domingo, 10 de julio de 2005

Cita lustral en el puerto palmero

Juan Carlos Díaz Lorenzo
Santa Cruz de La Palma


Las Fiestas Lustrales de Nuestra Señora de las Nieves representan el punto de encuentro para los palmeros en la diáspora. Desde finales del siglo XIX, en que se regularizaron las escalas de los barcos de la emigración en el puerto de Santa Cruz de La Palma, unos pocos indianos acaudalados y otros menos favorecidos hacían coincidir sus viajes de retorno coincidiendo con la celebración de la Bajada. Entre los primeros los había que después regresaban de nuevo a sus posesiones en la isla de Cuba y entre los segundos, en más de una ocasión se repitió la experiencia, empujados por las dificultades económicas y el indudable atractivo que ejercía la Perla de las Antillas.

Como es sabido este flujo de personas se mantuvo hasta la decadencia de la emigración a Cuba y el cierre definitivo de la línea de las Antillas, que facilitaba el traslado de la corriente migratoria de una orilla a la otra del Atlántico, utilizando para ello también las líneas que hacían escala en los puertos de Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas.

A La Palma, entonces, se llegaba por mar. Y por mar llegaron también los paisanos que vivían en otras islas o en las plazas africanas, a bordo de los históricos correíllos negros o en los barcos del cabotaje; y a partir de finales de los años veinte, los que residían en Madrid o en cualquier otra ciudad peninsular, llegaban a la isla en los barcos de Trasmediterránea y en las motonaves de Líneas Pinillos, logrando así el retorno a la isla por unos días para ver a sus seres queridos y disfrutar de las fiestas en honor de la Patrona amada.

Con el paso del tiempo, las mejoras experimentadas en el transporte marítimo contribuyeron, sin duda, a una mayor afluencia de paisanos y de público en general, a pesar de las limitaciones hoteleras que entonces tenía la isla, con una escasa oferta, organizando sus desplazamientos para venir a La Palma en una fecha tan señalada.

En Venezuela había palmeros desde finales de los años cuarenta. La mayoría eran paisanos que habían llegado al país en los veleros clandestinos y en las líneas regulares, y cuando abrió sus puertas la emigración legal, merced a los acuerdos bilaterales suscritos entre los gobiernos de Franco y Delgado Chalbaud y Pérez Jiménez, comenzó el éxodo de miles de paisanos que cruzaron el Atlántico a bordo de los trasatlánticos, en su mayoría de nacionalidad portuguesa, panameña, italiana y española.

El camino de ida de la diáspora palmera a América se convirtió también en camino de vuelta. Por espacio de cuatro lustros, entre 1955 y 1970, y con motivo de la Bajada de la Virgen de Nuestra Señora de las Nieves, el puerto de Santa Cruz de La Palma acogió la presencia excepcional de seis trasatlánticos de la emigración que venían en viaje directo desde La Guaira. En algunos casos, especialmente en la Bajada de 1965, en que arribaron nada menos que tres barcos, el esfuerzo era el resultado de dos agencias de viajes radicadas en Caracas y propiedad de palmeros: Viajes Sport y Viajes El Teide, con sede en Quinta Crespo y en la Avenida Baralt, respectivamente.

Venezuela vivía entonces una época dorada. El bolívar se cotizaba alto y las remesas de dinero enviadas por los emigrantes que trabajaban de sol a sol en la otra orilla contribuían generosamente al sustento de sus familias y, en definitiva, al desarrollo de La Palma y de Canarias.

La bonanza económica, social y política permitía emprender con holgura el largo viaje de ida y vuelta y afrontar con comodidad la estancia en la isla. La llegada de los indianos, que la voz popular también llamaba "los venezolanos", aún siendo paisanos, era un llamativo signo de atracción en todos los pueblos de la isla, pues algunos, incluso, traían sus propios coches, unos modelos americanos -Chevrolet, Buick, Ford...- entonces prácticamente desconocidos en las islas.


Desde Venezuela

El primero de los barcos de la emigración que arribó al puerto palmero en la cita lustral fue el trasatlántico portugués Vera Cruz, que llegó el 7 de junio de 1955, en medio de una gran expectación. Aquel día se encontraban atracados en el trozo de muelle los fruteros Bangsbo, de la compañía danesa Det Forenade (DFDS) y el histórico Monte de la Esperanza, de Naviera Aznar.

