas localidades y más tarde el Ayuntamiento de El Paso lo pretendió sobre la totalidad de las tierras y aguas de la Caldera.

Después de varios años de pleitos y desautorizaciones, el 1 de febrero de 1844, la Diputación Provincial sugirió dos caminos posibles: dirimir el asunto ante los tribunales de Justicia o alcanzar un acuerdo con las Haciendas, reconociendo el dominio de la propiedad, como así sucedió, siendo protocolado el 3 de abril de 1858, en el que los ayuntamientos reciben las aguas para el abasto público.

En 1954, las Haciendas consiguieron inscribir como propiedad particular la Caldera de Taburiente, a pesar de la frontal oposición y resistencia del Ayuntamiento de El Paso. En ese mismo año, y para compensar dicha situación, un decreto de 6 de octubre creó el Parque Nacional de la Caldera de Taburiente, en tiempos del Gobierno de Franco, siendo ministro de Agricultura, Rafael Cavestany y de Anduaga.

El Ayuntamiento de El Paso no cedió en su empeño y mantuvo su lucha por inscribir a su nombre en el Registro de la Propiedad, la propiedad de la finca de la Caldera, lo que fue de nuevo denegado el 27 de marzo de 1961. El Ayuntamiento promovió juicio de mayor cuantía contra el Heredamiento ante el Juzgado de Los Llanos de Aridane (autos 50/1962), cuyos argumentos fueron desestimados en sentencia de 23 de junio de 1967, confirmada posteriormente por la Audiencia Provincial y el Tribunal Supremo.

En julio de 1970, un dictamen del ex ministro Blas Pérez González, eminente jurista con despacho en Madrid, confirmó que el dominio de la Caldera de Taburiente había sido siempre una posesión efectiva de hecho del Heredamiento de las Haciendas de Argual y Tazacorte.

Los estatutos del Heredamiento tienen a la Caldera como finca proindivisa y los socios hacendados se reparten sus aguas cada diez días. Cada uno es propietario del caudal que sale de la Caldera durante horas, minutos y segundos, en función de las tierras agrícolas que posee o de los derechos que haya adquirido.


domingo, 1 de agosto de 2004

Lo que el volcán se llevó

Juan Carlos Díaz Lorenzo
Los Llanos de Aridane

El reparto de la ayuda no llegó por igual a todos los necesitados, algunos de los cuales pasaron calamidades

Concluimos hoy la serie de reportajes que hemos venido publicando en las últimas semanas referidos al 55 aniversario de la erupción del volcán de San Juan. Y lo hacemos incorporando los testimonios de dos vecinos de Las Manchas, José Expósito Pérez y su esposa, Juana Camacho García, que lo perdieron todo tras el paso de la lava.

A pesar del tiempo transcurrido, la memoria triste de estas dos personas octogenarias sigue intacta como si se tratara de los primeros momentos.

En la madrugada del 8 de julio de 1949 comenzó la salida de la lava desde la fractura del llano del Banco. Al amanecer era claramente visible el enorme peligro que se cernía sobre el barrio de Las Manchas, adonde fueron llegando las autoridades insulares.

El primer teniente de alcalde de El Paso, Miguel Jurado Serrano, en nombre de la alcaldía, dio órdenes de movilizar a todos los camiones del municipio y pidió ayuda a los alcaldes de Los Llanos de Aridane y Tazacorte. Con la colaboración de los propios vecinos, así como de otros venidos de los pueblos colindantes, las fuerzas de la Guardia Civil y las tropas del Batallón de Infantería La Palma nº 29, destacadas en Argual, evacuaron todo lo que quedaba en tiendas de comestibles, casas, lagares, puertas, ventanas, tejas y maderas aprovechables, muebles de las escuelas, las imágenes religiosas y ornamentos de la ermita de San Nicolás, la madera almacenada en el cargadero y los animales domésticos que aún se encontraban en la zona.

La movilización fue rápida y se realizó en camiones, guaguas, coches y carros tirados por bestias, lo que permitió salvar numerosos enseres, formándose una larga caravana en dirección a Los Llanos de Aridane y El Paso, donde ya se encontraban evacuadas más de un millar de personas desde hacía varios días, debido a los daños causados en las viviendas por los temblores de tierra. Los nuevos desplazados fueron alojados en colegios, almacenes de empaquetado de plátanos y casas particulares de los vecinos del valle de Aridane.

