Juan Carlos Díaz Lorenzo
Santa Cruz de La Palma
En la historia del cine en La Palma, interesante camino aún por investigar en profundidad, la personalidad del cineasta Jorge Lozano van de Walle ocupa un lugar preeminente. El profesor Fernando Gabriel Martín, catedrático de Historia del Cine de la Universidad de San Fernando de La Laguna, lo define como "el cineasta multidisciplinar" (Cuadernos de Filmoteca Canaria, 2006), señalando que, lejos de encuadrarse en un arquetipo concreto, se ha interesado por distintas disciplinas, como la fotografía, el patrimonio histórico y la promoción cultural.
Se produce, además, la feliz circunstancia de que Jorge Lozano y su esposa Loló Fernández son los celosos depositarios desde 1974 del archivo del fotógrafo palmero Miguel Brito, el primero, además, que trajo el cine a Canarias, a finales del siglo XIX. Suman, en total, más de veinte mil placas de cristal que recogen toda una época de la imagen en las islas.
En su casa, entre otros interesantes e importantes documentos, Jorge Lozano conserva una de las primeras películas rodadas en La Palma, realizada por Emilio Carrillo en Pathé Baby y referida a la Bajada de la Virgen de 1930, coincidiendo con la ceremonia de canonización de la Patrona palmera.
Jorge Lozano, que ahora tiene todo el tiempo del mundo para dedicarse a sus vocaciones después de una fructífera andadura profesional en CajaCanarias, acaba de cumplir 61 años. Nació el 5 de abril de 1946 en Santa Cruz de La Palma, en el inmueble situado en el número siete de la calle de la Luz. Es el décimo de los hijos del matrimonio formado por Juan Lozano Pérez y María van de Walle Hardisson. Nuestro personaje reconoce que sentía especial interés por el cine desde que era niño. La proximidad del histórico Teatro Circo de Marte, uno de los tres cines que entonces tenía Santa Cruz de La Palma -los otros dos eran el Parque de Recreo, en la Alameda, y el cine Avenida, junto al mercado- se convirtió en un aliciente, donde acudía a ver las películas, la mayoría en blanco y negro, incluido el no-do.
"Siempre me pareció de magia -explica- que en una pantalla blanca aparecieran una serie de personajes, de imágenes y paisajes que transmitían sensaciones, espacios irreales, claro está, por donde me sumergía de lleno, un mundo totalmente virtual. Pero lo que me llamaba realmente la atención era cómo se podía hacer aquello: cómo se podía lograr recoger la imagen y luego proyectarla. O hacer un efecto, de repente aparecía un fuego, un humo, o dos personas iguales hablando entre ellas, eso me llamaba poderosamente la atención".
Un día, al final de los años infantiles, su hermano Carlos, inventor de artilugios imposibles, le explicó el principio de la cámara oscura. En 1960, tras la muerte de su madre, se trasladó a Tenerife e ingresó en el internado del colegio San Ildefonso, donde comenzó a estudiar el bachillerato. De regreso a la casa natal en las primeras vacaciones se llevó una agradable sorpresa. Su hermano Carlos había instalado un pequeño laboratorio fotográfico, lo que provocó que se aficionara a la fotografía, haciendo composiciones y hasta ganó un premio con El gato de Picasso, un blanco y negro de alto contraste, con unos bigotes figurando un grueso nylón. La revista del colegio lo publicó en sus páginas y su hermano, mentor de ilusiones visuales, accedió a prestarle una cámara de cine de 8 mm que acababa de comprar.
En el citado año también se creó Palma Films, asociación de cine amateur, "una inquietud compartida, una especie de nube de verano", de la que también formaron parte Miguel Gómez, Joaquín Rodríguez Cruz, Jorge Luis Lozano, Gregorio Ramos Guadalupe, José y Fifo López Mederos, José Luis Ramos y Manuel Sosa. Más tarde se incorporarían Fernando Leopold y Juan García Martín, aunque sólo sería Jorge Lozano quien desarrollaría el papel de realizador. Junto a él, su inseparable amor desde años mozos: Loló Fernández, que también formó parte del equipo desde el principio.
Su primera producción, de casi tres minutos, llevaba por título El peinador despeinado, un efecto de avance y retroceso en la que invertía el movimiento; a éste le sigue, en el mismo año, la realización de la primera película argumental sonora en blanco y negro, titulada Operación Z-4.
En 1961 realizó Desafiando a la muerte, film inacabado, al que hubo de cambiarle el guión en la última parte del rodaje, justificando con ello el racord de color de la película caducada, comprada a bajo precio. Esta producción, así como la anterior, tiene argumento bélico y se hizo con una cámara de 8 mm. A partir de entonces pasarían ocho años sin especial actividad en la particular ejecutoria de Jorge Lozano.
