domingo, 25 de julio de 2004

Blas Santos, el párroco del volcán

Juan Carlos Díaz Lorenzo
El Paso

Durante la erupción de 1949, este sacerdote se volcó en ayudar a los sufridos habitantes de Las Manchas.

Desde el comienzo de la erupción del volcán de San Juan, los vecinos de Las Manchas, y en especial los que vivían cerca del barranco de Los Hombres, Jedey y Charco de las Palmeras, encontraron un apoyo constante en el sacerdote Blas Santos Pérez (Villa de Mazo, 1921), párroco de Fuencaliente y de San Nicolás de Bari entre 1948 y 1950.

La gente que vivía en aquellos parajes, ante el peligro que entrañaba vivir en sus casas, varias de las cuales se habían agrietado o desplomado como consecuencia de los fuertes movimientos sísmicos, decidió pernoctar al aire libre y después en unas tiendas de campaña instaladas en las proximidades.

El sacerdote palmero, conocido más tarde como "el párroco del volcán", iba de casa en casa levantando el ánimo a sus moradores, ayudándoles en lo que necesitaban y haciéndoles tener fe en Dios. Retirado de su intensa actividad castrense en otro tiempo, y residente desde hace años en La Laguna, en enero de 2000 hizo unas declaraciones a este autor que están recogidas en el libro El volcán de San Juan. Crónica de una erupción del siglo XX.

"El día del comienzo del volcán -recuerda Blas Santos- yo estaba bautizando en Fuencaliente a un niño llamado Juan López, que es el actual párroco de San Francisco, en Santa Cruz de La Palma. Y así lo anoté en el libro, lo mismo que una boda celebrada aquel día y creo recordar que también un entierro.

El penacho de humo que subía por la cumbre era tremendo, de tal manera que llegó un momento en Fuencaliente en que el sol se eclipsó, no se veía nada. Los movimientos sísmicos fueron aminorando, pero volvían y poco a poco toda aquella actividad fue creciendo".

En Fuencaliente había entonces un solo taxi, que lo tenía Gabriel Hernández, vecino de La Fajana y con él iba y venía a Las Manchas. "Pero hubo un momento en que no podía ser, no podíamos pasar, porque a medida que fueron aumentando los movimientos sísmicos, las piedras caían a la carretera y la Guardia Civil tuvo que intervenir y estableció su cuartel en la casa parroquial. Había un capitán, se llamaba Alfredo, que tenía una moto con sidecar y con él fui bastantes veces de un lado para otro. Aquello se iba poniendo cada vez más feo".

Las preocupaciones de este sacerdote fueron compartidas por el obispo de la diócesis nivariense, monseñor Domingo Pérez Cáceres, que entonces se encontraba postrado en cama aquejado de una enfermedad hepática. Pese a esta circunstancia, el recordado obispo tinerfeño no desaprovechó momento alguno cada día para interesarse por teléfono, a través del sacerdote Blas Santos Pérez, de la evolución de los acontecimientos y de las instrucciones que debía seguir como representante de la Iglesia.

Junto a Blas Santos también colaboró con gran empeño Martín León, que era el concejal de Las Manchas. "El y yo estuvimos continuamente con esta gente donde más falta hacía. Los pajeros se caían, las casas se agrietaban y le dije: ¡Martín, ni una sola persona más dentro de las casas! ¡Salgan todos a las huertas y lo más separados de las paredes! Así lo hicieron y no hubo que lamentar ni un solo herido. Aquello no era suficiente. El sufrimiento era terrible porque las circunstancias lo favorecían, por la inclinación del terreno, la caída de las piedras y el volcán con un ruido infernal, lanzando piedras, cenizas, ruidos profundos, muy profundos, explosiones subterráneas, como si fuera una caldera hirviendo por el barranco de Los Hombres".

"Pasar por la carretera era jugarse la vida. Una cuadrilla de camineros la limpiaba cada vez que podía y hasta tuvieron que dar barrenos para destruir algunas piedras, que eran de gran tamaño. Un día estábamos descansando en la ermita de Santa Cecilia y nos asustamos por la caída de grandes piedras, seguido de un vaho irrespirable a huevos podridos. Conmigo estaba José Francisco Carrillo, que era el delegado del Gobierno en funciones. Él venía todos los días, a ver qué pasaba y cómo estaban las cosas. Al llegar a Jedey, donde vivía Evangelina, le dije que me dejara allí, que yo bajaba caminando por el barranco de Los Hombres. Entonces tenía yo 28 años y saltaba por encima de las piedras".

Pese a las adversidades de la erupción, que estaba causando estragos importantes, Blas Santos y su incondicional amigo y compañero Martín León animaban a las gentes de la zona como mejor podían. El derrumbe del Risco de los Campanarios, en lo alto de Jedey, fue otro de los motivos de especial preocupación.

"Hubo movimientos sísmicos de tal intensidad que provocaron que Los Campanarios se resquebrajaran. Aquello fue imponente y yo pensé que había salido la lava. Debajo hay una ladera y las piedras que bajaron levantaron tal polvareda que hubo momentos en los que no se veía nada y siempre acompañado de fuertes ruidos. Entonces pensé que había que estar preparados para salir de allí lo antes posible.

La gente estaba a la intemperie. Martín y yo –prosigue- recorrimos ese día toda la zona. Los de Falange y otros más habían repartido unas tiendas de campaña, con lo que el problema se solucionó en parte, aunque no podía ser definitivo. ¡Hay que evacuar a la gente! ¡Vamos a salir todos a la carretera, no miren atrás siquiera! Y todo el mundo en silencio, ni un grito, en orden. Los hombres dijeron que se llevaran a las mujeres y a los niños, que ellos se quedaban. Luego volví a Fuencaliente con el capitán de la Guardia Civil. Yo no sé las veces que paramos para apartar las piedras que habían caído a la carretera. Di la misa y volví a Las Manchas.

Yo no había visto la iglesia después del tremendo movimiento sísmico del 2 de julio. Las paredes se habían agrietado. Les dije que iba a celebrar misa y la gente se me quedó mirando: ¿Pero usted va a entrar? Yo, sí. Pues nosotros, también. Diciendo la misa vino otro movimiento fuerte y les dije que no se preocuparan, que la iglesia no se iba a caer. Yo pensé: ¿Y si la iglesia se cae, con el Santísimo y todos nosotros dentro?

En el momento de la consagración, y con la osadía de un joven de 28 años, lanzado a lo que fuera, con una fe inquebrantable, dije: "Señor, si Tú quieres, la iglesia no se cae, y si cae, caerá sobre Ti y todos nosotros. Seguí consagrando. Tranquilo, que no va a pasar nada. Cuando acabó la misa les dije de mi decisión de dejar el Santísimo en su sitio. Yo les dije: ¿Cómo lo vamos a quitar? ¿Adónde acuden ustedes, quién los va ayudar, quién los va a auxiliar, quién? Aquí se queda y voy a organizar un rosario y una adoración perpetua con guardias voluntarias, para que no haya ni un solo momento, en que no haya ni uno de vosotros al lado del Santísimo, donde no se esté rezando el rosario. Y así fue y pasaron los días".

Salida de la lava
"Ya no eran los movimientos sísmicos lo que me preocupaba. Entonces estaba pendiente de la salida de la lava. Los técnicos decían que saldría de un momento a otro. Pensábamos más bien que sería entre Jedey y El Charco, o entre la iglesia y El Charco. Bonelli dijo que creía que fuera muy cerca del Llano del Banco. Se organizaron cuadrillas de vigilancia. Allí estábamos todos y no dormía nadie. Y en la madrugada del 8 de julio, que fue un viernes, aparecieron unos chicos diciendo que arriba había salido fuego. En ese momento me llaman de Fuencaliente para que fuera a administrar el sacramento de la extremaunción a una vecina de Las Caletas. Tardé dos horas en ir allá y otras dos en volver a Las Manchas. A las nueve de la mañana estaba de regreso y todo el mundo estaba alterado.

Cuando vi la lava estaba a algo más de doscientos metros de la ermita. Yo había dicho al señor obispo que no pensaba sacar nada de la iglesia si la lava salía por allí. Yo tenía y tengo mucha confianza y mucha ilusión en Nuestra Señora de Fátima. A Fuencaliente llevé la primera imagen que llegó a La Palma y había organizado entonces muchas procesiones y rogativas.

Cuando llegué estaban allí todas las autoridades. Un chico estaba subido en la espadaña sacando la campana y otro rompiendo el balconcito. ¿Qué están haciendo?, les pregunté. Y me dice el arcipreste, Juan Reyes y otros curas que estaban allí: ¿Pero tú no ves, no comprendes que dentro de un momento la lava va a llegar y se va a llevar todo? Ya hemos evacuado todo. No falta más que el Santísimo. Vamos a ver si podemos salvar el retablo y ya no queda nada más.

Yo estaba subido en un montón de tablas que ponían en la plaza para hacer las verbenas y miré para la lava y vi como un pino se convertía en una antorcha de fuego cuando llegó aquella masa negra. Además de la iglesia, estaba claro que si la lava continuaba por donde venía, Las Manchas iba a desparecer.

Los que estaban al lado mío me decían. ¿Pero a qué esperas? ¿no ves que la lava está ahí mismo? Yo volví mis ojos al Señor, le hablé y le pedí que la salvara. Yo le dije, ahí, donde se detuviera la lava, donde Tú la detengas, yo te prometo que haré un sencillo monumento a la perpetua memoria de Nuestra Señora de Fátima, porque los hombres están convencidos de que esto ya es imposible. Yo me comprometo a ser el adalid tuyo en todas las cosas. Y mientras tanto la gente a mi lado desesperada.

Cuando iba llegando a la puerta de la ermita, en medio de un molote de vecinos, se me acercan unos chicos y me dicen: ¡Señor cura, que el humito se está apagando! Subí rápidamente por el camino y encontré la lava detenida en plena pendiente y aquel día y al día siguiente pasó a más de cien metros de donde está la iglesia. Eran masas enormes convertidas en piedras incandescentes. Y desde esa línea, donde hoy está el monumento de Fátima, no bajó ni una sola piedra".

La lava del volcán desvió su curso arrollador en dirección al Sur y el hecho causó un gran revuelo y júbilo entre todos los presentes, pese al recorrido amenazador de la corriente desde las primeras horas de recorrido cuando comenzó a brotar por la fisura de Llano del Banco.

Conmoción del obispo
En la ciudad de La Laguna, el prelado nivariense, Domingo Pérez Cáceres, se sentía profundamente conmovido por aquellos que vivían entre la intranquilidad de las fuertes sacudidas sísmicas y las explosiones de los cráteres del volcán de San Juan.

"Sus alentadoras palabras de consuelo -escribe Manuel Martel Sangil-, sus plegarias y la bendición apostólica que con su santidad cada día compartía a los fieles, era el sustento espiritual de los hijos de La Palma y de manera especial de aquellos que en todos los momentos del día venían soportando la dura manifestación de tales acontecimientos".

El interés y la especial intervención del obispo Pérez Cáceres con motivo del volcán de San Juan se comparó entonces con la actuación del obispo Bartolomé García Ximénez, en 1677, cuando se produjo la erupción del volcán de San Antonio, en Fuencaliente.

El 10 de julio de 1949, el obispo tinerfeño dispuso que todas las iglesias de la diócesis celebrasen rogativas para invocar el cese del volcán y el alivio de los habitantes de la comarca afectada. Al mismo tiempo, recomendó a todos los párrocos que, a través de las respectivas Juntas de Acción Católica, organizaran colectas para recaudar fondos que permitieran contribuir a remediar, en lo posible, las necesidades de las personas afectadas por la actividad volcánica.

El obispo ratificó entonces el interés que tenía de viajar a La Palma tan pronto como se repusiera de la enfermedad que le aquejaba desde hacía tiempo, para entrar en contacto directo con los fieles de la Isla que veían sufriendo los efectos del volcán con singular resignación.

El 18 de julio se celebró en la ciudad de Los Llanos de Aridane una procesión con las imágenes que se trasladaron desde la ermita de San Nicolás, diez días después de que se viera amenazada por la salida de la lava. En la comitiva figuraban las autoridades locales, la hermandad de la Virgen del Carmen, a la que pertenecían muchas de las personas evacuadas de Las Manchas y la inmensa mayoría de los vecinos del municipio, así como de los otros pueblos del valle de Aridane.

