uan Carlos Díaz Lorenzo
Las Manchas
Desde la apertura de la fisura del Llano del Banco, el 8 de julio de 1949, la lava del volcán de San Juan se vio favorecida en su descenso por el desnivel del terreno, y amenazó desde el primer momento a la histórica ermita de San Nicolás de Bari, en Las Manchas. Cuando lo inevitable parecía que iba a cumplirse, el párroco de la época, Blas Santos Pérez, hizo en público una promesa de levantar un monumento a Nuestra Señora de Fátima, por la que sentía una especial devoción, y la lava desvió su curso y pasó a unos cien metros de la iglesia.
Desde las últimas horas del día anterior, la ermita había sido desmantelada ante la previsión de que la lava pudiera caer sobre el barrio de Las Manchas. Las imágenes religiosas y los útiles litúrgicos fueron trasladados a la parroquia de Nuestra Señora de los Remedios, en Los Llanos de Aridane, y todo lo que se pudo rescatar (maderas, puertas, ventanas, retablo, campana, bancos, etcétera) también fue puesto a salvo.
En unos años de penurias económicas, agravados por los daños que causó la erupción, los vecinos de Las Manchas, y aun los habitantes de otros pueblos cercanos, se preocuparon de que se construyera el monumento prometido, que puede contemplarse en majestuosa presencia en lo alto del pueblo de Las Manchas.
La imagen, tallada en granito puro y de un color terroso pálido, mide unos dos metros de altura, pesa tonelada y media y fue realizada en los talleres escultóricos del constructor Raimundo Vázquez Fernández, en 1951, como así lo atestigua una placa conmemorativa adosada en un lateral.
El boceto fue diseñado por el director de Regiones Devastadas, Gonzalo Cárdenas, buen amigo del ministro Blas Pérez González. El marco, coronado por una cruz que soportan hojas de acanto, llama poderosamente la atención y está construido en cemento y piedra volcánica. Delante tiene una plaza y un altar sobre adoquines de lava, con dos accesos independientes.
La imagen de Nuestra Señora de Fátima fue bendecida el 28 de abril de 1952 en un solemne acto religioso celebrado en el instituto femenino "Rosalía de Castro", en Santiago de Compostela, y estuvo presidido por el arzobispo de Compostela, cardenal Quiroga Palacios, quien pronunció "una elocuente plática de elevados tonos patrióticos destacando la hermandad canario-galaica", según destaca la crónica de DIARIO DE AVISOS.
En la ceremonia estuvieron presentes el ministro de la Gobernación, Blas Pérez González y su esposa, Otilia Martín Bencomo, quienes ostentaban, asimismo, la representación oficial del jefe del Estado y la esposa de éste, Carmen Polo, que habían apadrinado la réplica de la imagen destinada a Las Manchas, monumento "que perpetuará el hecho extraordinario" de que la lava del volcán de San Juan no arrasara la ermita.
El ministro pasó revista a una compañía militar que le rindió honores y a la puerta del instituto "Rosalía de Castro", donde se apiñaba un numeroso público para tributarle una cariñosa acogida, fue saludado por el arzobispo de Compostela y todas las primeras autoridades y representaciones, entre las que se encontraba el sacerdote palmero Blas Santos Pérez, conocido como el "párroco del volcán". En la saleta del instituto se preparó un artístico altar. Al lado de la epístola estaba la imagen de la Virgen de Fátima y en sus proximidades los asientos del ministro y su esposa. En el lado del Evangelio se colocó el arzobispo y en otros asientos preferentes las primeras autoridades y las numerosas comisiones. En la misa que siguió a continuación, la Schola Cantorum del Seminario interpretó diversas composiciones religiosas. Terminada la liturgia, el arzobispo, revestido de pontifical, procedió a la bendición de la imagen y pronunció unas palabras que fueron contestadas por el representante del Gobierno nacional.