En 1969 cambió a formato Super 8mm. En dicho año realizó Diciembre69, un pretendido pop-art de siete minutos de duración, en el que refleja, en primeros planos, como se apunta en el resumen de su filmografía, "objetos domésticos ’no a la venta’, un pequeño mundo destrozado por el impacto de un bazuco fundido a la violenta luz de los escaparates navideños; la línea discontinua de una vía recién pintada en movimiento, le sirve de enlace para expresar una fantasía surrealista". Con esta cinta se presentó por primera vez a un concurso, el Certamen de Cine Amateur de Alcalá de Henares, donde obtuvo el tercer premio.
En 1970 rodó el documental El reloj de la plaza, en el que acerca al espectador la entramada maquinaria del viejo reloj de la torre de El Salvador. Dos años después, siguiendo la misma línea, realizó en el promontorio de Punta Cumplida, el trabajo titulado El faro de Barlovento, en el que se adentra en el último faro con alumbrado de petromax y maquinaria de cuerda que existía en la isla. Ambos trabajos superan los veinte minutos de duración.
De las visiones anodinas recurrentes en sus sueños, expresadas y compartidas durante los largos desayunos con la novia de toda la vida -contrajeron matrimonio en 1971-, intentó materializar lo imaginario y lo irracional en una película, un corto con guión de Loló Fernández y que él titula Fantasía de mi mente, con el que obtuvo el "Quijote de Plata", en el II Premio Nacional de Cine Amateur de Alcalá de Henares, en 1972.
En 1973 rodó en el norte de La Palma un conjunto de tres obras con guión de Elsa López. Una trilogía poética sobre la soledad y la lejanía de Garafía: Morir sin campanas, De todo en topo y Poema para el tiempo. La primera de las obras citadas obtendría, en 1974, el "Quijote de Oro", primer premio en el citado Premio Nacional de Alcalá de Henares.
A partir de 1975, con el rodaje de un documental sobre las Fiestas Lustrales de Santa Cruz de La Palma en nuevo formato Single8, titulado Bajada de la Virgen, se produjo un cambio importante en la trayectoria de Jorge Lozano. Con guión de Loló Fernández y voz en off de Julio Marante, la película fue exhibida en los centros canarios e hispanos de Venezuela. Más de cuatro mil kilómetros de intenso y emocionado recorrido, llevando la fiesta virtual a multitud de personas que esperaban al aire libre o bajo un fuerte aguacero, como ocurrió en Barquisimeto, donde proyectó, protegido por el encerado, desde un camión de mercancías. La Danza de los Enanos, espectáculo sumado a la fiesta barroca, es extraída de la misma, singularizando el atractivo número en un documental que tituló Síntesis del Enano.
En 1976, gracias al empeño del entonces párroco de Barlovento, Aurelio Feliciano, y rescatada y representada en las Fiestas Patronales de Nuestra Señora del Rosario, recreó el documental sobre la batalla de Lepanto titulado Moros y Cristianos. La batalla naval, representada en unos canteros próximos al casco urbano, contiene ingredientes surrealistas de entrañable encanto.
En 1977, con el rodaje de la película titulada La pared de Roberto, basada en la leyenda popular y recogida en la prensa palmera del siglo XIX por Antonio Rodríguez López y Elías Santos Abreu, Jorge Lozano emprendió una nueva etapa dentro de su filmografía bajo el título genérico Cuentos y leyendas de La Palma. Realizada en Super 8, entonces se produjo la circunstancia que permitió aunar un buen equipo, amigos y amantes del séptimo arte, imprescindibles en la ardua tarea del cine argumental. Entre ellos se citan los nombres de Maribel Arrocha, José Miguel Martín, Jaime Ortega, Miguel González, Juan Eusebio García, Juan Luis Felipe y Rosy Pombrol.
Un año después, La Palma y su nombre prehispánico, Benahoare, le inspiran para documentar una isla poseída de virginal belleza, una isla narcisista que se canta en los textos del poeta José Felipe Hidalgo, letras escritas para el carro alegórico "Renacer" de 1945 que, a modo de introducción, oímos en los primeros versos en un off femenino con voz de Loló Fernández. La cinta resultó galardonada en el certamen del Círculo Mercantil de Las Palmas de Gran Canaria en 1978.
En 1979 se realizó Hequei (Aliento). Recorriendo la piel del volcán, el cineasta experimentó sobre el espacio pictórico Timanfaya, del artista palmero Facundo Fierro, primera pieza de la trilogía del artista, la cual precede a los Parques Nacionales de Taburiente y Teide.
En ese mismo año nació la producción Apuntes de un ocaso. Partiendo del mismo título genérico de las ediciones litográficas de su archivo fotográfico (1850-1950) muestra, en formato 16 mm, la imagen de Santa Cruz de La Palma en el siglo XIX. Tras el proceso de revelado de las placas negativas de vidrio sobre película, y durante el tiempo de secado del celuloide, cientos de metros de guirnaldas de la memoria se adueñaron del espacio habitable; un recordatorio doméstico materializado en la ciudad que ya no vuelve, relicario de un tiempo ido, sólo posible gracias a una suerte alquímica.