Un mensaje emotivo
"Después de relatar todas estas cosas -concluye Blas Santos-, no puedo menos que dar un testimonio espiritual, claro, terminante y evidente, de lo que realmente sucedió en todo lo relativo al volcán de San Juan. Ese monumento que se levanta ante la masa negra arrolladora y terrible que cambió de dirección, es testimonio viviente de la protección que Ella nos hizo para memoria de generaciones y que La Palma resurgiese al conjuro de su presencia, y que la Iglesia pudiera encontrar el terreno abonado por Ella para llevar a sus hijos y fieles el mensaje verdadero del Evangelio como una auténtica conversión. Ese monumento que está ahí es el testimonio de una gran verdad. Mayores argumentos para llegar a la conclusión clara y exacta de que esto fue una intercesión especial de la Santísima Virgen, no son posibles. Todos cuantos estaban allí son fieles testigos de lo que digo".

"Mis deseos, y quizás mis últimas palabras antes de partir hacia la Casa del Padre, son de exhortación hacia la Santísima Virgen. Llevad en vuestros corazones el mensaje de Cristo Jesús. Quiero mucho a mis feligreses de Las Manchas"

"El 8 de julio de 1949, la Virgen María bajó a este pueblo y ya no quiso marcharse. No la dejéis sola. Acudid siempre a Ella. Jamás se oirá decir que quien haya acudido a Ella ha quedado desamparado. De la súplica de un sacerdote joven, lleno de amor a la Virgen, la invoco de nuevo y ahí tenéis el testimonio, que hoy corona la hermosura de Las Manchas, llamado a permanecer siempre en vuestras vidas y en la historia legítima del pueblo de La Palma".

domingo, 18 de julio de 2004

Un ministro visita el volcán

Juan Carlos Gómez
Los Llanos de Aridane

Blas Pérez llegó a La Palma el 25 de julio de 1949 y durante dos días recorrió la comarca afectada por el San Juan

Desde el primer día de la erupción del volcán de San Juan, el ministro de la Gobernación, Blas Pérez González, estuvo puntualmente informado del desarrollo de los acontecimientos. El subdelegado del Gobierno y presidente accidental del Cabildo Insular de La Palma, José Francisco Carrillo Lavers y el gobernador civil, Emilio de Aspe Vaamonde, conversaron con él por teléfono acerca de la evolución del fenómeno que acaecía en su tierra natal.

El 24 de julio, un mes después del comienzo de la erupción, el ministro emprendió viaje desde Madrid al aeropuerto de Los Rodeos a bordo de un avión DC-4 de la compañía Iberia, para luego desplazarse a La Palma y visitar la zona afectada por el volcán. Al ministro, que ostentaba la representación del jefe del Estado, le acompañaba su esposa, Otilia Martín Bencomo; su hermano Esteban, subsecretario de Trabajo y otras personalidades de su séquito, entre las que se encontraba su secretario particular, Juan Saavedra San Gil; el director de Regiones Devastadas, Gonzalo Cárdenas; del Banco de Crédito Local, José Fariña Ferreño; de Obras Públicas y del Instituto Nacional de Colonización, así como el jefe de Radiodifusión de Radio Nacional de España, operadores del NO-DO y varios periodistas, entre los que se encontraba Matías Prats.

A las seis de la tarde, el avión evolucionaba sobre el aeropuerto de Los Rodeos, donde no pudo aterrizar debido a la espesa niebla reinante, por lo que tuvo que desviarse al aeropuerto de Gando, en Gran Canaria, donde el avión tomó tierra y el ministro fue cumplimentado por las primeras autoridades civiles y militares de la provincia, trasladándose a continuación a la capital insular para alojarse en el hotel "Parque".

A la mañana siguiente embarcó a bordo del cañonero "Vasco Núñez de Balboa" y emprendió viaje a La Palma. Ese mismo día, y para recibir al ministro, llegó a la capital palmera, a bordo del correíllo "León y Castillo", el gobernador civil de la provincia, Emilio de Aspe Vaamonde, acompañado de su secretario particular, José Duque Alonso; el vicepresidente de la Mancomunidad Interinsular, Rafael Machado Llarena y el resto de las autoridades provinciales que no se encontraban entonces en la Isla.

Al atardecer se distinguió en el horizonte la silueta del cañonero de la Armada Española y para acudir a su encuentro en alta mar salieron desde el puerto palmero numerosas embarcaciones engalanadas, dándole escolta hasta su atraque en el puerto de la capital insular. Una multitud se había congregado en el muelle y en los alrededores para recibir al ilustre visitante con visibles muestras de afecto.

Cuando el ministro salió a la cubierta del barco, "el entusiasmo fue impresionante y la multitud enfervorizada no cesaba de aclamar al jefe del Estado y al destacado paisano", dice la crónica de DIARIO DE AVISOS. A continuación, y para cumplimentarle, subieron a bordo el gobernador civil, el presidente del Cabildo Insular y delegado del Gobierno, Fernando del Castillo Olivares y otras autoridades. Blas Pérez González había tomado posesión de su cargo de ministro el 3 de septiembre de 1942, en la remodelación del cuarto gobierno de Franco, en sustitución de Valentín Galarza Morante y permaneció en el cargo algo más de 14 años, hasta el 25 de febrero de 1957, en que fue relevado por Camilo Alonso Vega, en tiempos del sexto gobierno del régimen.

En el momento de desembarcar, sigue la crónica de DIARIO DE AVISOS, las aclamaciones se sucedían sin interrupción. Acompañado por el comandante militar de la Isla, pasó revista a la Compañía de Infantería que le rindió honores y a continuación se dirigió a pie por la calle Real hasta la parroquia de El Salvador, siendo recibido, en la puerta principal, por el clero que le acompañó en su entrada en el templo.

En el altar mayor se encontraba la imagen de Nuestra Señora de las Nieves, patrona de la Isla de La Palma, que había sido conducida desde su santuario del monte a la ciudad en procesión de rogativa. El ministro se arrodilló ante la venerada imagen mariana y su esposa ofreció a los pies del altar un ramo de flores, cantándose, a continuación, un solemne Te Deum.

Finalizada la ceremonia religiosa, el ministro cruzó la plaza de España y se dirigió al Ayuntamiento, donde fue recibido por el alcalde, Rafael Álvarez Melo, acompañado por el pleno de la corporación local y todos los alcaldes de la Isla.

Ante las incesantes aclamaciones del público, el ministro saludó desde el balcón principal del Ayuntamiento y, después de varios minutos de entusiasmo, se hizo el silencio y Blas Pérez pronunció un elocuente discurso en el que comenzó manifestando la enorme satisfacción que sentía al volver a su tierra natal y encontrarse entre sus paisanos, destacando la íntima emoción que sintió al ver de nuevo a la venerada imagen de la Patrona palmera, "la Virgen que mi madre me enseñó desde pequeño a adorar y a querer".

Dijo también que quiso venir a La Palma para conocer con detalle los problemas surgidos por la erupción del volcán y encontrar las fórmulas más satisfactorias para darles solución, como así se lo había encomendado el Jefe del Estado al concederle su representación, haciéndole patente que adoptara las medidas necesarias para aliviar los sufrimientos que vivía el pueblo palmero y compensar a los damnificados por los perjuicios sufridos. El ministro, que fue interrumpido en numerosas ocasiones por los aplausos y las aclamaciones del público, finalizó su discurso manifestando que era portador de un cariñoso mensaje de salutación del general Franco para el pueblo palmero.

Antes de abandonar el edificio del Ayuntamiento, el ministro mantuvo un cambio de impresiones con todas las autoridades provinciales e insulares y, posteriormente, acompañado de su esposa y hermano, se trasladó a la residencia de su hermana Catalina, donde se alojó durante su permanencia en la Isla.

Camino de Las Manchas
Al día siguiente, 26 de julio, el ministro salió camino de Las Manchas acompañado de su hermano, autoridades civiles y militares y el personal técnico que lo había acompañado desde Madrid. Al pasar por Mazo, el pueblo de la villa, con su alcalde Toribio Brito de Paz, agasajó al ministro durante unos minutos. Luego continuó hacia Fuencaliente, donde también fue objeto de un entusiasta recibimiento y llegó a Las Manchas, donde se repitieron las muestras de júbilo, recorriendo a pie los lugares afectados por el paso de la lava, así como los daños producidos por los movimientos sísmicos.

Después regresó a Fuencaliente y acompañado por el alcalde Emilio Quintana Sánchez, visitó la Cooperativa Vinícola y se le obsequió con un vino de honor. Al conocer que Luciano Hernández Armas, que había sido maestro y secretario del Ayuntamiento, se encontraba postrado en cama aquejado de una dolencia, el ministro se dirigió a su casa para saludarle, produciéndose un encuentro muy emotivo, en el que éste levantó el brazo y saludó al ministro con energía, diciendo: ¡¡Arriba España!!

Blas Pérez siguió su viaje a Mazo, pueblo natal de sus padres, donde fue de nuevo recibido con entusiasmo, siendo especialmente aclamado por un grupo de ancianos que lo recordaban cuando era niño y adolescente con inquietudes por la política. El ministro rompió el protocolo y apretó las manos de cuantos se acercaron a saludarle. Desde el Ayuntamiento se dirigió al panteón familiar para visitar la tumba de sus padres y de vuelta al edificio consistorial entregó un donativo para los más necesitados, al igual que lo había hecho en Fuencaliente, y regresó a Santa Cruz de La Palma.

Desde la capital insular, el ministro se dirigió a Puntallana y a San Andrés y Sauces. En cada uno de los pueblos por los que pasaba, los recibimientos tenían el mismo calor y afecto que en los municipios que entonces había visitado. En el Ayuntamiento de Los Sauces, el ministro se vio obligado a pronunciar un discurso, ante las reiteradas aclamaciones de los asistentes.

El 27 de julio, desde primera hora, Blas Pérez González comenzó la inspección de las obras de su departamento ministerial que se ejecutaban en Santa Cruz de La Palma, debidas a su propia iniciativa, entre las que se encontraba el Centro Secundario de Higiene, el Asilo de Ancianos, el Jardín de la Infancia y la Avenida Marítima.

A las diez de la mañana, con todos sus acompañantes, el ministro embarcó en el cañonero "Vasco Núñez de Balboa" para dirigirse a Tazacorte, con el objeto de visitar durante ese día los pueblos del valle de Aridane y la comarca afectada por la erupción.

A la una de la tarde, y después de haber contemplado la colada lávica desde el mar, Blas Pérez González desembarcó en el puerto de Tazacorte, donde fue recibido por todas las autoridades de la comarca y un numeroso gentío que había llegado hasta el muelle en camiones, guaguas, coches particulares, carros y la mayoría a pie. El ministro correspondió con afecto al recibimiento que se le tributaba y cambió impresiones con las autoridades y personas más relevantes del Valle de Aridane, entregando al alcalde de Tazacorte, Pedro Gómez Acosta, un donativo de 200.000 pesetas para la construcción del nuevo edificio del ayuntamiento y otra cantidad igual para el abastecimiento de agua.

La caravana se dirigió a continuación hacia Los Llanos de Aridane y poco después de las dos y media de la tarde llegó la comitiva al Ayuntamiento, siendo recibido por el alcalde, Víctor Pulido Acosta y la corporación, así como una multitud que se había congregado a la entrada de la ciudad.

Después de emotivos saludos a las autoridades y algunos amigos, el ministro se dirigió a la iglesia de Nuestra Señora de los Remedios, donde se cantó un solemne Te Deum. Finalizada la ceremonia religiosa, se trasladó al nuevo edificio consistorial, accediendo al balcón principal, desde el que correspondió a las aclamaciones del numeroso público congregado.

Blas Pérez pronunció un discurso, que fue interrumpido en numerosas ocasiones por los prolongados aplausos y aclamaciones de los asistentes. A continuación se le ofreció un almuerzo, que duró poco, porque el ministro tenía especial interés en visitar con detenimiento la zona afectada, así como a los cientos de refugiados que se encontraban en esta parte de la Isla, deteniéndose en escuchar las reclamaciones y necesidades de los mismos. En el despacho de la alcaldía recibió a varias comisiones y a continuación se dirigió a la ciudad de El Paso, a donde llegó a las seis de la tarde.

El ministro fue recibido en la plaza de España por el alcalde, Antonio Pino Pérez, la corporación y una gran muchedumbre y en el momento de bajarse del vehículo en el que viajaba se produjo una descarga de voladores que atronaron el cielo. Desde allí se trasladó a la iglesia de Nuestra Señora de la Bonanza, donde rezó unos instantes y luego se dirigió al Ayuntamiento.