Poco después de que el primer teniente de alcalde de El Paso diera la orden de evacuación, llegaron las autoridades insulares y los geólogos Juan María Bonelli Rubio y Simón Benítez Padilla, así como los alcaldes de Mazo y Fuencaliente, con vehículos y vecindario dispuestos a cooperar en todo lo que fuera posible.

Testigos de los acontecimientos en Las Manchas dicen que dos hermanos, conocidos por el apodo de "los abejones", se encerraron en su casa cuando vieron venir la lava, porque pensaban que con ellos dentro pasaría de largo. La gente les gritaba para que se echaran fuera, pero ellos no hacían caso, por lo que tuvo que intervenir la Guardia Civil y los sacó a empujones.

Recuerdos tristes
El recorrido de la lava iba dejando una huella impresionante en la destrucción de casas, bodegas, pajeros, fincas y viñedos. Los testigos coinciden en afirmar que era una tristeza muy grande para quienes perdieron sus casas y propiedades, aunque para los demás aquello era un espectáculo inenarrable. La gente venía a ver el paso de la lava desde todas partes de la Isla. La Guardia Civil tenía que esforzarse en alejar a los curiosos del paso de la corriente de fuego, que iba avanzando lenta pero inexorablemente hacia el mar.

"Los recuerdos que tengo del volcán son tristes", comienza diciendo José Expósito Pérez (1919). "Estábamos durmiendo en una chabola, encima de una huerta, cuando llegan diciendo que el fuego estaba llegando a Bernal. Yo estaba acostado, pues además me encontraba enfermo. ¿Cómo va a ver eso, si ya estaba todo quemado? Eso no puede ser. Me levanto y se veía el fuego por ahí para abajo y en eso ya estaba aquí la Guardia Civil y la gente en la carretera. En fin, resulta que era la lava. La gente se alborotó y empezaron a llegar camiones. Por cierto, el primero que llegó cargó en mi casa. Se fue la mujer y la chica y yo me quedé. Deja ver. Con que luego, más tarde, llegó otro camión y cargó en casa de María, mi cuñada, y el volcán que venía llegando ahí mismo. Cuando llegó vi cómo se llevó la casa de mi cuñada, y digo, ahorita se lleva la mía. Pero ese día no se la llevó. Se la llevó al otro día. Hasta que no se la llevó, yo no salí de ella. Yo estaba sin comer, mejor dicho, yo no había comido nada. Y al otro día, cuando se la llevó, yo dije: aquí no hago nada, ya no tengo nada. Me voy".

"Entonces -prosigue- no sabía dónde estaba mi mujer. Cogí una bicicleta que tenía y salí por ahí abajo averiguando adónde había ido a parar y me dijeron que estaba en Los Llanos, en la casa de Mariano Nazco. Y, sí, fui y di con ella. Aquí quedó el ganado y cuando volví, unos se habían llevado las cabras para un lado, otros un cochino que tenía para otro, ¡qué sé yo! Y yo enfermo, sin un duro, sin casa y sin nada. Así que ese es el recuerdo que yo tengo del volcán".

"Y gracias que el que tenía el comercio y la molina, uno que le decían Julín, hijo de Julián Simón, allí era donde nosotros cogíamos las raciones. Pero yo, como no tenía ni un duro, pues no iba a buscarlas, porque yo me decía, dentro de poco ya no me las dan. Y es que ya le debía dinero. Un día me mandó una carta y yo pensé, esto es pidiéndome lo que le debo. Pero fue al revés. Era para mandarme dinero y que fuera a recoger las raciones. Hubo gente que se portó muy bien con nosotros".