En 1978 comenzó el rodaje de la leyenda El salto del enamorado, que terminó en 1979 en formato Single8. La película argumenta el texto de Antonio Rodríguez López, el más prolífico escritor palmero del siglo XIX. En este singular proyecto se contó con la participación desinteresada de más de un centenar de personas, entre actores, figurantes, tramoyistas, técnicos, más los miembros del equipo.
El rodaje se efectuó en varios parajes de Puntallana -Casa Luján, cementerio, acantilado de Nogales y el Cubo de La Galga-, ermita de El Socorro, en Breña Baja y la playa de El Guirre, en Los Llanos de Aridane. La producción, de 58 minutos de duración, obtuvo el primer premio en la IV Muestra de Cine Canario-Americano, celebrado en Las Palmas de Gran Canaria, en 1979.
En el año lustral de 1980, Jorge Lozano realizó un nuevo documental con motivo de la fiesta grande de La Palma. En esta edición se trató de un reportaje sobre la subida de la venerada imagen de la Virgen de las Nieves por el barranco que lleva su nombre. Barranco Arriba, última producción en Super 8 del cineasta palmero, muestra una procesión con la nostalgia de la despedida a cuestas, un cortejo piadoso que acompaña a la patrona de la isla hasta llegar a la plaza del santuario.
Con la producción de Taburiente, en 1980, Lozano cambió de formato tecnológico y realizó en 16 mm con una cámara Beaulieu, con la que obtuvo una mayor calidad tanto en imagen como en sonido. Los lienzos de Facundo Fierro en el Poema de la Caldera, constituyen una epifanía de la naturaleza, una doble y exuberante manifestación del arte plástico y audiovisual. En 1981 llegó Aysouragan (lugar donde la gente se heló), cinta con la que se cerró la trilogía Cuentos y leyendas. Rodada en la Caldera de Taburiente, argumenta, con el propósito de mostrar la belleza de un micromundo de insólita belleza, la desaparición del último baluarte de la raza prehispánica, encarnada en el legendario príncipe hayouaritha Tanausú. Con una duración de 65 minutos de duración y música del grupo Taburiente, el reparto de actores está formado por Francisco García, Ana Lugo, Antonio Abdo y Salvador Rodríguez.
Teide, realizado en 1981, es un sugerente trabajo de 17 minutos que nos acerca, de forma espectacular, al mítico volcán, padre de todos los volcanes de Canarias. La producción se realizó desde la cabina de un avión o alcanzando a pie el pico más alto de España, aprehendiendo la retama, los "azulejos" de Facundo Fierro, suspendido en los gases y atrapando el hielo.
En 1985 se realizó el documental titulado Flora y vegetación de La Palma, con argumento, guión y diálogos del reconocido biólogo palmero Arnoldo Santos Guerra. El rodaje se efectuó durante un año consecutivo, lo que permitió seguir con una gran fidelidad la evolución y florescencia de la floresta de la isla de cumbre a mar. Restan dos películas inacabadas: El recodo del sol, con guión de Elsa López (1987/88) y Un aquello de amor (1984/88), rodada en parte en el antiguo hotel Florida, en Breña Alta, cuyos intérpretes son Lupe Felipe, Antonio Galván y Javier Méndez.
Palma Films dio paso a Luz 15, un proyecto multidisciplinar, dedicado también a la producción de materiales audiovisuales. A esta nueva etapa, en la que se contabilizan 64 trabajos, pertenecen, entre otras, las producciones tituladas Elogio de la nieve, en colaboración con Loló Fernández y Luis Ortega; La seda, una reliquia en la Isla de La Palma (1991); Cabra palmera, de la cumbre a la costa (1991); La Palma, la Isla Bonita (1993); La cultura del azúcar (1993); Un archivo fotográfico. Discurso de la imagen (1994); El poema de la Caldera (1995); Santa Cruz de La Palma. Memoria de una ciudad atlántica (1998); 1898-1998. El siglo de la imagen (1998); Los volcanes de La Palma (1999); Apuntes para la historia de la fotografía en La Palma (2000); La flor de la marañuela (2002); Fiesta del mar (2002); Cantares en las orillas (2004); Revive (2005) y Echium. Llano de las ánimas (2006).
En su marcado afán cultural, Jorge Lozano ha tenido un indiscutible protagonismo en otras señaladas actuaciones, como sucedió con Apuntes de un ocaso, una interesante experiencia destinada al rescate de la memoria fotográfica de la isla, a partir del archivo de Miguel Brito, acaecida en 1993; y El color en Santa Cruz de La Palma. 500 años, aplicado en la arquitectura popular en las bellísimas casas de balcones de la Avenida Marítima de Santa Cruz de La Palma, en torno al debate surgido de la iniciativa de Facundo Fierro, en 1994.
Un aquello de amor es la última película argumental inacabada. Pero en la mente inquieta de este veterano cineasta palmero, y en la de Loló Fernández -"esposa, guionista, crítica y alter ego", en el decir de Luis Ortega-, a buen seguro bullen nuevos desafíos. Y aquí nos queda, muy resumido, el testimonio de su fecunda trayectoria.