El ministro pronunció un discurso en el que dijo, entre otras cosas, que "porque Dios ha querido, tuve la suerte de haber nacido en una de las Islas Afortunadas, la Isla de La Palma, que en el año 1949 nos transmitió la triste noticia de la erupción de uno de sus volcanes. De S.E. el Generalísimo Franco, atento siempre a dar consuelo y fuerzas económicas a todos los españoles, surgió entonces la idea de que fuera a aquel lugar una representación del Gobierno, y fui elegido yo, por estar vinculado a aquellas islas por lazos de sangre y de cariño. Se formó enseguida un cuerpo técnico, en el que figuraba un buen amigo, un gallego de corazón, don José Fariña, y entramos en el puerto de Santa Cruz de La Palma a bordo del Vasco Núñez de Balboa. La isla tiene 70.000 habitantes y, sin hipérbole, puedo decir que todo el pueblo estaba en el muelle esperándonos, con un silencio sepulcral. La escena representaba la llegada del hijo ausente que iba con la representación del Caudillo. La tierra temblaba todavía bajo nuestras plantas. Eran momentos de gran emoción".
El ministro se refirió, a continuación, a la salvación de la ermita de San Nicolás de la corriente de la lava: "Su pobre párroco nos decía: Yo se lo pedía a la Virgen de Fátima, y la Virgen salvó la ermita. Quiero que me ayuden a levantarle aquí un monumento".
"José Fariña -agregó el ministro- quiso ayudarle y encargó al artesanado gallego esta bella obra. El arzobispo atendió paternalmente este deseo. Y aquí estamos, en un acto en el que se vinculan dos españolísimas regiones: Canarias y Galicia. Quiero dar las gracias a todas las autoridades por su asistencia a la ceremonia".
Por último, Blas Pérez González, fijando sus ojos en la imagen de la Virgen de Fátima, imploró, visiblemente emocionado:
"¡Madre mía, te pido que lleves a mi tierra canaria todo mi corazón, mi afecto y les digas a mis paisanos que toda mi emoción está puesta en ella. Porque yo quiero a Canarias y a Galicia y, al querer a estas dos regiones, quiero a España por encima de todos mis quereres. Cuando mis paisanos la reverencien, le pedirán por España y por Galicia, tierra privilegiada, que tiene la gloria de ser el sepulcro del Apóstol Santiago".
A la ceremonia asistieron representaciones y comisiones de las provincias gallegas y de Canarias, "testimoniándose en este acto de piedad evocadora, la fraternidad entre aquella región y el Archipiélago Canario". Al finalizar el acto, el ministro recibió a una comisión de estudiantes canarios residentes en Santiago, "con los que sostuvo un amplio cambio de impresiones, sobre las lucidas ceremonias, que acababan de celebrarse".
La prensa gallega y la canaria destacaron ampliamente la bendición de la imagen, con amplias crónicas y fotografías alusivas al acto. El final de la jornada tuvo un carácter apoteósico, al concentrarse numerosos grupos de gaiteros, que llegaron a Santiago de Compostela desde todos los rincones de Galicia. El presidente de Compañía Trasmediterránea, Ernesto Anastasio Pascual, ofreció el traslado gratuito de la imagen hasta Santa Cruz de Tenerife a bordo del "liner" Satrústegui y luego, hasta la capital palmera, en el vapor Ciudad de Melilla.
La recepción oficial de la imagen se celebró el 18 de mayo siguiente en la parroquia de San José, en la capital tinerfeña, en un acto que estuvo presidido por el gobernador civil y jefe provincial del Movimiento, Carlos Arias Navarro, en unión de otras autoridades, jerarquías y representaciones. Esa misma noche fue embarcada en el puerto tinerfeño y al día siguiente, con el barco empavesado, fue recibida en Santa Cruz de La Palma por una gran muchedumbre y con todos los honores.
De la crónica del acto religioso celebrado en la iglesia de San José, firmada por el periodista tinerfeño Luis Álvarez Cruz, testigo presencial de la erupción del volcán de San Juan, entresacamos los dos párrafos siguientes:
"Nuestra capital, que con tanta emoción y reverencia recibió la sagrada imagen de Nuestra Señora de Fátima, donada por Galicia a la Isla de La Palma, con el fin de que sea emplazada en la misma linde donde se detuviera, a su conjuro milagroso, a su celestial intercesión, la arrolladora lava del volcán que un día arrancara a la bella isla de su plácido remanso de belleza para sumirla en la angustiosa zarabanda de los terremotos devastadores, se dispone hoy, domingo, a despedirla en el marco de un acto apoteósico que, por otra parte, será algo así como el preludio de los actos que se preparan en La Palma a su llegada, y en los que de seguro el católico corazón de aquellas gentes latirá con renovado ritmo, con más vivo compás, con más entrañable isocronia".