Al igual que había ocurrido en otras localidades, el ministro salió al balcón principal y dirigió un discurso a los asistentes, en el que señaló la preocupación del Jefe del Estado y del Gobierno de la Nación por la situación originada por la erupción del volcán de San Juan. Al alcalde le entregó un donativo de 250.000 pesetas para socorrer a los damnificados y acometer algunos trabajos.

A las nueve de la noche se le ofreció una cena en el salón del teatro "Monterrey" y pronunció otro discurso en el que puso de manifiesto cuáles eran sus deseos para que toda la zona afectada por el volcán pudiera recuperarse con rapidez.

A las diez y media de la noche, el ministro se despidió de sus anfitriones y regresó de nuevo al puerto de Tazacorte, para embarcar en el cañonero, emprendiendo de ese modo el viaje de regreso a Santa Cruz de Tenerife, a donde arribó la mañana siguiente.

Una gran caravana de vehículos acompañó al ministro hasta el puerto, donde, al igual que a su llegada, fue despedido con vivas muestras de afecto y cariño por parte de las autoridades y sus paisanos. A medianoche, el cañonero "Vasco Núñez de Balboa" levó anclas y sus luces se perdieron rápidamente en el horizonte.

Mientras tanto, desde a bordo, por medio de los reflectores, se enviaba un cariñoso mensaje de gratitud en su nombre, familiares y acompañantes.

domingo, 11 de julio de 2004

El malpaís de Las Manchas

Juan Carlos Díaz Lorenzo
Los Llanos de Aridane

El 8 de julio de 1949 comenzó la salida de la lava del volcán de San Juan desde la fisura del Llano del Banco

Eran las cuatro y media de la madrugada, aproximadamente, del 8 de julio de 1949, cuando cesó de repente la columna de humo que emanaba por la boca del cráter de El Duraznero y, al mismo tiempo, en el Llano del Banco se produjo una fuerte explosión subterránea y un movimiento sísmico brusco. Poco después, una pareja de la Guardia Civil que se encontraba de servicio en la carretera general del Sur, observó que algo sucedía en la parte alta de Las Manchas, por lo que prestó especial atención, ya que habían sido advertidos por los geólogos de la inminente salida de la lava.

La versión fue ratificada por el pastor Agustín Pérez Díaz, que se hallaba con dos de sus hijos cerca de un escarpe, en una pequeña cueva próxima al Llano del Banco, conocida con el nombre de Caño del Fuego y que servía de albergue para el ganado y de refugio para los pastores. A este sitio acostumbraban a acudir las cabras, pues parece que allí la temperatura era templada y en la madrugada de aquel día algunas de ellas se encontraban guarecidas en el citado lugar.

El pastor dijo que sintió una explosión, que inicialmente atribuyó a una posible manipulación con gasolina de unos turistas ingleses que se encontraban en los alrededores, y se dirigió a buscar a sus cabras, viendo, con gran sorpresa, cómo salía una gran masa negra de piedras y, después, un torrente de fuego. Acababa de amanecer.

El Llano del Banco está situado en lo alto de Las Manchas, a unos 1.300 metros de altitud y a una distancia de unos tres kilómetros en dirección NNO del cráter de El Duraznero. En este lugar se produjo la abertura de una grieta sinuosa de un kilómetro de largo y unos cien metros de ancho, por la que primero surgió una gran cantidad de lava en forma de masa enrojecida, que inició su descenso por el barranco de las Cubas, en el que se encuentra el Salto del Aguililla, con un desnivel de más de 40 metros, lo que contribuyó a facilitar su recorrido en dirección hacia el centro de Las Manchas.

Desde el amanecer se observó en El Paso y en otros lugares de la comarca un resplandor de unos dos kilómetros de largo por unos 200 ó 300 metros de anchura, que era el reflejo del camino de la lava, que llevaba entonces unos dos kilómetros de recorrido.

A las ocho de la mañana, la imponente masa descendía por el citado barranco a una velocidad considerable, favorecida por la gran pendiente del terreno, aunque luego aminoró su marcha cuando encontró un declive menos pronunciado. A las nueve y media el frente estaba a medio kilómetro de la carretera general, situada a 610 metros de altitud, cuyo corte resultaba inminente.

Próximo a la carretera general y cuando uno de los brazos se dirigía hacia la ermita de San Nicolás de Bari, cuya destrucción se temía, sufrió repentinamente una fuerte desviación hacia el Sur, atravesando tierras de labor, pasando a unos 100 metros de la iglesia en forma de ola lenta y viscosa.

Corte de la carretera
A las 14,15 horas, la lava del primer brazo llegó a los bordes de la carretera general del Sur, entre los kilómetros 42 y 43, quedando la isla dividida en dos y sólo comunicable con Santa Cruz de La Palma por los senderos de la cumbre o por el mar.

Desde primera hora de la mañana, y ante la inminencia de los acontecimientos, las autoridades habían ordenado la evacuación de Todoque y Las Hoyas, así como el desmantelamiento de la ermita y la central telefónica de Las Manchas.

Con una anchura de 380 metros a su paso por la carretera, el primer brazo pareció dirigirse entonces hacia el barrio de Todoque, cuyas proximidades alcanzó a las nueve de la noche. Durante un rato los observadores dudaron si la corriente seguiría camino de Puerto Naos, apreciando más tarde que había cambiado el curso, desviándose por la ladera hacia Las Hoyas.

Los otros dos brazos, situados más al sur, se unieron poco después de cruzar la carretera formando un solo frente. A medianoche, la lava llegó a la hondonada del Hoyo de Verdugo a una velocidad considerable, quemando a su paso viñedos y frutales. Los técnicos detectaron que en la fisura del Llano del Banco había aumentado la intensidad del vertido, alcanzando una altura entre siete y ocho metros, mientras que a lo largo del cauce ígneo mantenía una altura que oscilaba entre cuatro y cinco metros y seguía ensanchando su frente.

Al día siguiente, el brazo de lava que estaba paralizado en las inmediaciones de la ermita de San Nicolás se desvió hacia el barranco de Tamanca y reinició su corriente de forma muy lenta, lo que originó dos nuevos ramales. A mediodía se desprendieron del caudal principal dos nuevos brazos que invadieron la finca de Antonio Abad, con un ancho estimado entre 200 y 300 metros, casi paralelos, cruzando una nueva zona de Hoyo del Verdugo y atravesando la carretera de Puerto Naos por Las Norias, cortándola entre los kilómetros 6 y 7, precipitándose a continuación hacia las fincas de la Montañeta de las Bermejas, para luego dirigirse al mar.

La corriente que avanzaba en dirección del pago de Cuatro Caminos, en Las Manchas de Abajo, se encontraba a un kilómetro y medio del mar y a las ocho y media de la noche atravesó la carretera de Puerto Naos en el kilómetro 7 y en dirección a Las Hoyas, siguiendo su camino por una hondonada que rellenó hasta que la desbordó y ensanchó, lo que originó nuevos destrozos en la zona y que un nuevo brazo iniciara su avance en dirección al mar.

El 10 de julio la expulsión de lava desde la fractura de Llano del Banco estaba en su apogeo. Los técnicos apreciaron una mayor actividad, con una altura estimada de nueve metros en la grieta principal de salida, de la que emergía en sucesivos borbotones, aumentando el caudal del río ardiente al abrirse una segunda grieta de emisión por su parte inferior, de la que brotaba en mayor cantidad, acompañada de fuertes ruidos y expulsión de piedras incandescentes.

El aumento de la corriente de lava originó un nuevo brazo que amenazó al caserío de Cuatro Caminos, mientras que el brazo principal alcanzaba una anchura de 1.500 metros sobre Puerto Naos, bifurcándose de nuevo, por lo que se adelantó uno de los brazos que se dirigía al mar por Las Hoyas, mientras que el otro seguía destrozando tierras de cultivos.

La corriente que se adelantó eliminó la amenaza que se cernía sobre Todoque y, después de sepultar un empaquetado de plátanos, alcanzó la orilla del mar a las siete y media de la tarde con un frente de unos 500 metros, cayendo por el acantilado en forma de cascada.

Los técnicos expresaron su temor de que, dadas las dimensiones de la Isla, algunos movimientos sísmicos pudieran haber afectado al estado del mar, produciendo un micro maremoto, posibilidad que se desmintió cuando el encargado del mareógrafo de Santa Cruz de Tenerife, informó de que no se había registrado perturbación alguna.

Durante la mañana del 11 de julio, el brazo de lava que se había acercado lentamente hasta el pago de Cuatro Caminos y que se encontraba casi parado, comenzó a moverse de nuevo, sepultando a su paso varias casas y causando importantes destrozos en los cultivos.

Una de las fincas de Hoyo de Verdugo, de unas 280 fanegadas de extensión, casi desapareció en su totalidad con la casa de sus dueños, medianeros, graneros, bodegas y lo que en ella había de valor.

En las inmediaciones de la fisura de Llano del Banco, la salida de la lava alcanzaba una velocidad superior a los 30 km/hora, que disminuía a medida que se aproximaba a la costa, aunque en buena parte de su recorrido discurría por los rápidos a una velocidad torrencial y se veían, algunas veces, enormes piedras de varias toneladas de peso que flotaban sobre la misma y unas se fundían en unos momentos y otras, al chocar con las escorias, reventaban de forma explosiva formando densas nubes de polvo.

Cráter de Hoyo Negro
Sobre las 16 horas del 12 de julio, y después de que se percibieran una serie de ruidos subterráneos, apareció un nuevo cráter con tres bocas en el sitio llamado Hoyo Negro, próximo a El Duraznero, del que dista unos 300 metros, expulsando una gran cantidad de gases, piedras incandescentes y partículas sólidas hasta una altura de unos 700 metros, lo que originó nuevos incendios en el pinar.

Un día después de su aparición, el cráter había aumentado considerablemente sus dimensiones y lanzaba al aire con violencia diversos materiales, formando una densa columna de humo negro que alcanzaba una altura estimada de unos 3.000 metros. Las cenizas caían en grandes cantidades sobre El Paso y en sus montes, originando importantes daños.

Una semana después de la salida de la lava se calculaba que ésta había ganado al mar unos 400 metros. El río que discurría por Las Manchas de Abajo y otro de los brazos alcanzaron la costa en las primeras horas de la noche. El calor liberado en el contacto con el agua salada superaba un radio de una milla mar adentro. En las playas próximas la temperatura del mar había subido bastante y algunos arriesgados bañistas se atrevían a disfrutar del "agua calentita".

El cráter de Hoyo Negro se había vuelto mucho más violento, y lanzaba enfurecido piedras incandescentes en todas las direcciones, que llegaban incluso hasta Jedey. Al atardecer era tal la cantidad de cenizas que habían caído, que los pastos para el ganado se habían inutilizado y cubrían también las fincas de plátanos. El incendio de los pinares se había extendido considerablemente y afectaba a los montes de El Paso, Los Llanos de Aridane y Mazo, provocando daños importantes.

La fisura de Llano del Banco mantenía su plena actividad, expulsando la lava como si de un surtidor se tratara, alcanzando alturas máximas de 60 metros, que discurría en estado líquido, lo que hizo temer a los observadores que pudiera desbordarse en parte de su recorrido. Pero el cauce tenía tal profundidad y las paredes se habían solidificado en altura de tal modo, que evitaban esa posibilidad.

A partir del 22 de julio comenzó a observarse que los cráteres emisores habían reducido considerablemente su actividad. Los movimientos sísmicos también tenían escasa importancia y tampoco se escuchaban ruidos subterráneos.

En la tarde del 26 de julio se comprobó que había cesado la salida de lava por la fisura de Llano del Banco. Al día siguiente también había cesado toda actividad en los diferentes cráteres del volcán, donde sólo se producían fumarolas, por lo que los técnicos creían que la erupción había llegado a su fin.

El paso de la lava causó importantes daños en los cultivos de medianías y destruyó unos veinte edificios, entre pajeros, bodegas, aljibes y casas, que eran levantados desde sus cimientos y poco después engullidos por la colada arrolladora. Se calcula que el número de familias afectadas ascendía a unas trescientas.