Recopilación de artículos interesantes sobre ciencia, transporte y tecnología.
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domingo, 15 de abril de 2007
domingo, 15 de agosto de 2004
Un paseo por la heráldica de Barlovento
Juan Carlos Díaz Lorenzo
Barlovento
El escudo del municipio simboliza la devoción, los hechos y los elementos que conforman su identidad
El escudo heráldico de Barlovento simboliza los hechos, las devociones y los elementos que tienen un marcado arraigo en la historia de este pueblo del Nordeste palmero. Es un escudo dividido en cuatro cuarteles, que definimos en el lenguaje característico: el primero, de sinople, anagrama mariano de plata.
El segundo, de azur, faro de sable mazonado de plata, con linterna y cinco rayos de oro; y con base de plata y sable, aclarada de sinople. El tercero, de azur, nave cristiana de sable, con portas y tres cruces potenzadas de gules en velamen de oro, sobre ondas de azur y plata. Y el cuarto, de sinople, drago fustado en su color y terrazado al natural.
El escudo lleva bordura de gules, con nueve rosas de los vientos de plata y azur, con el Nordeste de oro, bien ordenadas. Y al timbre, corona real cerrada.
El primer cuartel hace referencia al nombre de Nuestra Señora del Rosario, que es la patrona de la parroquia y del pueblo de Barlovento. Las crónicas históricas dicen que el presbiterio, que es la parte más antigua del templo, data de finales de la década de los años setenta del siglo XVI, en los tiempos en que era una ermita anexa al beneficiado de San Andrés y Los Sauces; mientras que la nave, a partir del arco toral, se levantó a finales del siglo XVII.
Erigida en parroquia mediante real cédula de Felipe IV, de 24 de mayo de 1660, conjuntamente con las iglesias de Puntagorda, Garafía y Tijarafe, con anterioridad -posiblemente por mandato de algún obispo- ya se le daba el citado título, habida cuenta de las anotaciones que figuran en el libro primero de bautismos, que data del año 1581, siendo párroco fray Tomás de Alarcón.
Pequeña en sus comienzos, pero grande en espíritu y en corazón desde el principio, grande también en fe, en ilusión y en esperanza, el templo se reedificó y agrandó en el año de gracia de 1678. En la visita del licenciado Juan Pinto de Guisla se ordenó la reforma de la parte del coro, que amenazaba ruinas, obra para la que el obispo Bartolomé García Ximénez aportó 500 reales. Los vecinos de Barlovento contribuyeron a alargarla con su esfuerzo y entre ellos reunieron más de 7.000 reales y 120 fanegas de trigo, que sacaron del pósito vecinal con la debida licencia.
La iglesia se mantiene fiel al proyecto originario y conserva un retablo de amplias proporciones, de dos pisos y tres calles con seis nichos, que se acabó de construir en 1767 y se reformó en 1871.
La venerada imagen de Nuestra Señora del Rosario es una hermosa talla flamenca con niño, que en opinión del doctor Gerardo Fuentes se veneraba con toda seguridad antes de 1581; desde 1584 existía una cofradía de su advocación y, según apreciaciones de la investigadora Constanza Negrín, la imagen aparece documentada en la iglesia de Barlovento a partir de 1664.
La iglesia es uno de los tesoros arquitectónicos y artísticos del patrimonio insular del arte flamenco del siglo XVI. Alberga otras imágenes de gran valor, como una talla barroca de la Virgen del Carmen de la escuela sevillana, hecha en el taller de Benito de Hita y Castillo; un crucifijo de brazos plegables del siglo XVIII y la imagen de San Cayetano, inserta en el retablo y también de la misma época. La pila bautismal es de barro vidriado de color verde y data del siglo XVII.
El edificio se mantiene fiel al proyecto originario y conserva un retablo de amplias proporciones, de dos pisos y tres calles con seis nichos, que se acabó de construir en 1767 y se reformó en 1871.
Las campanas que llaman a oración, y que tañen en las despedidas terrenales, vinieron desde Cuba y las trajo un indiano llamado Andrés Brito, después de 1866, cuando se abolió la esclavitud. Hasta entonces habían servido para marcar el comienzo y el final de las duras jornadas de trabajo en un ingenio azucarero de la Perla antillana.
El segundo cuartel representa el faro de Punta Cumplida, que está situado en el vértice del Nordeste insular, en la denominada Punta del Engaño o Punta Cumplida. Allí se levanta desde hace 137 años la elegante figura del edificio de una de las obras públicas más importantes del siglo XIX en esta Isla.
El edificio y la torre son los originales y se encendió por primera vez en abril de 1867, aunque de forma temporal, con una lámpara Degrand de aceite de oliva, que más tarde sería sustituida por un sistema de relojería. La torre está hecha en piedra de cantería y mide 34 metros de altura sobre el terreno y 63 metros sobre el nivel del mar. Hasta la cornisa superior se accede por una escalera de caracol, también de piedra, que tiene 158 peldaños.