"Galicia y Canarias, estrechamente unidas bajo una tutela común, bajo un mismo signo, se estrechan la mano conmovedoramente en estas jornadas grandiosas de fe católica y de piedad española. La sagrada imagen, erigida al pie de la lava negra del volcán de Las Manchas, pregonará en La Palma la maravillosa unidad entre gallegos y canarios, que es símbolo a la vez de la gran unidad española. Y allí recibirá, en las fervorosas preces palmeras, el común deseo de que aparte el mal de las dos bellas regiones españolas, presidiendo e inaugurando una era de próspera felicidad, que bajo su milagrosa tutela es posible; apartando de la isla la desventura, lo mismo que en otro tiempo apartara el curso impetuoso de la lava volcánica que descendía desde la cumbre para anegar el risueño valle en su oleaje de fuego".
La construcción del monumento, por diversas causas, se retrasó unos ocho años y sufrió algunas modificaciones respecto de su diseño original. El 24 de junio de 1960, día de mucho calor, se procedió a su bendición en presencia del gobernador civil de la provincia, Manuel Ballesteros Gaibrois y el alcalde de El Paso, Santiago García Castro, quienes pronunciaron emotivos discursos. La ermita de Las Manchas, que tiene el título de San Nicolás, fue fundada por Nicolás Massieu y Vandala, según consta en el testamento otorgado ante el escribano público Antonio Roque Casanova, registrado en el protocolo de Antonio Vásquez el 14 de septiembre de 1696 y que dispone, entre otras cosas, que había de ponerse en el altar una imagen de Nuestra Señora de Bonanza, "por ser aquel distrito muy ventoso", así como una imagen de san Nicolás, otra de san José y en lo alto del espaldar del retablo un Santo Cristo de bulto que tenía en su casa solariega del Llano de Argual.
Nicolás Massieu, súbdito de origen francés, adquirió la ciudadanía española en 1638 y fue el mayor terrateniente del valle de Aridane, al poseer la propiedad y explotación de los ingenios azucareros de Argual y Tazacorte. La construcción de la ermita fue iniciada por su hijo Pedro Massieu y Monteverde, tiempo después del fallecimiento de su padre y continuada por sus herederos, tanto en el remate final como en la dotación de imágenes, mobiliario y aderezamiento.
Desde su fundación, la ermita de San Nicolás permaneció anexa a la parroquia de Nuestra Señora de los Remedios, en Los Llanos de Aridane. Sin embargo, mediante R.O. de 18 de mayo de 1885, que declaró la independencia entre ambas parroquias, la citada ermita fue anexada a la parroquia de El Paso.
El 18 de noviembre de 1929, siendo obispo de Tenerife fray Albino González y Menéndez-Reigada, y con motivo de la demarcación parroquial de la diócesis, sobre la base de la antigua ermita fue creada la parroquia de Las Manchas, dependiente del arciprestazgo de Los Llanos de Aridane y con categoría de rural de primera.
Su dotación inicial fue de 2.650 pesetas anuales, de las cuales 1.500 pesetas eran para los gastos del párroco y otras 500 para el culto. La nueva parroquia no poseía propiedades y su primera modificación patrimonial se produjo a partir de 1952, cuando recibió la imagen de Nuestra Señora de Fátima, que sería colocada al aire libre en un monumento homenaje a la divina devoción. Su primer párroco titular fue José Pons y Comallonga, nombrado el 28 de mayo de 1931, quien ejerció el cargo durante 13 años. En recuerdo de su fecundo magisterio sacerdotal, la plaza de la ermita lleva su nombre.
Aunque en varias ocasiones llegó a plantearse su demolición, por no tener capacidad suficiente para el culto, así como derribar uno de los muros y construir un anexo, al final se impuso la cordura y ha logrado conservar su factura original de una sola nave, dividida en dos tramos de distinto nivel. La parte más antigua corresponde al altar y mide 8,50 metros de largo y 5,70 metros de ancho. Dos escalones de cantería acceden al altar mayor, separado por un arco toral de medio punto labrado en piedra.