Sin embargo, el 30 de julio, después de cuatro días de calma aparente, se reactivó el cráter de Hoyo Negro con una densa columna de humo negro, que alcanzó gran altura. A mediodía comenzó a fluir lava líquida por el cráter de El Duraznero después de producirse una fuerte explosión, que se desbordó y corrió por el barranco de La Jurada, situado entre los pagos de Tirimaga y Tigalate (Mazo). La lava, a una velocidad vertiginosa, cortó la carretera general en el kilómetro 17, así como el camino vecinal de Hoyo de Mazo, con lo que el pago de Montes de Luna y el pueblo de Fuencaliente quedaron completamente aislados. A última hora de la tarde la lava se tornó viscosa y lenta, solidificándose a unos 300 metros antes de llegar a la costa. A medianoche, la actividad eruptiva había decrecido notablemente y poco después la erupción llegó a su final.

El espectáculo del cauce de la lava ofrecía una visión dantesca y escalofriante desde la cumbre hasta el mar, y al contemplarlo desde El Time se convertía en un inmenso río de fuego. El fenómeno discurrió cada día bajo la atenta mirada de miles de personas, de los propios habitantes de la isla, muchos de los cuales sufrieron sus efectos y de otros muchos llegados desde fuera para contemplar el extraordinario espectáculo de la Naturaleza.

domingo, 4 de julio de 2004

Una iglesia a la vera del camino real

Juan Carlos Díaz Lorenzo *
Fuencaliente

La ermita de San Antonio, en Fuencaliente, que data del siglo XVI, se erigió en parroquia el 24 de julio de 1832

Las referencias más antiguas que se conocen indican que la iglesia de San Antonio Abad, en Fuencaliente, fue durante bastante tiempo una humilde ermita anexa a la parroquia de Mazo y su antigüedad se remonta, como mínimo, hacia 1522, pues el 16 de enero del citado año, el licenciado Calderón, nombrado por el obispo Juan de Salamanca, autorizaba cuentas de su mayordomía. El 17 de enero de 1552 recibió la visita del obispo de Marruecos, Sancho Trujillo, nombrado visitador de estas islas por el obispo de Canarias fray Francisco de Cerdá, hijo de los Condes de Cabra y que había sido uno de los asistentes al célebre Concilio de Trento.

En 1579 aparecen varios documentos referidos a la ermita, al igual que en años sucesivos, relativos a limosnas, donaciones e inventarios de la administración del templo. Diez años después, Fernando Suárez de Figueroa, obispo de Canarias, en su visita a la Isla de La Palma, "dixo que por cuanto la hermita del Sñor Sant Anton de la Foncaliente está lejos de la ciudad y en parte remota, que no se ha visitado por ningún Obispo ni visitador; que mandara e mando que Pedro Sielves, Mayordomo de la Sa. hermita venga a ésta a dar quenta de los maravedís que obiere rescibido e gastado por la dicha iglesia".

Se trata de una construcción de un solo cuerpo y son sus principales dimensiones 22,65 metros de largo y 6,65 metros de ancho. El presbiterio tiene forma rectangular y mide 10 metros de longitud. El techo es de cáñamo encalado, modalidad que se usa en Canarias desde comienzos del siglo XVII, pues con anterioridad -como explica la historiadora María del Carmen Fraga- se prefería el empleo de armaduras mudéjares.

Con el paso de los años, la iglesia ha sido objeto de diversas reformas. En 1603 el mayordomo hizo constar que se habían pagado 350 reales a los albañiles que hicieron los lienzos de las paredes, que hasta entonces eran de tablas, lo que no es extraño, puesto que las primeras edificaciones del Archipiélago fueron cabañas de mampuesto, madera y paja. En esa misma fecha los carpinteros cobraron el importe de su trabajo por cubrir la ermita, siendo también encalada.

El arco de la puerta se fabricó hacia 1625. Dos años después, en una de las frecuentes incursiones que los vecinos de Fuencaliente sostenían con los moros y piratas que frecuentaban las costas "cogieron uno vivo, después de haber dado muerte á otros, y habiéndolo vendido, aplicaron su valor á aderezar la ermita, lo que verificaron, cubriéndola de tejado, encalándola y retocando también la imagen del Santo Patrono...".

La cita, que corresponde a Juan Pinto de Guisla, se complementa con una anotación en uno de los libros de cuentas del archivo parroquial de Mazo, que dice que "aún existe en la ciudad una familia oriunda de Fuencaliente que lleva el apellido o apodo Matamoros por haberse distinguido en las peleas con esos bárbaros".

En 1639, en tiempos del obispo Pedro Dávila y Cárdenas, la ermita estaba en obras de reedificación y en esa misma época se escuchó por primera vez el tañido de la campana, gracias a una donación del maestre de campo Juan de Sotomayor Topete.

Entre 1730 y 1734 se realizaron nuevas obras de reedificación, en las que intervinieron los maestros pedreros Domingo Crespo -autor del arco de la puerta-, José de los Santos Marta, Pedro Alonso, Juan Rodríguez Marta y Luis de Fuentes, respectivamente, así como el carpintero Manuel Gómez, aunque los trabajos se prolongarían hasta 1745.

Creación de la parroquia
El 18 de agosto de 1826, los vecinos del pago de Fuencaliente remitieron a la autoridad eclesiástica el primer escrito en el que pedían la segregación de la parroquia de Mazo, alegando diversas razones de lejanía del párroco para la administración de los sacramentos.

En febrero de 1829, el obispo Luis Folgueras, condicionaba la solución efectiva de la petición vecinal al anuncio de una visita pastoral. En febrero de 1831, fecha en la que el obispo estaba en La Palma, tres vecinos de Fuencaliente, Antonio Hernández Cabrera, segundo diputado del lugar de Mazo, José Hermenegildo Hernández y José de Paz Camacho, se dirigieron al prelado pidiéndole que "teniendo en consideración las justas causas y poderosos motivos que animan nuestra solicitud, se sirva llamar a la vista el expediente de esta razón, y llevar a cabo sus sabias y paternales disposiciones de la materia, merced que esperamos con Justicia de la acreditada justificación, y notoria piedad de V.S.I".

En diciembre de 1831, el obispo manifiesta que siendo su deseo dar curso y concluir la solicitud de los vecinos de Fuencaliente, "habiendo tomado en la visita de los pueblos de esta Isla los informes conducentes al fin, no siendo necesario por lo mismo la visita de local del pueblo, que se verificará a su tiempo, aunque muy de paso por no permitir otra cosa las circunstancias; notando por otra parte la morosidad de aquellos vecinos, y su descuido en solicitar el allanamiento de las dificultades que aún subsisten sin evacuar", ordenó que "a la mayor brevedad otorguen los instrumentos correspondientes para la dotación y subsistencia de la parroquia que se trata de establecer, según y conforme lo han prometido, poniendo en poder de la persona que les parezca el dinero, para los ornamentos y vasos sagrados que les falta, con todo lo demás".

Del cumplimiento del expediente se encargó el comisionado Antonio del Castillo Gómez, beneficiado de la parroquia de El Salvador. En abril de 1832 giró una visita al pago de Fuencaliente, cumpliendo la disposición del obispo, mostrándose complacido y "comprobando la insinuada docilidad del auditorio, la ratificación de sus promesas que ofrecieron poner ejecución por medio de instrumentos públicos que asegurasen la subsistencia de la deseada parroquia, por que con tanto anhelo han suspirado".

Durante el mes de julio, el visitador Pedro Acevedo visitó la localidad e hizo constar que "examiné pago por pago el territorio que contiene la feligresía que debe comprender la parroquia de San Antonio Abad de Fuencaliente (…) y todo convence de la urgente nesesidad de que se realice la división y separación de aquel territorio, según y como lo han solicitado aquellos vecinos".

En la segregación de la parroquia jugó un papel importante el beneficiado de Mazo, José Guerra. En un oficio enviado al obispo, dice que "en Foncaliente es de primera nesesidad que la ermita de S. Antonio Abad se erija en parroquia, pues un rebaño que consta de mil obejas, cuyo pastor reside a cinco leguas de distancia ocupado en el cuidado de otras quatro mil es imposible esté bien guardado (…). Estas mil ovejas se hallan esparcidas en los pagos siguientes: Canarios, que es el paraje donde esta situada la ermita de S. Antonio Abad, tiene ochenta y siete almas. Indias, que queda al mediodía, cuatrocientas noventa y cinco. Quemados, al Sur, tiene noventa y Tablado y Caletas trescientas treinta y tres, según resulta del mapa topográfico que se halla en el expediente. No es extraño, Illmo Sr., que en esta situación se vean estos vecinos en los mayores apuros en la conducción de los cadáveres a Mazo, que si es en el tiempo de invierno impiden las lluvias la pronta conducción, y si en el verano con los calores llegan tan corrompidos los cadáveres que con dificultad se les puede dar sepultura, y por los mismos motivos están imposibilitados de traer los infantes a bautizarlos sin exponerse a que perezcan; todo esto Illmo. Sor. se halla probado en el expediente y convencen hasta la evidencia que no debe dilatarse por más tiempo esta división y separación, que otros pueblos han conseguido por los años de 1735 sin tan relevantes motivos".

Finalmente, el 24 de julio de 1832, encontrándose el obispo Luis Folgueras y Sión de visita pastoral en La Palma, se resolvió definitivamente el auto de creación de la parroquia de San Antonio Abad.

En el citado documento, de gran valor histórico, el prelado manifiesta que "para mayor servicio de Dios y aumento de su culto, bien y provecho espiritual de aquellos vecinos y pronto remedio de los males que por tanto tiempo han sufrido", concede la separación de la parroquia de Mazo y la creación de la parroquia de San Antonio Abad, "cuyos límites serán por abajo el mar, por arriba las Cumbres, por el Norte el malpaís del Monte de Luna, y por el otro lado el Malpaís que nombran del Charco bajo y divide esta feligresía de la de los Llanos; la que se ha de regir y gobernar por párroco propio, pero ad nutum abible, por ahora, a quien S.S. Illma. despachará el correspondiente título. Entendiéndose que la nueva parroquia es de la misma naturaleza que las demás de esta clase, sin dependencia de la de Mazo, a la que sólo le queda un reconocimiento de honor en prueba de la cual estará en el arbitrio del Vene. Beneficiado de Mazo en el día de la fiesta del Patrono, que se hace el diez y siete de Enero, pasar a celebrar y hacer el oficio, avisando con anticipación y por escrito a aquel párroco para que lo tenga entendido".

"Y a consecuencia de la erección que va hecha, el dia veinte y nueve del corriente Dominica Séptima por Pentecostés el Ven. Cura que interinamente nombraremos para la dicha parroquia de S. Antonio Abad de Fuencaliente -que fue Antonio Silva y Arturo- dejará colocado en ella el Santísimo Sacramento solemnizándose la función con Misa Cantada y procesión en que se saque expuesta la Magestad; de todo lo cual se pondrá testimonio que lo acredite en lo sucesivo".

Otros aspectos
La iglesia tiene una airosa espadaña, hecha en piedra de cantería, que se terminó de fabricar en 1866, en virtud del testamento de Antonio de Paz Camacho -otorgado el 24 de octubre de 1864-, en el que dejó un donativo de 1.000 pesos "y que si sobraba alguna cosa se invirtiere en la que más necesitase dicha parroquia".

Gracias a la generosidad de otros hijos de Fuencaliente residentes en Cuba, Manuel García y Vicente Hernández Cabrera, donadas por éstos llegaron las nuevas campanas, que fueron instaladas en el campanario el 18 de agosto de 1867.

En 1901 la iglesia de San Antonio fue objeto de otra ampliación, sin que por ello perdiera su carácter humilde. En dicho año, el presbítero José Antonio Brito constituyó una Junta Patriótica con la finalidad de recabar fondos para ensanchar y restaurar el templo, situado a la vera del camino real que enlazaba la capital insular y los pueblos del valle de Aridane.

La corporación municipal respaldó la iniciativa y en septiembre del citado año adoptó un acuerdo en el que excitaba "el celo del vecindario y su patriotismo para que voluntariamente contribuyan con las prestaciones necesarias para el ensanche de la Iglesia parroquial y plaza pública, que actualmente se lleva a efecto por subvención vecinal".

Pese a sus limitados recursos, el pueblo fuencalentero respondió a la petición con generosidad y con el apoyo e influencia del secretario de la corporación local, Luciano Hernández Armas, los trabajos dieron comienzo en las semanas siguientes.

Las obras, sin embargo, tuvieron sus altibajos y enfrentaron al cura y el Ayuntamiento. El pleno, reunido el 8 de junio de 1902, informó de la decisión del párroco Tomás Brito, de que "á causa de la carencia de fondos para sufragar los gastos que exige la reedificación de nuestro templo parroquial y saldar los compromisos contraídos con dichas obras, se ha visto en el desagradable paso de tener que suspender dichas obras hasta que varíen las circunstancias que le han impulsado a tomar dicha determinación".