El hermoso buque, propiedad de la Compañía Colonial de Navegación, fondeó al resguardo del Risco de la Concepción, frente a la playa de Bajamar, y los pasajeros y sus equipajes desembarcaron en los botes de servicio del citado "liner", llegando a tierra en medio de la emoción de sus seres queridos y la curiosidad de cientos de personas que se habían congregado en las proximidades.

Un lustro después correspondió el protagonismo a su gemelo Santa María, sin duda uno de los barcos más famosos de la emigración canaria a Venezuela, que arribó el 11 de junio de 1960, unos meses antes del célebre secuestro por el comando de Galvâo. Dadas las limitaciones operativas del muelle y el calado del buque, el trasatlántico fondeó a casi una milla y, al igual que sucedió en la ocasión anterior, los paisanos desembarcaron en los botes del "liner", repitiéndose las escenas de alegría y emoción ante tan anhelado reencuentro.

En el año lustral de 1965 llegaron a La Palma, nada menos, que tres barcos procedentes de Venezuela. El 2 de junio arribó, por primera vez, el trasatlántico italiano Irpinia. Testigos presenciales de aquella fecha recuerdan que el gentío que se congregó en el muelle y en los alrededores para presenciar la entrada del barco fue "impresionante", pues desde hacía unos días se había anunciado en las páginas de DIARIO DE AVISOS y en las ondas de la emisora sindical "La Voz de la Isla de La Palma", por lo que su llegada era de dominio público.

El elegante trasatlántico aminoró la velocidad frente a los cuarteles de Breña Baja y esperó el embarque del práctico José Amaro Carrillo, dando luego "avante poca" con el ancla de babor a la pendura para iniciar la maniobra de atraque, en la que se cruzó con el frutero danés Athos y con el carguero español Mariloli, que se encontraban fondeados frente a la playa de Bajamar. Durante su estancia en el puerto palmero compartió atraque con los fruteros Duero y Ciudad de Salamanca, así como con el costero Vicente Gallart.

Según hemos podido constatar, el trasatlántico italiano Irpinia estuvo en el puerto palmero en cuatro ocasiones, la última de las cuales sucedió el 10 de junio de 1966. La agencia de viajes El Teide, propiedad de empresarios palmeros, había sido la principal promotora de que el "liner" italiano viniera a La Palma.

Unos días después, el 13 de junio, que fue domingo, arribó el trasatlántico italiano Surriento, con una expedición de 113 pasajeros. La fiesta de recibimiento casi se tiñe de luto cuando una niña de seis años, al intentar coger una serpentina, cayó al agua y pudo ser salvada gracias a la inmediata y decidida actuación de uno de los presentes, José Hernández Vargas, que consiguió rescatarla con vida y todo quedó en un susto mayúsculo.

Con anterioridad, este buque había estado en el puerto palmero el 27 de enero de 1963, fecha en la que el citado trasatlántico se vinculó para siempre con la historia del puerto de Santa Cruz de La Palma. Como en las grandes solemnidades de la mar, el "liner" arribó aleteando al viento la multicolor empavesada y saludó a la ciudad con las pitadas de rigor.

Posteriormente, el armador del Surriento, Achille Lauro, envió una carta al alcalde de Santa Cruz de La Palma, Miguel Sosa Pérez, en la que le manifestaba, entre otras consideraciones, que "el comandante Ángel Carmincich, a su llegada a Nápoles, me ha hecho el elogio de la calurosa, espontánea y cariñosa acogida que usted, las autoridades civiles y portuarias, así como la población, han tenido a bien manifestar a nuestra unidad en ocasión de la escala efectuada en su bella isla".

"Los honores que han tributado a mi buque y a su tripulación -prosigue- me han llegado al corazón y han confirmado la unidad espiritual que vinculada a nuestros dos países. El pueblo español y el pueblo italiano vienen hondamente unidos por una idéntica fe religiosa, por analogías de lengua y por una igual sensibilidad de temperamento. Se entienden profundamente y el calor de esta manifestación no quedará como un simple episodio momentáneo, sino como un bellísimo y cariñoso recuerdo por cuantos en ello han participado".

Achille Lauro, cavallere del Valoro, expresaba en su misiva su deseo de que la primera visita del Surriento "pueda ser el inicio de un tráfico regular importante que me permitirá continuar escalas regulares en esa isla" y agregaba que "si a mí me resultara imposible venir un día personalmente a Santa Cruz de La Palma, puedo asegurarle que lo hará mi hijo y en nombre mío le extenderá a V. un abrazo y rendirá piadoso homenaje a la Santa patrona de la Isla, la Virgen de las Nieves".