El artesonado es de par y nudillos, con estructura de almizate y faldones laterales, reforzado por tirantes simples apoyados en sencillas ménsulas. Las losetas del suelo eran de dos tipos: en color el primer tramo, más antiguo y en blanco y negro el segundo, más moderno. Tiene un coro y dos sacristías, a izquierda y derecha del altar mayor. La primera, edificada en el siglo XIX, sufrió el derrumbamiento del techo y sólo conservaba los muros hasta que llegó la restauración. La segunda fue hecha por un maestro de obras en los años treinta, época en la que también se rehizo el púlpito. En 1945 fue restaurado el balcón del coro, desde el que se toca la campana.
En el verano de 1993 la techumbre de la iglesia sufrió un desplome. Ante el peligro inminente de un derrumbe, la celebración del culto se trasladó a un local próximo y comenzó el proceso para su restauración, que se prolongó por espacio de casi cinco años. En 1996, a instancias del Cabildo Insular de La Palma, en expediente que promovió el consejero Vicente Capote Cabrera, la ermita de Las Manchas fue declarada Bien de Interés Cultural por el Gobierno de Canarias, con categoría de monumento. En junio de 1998 concluyeron las obras de restauración, así como la rehabilitación del retablo y las imágenes, de acuerdo con un convenio suscrito entre el Cabildo Insular de La Palma y el Obispado de la Diócesis Nivariense. El 10 de enero de 1999 fue reabierta al culto, en solemne ceremonia que presidió el obispo Felipe Fernández García.
Recopilación de artículos interesantes sobre ciencia, transporte y tecnología.
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domingo, 29 de julio de 2007
domingo, 15 de julio de 2007
El volcán se vuelve espectáculo
Juan Carlos Díaz Lorenzo
Las Manchas
El 10 de julio de 1949, dos días después del comienzo de la salida de la lava del volcán de San Juan desde la fractura situada en Llano del Banco, el primer brazo ardiente alcanzó la orilla del mar. La corriente que se había adelantado por Las Hoyas hizo que desapareciera la amenaza que se cernía sobre el barrio de Todoque y, después de sepultar un empaquetado de plátanos, a las siete y media de la tarde se produjo el esperado encuentro, bajo la atenta mirada de miles de personas.
Con un frente de unos 500 metros y mientras caía por el acantilado en forma de cascada, dio origen, en la prosa del profesor palmero Manuel Martel San Gil, "a un violento y sorprendente choque, francamente indescriptible, entre el elemento ígneo y la masa líquida que como gigantescos titanes luchan por imponer su dominio, y al fin, mientras una yace petrificada atestiguando la lucha consumada, el otro se levanta en forma de densas columnas blancas, pregonando cómo entre el hervir de las aguas del mar y la consolidación de un fluido magma, se acrecienta la superficie de una de las islas, a cuya acción deben su existencia".
En la tarde del 11 de julio y en el Teatro Circo de Marte, en Santa Cruz de La Palma, el geólogo Simón Benítez Padilla pronunció una conferencia titulada El volcán de las Manchas y otros de La Palma. La presentación estuvo a cargo del abogado y consejero del Cabildo Insular, Acenk Galván González, quien destacó la personalidad científica del autor y agradeció en nombre de La Palma los constantes desvelos por tranquilizar a la población insular sobre la naturaleza del volcán.
Benítez Padilla hizo una interesante aportación de observaciones personales y datos sobre la erupción, relacionándolos con otros volcanes históricos. El público llenó por completo el aforo del teatro y aplaudió con entusiasmo la intervención del conferenciante, que envió un claro mensaje de tranquilidad al pueblo de La Palma.
Durante la madrugada y en la mañana del 12 de julio se percibieron en El Paso y Los Llanos una serie de fuertes ruidos subterráneos. Poco después de las 16 horas apareció un nuevo cráter con tres bocas en el sitio llamado Hoyo Negro, próximo a El Duraznero, del que dista unos 300 metros y que expulsa una gran cantidad de gases, piedras incandescentes y partículas sólidas hasta una altura de unos 700 metros, lo que ha originado nuevos incendios en el pinar.