Penurias y trabajos
"De toda aquella ayuda que prometieron -concluye-, no dieron nada o dieron muy poco. Las casas que se llevó el volcán no las pagaron. El terreno que se me llevó lo valoraron en 5.500 pesetas. Y luego, al fin, lo que me dieron fue 1.100 pesetas con cinco céntimos, y haciéndome ir a cada rato a Los Llanos, diciendo que si la casa la iban a hacer aquí, que si la iban a hacer allá. Y, al fin, no hicieron nada. Lo único que sí hicieron, apenas yo empecé a hacer ésta, es que todavía no la había terminado cuando ya me habían puesto la contribución. Esa fue la única ayuda que tuve. Así que eso es lo que yo le puedo contar. Todavía, y mire el tiempo que ha pasado, no quiero ni recordarlo".

La memoria de su esposa, Juana Camacho González (1922), a punto de dar a luz a su segundo hijo en aquellos días, conserva una precisión absoluta al evocar los recuerdos de aquellos días azarosos:

"Yo estaba en un trocito de terreno que había más arriba, pues había ido a buscar un cesto de flores de tunos para el cochino y venía bajando. Yo, la verdad, no vi el fuego hasta que llegué a la carretera, donde estaban las higueras del Grajo, cuando oí a la gente con el laberinto de que venía el fuego por ahí para abajo. Y era la lava. Entonces, lo que hice fue recoger las cositas que teníamos, lo que pude y en un saco de carbón que había vacío metí la ropa que tenía en el armario para poderla salvar, porque creía uno que la lava llegaba rápido. En el primer camión salí para Los Llanos".

"A mi hija Sérvula me la llevó Laureana, con el chico de ella, caminando por la carretera y cuando llegué a Los Llanos no la encontré. No sabía para dónde había ido. Enseguida, al desocupar el camión, le pregunté a mamá, que estaba atendiendo a Amelia, que hacía poco había dado a luz, que si Sérvula estaba con ella. No, aquí no me la han dejado. Entonces, en el primer camión que encontré volví otra vez a Las Manchas, a buscar a la chica y estaba en la casa de Gabriel ‘el peludo’. Laureana la tenía allí. Ella nunca había tomado la leche por una taza, sino por el biberón. Las cabras las tenía Regina, que en paz descanse, en su casa, pues las conoció y se las llevó con ella. Yo fui y ordeñé la leche cruda y le di una taza a la chica y era tanta el hambre que tenía que se la comió como si había sido por el biberón".

"Después regresé a Los Llanos y allí estuvimos un tiempo. Cuando supe que el volcán se había llevado la casa me dio un gran susto y un gran disgusto. ¡Dios mío, qué cosa más grande! Poco se podía pasar entonces por aquí, porque eso estaba que ardía todavía. Entonces, las guaguas ya llegaban a un lado y al otro de donde pasó la lava. Al poco tiempo di a luz en el hospital de La Palma, donde me atendieron muy bien. Incluso muchas señoras de allí me dieron ropas para el recién nacido. Volví derecha a Los Llanos, me acuerdo que fui en el coche de Gabriel ‘el de la guagua’, que no tenía puertas por los lados ni nada. Yo llegué tullida, que no podía conmigo. Los vecinos de Los Llanos se portaron muy bien con nosotros".

"En septiembre -prosigue-, cuando fueron a abrir las escuelas, nos echaron fuera. Entonces vinimos para un pajerito que está por encima del cementerio, que era de una tía que estaba en Cuba. Cuando llegó el invierno, llovió y se nos mojó la cajita del gofio, se nos mojaron los higos pasados, se nos mojó el camarote donde dormíamos; sólo el chico fue el único que no se mojó por la noche, porque lo abrigué conmigo. La chica, que entonces tenía tres años, sí se mojó todita y mi marido y yo también nos mojamos".

"De allí salimos para la casa de Juanito ‘el de Paula’ y allí estuvimos unos cuantos meses. Entonces mi marido intentó hacer un pajerito, un sitio donde uno meterse. Y sí, se pudo hacer. Muchos vecinos nos dieron los peones, Andrés ‘el de Idilia’, Pepe ‘el de Marta’, en fin, entre todos ellos nos perdonaron algunos jornales. Hicimos el pajerito de un agua y cuando nos metimos dentro nos parecía que éramos ricos, cuando por fin entramos dentro de lo nuestro. Después, decían que compráramos el solar para hacer la casa. Incluso vendí un fisco de dote para comprar este solar, porque lindaba con la casa nuestra y lo compramos a toda prisa, porque querían hacer las casas. Y si hubiera sido por ellos, todavía estaríamos esperando. Así que sí pasamos trabajos. Y mi marido enfermo, con una pierna mala. En 1951 estuvo ingresado una temporada en el hospital de La Palma para operarse de la pierna. Fíjese los recursos que nos quedarían, con él sin poder trabajar, con los dos hijos chicos, en manos de la caridad de los vecinos y de alguna limosna que me hacían".