La corporación no ocultó su desagrado por este hecho y así lo hizo constar: "Que el Sr. Cura, de por sí y sin acuerdo de la Junta Patriótica, haya tomado la indicada determinación que ocasiona un lamentable conflicto que se podía haber solucionado si se hubiere puesto de acuerdo con la Junta, que ha reunido cantidades de consideración, que han de pasar de siete mil pesetas y que se le han entregado a dicho Sr. Cura como tesorero de la misma, y con el fin de evitar cuestiones desagradables, que por lo pronto no se dé ninguna queja del Sr. Obispo acerca de este asunto".

Solucionado el malentendido, el 10 de febrero de 1904 se celebró la solemne función religiosa de su inauguración, que estuvo presidida por el arcipreste de La Palma, José Puig y Codina, en la que predicó "un elocuente discurso" el cura párroco de la villa de Breña Alta, Elías Pérez Hernández.

La crónica del periódico "La Solución" agrega que "la concurrencia fue numerosísima". El ayuntamiento pleno, presidido por el alcalde Antonio de Paz Armas, había acordado en sesión plenaria anterior "concurrir en corporación" a la bendición del templo parroquial.

La cubierta se recubrió en su interior con un falso techo decorado con varios crípticos, que corresponden a los evangelistas Marcos, Mateo, Lucas y Juan, así como una alegoría a San Antonio Abad, pinturas que fueron realizadas y firmadas por el pintor Ubaldo Bordanova el 23 de enero del citado año.

* Juan Carlos Díaz Lorenzo es Cronista Oficial de Fuencaliente.

domingo, 27 de junio de 2004

Las maniobras de la flota republicana

Juan Carlos Díaz Lorenzo
Santa Cruz de La Palma

El 12 de mayo de 1936 arribó una agrupación de la Armada, formada por un crucero y ocho destructores

El triunfo de la coalición del Frente Popular en las elecciones del 16 de febrero de 1936 consiguió alterar todavía más la deformada imagen de la Segunda República. Alcalá Zamora encargó la formación de gobierno a Manuel Azaña, pero las nuevas Cortes decidieron su destitución de la presidencia y elevaron a éste a la Jefatura del Estado, formándose un gabinete de republicanos de izquierda presidido por Casares Quiroga.

Para poner freno al revanchismo y las persecuciones, el nuevo Gobierno tomó de inmediato posiciones tratando de evitar que el triunfo se le escapara de las manos. Entre otras medidas, decretó una amplia amnistía para todos los represaliados tras los sucesos de octubre de 1934, al tiempo que favoreció el restablecimiento del Estatuto catalán y la tramitación de los estatutos de autonomía de Galicia y el País Vasco.

También reanudó la reforma agraria, que favoreció la ocupación de fincas por parte de los campesinos, lo que provocó enfrentamientos con la Guardia Civil y como respuesta, muchos terratenientes prefirieron perder las cosechas antes que contratar a los jornaleros.

En el plano militar, se alejó de Madrid a algunos militares sospechosos, entre ellos los generales Franco, Mola y Goded. Giral volvió de nuevo a ocupar la cartera del Ministerio de Marina y se produjo un relevo en el cargo de subsecretario, en el que el general de Artillería de la Armada, Francisco Matz Sánchez, más afín a las directrices de la nueva política, relevó al contralmirante Muñoz Delgado.

Asimismo, los jefes y oficiales de más acreditado republicanismo alcanzaron puestos de relevancia en el organigrama del Ministerio de Marina y, entre otras acciones, se permitió el reintegro de los cabos y subalternos que habían sido procesados y expulsados por los sucesos de Asturias o condenados por delitos de insubordinación o indisciplina.

El Gobierno del Frente Popular destituyó al vicealmirante Juan Cervera Valderrama en su cargo de jefe de la Base Naval de Cartagena, enviándolo, en situación de disponible, a Puerto Real (Cádiz) y, al mismo tiempo, dispuso otros cambios tendentes a desarticular la posible participación de la Marina de Guerra en la gestación de cualquier movimiento militar.

El vicealmirante Javier de Salas, que había sido ministro de Marina en el gobierno de Alejandro Lerroux, conservó su cargo de Jefe del Estado Mayor de la Armada, y a él se debe principalmente la decisión de organizar unas maniobras generales de la Flota en aguas de Canarias, que habrían de servir, en opinión de algunos analistas, para fijar posiciones en la participación de la Armada en la conspiración militar que se preparaba contra el caos que dominaba el país en los últimos meses de la República.

Quizás, excesivamente confiados en sus dotaciones, en razón de su actitud disciplinada cuando los graves sucesos de Asturias, algunos oficiales jóvenes de los barcos cometieron ingenuidades e indiscreciones, de las que el Gobierno de Madrid tuvo rápido conocimiento a través de los mensajes de los radiotelegrafistas y los subalternos adictos al Frente Popular. Ante el cúmulo de informaciones recibidas, el subsecretario Matz -contra el parecer del Estado Mayor de la Armada- ordenó el regreso de los barcos a la Península, evitando escalas en los puertos africanos.

Maniobras en Canarias
A finales de abril de 1936, la Escuadra se hizo a la mar para realizar unas maniobras en aguas de Canarias, región militar en la que se encontraba al mando el general Francisco Franco. La salida de la Escuadra del puerto de Cádiz coincidió con la llegada al arsenal de La Carraca del cañonero Cánovas del Castillo, habitualmente de apostadero en Tenerife, y que se disponía a pasar un período de obras.

La agrupación naval estaba formada por el acorazado Jaime I, los cruceros Méndez Núñez, Miguel de Cervantes, Almirante Cervera y Libertad y la Escuadrilla de Destructores compuesta por los buques Almirante Antequera -bautizado así en honor del ilustre marino nacido en Tenerife-, Sánchez Barcáiztegui, Lepanto, Almirante Valdés, Churruca, Almirante Ferrándiz, José Luis Díez y Alcalá Galiano. También participaron en las maniobras los submarinos C1 (Isaac Peral), C2, C3, C4, C6 y B5, así como el remolcador Cíclope.

A mediodía del 4 de mayo arribó al puerto de Santa Cruz de Tenerife el acorazado Jaime I -comandante, capitán de navío Julio Iglesias-, seguido del crucero Méndez Núñez -en el que enarbolaba su insignia el contralmirante Piña y mandaba el capitán de corbeta Cervera- y los destructores Almirante Antequera, Sánchez Barcáiztegui, Lepanto y Almirante Valdés, buques bajo el mando de los capitanes de fragata Núñez, Matres y Fuentes y el capitán de navío Fontela, que era, además, el jefe de la Escuadrilla de Destructores. A bordo del acorazado se encontraba, asimismo, el vicealmirante Salas, jefe del Estado Mayor de la Armada.

En el puerto de Las Palmas, y al mando del contralmirante Mier, arribaron los cruceros Miguel de Cervantes, Almirante Cervera y Libertad, así como los destructores Churruca, Almirante Ferrándiz, José Luis Díez y Alcalá Galiano.

Debido a su calado, el acorazado Jaime I atracó en el extremo del muelle Sur, que se encontraba en obras, mientras que el crucero Méndez Núñez fondeó frente a los varaderos de Hamilton y los destructores, por parejas y abarloados, lo hicieron frente al Cuartel de Ingenieros.

Tres días más tarde, a la agrupación surta en aguas de Santa Cruz de Tenerife se unieron los submarinos citados -comandantes, capitanes de corbeta Lara, Mata, Salas, Duguarode y Romero- que procedían de Ceuta, quedando también fondeados y abarloados frente al cuartel de Ingenieros. El día 9 llegaron el submarino B-5 -comandante, Javier- y el remolcador Cíclope.

En la tarde del día 4, el general Franco acudió a bordo del acorazado Jaime I para cumplimentar al vicealmirante Salas González. Como señala el protocolo, al día siguiente se devolvió la visita oficial en la Comandancia General, en una comisión encabezada por el Jefe del Estado Mayor de la Armada y de la que formaban parte los comandantes y otros oficiales de los buques.

En el palacio de Capitanía, el general Franco pronunció un discurso de clara intencionalidad, en el que, entre otras cosas, dijo:

"La Patria está en peligro, y cuando eso sucede, el brazo armado, el Ejército y la Marina, quedan obligados a salvarla, tanto de los enemigos exteriores como de los interiores; y dentro del Ejército y de la Marina son los jefes y los oficiales los encargados de que esa misión sagrada se cumpla".

De aquel encuentro existe una foto en la que aparece Franco con las autoridades civiles y militares, entre ellos el capitán de corbeta Luis Carrero Blanco, oficial de órdenes del jefe del Estado Mayor de la Escuadra.

Los ejercicios se desarrollaron entre los días 10 y 12 de mayo, fecha en la que cambiaron de base las dos divisiones, viniendo a Tenerife a la que mandaba el comandante general de la Escuadra, vicealmirante Mier, y a Las Palmas la que estaba bajo el mando del contralmirante Piña, ordenándose, asimismo, que una agrupación entrase en el puerto de Santa Cruz de La Palma.

Escala en La Palma
El 12 de mayo, el puerto palmero amaneció pintado de barcos. En medio de una singular expectación, las gentes se apresuraron hasta el muelle gritando "¡Llegó la Escuadra, llegó la Escuadra!". Eran, en total, nueve barcos. El primero en recalar fue el crucero Méndez Núñez, que fondeó en la bahía al resguardo del Risco de la Concepción, dando la popa a la playa de Bajamar. Tras él entró el primer destructor, José Luis Díez, en el que embarcó el práctico Tomás Yanes Rodríguez -que dirigió todas las maniobras- y que atracó estribor al muelle. Abarloados a éste le siguieron los destructores Churruca, Alcalá Galiano, Almirante Ferrándiz, Almirante Valdés y Almirante Antequera. Por falta de línea de atraque también fondearon los destructores Lepanto y Sánchez Barcáiztegui, que lo hicieron a estribor del crucero Méndez Núñez.

La presencia de los buques del gris naval y de los marinos uniformados de blanco acaparó la máxima atención de las gentes de la ciudad y aun de los otros pueblos de la Isla, que se desplazaron hasta la capital para presenciar la estancia de las unidades de la Marina de Guerra.

La banda de música "La Victoria" acudió al recibimiento en el muelle, que presidió el titular del Cabildo Insular, Mendoza Santos. DIARIO DE AVISOS destacó la presencia de los barcos de guerra y comentó los paseos al campo de sus dotaciones y el encuentro de los oficiales para tomar el té en los salones del hotel "Florida".

En el puerto palmero no se había visto un espectáculo de barcos igual, desde que en mayo de 1921 estuvo una agrupación naval formada por submarinos, torpederos y el buque de salvamento Kanguro, un cacharro de extraña figura formada por dos cascos simétricos y el montaje de una grúa a crujía para rescatar a los submarinos del fondo.

Las últimas maniobras de la Escuadra republicana habrían de ser, pues, decisivas en lo que se pudiera denominar la vinculación de la Armada en el pre-alzamiento. La movilidad de los barcos durante las operaciones favorecieron los contactos de oficiales embarcados con los destinados en bases navales o dependencias en tierra.

"No puede decirse que se conspirara abiertamente -explica el historiador militar Ricardo Cerezo-, porque las conexiones con los hilos de la sublevación eran débiles y no bien definidas, pero sí que la situación, tras el proceso de descomposición del régimen, incapaz de contener los extremismos y las violencias, produjese situación de autodefensa".

En cada una de las bases navales existían instrucciones reservadas, a poner en práctica en caso de emergencia, muchas de ellas programadas tras los sucesos revolucionarios de octubre de 1934, para la prevención y defensa ante posibles ataques de masas revolucionarias.

En la Marina se sabía que "algo" se movía, de la misma manera que se temía -y también había informaciones inconcretas sobre ello- una nueva sublevación de las fuerzas de extrema izquierda contra la propia República, en su deseo de "sovietizarla".

En un ambiente de gran tensión social, en el que la izquierda optó por una postura claramente revolucionaria, se produjeron enfrentamientos violentos entre milicias socialistas y grupos falangistas y se forjó la conspiración militar contra el Gobierno del Frente Popular. En la trama política figuraban, entre otros, Gil Robles, Calvo Sotelo y José Antonio Primo de Rivera. Se habían hecho contactos con Mussolini y entre los militares de más alto rango implicados figuraban los generales Franco, Goded, Fanjul, Varela y Mola. Este último se encontraba en Pamplona y actuaba como director del golpe.