Los técnicos estiman que, en el caso de que el volcán arroje lava por este cráter, se prevé que pueda correr próxima a la que vierte la fisura de Llano del Banco, pasando por la finca de San Nicolás y desemboque en el mar por Puerto Naos. Sobre Los Llanos de Aridane cayó una lluvia de cenizas y en el ambiente se percibía un fuerte olor a azufre.
Uno de los brazos de lava mantenía su amenaza sobre el caserío de Cuatro Caminos, mientras en el de Puerto de Naos parece que se detuvo, aunque los ramales aumentaron su anchura y continuó la caída al mar después de atravesar Las Hoyas, en el que se adentró en grandes cantidades, con lo que ensanchó su frente de avance en una longitud considerable.
Hasta el momento, según el recuento oficial, la lava había arrasado unas 70 casas en los barrios de Las Manchas y Jedey, y otras 50 casas se habían caído o sufrido daños de importancia a consecuencia de los temblores de tierra.
Pese a la aparición del nuevo cráter de Hoyo Negro, la ausencia de movimientos sísmicos durante la jornada ha conferido una mayor tranquilidad al desarrollo de la erupción, aunque el personal de Montes informó que en la Caldera de Taburiente se produjeron algunos derrumbes.
El 13 de julio llegó a la capital insular el capitán de fragata Manuel Montojo Fernández, segundo comandante de Marina de la provincia tinerfeña, acompañado del segundo-jefe del Tercio de la Guardia Civil, Carlos Simarro, trasladándose a continuación a la zona del volcán.
A bordo de la falúa Quisisana llegaron a Tazacorte el subjefe provincial del Movimiento, Ricardo Hogdson Lecuona; el jefe insular del Frente de Juventudes, Andrés de las Casas; el secretario particular del gobernador civil, José Duque Alonso y el periodista tinerfeño Luis Álvarez Cruz. Esa noche, y después de permanecer varios días en la Isla estudiando el fenómeno volcánico, regresó a Las Palmas el geólogo Simón Benítez Padilla.
Al día siguiente se recibió un nuevo donativo de 100.000 pesetas del ministro de la Gobernación para atender a los evacuados y se informó que había solicitado del Ministerio de Marina el envío inmediato de varios buques rápidos para mantener el servicio de transporte marítimo entre Tazacorte y Santa Cruz de La Palma.
A instancias del ministro, una comisión de técnicos del Instituto Nacional de Colonización emprendió viaje a La Palma, con la finalidad de ver la posibilidad de adquirir una o dos fincas de grandes dimensiones que podían ser parceladas y donadas a los agricultores que habían perdido sus propiedades al quedar sepultadas por la lava.
Otra comisión de la Dirección General de Regiones Devastadas vino con la misión de atender la reconstrucción de todas las viviendas que habían resultado destruidas o con graves daños por la lava o los temblores de tierra.
Ese mismo día llegó a La Palma el ingeniero-jefe provincial de Obras Públicas, Manuel Belda Soriano, para inspeccionar las carreteras que habían resultado interceptadas por los brazos de lava, así como los daños causados en su recorrido por los movimientos sísmicos y el derribo de paredes. El ingeniero-jefe manifestó que tenía todo dispuesto para que, desde el momento en que dejara de correr la lava, comenzaron los trabajos para restablecer la circulación en la carretera general del Sur.
En el mismo barco llegó el presidente del Cabildo Insular de Tenerife y de la Mancomunidad Provincial Interinsular, Antonio Lecuona Hardisson, que ofreció a las autoridades la ayuda económica o de cualquier otro tipo que pudieran prestar las corporaciones que presidía y entregó un donativo de 25.000 pesetas en nombre de la primera y otro de 10.000 pesetas, de la segunda, así como un donativo personal para atender a los evacuados.
Antonio Lecuona destacó el interés con el que las autoridades nacionales seguían el desarrollo del volcán y, en especial, el ministro Blas Pérez González, de quien dijo que su despacho en el Ministerio de la Gobernación se había convertido casi en un centro de estudios volcanológicos, siguiendo las incidencias diarias sobre un gran mapa de la Isla.