Batalla de Lepanto
El tercer cuartel representa la Batalla de Lepanto. El pueblo de Barlovento -y la Isla toda- tiene una cita especial: la representación de la épica lucha, acaecida el 7 de octubre de 1571, en la que la Armada cristiana de la Liga Santa formada por españoles pontificios y venecianos al mando del monarca Felipe II, venció a la flota turca de Mehemet Siriko, el virrey de Alejandría, liderada por Alí Bajá.
"Entre el estruendo de cañones, olor a pólvora y tierra mojada -relata María Victoria Hernández- y una polvareda cegadora, los cristianos han conseguido acabar con el poderío de los otomanos de Alí Bajá en el margen izquierdo del barranco del Pilón". Los espectadores están junto a la Virgen y contemplan la representación desde la otra orilla. En su honor se ha representado la ingenua y tierna batalla de Lepanto, que en Canarias sólo tiene otro ejemplo en Valle de Guerra.
Esta escenificación es una tradición singular en Canarias, que en Barlovento se celebra cada tres años, en el mes de agosto, excepción que se hará el próximo por su coincidencia con las Fiestas Lustrales de Nuestra Señora de las Nieves. Es posible que la lucha contra la piratería que asoló a esta isla durante los siglos XVI y XVII, y a la que Barlovento envió sus mejores vecinos a luchar en defensa de Santa Cruz de La Palma, contribuyera a mantener el arraigo de esta fiesta que puede remontar sus orígenes a comienzos del siglo XVII.
Los turcos, vencidos, yacen heridos y maltrechos entre los matorrales. Las almenas de la fortaleza han sido destruidas por los bríos y la artillería certera de los guerreros cristianos. En el momento de la toma oficial del castillo, como corresponde en tiempos de guerra, se arría la enseña roja con la media luna y se iza la bandera española, que aletea su paño firme al viento.
Hasta la década de los años sesenta del siglo pasado, la fiesta se celebraba en el mes de octubre. Entonces se trasladó a agosto para disfrutar de una mejor climatología. Coincidiendo con el 7 de octubre, onomástica de la Virgen y de la Santa Liga contra los turcos otomanos, se celebraba la fiesta moral, que hoy llamamos de "moros y cristianos". Un espectáculo bonito, que necesita de largos preparativos, y que está muy unido al nombre de la Patrona, así como a la idiosincrasia de este pueblo, que encuentra en él un interesante signo de identidad.
El cuarto y último cuartel hace alusión a la innegable belleza del notable grupo de dragos antiguos que se encuentran en el caserío de Las Toscas, y que están considerados como uno de los conjuntos de su especie más importantes de Canarias. Ellos representan no sólo una probada longevidad, sino que, además, simbolizan la riqueza agrícola de Barlovento como elemento imprescindible en su subsistencia y desarrollo.
La bordura del escudo corresponde al punto cardinal que representa la posición de Barlovento en la isla de La Palma. Este pueblo es un protagonista indiscutible de la historia insular, desde finales del siglo XV, cuando finalizó la conquista y comenzó el reparto del territorio.
En 1521, el adelantado Alonso Fernández de Lugo dio a Hernán de Alcocer una merced de tierras de mar a cumbre, y a Miguel Martín cien fanegadas de tierra en la Laguna de Regian, que la sembró de yerba pastel y fabricó un ingenio para obtener tinte que luego exportaba a los centros manufactureros de Europa. De ese modo se consolidó el primer núcleo poblacional de Barlovento, que en 1589 tenía alcalde pedáneo en la persona de Domingo Fernández.
El nombramiento de este personaje fue recusado por el Cabildo, al tratarse, según decía, de "hombre soberbio y que trata muy mal a los vecinos de palabras, y con sus ganados les destruye sus sementeras y viñas, y si le echan los ganados fuera, además de decirles palabras feas y afrentosas sin ocasión justa, los molesta y prende; por lo cual y por otras muchas causas que se puedan expresar, no conviene que el dicho Fernández sea alcalde ni haya otro alguno en el dicho término, por estar como está cerca de la villa de San Andrés, de cuya jurisdicción ha sido siempre".
Los nombres de los caseríos, dispersos desde el nivel del mar hasta las medianías y las estribaciones de la cumbre, evocan a los colonos que se asentaron en este territorio a partir de 1498: Gallegos, Catalanes, Oropesa y la Caleta de Talavera, puerto natural de esta comarca por el que se embarcaban los frutos hasta el primer tercio del siglo XX, y que debe su nombre al conquistador Diego Rodríguez de Talavera.
Después de la conquista y hasta el último tercio del siglo XIX, las grandes haciendas de los mayorazgos de los terratenientes insulares -en manos de las familias Lugo, Viña, Poggio, Van de Walle o Fierro-, extendían sus límites de mar a cumbre. En los primeros tiempos pastaba el ganado y se explotaban los recursos forestales para abastecer la demanda de construcción del núcleo urbano de San Andrés. Luego vino la etapa de la caña de azúcar, roturando los terrenos de la zona baja y desviando los cursos de agua, época en la que los hacendados, no satisfechos con sus ganancias, exigían el pago de un quinto de la producción de trigo, una vez descontado el diezmo.