Los acontecimientos habrían de precipitarse en las semanas siguientes. El 12 de julio se produjo el asesinato de un oficial de la Guardia de Asalto, el teniente Castillo, que tuvo respuesta, esa misma madrugada, con el asesinato del destacado político de derechas José Calvo Sotelo. El Gobierno de Casares Quiroga, que se había mostrado tibio pese a las continuas advertencias de las organizaciones obreras, vio cómo el 17 de julio el ejército de Marruecos inició el alzamiento contra el Gobierno de la República.

A la cita con la paz, en abril de 1939, de los barcos que habían visitado el puerto palmero en mayo de 1936 -todos ellos sirvieron en el lado republicano durante la guerra- sólo faltó el destructor Almirante Ferrándiz, que resultó hundido el 29 de septiembre del mismo año por la artillería gruesa del crucero Canarias cuando ambos buques se encontraron en aguas del Estrecho. El 26 de agosto de 1938, el destructor José Luis Díez varó en la playa de Los Catalanes, en el peñón de Gibraltar, acosado por las unidades nacionales que operaban en el Estrecho, aunque fue recuperado al final de guerra, reparado y devuelto al servicio.

domingo, 20 de junio de 2004

La mañana de San Juan de 1949

Juan Carlos Díaz Lorenzo
El Paso

Después de varios días de temblores, el 24 de junio comenzó la historia de un nuevo volcán en La Palma

El 24 de junio de 1949 comenzó la historia de un nuevo volcán en La Palma. Durante la mañana había continuado la actividad sísmica de los últimos días y al amanecer los temblores fueron más intensos, siendo percibidos en El Paso y Los Llanos de Aridane y en las localidades de Las Manchas y Jedey, así como en Fuencaliente, en el ángulo sur de la Isla y en Mazo y las Breñas, en la vertiente oriental.

Testigos presenciales que se encontraban en la cumbre manifestaron que coincidiendo con la intensidad de los temblores de tierra, se abrían grandes grietas que se alargaban y ensanchaban en las proximidades de la montaña de El Duraznero, con deslizamientos y corrimientos de tierra y emanaciones gaseosas con olores de azufre y gases sulfhídricos, mientras que en las inmediaciones de Montaña Pelada se escuchaban intensos ruidos subterráneos.

Precedida por fuertes convulsiones en el suelo y ruidos que parecían desgarrarse desde el fondo, hacia las ocho y media de la mañana del día de San Juan, la tierra abrió sus entrañas en la Cumbre Vieja después de una pequeña explosión en el terreno, entre las montañas de El Duraznero, Los Lajiones, Montaña Pelada y Nambroque.

Los primeros testigos en advertir el nacimiento del nuevo volcán fueron dos muchachos y un guarda-jurado de la Asociación de Cazadores. Los dos primeros se encontraban recogiendo pinillo a unos 200 metros de la montaña de El Duraznero, cuando oyeron en el suelo un profundo, intenso y prolongado ruido de la tierra, del que quedaron sorprendidos y dudaron en creer, por lo que trataron de averiguar en los alrededores la causa de su curiosidad y su sorpresa fue tremenda cuando vieron salir una columna de humo negro entre los restos de las neblinas matinales de la cumbre, por lo que salieron corriendo hacia sus casas para contar a los suyos lo que habían visto.

El tercer testigo fue Antonio González Rodríguez, guarda-jurado de la Asociación de Cazadores en la zona Sur de la Isla. Este hombre advirtió a la misma hora que se había producido una pequeña explosión, seguida de una salida de humo que, según creyó en un primer instante, parecía "como si fuera el incendio de algún tronco de pino", por lo que en un principio no le dio gran importancia.

Hacia las diez y media de la mañana, encontrándose el testigo en la montaña de Enrique, observó que en el lugar donde se había producido la explosión se elevaba una columna de humo mayor y más densa, lo cual, según sus palabras, le hizo sospechar que pudiera tratarse "de algo así como un volcán", por lo que acudió el Ayuntamiento de El Paso para informar a su alcalde, Antonio Pino Pérez, de lo que había visto.

A las 11 de la mañana, la columna de humo se había vuelto intensa y densa y ofrecía un majestuoso espectáculo que fue apreciado por mucha gente de la comarca del valle de Aridane, y aún de otras partes de la Isla. A esa hora, los fieles que salían de la iglesia de El Paso después de la celebración de la función religiosa, oficiada por el párroco Salvador Miralles, contemplaron desde la plaza el nacimiento del nuevo volcán. Los cálculos iniciales estimaban en "unos dos mil metros" la altura de la espesa columna de humo que brotaba desde las montañas de la crestería insular.

Desde mediodía, grupos de personas en camiones y en algunos coches se dirigieron hasta El Refugio y desde allí, a pie, y después de hora y media de camino, los más atrevidos llegaron hasta las proximidades del primer cráter, lo mismo que otros vecinos de Las Manchas y Jedey, razón por la cual fueron varios los testigos presenciales de las primeras horas de la erupción.

La densa columna de humo negro brotaba impulsada por explosiones sucesivas y arrastraba polvo fino, cenizas, arenas calcinadas, lapilli y lava fragmentada, acompañada de grandes ruidos subterráneos. A la primera boca se le calculó inicialmente unos veinte metros de diámetro y arrojaba una gran cantidad de piedras y cenizas, apreciándose grandes grietas en los terrenos colindantes. El personal designado para hacer un seguimiento de los acontecimientos detectó a primeras horas de la tarde la existencia de otras dos bocas de fuego, próximas a la primera, que vomitaban piedras incandescentes.

La montaña de El Duraznero, según Bonelli Rubio, es un antiguo cráter en forma de herradura, clásica de los cráteres canarios, del tipo Homate y de creación reciente, mientras que el Llano del Agua se identificaba como el fondo de otro cráter relleno de materiales procedentes de las paredes que lo rodean. "Así, pues -decía el afamado geólogo-, la erupción actual es una reactivación de un aparato eruptivo que en activaciones anteriores dio lugar a la actual constitución y forma del terreno; reactivación excéntrica, típica también del volcanismo canario".

La primera jornada
En la mañana del 24 de junio, después de que se comprobara la situación detectada en la cumbre, el alcalde de El Paso, Antonio Pino Pérez, llamó por teléfono al subdelegado del Gobierno y presidente accidental del Cabildo, José Francisco Carrillo Lavers, para informarle de los hechos y le comentó la impresión de que se trataba de un volcán. Éste, a su vez, se puso en contacto con el delegado del Gobierno y procurador en Cortes, Fernando del Castillo Olivares, que se encontraba en Madrid, para comentarle la noticia.

Los alcaldes y algunos concejales de los municipios del valle de Aridane y Fuencaliente se trasladaron rápidamente a los poblados de Las Manchas, Jedey y Los Charcos, al entender que eran poblaciones que corrían peligro por su situación geográfica en relación con la localización del foco inicial, comprobando a su paso por la carretera general del Sur la caída de piedras y cenizas, por lo que, pese al desconcierto de los momentos iniciales, tranquilizaron como mejor pudieron a los habitantes de la comarca acerca de la magnitud del fenómeno.

El subdelegado del Gobierno, en unión de otras autoridades y los alcaldes de los municipios afectados, se desplazó al valle de Aridane y ordenó la adopción inicial de todas las medidas posibles para que, en caso de urgencia, se pudiera prestar la ayuda necesaria a los vecinos de la zona amenazada.

Desde el primer momento de la erupción, José Francisco Carrillo designó a un grupo de observadores para que siguieran cuidadosamente la evolución de los acontecimientos que se producían en la Cumbre Vieja. Las cuadrillas las formaron miembros de la Guardia Civil, Guardia Forestal y grupos de vecinos voluntarios conocedores del terreno, lo que facilitó mucho el trabajo de los distintos equipos, de los que eran responsables directos cada uno de los alcaldes.

José Francisco Carrillo informó de los hechos por teléfono al gobernador civil de la provincia, Emilio de Aspe Vaamonde, quien, al mismo tiempo, se puso en contacto con el ministro de la Gobernación, Blas Pérez González y le detalló los acontecimientos que se producían en su Isla natal, haciéndolo así cada día hasta que el destacado político del régimen franquista llegó a La Palma.

En sus comienzos, el nuevo volcán fue llamado de Nambroque, El Duraznero, Las Manchas y en las otras islas y en la Península, volcán de La Palma. El periodista Domingo Acosta Pérez, que realizó una incansable labor informativa y una insistente defensa del hagiónimo sanjuanero desde las páginas de DIARIO DE AVISOS, fue el primero en denominarlo volcán de San Juan, por la coincidencia con el santoral, siendo generalmente aceptado, como tal, a principios del mes de julio.

La noticia de la erupción del volcán adquirió tintes alarmistas en algunos medios extranjeros, entre ellos el periódico venezolano "Ultimas Noticias", que publicó una crónica deformada del corresponsal de UP en los siguientes términos:

"Huyen aterrorizados de las Islas Canarias millares de personas por erupción de volcanes y temblores. Santa Cruz de Tenerife, junio 25. UP. Los temblores y las erupciones volcánicas estremecieron hoy a la diminuta isla de La Palma, mientras que los aldeanos aterrorizados preparábanse a huir por la vía marítima. Dos pequeños cráteres vomitaron cenizas y piedras candentes destruyendo los árboles. Simultáneamente los temblores abrían en la tierra largas hendiduras de donde salían gases sulfúricos, mientras que se escuchaban estruendos subterráneos. Las ambulancias de la Cruz Roja y guardias civiles se mantienen vigilantes para ayudar a los aldeanos en caso de que la lava caliente se aproxime a las poblaciones. Los cráteres activos están ubicados en las aldeas de El Paso y Fuego Caliente".

El periódico "El Día", que reprodujo la información, apostillaba en una nota de la Redacción: "Es de lamentar la divulgación de estas noticias que, sobre bases totalmente falsas y por su afán de sensacionalismo, pueden llevar al ánimo de millares de compatriotas nuestros en tierras americanas, la más viva incertidumbre".

Testigos presenciales
Algunos testimonios recogidos hace algunos años, y que conservamos en nuestros archivos, de los muchos testigos presenciales de la mañana de San Juan, resultan esclarecedores para hacernos comprender el alcance de la situación vivida.

Antonio Sánchez Sánchez (1909-2002): "El día que reventó el volcán yo estaba en la escuela, dando clase a los chicos. La escuela estaba entonces en la casa de don José Ana. Vinieron a avisarme que había aparecido un volcán. Pues está bien. Por la tarde nos pusimos de acuerdo unos cuantos amigos y fuimos caminando arriba, hasta la misma boca del volcán. Aquello era un atrevimiento, porque al poco tiempo volvimos y los pinos por donde habíamos pasado estaban totalmente desgajados de las piedras que el volcán arrojaba. Antes de llegar al volcán vimos una grieta bastante regular. Aquello me dio respeto, pero ellos seguían adelante. Pues adelante vamos".

Evangelista González González (1917-2002): "El día que reventó el volcán, que fue el día de San Juan, yo estaba en casa tapando la cuna del niño, cuando oigo aquel ruido, por la mañana y pensé: ¡Dios mío, ¿serán esos chicos tirando piedras por esa ladera pa' abajo? Me asomo por la ventana pero no veía nada y no le hice más caso. Al poco siento a Evangelina gritando: ¡¡Evangelistita, Evangelistita!! Salgo mandada pa' afuera y le digo: ¿qué pasa, madrina? ¡¡Mira, un volcán!! ¿Cómo qué un volcán? ¡Sí, muchacha, mira, un volcán! Llegó hasta el aljibe y miro pa' arriba… 'bay', cuando veo el chorro de humo negro en la cumbre. Pues sí será un volcán. ¡Ay, mi madre, a Evangelina casi le da algo! ¡Dios mío, que las chicas están pa' arriba, de excursión, qué será de ellas! Y era verdad que sus dos hijas, Áurea y Zenaida, estaban pa' arriba. Sí creo que se llevaran un buen susto".

Ceferino González Acosta (1920): "Yo estaba con mi suegro cortando horquetas en Los Charcos y entonces oímos un ruido terrible y miramos al monte. ¡Muchacho! Aquello era una humareda terrible. Dígole a mi suegro: ¡Vámonos, esto es un volcán! Y vinimos con las pocas horquetas que teníamos. Después salimos pa' arriba a ver qué era. Yo llegué cerca de la boca. Al otro día volvimos y ya no había boca ninguna".