Ese mismo día llegó a La Palma el inspector provincial de Sanidad, Ángel Vinuesa, para inspeccionar el funcionamiento de los servicios sanitarios insulares. En Los Llanos se utilizaron todas las habitaciones libres en el nuevo hospital, para atender a los evacuados que necesitaban cuidados especiales, así como el edificio construido para posibles afectados de epidemias graves. Las dependencias se habilitaron con camas y ropas del Hospital de Dolores de Santa Cruz de La Palma, que fueron trasladadas por vía marítima en cumplimiento de lo dispuesto por el Gobierno Civil.
De las personas evacuadas, niños, adolescentes y muchos adultos, una parte fueron a Santa Cruz de La Palma y se alojaron en casas particulares ofrecidas por sus habitantes. Los que necesitaron cuidados médicos fueron ingresados en el Hospital de Dolores, donde recibieron las atenciones que requerían. El médico cirujano Amílcar Morera Bravo, jefe del citado servicio, realizó más de cuarenta intervenciones.
Los médicos de la isla, tanto de medicina general como especialistas, en servicios oficiales o consultas privadas, atendieron cuantas solicitudes les fueron formuladas para atender a los evacuados. El inspector provincial de Sanidad expresó su satisfacción por el funcionamiento de todos los servicios sanitarios, así como la ausencia de elementos que pudieran provocar alguna epidemia.
Asimismo llegó a la Isla el secretario técnico de la Delegación Provincial de Abastecimientos y Transportes, Ricardo Armas Baker, quien inspeccionó los servicios de las dos zonas de la Isla y proponer a la Comisaría General de Abastecimientos las soluciones que creyera oportunas para el avituallamiento urgente de las familias damnificadas.
El 15 de julio, el Consejo de Ministros, reunido en el Palacio de El Pardo bajo la presidencia del Jefe del Estado, general Franco, escuchó los informes del ministro de la Gobernación referidos a la erupción del volcán de La Palma y acordó prestar la máxima ayuda al pueblo palmero y delegó en el ministro Blas Pérez González para que dispusiera lo necesario para hacer llegar a los damnificados, lo antes posible, los medios que permitieran resolver la situación creada por la erupción volcánica.
En la conferencia que el ministro sostuvo con el delegado del Gobierno, éste le informó que había dispuesto que el buque-escuela Galatea, que se encontraba en alta mar, se dirigiera a Santa Cruz de La Palma, así como el minador Marte, que estaba de apostadero en Las Palmas, para que sus dotaciones colaboraran en lo que fuera necesario.
En este día se informó que el Cabildo Insular, que también presidía Fernando del Castillo-Olivares y Van de Walle, había concedido un primer donativo de 50.000 pesetas para atender las necesidades de los damnificados y adoptó el acuerdo de conceder otras ayudas.
El 18 de julio, el Ayuntamiento de El Paso celebró un pleno extraordinario en el que acordó por unanimidad conceder un voto de gracia a los alcaldes de Tazacorte, Pedro Gómez Acosta y de Fuencaliente, Emilio Quintana Sánchez, por sus personales y valiosas intervenciones en las evacuaciones y las atenciones prestadas a los vecinos afectados.
Acordó, asimismo, expresar el reconocimiento del municipio a Victoriano Sánchez Acosta, quien, el 24 de junio, día en que comenzó la erupción, se ofreció voluntariamente para localizar el lugar donde se abrió el primer cráter; así como un premio en metálico al guarda-jurado de la Asociación de Cazadores, Antonio González Rodríguez, por los servicios prestados, al visitar dos veces cada día la zona de los cráteres, con el fin de seguir en lo posible su evolución.
Por los micrófonos de Radio Club Tenerife, entonces la emisora más importante de Canarias, pasaron durante los días de la erupción del volcán las principales autoridades provinciales e insulares, así como algunas destacadas figuras de las ciencias y las letras, con la finalidad de informar a la audiencia de los acontecimientos del volcán. En la noche del 18 de julio, el abogado palmero Luis Cobiella Zaera, pronunció un discurso titulado "La llamada de La Palma", que fue reproducido en la prensa local.
La noticia del volcán atraía todos los días la presencia de muchos visitantes. "Lo que sí ha ido en aumento -dice la crónica de DIARIO DE AVISOS- es la curiosidad del archipiélago, pues en los últimos correos son muchas las familias que se han desplazado a esta isla con objeto de observar el discurrir de la lava, poniendo una nota de turismo en esta Ciudad y a lo largo de la carretera del Sur".