Barlovento, "extendido hacia el mar todo de tierras de pan con algunas buenas viñas y en esta parte está poblada de hombres honrados", en el decir del cronista portugués Gaspar Frutuoso, en 1590, nació como municipio en 1812, cuando la Constitución de aquel año otorgó la independencia del Cabildo de la Isla. Se iniciaba, así, una nueva etapa, que no se tradujo en una rápida transformación social.
El estudio de la historia contemporánea se interrumpe en el momento en el que un incendio, acaecido en la noche del 22 de septiembre de 1874, posiblemente intencionado, destruyó el archivo y el inmueble en el que se encontraba y en el que antes había estado el pósito de granos, quedando reducido a escombros.
A comienzos del siglo XX comenzó este pueblo a respirar aires de modernidad, cuando los indianos que habían ido a Cuba regresaron trayendo consigo otras ideas y otras formas de hacer las cosas, y en los jornaleros de las haciendas plataneras había germinado la semilla de la lucha proletaria.
Barlovento era entonces un lugar todavía alejado, con pésimos caminos de herradura, por los que transitaban los vecinos y los viajeros ingleses que se atrevían a recorrer la isla a lomos de caballería. A todos asombraba el paraje de La Laguna, que Juan B. Lorenzo define como "de lo más pintoresco que existe en la Isla", donde se podían sembrar 60 fanegas de trigo, en 30 a 40 varas de profundidad y más de 500 varas de diámetro (...) "Es muy bonito, cuando la sementera está crecida, ver las ondulaciones que en ella hace el viento principiando por los bordes en derredor y concluyendo en el fondo".
En los años siguientes llegó la carretera, aumentaron las escuelas, y con ellas el conocimiento, la cultura y despertaron inquietudes. En 1929 se fundó la sociedad "Unión y Recreo", que desempeñó una labor destacada durante la Segunda República, época en la que se hizo especialmente patente la rivalidad de los seguidores políticos de Alonso Pérez Díaz.
Después de la guerra civil se abrió un paréntesis, en el que se mantuvo la lejanía, hasta que en la década de los sesenta comenzó el resurgir de Barlovento, gracias al apoyo de las remesas de los emigrantes que se fueron a Venezuela y el sentido emprendedor de quienes aquí quedaron, o emigraron a la capital insular, el valle de Aridane o Tenerife, forjando entre todos un nombre y un prestigio hoy plenamente consolidado en el concierto insular.
Barlovento
El escudo del municipio simboliza la devoción, los hechos y los elementos que conforman su identidad
El escudo heráldico de Barlovento simboliza los hechos, las devociones y los elementos que tienen un marcado arraigo en la historia de este pueblo del Nordeste palmero. Es un escudo dividido en cuatro cuarteles, que definimos en el lenguaje característico: el primero, de sinople, anagrama mariano de plata.
El segundo, de azur, faro de sable mazonado de plata, con linterna y cinco rayos de oro; y con base de plata y sable, aclarada de sinople. El tercero, de azur, nave cristiana de sable, con portas y tres cruces potenzadas de gules en velamen de oro, sobre ondas de azur y plata. Y el cuarto, de sinople, drago fustado en su color y terrazado al natural.
El escudo lleva bordura de gules, con nueve rosas de los vientos de plata y azur, con el Nordeste de oro, bien ordenadas. Y al timbre, corona real cerrada.
El primer cuartel hace referencia al nombre de Nuestra Señora del Rosario, que es la patrona de la parroquia y del pueblo de Barlovento. Las crónicas históricas dicen que el presbiterio, que es la parte más antigua del templo, data de finales de la década de los años setenta del siglo XVI, en los tiempos en que era una ermita anexa al beneficiado de San Andrés y Los Sauces; mientras que la nave, a partir del arco toral, se levantó a finales del siglo XVII.
Erigida en parroquia mediante real cédula de Felipe IV, de 24 de mayo de 1660, conjuntamente con las iglesias de Puntagorda, Garafía y Tijarafe, con anterioridad -posiblemente por mandato de algún obispo- ya se le daba el citado título, habida cuenta de las anotaciones que figuran en el libro primero de bautismos, que data del año 1581, siendo párroco fray Tomás de Alarcón.
Pequeña en sus comienzos, pero grande en espíritu y en corazón desde el principio, grande también en fe, en ilusión y en esperanza, el templo se reedificó y agrandó en el año de gracia de 1678. En la visita del licenciado Juan Pinto de Guisla se ordenó la reforma de la parte del coro, que amenazaba ruinas, obra para la que el obispo Bartolomé García Ximénez aportó 500 reales. Los vecinos de Barlovento contribuyeron a alargarla con su esfuerzo y entre ellos reunieron más de 7.000 reales y 120 fanegas de trigo, que sacaron del pósito vecinal con la debida licencia.