María Elma Díaz Camacho (1933): "El día que reventó el volcán, yo estaba en los Romanciaderos. Veníamos por Tamanca, mis hermanos Pepe, Otilia y yo, cargados de cebada, cuando vimos aquella gran humareda frente a Los Campanarios, muy fuerte, y nosotros nos preguntamos: ¿qué es esto, Dios mío? Salimos corriendo y cuando llegamos al descansadero del llano de Tamanca, allí soltamos los fejes y volvimos a mirar y entonces comprendimos que aquello no era cosa normal. Al llegar a la ermita ya se sabía que era un volcán".

Niceto 'Pedro' García Jerónimo (1934): "El día que reventó el volcán yo estaba en El Remo con cuatro amigos más. El monte estaba nublado y no se veía, cuando llegaron unas gentes en unos barquitos de Puerto Naos diciendo que había reventado un volcán. Allá a mediodía siento a mi padre llamándome encima del risco. ¡Sube pa' arriba pronto! Yo le dije a los muchachos: vamos a bañarnos y después subimos. Cuando nos estábamos bañando vino un temblor y esos riscos eran una polvareda desde Fuencaliente hasta aquí abajo. Yo pensé que aquello era el volcán que venía bajando. ¿Y ahora pa' donde vamos, muchachos? Entonces sí me dio miedo. Salí corriendo por el risco pa' arriba, hasta donde dicen las Vueltas Negras, corriendo sin parar. Eran otros tiempos. De los chicos que iban detrás, yo pensé: ¡a esos los baja un risco cuando venga un temblor! Pero pudimos subir y llegamos, gracias a Dios, sin que se sintiera ninguno".

domingo, 13 de junio de 2004

Un puerto en el morro de Talavera

Juan Carlos Díaz Lorenzo
Barlovento

En julio de 1929 el ingeniero militar Gutiérrez de Soto presentó un proyecto para construir un enclave portuario

El municipio de Barlovento, que ocupa una extensión de 43,5 kilómetros cuadrados, tiene un tramo corto de cumbre -entre Tamagantera y el Pico de la Cruz, de 2.351 metros de altitud- y una amplia vertiente marítima con una doble fachada, una que se encuentra orientada al Este, baja y rocosa y otra al Norte, formada por altísimos escarpados cortados por profundos barrancos que descienden desde las cumbres, siendo el saliente más importante de la costa el promontorio de Punta Cumplida, localizado en la posición 28º 50’ 3" N y 17º 46’ 6" W, al que ya nos hemos referido en otra oportunidad con motivo de un trabajo sobre el faro existente en aquel lugar.

La construcción del faro, que tiene una torre cónica gris oscura, fue la obra más importante que se hizo en el municipio en la segunda mitad del siglo XIX, y continuó siéndolo durante muchos años después, hasta que a mediados de la década de los setenta del siglo XX comenzó la construcción del embalse de La Laguna de Barlovento, que se prolongó durante bastante tiempo y está considerada una de las obras hidráulicas más importantes de La Palma.

Entre 1845 y 1850, años en los que Pascual Madoz realizó su célebre "Diccionario", escribe que Barlovento está situado "al pie de las escarpadas cimas de la cumbre, inmediato a la playa del mar con buena ventilación, cielo alegre, despejada atmósfera y clima saludable (…) el terreno es áspero, barrancoso y lleno de cortaduras y desigualdades hasta la misma playa, pero en medio no faltan valles y cañadas de muy buenas tierras de cultivo, que regadas con diferentes manantiales de agua, son muy propias para diversos géneros de simientes y plantíos, especialmente bananos, naranjos cidroneros y todos cuantos frutos son propios de los trópicos".

A mediados del siglo XIX, las plantaciones de tuneras para la cría de la cochinilla, cuyo tinte demandaba la industria textil europea, aliviaron en parte la miseria de los campesinos y frenaron la corriente emigratoria hacia Cuba. El ciclo se mantuvo hasta la década de los años setenta de aquella centuria, cuando todo acabó con el descubrimiento de las anilinas artificiales.

A continuación comenzó el ciclo de las plantaciones de tabaco, que ofrecía empleo suficiente a las familias y asalariados de pequeños propietarios, con una producción para una industria que se presagiaba floreciente, pero que también se fue al traste cuando comenzó la competencia de las plantaciones peninsulares.

La emigración a Cuba tuvo, entre otras consecuencias, el envío de remesas que garantizaban la subsistencia de las familias que habían quedado en la tierra natal y, al mismo tiempo, contribuyó a que se produjera un cambio en la estructura de la propiedad de la tierra, de modo que posibilitó la transacción de una propiedad con múltiples explotaciones minifundistas en régimen de condominio a otra en la que el campesino adquirió la titularidad de la tierra. Los terratenientes, afectados de lleno por la crisis de la cochinilla, aceptaron vender una parte de sus propiedades a los indianos que habían hecho fortuna en el otro lado del Atlántico.

Este dinero era necesario, además, para financiar la construcción de las obras de regadío para la implantación de los cultivos de la caña de azúcar, primero y del plátano, después, en las explotaciones agrarias cuyo dominio absoluto aún mantenían.

En la década de los años veinte del siglo XX, el retorno masivo de emigrantes acabó por configurar el espacio minifundista en el municipio de Barlovento, pues las remesas se invirtieron en la adquisición de pequeñas parcelas, de unos pocos celemines por familia, para las plantaciones de plátanos y de otras infraestructuras aparejadas a las necesidades del cultivo: estanques, canalizaciones de agua y la apertura de galerías.

La expansión agraria redujo la migración al dar empleo a las unidades familiares de pequeños propietarios y jornaleros, que obtenían unos ingresos complementarios de la explotación forestal y también de los cultivos de cereales en las parcelas de patrimonio comunal. Frente a lo ocurrido en otros municipios insulares, cuyos bienes comunales conocieron un continuo proceso de privatización y acabaron siendo enajenados previa conversión en bienes de propios, atendiendo las propuestas de la desamortización de 1855, el vecindario de Barlovento se negó a perder ese patrimonio. "Una negativa -explican A. Macías y G. Cáceres- que carece aún de una adecuada explicación, aunque cabe pensar que la minoría rural que controlaba los cargos municipales no tuvo fuerza suficiente para imponer la privatización del comunal, frente a los intereses de la colectividad, o bien no tuvo capital para competir en la subasta de tales bienes con la terratenencia insular".

Charles Edwardes
En 1888, Charles Edwardes, uno de los viajeros ingleses que llegaron a La Palma, cuando iba a lomos de caballería camino de Barlovento, escribe que "media hora después de que hubiera salido el sol, nos internamos en el primero de los doce barrancos que iban a caracterizar el día, el barranco de la Herradura, un profundo abismo que comenzaba prácticamente a la puerta de la casa de nuestro amigo. Al alcanzar el otro lado, trotamos alegremente en medio de varios acres de ricos campos de cereales, adornados con amapolas rojas y amarillas, y de altramuces. Entonces ascendimos hasta una llanura de tierra roja, igualmente fértil, y pasamos la villa de Barlovento, salpicada de excéntricos molinos de viento, y famosa en La Palma por el faro que guarda el extremo noroeste de la isla".

"Continuamos subiendo hasta encontrarnos rodeados de brezos y cerca de los pinos de las montañas a nuestra izquierda, que a estas horas se hallaba barrida por las nubes. Una vez que la geografía norteña de la isla se desplegó por debajo nuestro en forma de amplias pendientes hasta el rocoso litoral batido por las olas, entonces pudimos hacernos una idea de los obstáculos que nos aguardaban. ¡Un barranco tras otro hasta la costa! Desde el borde de estas soberbias hondonadas contemplamos las escarpadas pendientes de ochocientos y mil pies de profundidad, mientras nos preguntábamos cómo las íbamos a superar".

A pesar de este panorama de atraso agrario, a Barlovento también llegaron los vientos de la modernidad social y política del primer tercio del siglo XX, introducidos por los indianos y por los proletarios que trabajaban en las haciendas plataneras de Oropesa y sus aledaños, a pesar de que entonces Barlovento era todavía un lugar alejado, con caminos de herradura en pésimo estado, de modo que las comunicaciones de importancia se realizaban por el embarcadero de Talavera, a bordo de veleros y falúas que enlazaban con la capital insular, Santa Cruz de La Palma.

Desde hacía tiempo, en Barlovento se abrigaba la ilusión de que pudiera construirse un modesto puerto junto al morro de Talavera, que sirviera para la comunicación de personas y, al mismo tiempo, para la exportación de la producción frutera de la comarca y la importación de productos de necesidad, habida cuenta de la lentitud y las dificultades con que tropezaba la construcción de la carretera comarcal, que habría de demorarse todavía unos años más.

El 28 de julio de 1929, el ingeniero militar Fermín Gutiérrez de Soto presentó un estudio relativo al puerto de Talavera, en el que primero hace constar las características del territorio insular, destacando "la gran desproporción que existe entre la elevación de sus alturas y su extensión, unido a las enormes cortaduras, denominadas barrancos que, desde la divisoria, marchan a la costa", un hecho que dificultaba las comunicaciones terrestres entre los pueblos de la isla y de modo especial entre los situados en la zona Norte, y esa consideración "justifica el anhelo, cada vez más creciente, de los habitantes de todos los pueblos enclavados en esa comarca, y muy singularmente los de Barlovento, de buscar por vía marítima, lo que la Naturaleza, tan pródiga en otros países, les negó, casi en absoluto, por tierra y lograr por ese medio libre salida de los frutos de su trabajo, esencialmente agrícola, y entrada de los productos de otros pueblos, así nacionales como extranjeros, y contribuir al bienestar y progreso de sus hijos, en todos los órdenes de la actividad humana, concluyendo de una vez con el vergonzoso aislamiento en que han vivido durante tantos años".

El citado ingeniero levantó un plano del puerto de Talavera y su territorio próximo, así como el detalle de la situación general de la costa, trabajos que se efectuaron de "trámite obligatorio" en cumplimiento de lo dispuesto en el artículo 10 del capítulo III del Reglamento para Ejecución de la Ley de Puertos de 7 de mayo de 1880 "y con objeto de proponer a la superioridad, en su día, el proyecto de obras necesarias para su mejoramiento".

Gutiérrez de Soto añadía que la elección de Talavera "para el fin que se indica, no ha sido caprichosa ni ha sido motivada por el deseo de obtener determinadas ventajas para Barlovento, núcleo de población más próximo al mismo; sino que, al designarlo, se han tenido en cuenta circunstancias de conveniencia, condiciones naturales y situación que concurren en él y que han hecho sea objeto de atención preferente".

Para fundamentar su argumento, señalaba que "estudiado el perímetro de toda la costa Norte de la isla, desde Punta gorda a Punta llana, no existe ningún abrigo que pueda cumplir como tal, sino la pequeña rada de Talavera; siendo la única en la que, con la construcción de pequeñas obras, de muy poco coste, podía ser habilitada convenientemente".

"Dicha rada está formada por la parte de costa comprendida entre el fin del barranco de La Cabrita y un saliente de 200 metros, que avanza en el mar en dirección NE y está constituido por un mogón o peñón de una altura media de 20 metros y una extensión superficial en su parte superior de 7 metros y un perímetro en su base de 25 metros aproximadamente".

"La orientación de este peñón, con respecto a la línea general de la costa, demuestra a la simple observación, que con algunas obras de escasa importancia, las embarcaciones que fondeasen en la rada quedarían resguardadas de los vientos del E que son los reinantes en esta parte de la isla".

"El mencionado peñón está unido a la costa por una verdadera escollera natural de grandes rocas, sobre la que está construido un camino de unos 2 metros de su contorno, va al pequeño embarcadero, existente en la actualidad. La escollera tiene una longitud de 45 metros".

"Como se observa en el plano, al efectuar el levantamiento se practicaron diversos sondeos para determinar la profundidad de la rada en marea baja. Los perfiles de los mismos acusan una cota negativa de tres metros en la parte más aproximada a la costa y asciende rápidamente a cifras superiores a los 10 metros en la parte más avanzada del morro, lo que demuestra pueden fondear en la misma toda clase de embarcaciones menores y en general la carga que presta este servicio en el Archipiélago".