El periódico tinerfeño La Tarde se hizo eco de la desaparición de un vecino de Breña Alta que "fue a ver el volcán y no ha vuelto".
"El día 11 del corriente salió de su domicilio con dirección al monte, el vecino Ismael Pérez Bravo, sin que hasta la fecha se haya vuelto a saber de él. Grupos de vecinos han recorrido los sitios por donde fue visto por última vez el mismo día, a las 12,30 de la tarde, resultando infructuosas las pesquisas realizadas para encontrarlo. Era un sujeto extravagante y sencillo, muy popular en este pueblo, pues estaba constantemente cantando y riéndose.
Todos los vecinos lo apreciaban. Salió con intenciones de traer leña, pero por el camino dijo a alguien que pensaba ir a ver el volcán, a partir de cuyo instante, como se ha dicho, no se ha vuelto a tener noticias suyas".
Las Manchas
Con un frente de unos 500 metros y mientras caía por el acantilado en forma de cascada, dio origen, en la prosa del profesor palmero Manuel Martel San Gil, "a un violento y sorprendente choque, francamente indescriptible, entre el elemento ígneo y la masa líquida que como gigantescos titanes luchan por imponer su dominio, y al fin, mientras una yace petrificada atestiguando la lucha consumada, el otro se levanta en forma de densas columnas blancas, pregonando cómo entre el hervir de las aguas del mar y la consolidación de un fluido magma, se acrecienta la superficie de una de las islas, a cuya acción deben su existencia".
En la tarde del 11 de julio y en el Teatro Circo de Marte, en Santa Cruz de La Palma, el geólogo Simón Benítez Padilla pronunció una conferencia titulada El volcán de las Manchas y otros de La Palma. La presentación estuvo a cargo del abogado y consejero del Cabildo Insular, Acenk Galván González, quien destacó la personalidad científica del autor y agradeció en nombre de La Palma los constantes desvelos por tranquilizar a la población insular sobre la naturaleza del volcán.
Benítez Padilla hizo una interesante aportación de observaciones personales y datos sobre la erupción, relacionándolos con otros volcanes históricos. El público llenó por completo el aforo del teatro y aplaudió con entusiasmo la intervención del conferenciante, que envió un claro mensaje de tranquilidad al pueblo de La Palma.
Durante la madrugada y en la mañana del 12 de julio se percibieron en El Paso y Los Llanos una serie de fuertes ruidos subterráneos. Poco después de las 16 horas apareció un nuevo cráter con tres bocas en el sitio llamado Hoyo Negro, próximo a El Duraznero, del que dista unos 300 metros y que expulsa una gran cantidad de gases, piedras incandescentes y partículas sólidas hasta una altura de unos 700 metros, lo que ha originado nuevos incendios en el pinar.
Los técnicos estiman que, en el caso de que el volcán arroje lava por este cráter, se prevé que pueda correr próxima a la que vierte la fisura de Llano del Banco, pasando por la finca de San Nicolás y desemboque en el mar por Puerto Naos. Sobre Los Llanos de Aridane cayó una lluvia de cenizas y en el ambiente se percibía un fuerte olor a azufre.
Uno de los brazos de lava mantenía su amenaza sobre el caserío de Cuatro Caminos, mientras en el de Puerto de Naos parece que se detuvo, aunque los ramales aumentaron su anchura y continuó la caída al mar después de atravesar Las Hoyas, en el que se adentró en grandes cantidades, con lo que ensanchó su frente de avance en una longitud considerable.
Hasta el momento, según el recuento oficial, la lava había arrasado unas 70 casas en los barrios de Las Manchas y Jedey, y otras 50 casas se habían caído o sufrido daños de importancia a consecuencia de los temblores de tierra.
Pese a la aparición del nuevo cráter de Hoyo Negro, la ausencia de movimientos sísmicos durante la jornada ha conferido una mayor tranquilidad al desarrollo de la erupción, aunque el personal de Montes informó que en la Caldera de Taburiente se produjeron algunos derrumbes.