La iglesia se mantiene fiel al proyecto originario y conserva un retablo de amplias proporciones, de dos pisos y tres calles con seis nichos, que se acabó de construir en 1767 y se reformó en 1871.
La venerada imagen de Nuestra Señora del Rosario es una hermosa talla flamenca con niño, que en opinión del doctor Gerardo Fuentes se veneraba con toda seguridad antes de 1581; desde 1584 existía una cofradía de su advocación y, según apreciaciones de la investigadora Constanza Negrín, la imagen aparece documentada en la iglesia de Barlovento a partir de 1664.
La iglesia es uno de los tesoros arquitectónicos y artísticos del patrimonio insular del arte flamenco del siglo XVI. Alberga otras imágenes de gran valor, como una talla barroca de la Virgen del Carmen de la escuela sevillana, hecha en el taller de Benito de Hita y Castillo; un crucifijo de brazos plegables del siglo XVIII y la imagen de San Cayetano, inserta en el retablo y también de la misma época. La pila bautismal es de barro vidriado de color verde y data del siglo XVII.
El edificio se mantiene fiel al proyecto originario y conserva un retablo de amplias proporciones, de dos pisos y tres calles con seis nichos, que se acabó de construir en 1767 y se reformó en 1871.
Las campanas que llaman a oración, y que tañen en las despedidas terrenales, vinieron desde Cuba y las trajo un indiano llamado Andrés Brito, después de 1866, cuando se abolió la esclavitud. Hasta entonces habían servido para marcar el comienzo y el final de las duras jornadas de trabajo en un ingenio azucarero de la Perla antillana.
El segundo cuartel representa el faro de Punta Cumplida, que está situado en el vértice del Nordeste insular, en la denominada Punta del Engaño o Punta Cumplida. Allí se levanta desde hace 137 años la elegante figura del edificio de una de las obras públicas más importantes del siglo XIX en esta Isla.
El edificio y la torre son los originales y se encendió por primera vez en abril de 1867, aunque de forma temporal, con una lámpara Degrand de aceite de oliva, que más tarde sería sustituida por un sistema de relojería. La torre está hecha en piedra de cantería y mide 34 metros de altura sobre el terreno y 63 metros sobre el nivel del mar. Hasta la cornisa superior se accede por una escalera de caracol, también de piedra, que tiene 158 peldaños.
Batalla de Lepanto
El tercer cuartel representa la Batalla de Lepanto. El pueblo de Barlovento -y la Isla toda- tiene una cita especial: la representación de la épica lucha, acaecida el 7 de octubre de 1571, en la que la Armada cristiana de la Liga Santa formada por españoles pontificios y venecianos al mando del monarca Felipe II, venció a la flota turca de Mehemet Siriko, el virrey de Alejandría, liderada por Alí Bajá.
"Entre el estruendo de cañones, olor a pólvora y tierra mojada -relata María Victoria Hernández- y una polvareda cegadora, los cristianos han conseguido acabar con el poderío de los otomanos de Alí Bajá en el margen izquierdo del barranco del Pilón". Los espectadores están junto a la Virgen y contemplan la representación desde la otra orilla. En su honor se ha representado la ingenua y tierna batalla de Lepanto, que en Canarias sólo tiene otro ejemplo en Valle de Guerra.
Esta escenificación es una tradición singular en Canarias, que en Barlovento se celebra cada tres años, en el mes de agosto, excepción que se hará el próximo por su coincidencia con las Fiestas Lustrales de Nuestra Señora de las Nieves. Es posible que la lucha contra la piratería que asoló a esta isla durante los siglos XVI y XVII, y a la que Barlovento envió sus mejores vecinos a luchar en defensa de Santa Cruz de La Palma, contribuyera a mantener el arraigo de esta fiesta que puede remontar sus orígenes a comienzos del siglo XVII.
Los turcos, vencidos, yacen heridos y maltrechos entre los matorrales. Las almenas de la fortaleza han sido destruidas por los bríos y la artillería certera de los guerreros cristianos. En el momento de la toma oficial del castillo, como corresponde en tiempos de guerra, se arría la enseña roja con la media luna y se iza la bandera española, que aletea su paño firme al viento.
Hasta la década de los años sesenta del siglo pasado, la fiesta se celebraba en el mes de octubre. Entonces se trasladó a agosto para disfrutar de una mejor climatología. Coincidiendo con el 7 de octubre, onomástica de la Virgen y de la Santa Liga contra los turcos otomanos, se celebraba la fiesta moral, que hoy llamamos de "moros y cristianos". Un espectáculo bonito, que necesita de largos preparativos, y que está muy unido al nombre de la Patrona, así como a la idiosincrasia de este pueblo, que encuentra en él un interesante signo de identidad.
El cuarto y último cuartel hace alusión a la innegable belleza del notable grupo de dragos antiguos que se encuentran en el caserío de Las Toscas, y que están considerados como uno de los conjuntos de su especie más importantes de Canarias. Ellos representan no sólo una probada longevidad, sino que, además, simbolizan la riqueza agrícola de Barlovento como elemento imprescindible en su subsistencia y desarrollo.