"Un día -concluye el relato-, saliendo de la molina, Julín me llamó para atrás. Me dio un sobrito y yo no lo abrí. Llegué a casa y le dije a Pepe: Esto es para pedirte el dinero de las raciones. Pues no. Era que le mandaba dinero, porque sabía que estaba enfermo, para que fuéramos a recoger las raciones para poder comer. Y, la verdad, ese hombre, ¡Dios lo tenga en la gloria!, fue muy bueno para nosotros".

Reparto desigual. La ayuda económica y material que llegó a La Palma, a pesar de la buena voluntad de muchas personas y de las instituciones de entonces, principalmente del Cabildo Insular, no se repartió por igual, por lo que hubo personas que pasaron verdadera necesidad y consiguieron escapar gracias a la generosidad de sus vecinos y de personas anónimas impresionadas por lo que estaban viviendo.

A instancias del ministro de la Gobernación, Blas Pérez González, una comisión de técnicos del Instituto Nacional de Colonización emprendió viaje a La Palma, con la finalidad de ver la posibilidad de adquirir una o dos fincas de grandes dimensiones que podían ser parceladas y donadas a los agricultores que habían perdido sus propiedades al quedar sepultadas por la lava.

Otra comisión de la Dirección General de Regiones Devastadas vino con la misión de atender la reconstrucción de todas las viviendas que habían resultado destruidas o con graves daños por la lava o los temblores de tierra.

De las personas evacuadas, niños, adolescentes y adultos, una parte fueron a Santa Cruz de La Palma y se alojaron durante varios días en casas particulares ofrecidas por sus habitantes. Los que necesitaron cuidados médicos fueron ingresados en el Hospital de Dolores, donde recibieron las atenciones que requerían.

El doctor Amílcar Morera Bravo realizó más de cuarenta intervenciones quirúrgicas. Los médicos de la isla, tanto de medicina general como especialistas, atendieron cientos de consultas de los evacuados.

Cuando la erupción llegó al final y el brazo de lava se había solidificado, aunque todavía en su interior mantenía temperaturas elevadas, "ya son varias las personas que han atravesado de un lado a otro de la corriente lávica, si bien esto debe considerarse aún como un arriesgado y peligroso intento, pues todavía es necesario esperar muchos días a que se enfríe totalmente el brazo de lava para dar comienzo a los trabajos tendentes a poner nuevamente en servicio la carretera general en el tramo donde fue cortada por la corriente ígnea".

La autoridad, al tener conocimiento de que, en efecto, muchos vecinos de Las Manchas y Jedey evacuados en el valle de Aridane habían pasado a "la zona oriental" cruzando el volcán, "lo que encierra grave peligro por las posibles explosiones por expulsiones de gases, que constantemente se registran en todo aquel sector", prohibió terminantemente que nadie circulara sobre el brazo de lava hasta que los técnicos creyeran oportuno autorizarlo.

DIARIO DE AVISOS insistía en este asunto: "Algunos vecinos (...) y que soslayando temerariamente las órdenes de la autoridad han logrado llegar a los lugares donde creen que otrora tuvieron sus casas y sus cultivos, no pueden fijar exactamente los linderos. De tal forma el fenómeno ha cambiado la topografía de aquel sector".

"Se nos dice -prosigue- que son muchas las personas que tanto por los lugares de Las Manchas, por donde corrió la lava, como por el barranco de La Jurada, han pasado, sino tan tranquilamente, si un poco deprisa, aunque con manifiesta inconsciencia siempre".

Y es que hubo quienes quemaron la lona de sus alpargatas y se llevaron sustos de muerte cuando pisaban la costra de la lava que todavía estaba caliente.