Un día después, el 14 de junio, arribó, también por primera vez, el trasatlántico italiano Anna C, en viaje directo desde La Guaira, ocasión en la que desembarcaron 45 pasajeros.


La escala del "Begoña"

La última escala de este ciclo lustral correspondió al histórico trasatlántico español Begoña, de la Compañía Trasatlántica Española, uno de los barcos más famosos de la emigración canaria a Venezuela -al igual que su casi gemelo Montserrat-, que arribó en la tarde del 28 de mayo de 1970, procedente de La Guaira y Puerto España (Trinidad). El viaje lo había cubierto en ocho singladuras y en el puerto palmero desembarcaron 110 palmeros, que fueron los últimos que llegaron por mar desde Venezuela con motivo de la celebración de las Fiestas Lustrales.

Manuel Marrero Álvarez, que desempeñaba entonces la dirección de la consignataria Viuda e Hijos de Juan La Roche en Tenerife, consultó con Manuel Padín, uno de los directores de la compañía en Madrid y con el capitán Gerardo Larrañaga, a quien había informado en la escala anterior en Tenerife, de la previsión que había de entrar en La Palma en el siguiente viaje y de la importancia que tenía la fiesta de la Bajada de la Virgen "y tanto uno como otro no sólo no pusieron inconvenientes, sino que, al contrario, facilitaron que el Begoña entrara en La Palma. El capitán Larrañaga, ya fallecido -recuerda Manuel Marrero Álvarez- no puso inconvenientes, al contrario, le sedujo la idea de entrar en La Palma en el viaje siguiente, y eso que no conocía el puerto, pues no había estado nunca en la isla. Me pidió que le llevara una carta náutica y un portulano y recuerdo que se los compré a Francisco Simón en la Comandancia de Marina".

En la fecha señalada, Manuel Marrero se desplazó a La Palma en avión en unión del periodista Juan Antonio Padrón Albornoz, siendo recibidos en el aeropuerto por el consignatario de Trasatlántica en la isla, José Duque Martínez. A las cinco de la tarde, y desde el radioteléfono del motovelero Diana, Manuel Marrero estableció contacto con el capitán del Begoña. "Cuando hablé con el capitán Larrañaga, me dijo que se encontraba a una hora de la llegada y que ya había contactado con el práctico. Volvía a hablar con él cuando ya estaba casi dentro del muelle y me dice: ¡Esto va, Manolo. No te preocupes. Sí, sí, vamos pa’ dentro, que los paisanos de la Palma lo merecen’. Y así metió el barco dentro de la bahía, a las seis de la tarde, en una maniobra espectacular y sin remolcadores, y eso que el Begoña era, para su época, un barco relativamente grande. Gerardo Larrañaga era muy buen profesional y con el ancla y la máquina lo metió bastante justo donde tenía el atraque asignado".

El trasatlántico español entró empavesado y al enfilar la bahía de Santa Cruz de La Palma lanzó una salva de cohetes e hizo sonar la sirena en cordial saludo a la ciudad, cuyo eco se propagó por el risco de la Concepción. En el puerto palmero quedó atracado estribor al muelle entre los mercantes españoles Plus Ultra y Sierra Madre.

"Yo nunca había visto tanta gente en un trozo de muelle -continúa Manuel Marrero- y eso que estaba acostumbrado al movimiento de personas en el puerto de Santa Cruz de Tenerife. Me quedé impresionado. Recuerdo que venía de sobrecargo Isidro Bilbao, a quien correspondió organizar a bordo una magnífica recepción oficial seguida de una cena a la que asistieron las primeras autoridades de la isla, así como los alcaldes, todo ello en un ambiente muy emotivo y cordial".

"En Santa Cruz de La Palma tuvimos que desembarcar a un pasajero enfermo, que iba a Vigo, siendo hospitalizado y muy bien atendido, continuando después viaje a su destino. Recuerdo que el barco había hecho escala en Trinidad, donde embarcaron un buen número de pasajeros de color que iban a trabajar a Inglaterra. Durante unas horas estuvieron paseando por las calles de Santa Cruz de La Palma, poniendo así una nota exótica a aquella tarde imborrable.

A medianoche, el "liner" español continuó su viaje rumbo a Santa Cruz de Tenerife, Vigo y Southampton. Las luces del barco se difuminaron poco a poco en la noche y en Santa Cruz de La Palma se había vivido una jornada intensa y especialmente emotiva.

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