La bordura del escudo corresponde al punto cardinal que representa la posición de Barlovento en la isla de La Palma. Este pueblo es un protagonista indiscutible de la historia insular, desde finales del siglo XV, cuando finalizó la conquista y comenzó el reparto del territorio.
En 1521, el adelantado Alonso Fernández de Lugo dio a Hernán de Alcocer una merced de tierras de mar a cumbre, y a Miguel Martín cien fanegadas de tierra en la Laguna de Regian, que la sembró de yerba pastel y fabricó un ingenio para obtener tinte que luego exportaba a los centros manufactureros de Europa. De ese modo se consolidó el primer núcleo poblacional de Barlovento, que en 1589 tenía alcalde pedáneo en la persona de Domingo Fernández.
El nombramiento de este personaje fue recusado por el Cabildo, al tratarse, según decía, de "hombre soberbio y que trata muy mal a los vecinos de palabras, y con sus ganados les destruye sus sementeras y viñas, y si le echan los ganados fuera, además de decirles palabras feas y afrentosas sin ocasión justa, los molesta y prende; por lo cual y por otras muchas causas que se puedan expresar, no conviene que el dicho Fernández sea alcalde ni haya otro alguno en el dicho término, por estar como está cerca de la villa de San Andrés, de cuya jurisdicción ha sido siempre".
Los nombres de los caseríos, dispersos desde el nivel del mar hasta las medianías y las estribaciones de la cumbre, evocan a los colonos que se asentaron en este territorio a partir de 1498: Gallegos, Catalanes, Oropesa y la Caleta de Talavera, puerto natural de esta comarca por el que se embarcaban los frutos hasta el primer tercio del siglo XX, y que debe su nombre al conquistador Diego Rodríguez de Talavera.
Después de la conquista y hasta el último tercio del siglo XIX, las grandes haciendas de los mayorazgos de los terratenientes insulares -en manos de las familias Lugo, Viña, Poggio, Van de Walle o Fierro-, extendían sus límites de mar a cumbre. En los primeros tiempos pastaba el ganado y se explotaban los recursos forestales para abastecer la demanda de construcción del núcleo urbano de San Andrés. Luego vino la etapa de la caña de azúcar, roturando los terrenos de la zona baja y desviando los cursos de agua, época en la que los hacendados, no satisfechos con sus ganancias, exigían el pago de un quinto de la producción de trigo, una vez descontado el diezmo.
Barlovento, "extendido hacia el mar todo de tierras de pan con algunas buenas viñas y en esta parte está poblada de hombres honrados", en el decir del cronista portugués Gaspar Frutuoso, en 1590, nació como municipio en 1812, cuando la Constitución de aquel año otorgó la independencia del Cabildo de la Isla. Se iniciaba, así, una nueva etapa, que no se tradujo en una rápida transformación social.
El estudio de la historia contemporánea se interrumpe en el momento en el que un incendio, acaecido en la noche del 22 de septiembre de 1874, posiblemente intencionado, destruyó el archivo y el inmueble en el que se encontraba y en el que antes había estado el pósito de granos, quedando reducido a escombros.
A comienzos del siglo XX comenzó este pueblo a respirar aires de modernidad, cuando los indianos que habían ido a Cuba regresaron trayendo consigo otras ideas y otras formas de hacer las cosas, y en los jornaleros de las haciendas plataneras había germinado la semilla de la lucha proletaria.
Barlovento era entonces un lugar todavía alejado, con pésimos caminos de herradura, por los que transitaban los vecinos y los viajeros ingleses que se atrevían a recorrer la isla a lomos de caballería. A todos asombraba el paraje de La Laguna, que Juan B. Lorenzo define como "de lo más pintoresco que existe en la Isla", donde se podían sembrar 60 fanegas de trigo, en 30 a 40 varas de profundidad y más de 500 varas de diámetro (...) "Es muy bonito, cuando la sementera está crecida, ver las ondulaciones que en ella hace el viento principiando por los bordes en derredor y concluyendo en el fondo".
En los años siguientes llegó la carretera, aumentaron las escuelas, y con ellas el conocimiento, la cultura y despertaron inquietudes. En 1929 se fundó la sociedad "Unión y Recreo", que desempeñó una labor destacada durante la Segunda República, época en la que se hizo especialmente patente la rivalidad de los seguidores políticos de Alonso Pérez Díaz.
Después de la guerra civil se abrió un paréntesis, en el que se mantuvo la lejanía, hasta que en la década de los sesenta comenzó el resurgir de Barlovento, gracias al apoyo de las remesas de los emigrantes que se fueron a Venezuela y el sentido emprendedor de quienes aquí quedaron, o emigraron a la capital insular, el valle de Aridane o Tenerife, forjando entre todos un nombre y un prestigio hoy plenamente consolidado en el concierto insular.
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