Con el puerto de Talavera enlazaban entonces tres caminos vecinales. En el citado informe se indica que "uno es el que va a Barlovento y se prolonga hasta los pequeños pueblos de Gallegos y Franceses hasta Garafía; otro es el que llega hasta el faro de Punta Cumplida y un tercero que atravesando el barranco de la Herradura llega a San Andrés y Sauces" y agrega que "además hay que citar el proyecto de camino vecinal desde Talavera a Barlovento, proyectado ya por el Estado y para el que hay concedido un crédito inicial de pesetas 15.144".

Durante la Segunda República, la extensión de la red de carreteras recibió un notable impulso en La Palma y el Cabildo Insular asumió la iniciativa de construcción de los caminos vecinales. También se mostró interés por la posibilidad de potenciar el lugar como punto de apoyo para la comunicación marítima de la zona. El 13 de junio de 1932, el ingeniero José Espejo presentó el proyecto de un transbordador aéreo en la pequeña rada de Talavera, para facilitar el embarque de la fruta y el transporte de mercancías, que no pasó del papel.

Pese a las buenas disposiciones, lo cierto fue que presiones de tipo político hicieron inviable el proyecto del puerto de Talavera -por miedo a que pudiera restar importancia a Puerto Spíndola-, y aunque en años posteriores los responsables municipales de Barlovento intentaron en varias ocasiones su posible reactivación, el esfuerzo resultó vano. El nuevo régimen tampoco mostró especial interés.

domingo, 6 de junio de 2004

El difícil paso del barranco de Gallegos

Juan Carlos Díaz Lorenzo
Garafía

La Comisión Hidrográfica del "Tofiño" terminó en 1959 el levantamiento de la costa norte de La Palma

Los levantamientos cartográficos han sido siempre unos trabajos muy complejos y dificultosos. En primer lugar, porque el trabajo en sí es lento, pues exige realizar una serie de mediciones en tierra y en la mar que, forzosamente, llevan mucho tiempo y, en ocasiones, hay que vencer notables obstáculos según sea la naturaleza del terreno.

Además, es preciso tener en cuenta las condiciones meteorológicas, pues en las zonas húmedas no se puede trabajar con lluvia, niebla o llovizna y en las zonas cálidas, la potente acción solar impide realizar mediciones ópticas en las horas de reverberación. Por esta razón, hasta la década de los años cuarenta del siglo XX era costumbre que las comisiones hidrográficas instaladas en tierra o embarcadas sólo trabajaban en las estaciones buenas, reservando el invierno y las épocas lluviosas para los trabajos de gabinete. Mientras tanto, los barcos aprovechaban para realizar sus recorridos y reparaciones.

Esta situación cambió de manera radical a partir de 1944. En enero de aquel año estaba al frente del Instituto Hidrográfico de la Marina el capitán de corbeta Fernando Balén García, que en julio de ese mismo año ascendió al empleo de capitán de fragata. Durante su mandato se realizaron los levantamientos hidrográficos en los ríos Guadiana y Guadalquivir, Marruecos, Canarias -paralizados desde 1936-, Ifni, Sahara y Guinea Ecuatorial. Las campañas cartográficas se desarrollarían de forma continua sin interrupciones de ninguna clase y se abolieron los períodos de inmovilizaciones de los buques y sólo una vez al año entraban en dique para hacer los trabajos en seco.

Campaña en La Palma
En 1959 el personal especialista del planero Tofiño terminó los trabajos del levantamiento cartográfico de la costa norte de La Palma. Pocas expediciones habían encontrado hasta entonces tantas dificultades para unos hombres habituados a misiones duras. Coincidían tres circunstancias adversas: las características del terreno, las grandes profundidades de los barrancos y la meteorología. Para superar tales adversidades fue necesario recurrir, en muchas ocasiones, a verdaderos alardes de ingenio y en otras, a faenas de insospechada envergadura. Entre estas últimas, las más importantes consistieron en el establecimiento de los destacamentos con base en Santo Domingo de Garafía para efectuar los trabajos geodésicos e hidrográficos de la costa norteña. En aquel año la carretera general del Norte llegaba hasta el borde oriental del imponente barranco de Gallegos, mientras que la carretera general del Sur alcanzaba el barranco de Garome, en Puntagorda. Había una pista de 37 kilómetros que partía del margen occidental del barranco de Gallegos y llegaba hasta Santo Domingo de Garafía. Desde aquí hasta el barranco de Garome, sólo existía un proyecto de pista y el único medio para alcanzar la carretera consistía en un camino de montaña en cuyo recorrido se invertían cuatro horas a buen paso.

A la Comisión Hidrográfica embarcada a bordo del Tofiño se le presentaba un problema importante. Estaba previsto que el barco viajara a la Península en el verano para continuar con el levantamiento de la costa sur de España. El trabajo en el Norte de La Palma podría terminarse si la expedición tuviera un medio de transporte para moverse por la pista forestal, pues en caso contrario habría que esperar a la próxima campaña. Era complicado hacer una estimación, debido a que el personal estaba distribuido en destacamentos volantes, los desplazamientos se hacían a pie, cargando con sus tiendas, materiales y pertrechos, efectuando largas, difíciles y penosas marchas y, además, era necesario organizar expediciones para su reabastecimiento.

El comandante del planero Tofiño, capitán de corbeta Mauricio Hermida Guerra-Mondragón, reunió a su junta de oficiales y entre todos efectuaron un detenido estudio de los factores que planteaban otros tantos problemas parciales, y que consistían en la posibilidad de situar un vehículo en la pista entre Gallegos y Garafía; la elección del lugar conveniente para el establecimiento del destacamento base; el aprovisionamiento, sostenimiento y apoyo del destacamento base y los planes de trabajo, determinación de necesidades y organización.

Vicisitudes
Después de un reconocimiento de la pista se determinó que el vehículo conveniente sería un camión de chasis corto y de doble tracción. La Comisión Hidrográfica tenía un camión Renault que reunía estas condiciones. Para el traslado del vehículo sería necesario desmontarlo, y la viabilidad de la operación dependía de los elementos de mayor peso y volumen que resultasen del despiece.

Las líneas de acción para el transporte del camión eran tres: el camino de herradura desde el barranco de Garome hasta Santo Domingo de Garafía; el desembarco, mediante barqueo, en el proís de Santo Domingo y el cruce del barranco de Gallegos.

La primera posibilidad, aunque mal camino, era el menos malo de los tres, pero presentaba el inconveniente de la distancia. El barqueo estaba condicionado al estado del tiempo, que permitía efectuarlo pocos días al año; además, el acceso desde el proís consistía en poco menos que una escala tallada en el acantilado.

Desde el principio se desecharon estas dos vías y se dedicó la atención al paso del barranco de Gallegos, que tenía instalado un cable de unos 600 metros de longitud, mediante el cual se efectuaba el abastecimiento y la salida de productos de Santo Domingo, Don Pedro, Franceses y Gallegos. Las personas, para cruzarlo, recorrían un largo camino bordeando el barranco y, las más arriesgadas, lo cruzaban por derecho siguiendo una senda difícil. Las mercancías eran transportadas por el cable en fardos o en bultos de poco peso unitario.

Los encargados del cable manifestaron que la carga máxima era de 300 kilos. La cabina y la caja del camión quedaban dentro del límite, y aunque su volumen los hacía poco manejables, eran factibles de transportar. El bastidor del chasis, probablemente, rebasaría el límite, pero se consideró que con unos 40 hombres podría pasarse al otro lado del barranco, ayudándose con aparejos o cabrestantes para aprovechar al máximo los descensos e izados verticales. La operación se simplificó bastante, ya que finalmente el chasis también pudo deslizarse por el cable.

El informe del comandante Hermida explica que después se determinó que el lugar más conveniente para el emplazamiento del destacamento base era en Santo Domingo. Este lugar, además de ocupar una posición relativamente central, ofrecía la ventaja de tratarse del mayor núcleo de población de la comarca, lo cual facilitaba una mayor cantidad de recursos. Además, así se podría acelerar el ritmo del trabajo sondando el barco de noche, ya que precisándose sondar un haz de radiales de más de 90º con líneas de hasta 13 millas, y siendo el destacamento visible desde la mar, se podría instalar un faro de fortuna, determinando su posición geográfica por triangulación. Apoyándose en él se aliviaría al personal de largos y penosos desplazamientos por los terrenos abruptos y acantilados de la costa.

Organización de la operación
El destacamento de Santo Domingo estaría bajo el mando directo del segundo comandante del Tofiño y constituido por un teniente de navío, dos suboficiales hidrógrafos, un conductor de maestranza, cinco cabos primeros hidrógrafos, ocho cabos segundos hidrógrafos, cocinero, sanitario, ayudante conductor y cinco marineros.

Se establecería un destacamento de partida al pie del cable, encargado del almacenamiento y embarque de materiales. El camión Renault sería desmontado en el puerto palmero y transportado en otro camión hasta el borde del barranco.

Otro destacamento se establecería al otro lado del barranco. Su misión sería montar el camión y recibir y almacenar los materiales que fuesen pasando por el cable. El mando directo de la operación del paso del barranco lo tendría el segundo comandante, y el jefe de máquinas respondería del desarmado, montaje, clasificación, estiba y transporte de las piezas del camión "Renault" desde la salida del muelle hasta que estuviese ya armado y en disposición de prestar servicio al otro lado del barranco.

Primero se efectuaría el paso del camión por el cable y, simultáneamente con esta operación, el otro camión iría transportando al destacamento de partida camas, víveres, mesas, enseres, cocina de campaña, tiendas, aparatos de hidrografía, carbón, bidones de gasolina, etc., donde quedarían almacenados en espera de transporte.

Con la antelación suficiente se trasladó a Santo Domingo el más antiguo de los suboficiales hidrógrafos para recibir a la primera expedición, en la que se transportó el material de habitabilidad y personal mínimo indispensable para proceder a la instalación del destacamento.

Paso del barranco
Al desmontar el camión Renault se observó que el bastidor apenas excedía de los 300 kilos. El personal del cable manifestó que su peso quedaba sobradamente dentro del margen de seguridad, pero que declinaba cualquier responsabilidad. En vista de ello, después de un reconocimiento, se tomó la decisión de pasarlo por el cable.

Las principales piezas que se desmontaron del camión fueron las siguientes: ruedas, mecanismo de dirección, motor, diferenciales anterior y posterior, cabina, caja y bastidor del chasis.

El transporte del vehículo se efectuó felizmente y en ello se invirtieron tres días, al cabo de los cuales el camión Renault hizo su primer viaje a Garafía. No obstante, en el establecimiento del destacamento se invirtieron diez días, puesto que el estado de la pista obligaba a marchar en primera y en segunda y con doble tracción, invirtiéndose cuatro horas en el recorrido de los 37 kilómetros. A pesar de verse el conductor del camión obligado a rodar en ese terreno tan malo, en los dos meses y medio que duraron los trabajos no tuvo más avería que la rotura de una ballesta.

Trabajos del destacamento
El Ayuntamiento de Garafía cedió una casa que tenía una especie de portal en el que se alojaron los cabos primeros. Al lado del portal había una pequeña habitación, que se utilizó para alojamiento de suboficiales y operario de la maestranza. Al otro lado, una habitación grande y destartalada, empleada como pajero, se habilitó para el alojamiento de la marinería.

Como pañol de víveres y aparatos delicados se habilitaron parte de las habitaciones que eran alojamiento de suboficiales y cabos primeros, y el resto de los efectos se guardó en el pajero. La cocina de campaña y la ducha se instalaron al aire libre. Asimismo, el jefe y oficial que constituían la plana mayor del destacamento se alojaron en una fonda del pueblo, y sus comidas las efectuaban con el resto del personal.

Pero las dificultades no habían terminado. Los difíciles accesos que tenían que vencer los equipos de dirección y cortadores para alcanzar la línea de costa impedían que el personal se reintegrase al destacamento al finalizar el día. Entonces fue preciso distribuirlos por parejas volantes que pernoctaban sobre el terreno durante el tiempo que fuera necesario. Para apoyo de las parejas volantes se crearon unos equipos de aprovisionamiento y auxilio que transportaban los víveres y otros efectos de urgencia a lomos de bestias.

A la terminación de los trabajos, a mediados del mes de julio de 1959, el personal y el material utilizado se reintegraron a bordo del Tofiño. La expedición volvió a efectuar el paso del barranco de Gallegos en sentido inverso y con esta operación quedó definitivamente terminado el levantamiento cartográfico de la isla de La Palma.