El 13 de julio llegó a la capital insular el capitán de fragata Manuel Montojo Fernández, segundo comandante de Marina de la provincia tinerfeña, acompañado del segundo-jefe del Tercio de la Guardia Civil, Carlos Simarro, trasladándose a continuación a la zona del volcán.
A bordo de la falúa Quisisana llegaron a Tazacorte el subjefe provincial del Movimiento, Ricardo Hogdson Lecuona; el jefe insular del Frente de Juventudes, Andrés de las Casas; el secretario particular del gobernador civil, José Duque Alonso y el periodista tinerfeño Luis Álvarez Cruz. Esa noche, y después de permanecer varios días en la Isla estudiando el fenómeno volcánico, regresó a Las Palmas el geólogo Simón Benítez Padilla.
Al día siguiente se recibió un nuevo donativo de 100.000 pesetas del ministro de la Gobernación para atender a los evacuados y se informó que había solicitado del Ministerio de Marina el envío inmediato de varios buques rápidos para mantener el servicio de transporte marítimo entre Tazacorte y Santa Cruz de La Palma.
A instancias del ministro, una comisión de técnicos del Instituto Nacional de Colonización emprendió viaje a La Palma, con la finalidad de ver la posibilidad de adquirir una o dos fincas de grandes dimensiones que podían ser parceladas y donadas a los agricultores que habían perdido sus propiedades al quedar sepultadas por la lava.
Otra comisión de la Dirección General de Regiones Devastadas vino con la misión de atender la reconstrucción de todas las viviendas que habían resultado destruidas o con graves daños por la lava o los temblores de tierra.
Ese mismo día llegó a La Palma el ingeniero-jefe provincial de Obras Públicas, Manuel Belda Soriano, para inspeccionar las carreteras que habían resultado interceptadas por los brazos de lava, así como los daños causados en su recorrido por los movimientos sísmicos y el derribo de paredes. El ingeniero-jefe manifestó que tenía todo dispuesto para que, desde el momento en que dejara de correr la lava, comenzaron los trabajos para restablecer la circulación en la carretera general del Sur.
En el mismo barco llegó el presidente del Cabildo Insular de Tenerife y de la Mancomunidad Provincial Interinsular, Antonio Lecuona Hardisson, que ofreció a las autoridades la ayuda económica o de cualquier otro tipo que pudieran prestar las corporaciones que presidía y entregó un donativo de 25.000 pesetas en nombre de la primera y otro de 10.000 pesetas, de la segunda, así como un donativo personal para atender a los evacuados.
Antonio Lecuona destacó el interés con el que las autoridades nacionales seguían el desarrollo del volcán y, en especial, el ministro Blas Pérez González, de quien dijo que su despacho en el Ministerio de la Gobernación se había convertido casi en un centro de estudios volcanológicos, siguiendo las incidencias diarias sobre un gran mapa de la Isla.
Ese mismo día llegó a La Palma el inspector provincial de Sanidad, Ángel Vinuesa, para inspeccionar el funcionamiento de los servicios sanitarios insulares. En Los Llanos se utilizaron todas las habitaciones libres en el nuevo hospital, para atender a los evacuados que necesitaban cuidados especiales, así como el edificio construido para posibles afectados de epidemias graves. Las dependencias se habilitaron con camas y ropas del Hospital de Dolores de Santa Cruz de La Palma, que fueron trasladadas por vía marítima en cumplimiento de lo dispuesto por el Gobierno Civil.
De las personas evacuadas, niños, adolescentes y muchos adultos, una parte fueron a Santa Cruz de La Palma y se alojaron en casas particulares ofrecidas por sus habitantes. Los que necesitaron cuidados médicos fueron ingresados en el Hospital de Dolores, donde recibieron las atenciones que requerían. El médico cirujano Amílcar Morera Bravo, jefe del citado servicio, realizó más de cuarenta intervenciones.
Los médicos de la isla, tanto de medicina general como especialistas, en servicios oficiales o consultas privadas, atendieron cuantas solicitudes les fueron formuladas para atender a los evacuados. El inspector provincial de Sanidad expresó su satisfacción por el funcionamiento de todos los servicios sanitarios, así como la ausencia de elementos que pudieran provocar alguna epidemia.
Asimismo llegó a la Isla el secretario técnico de la Delegación Provincial de Abastecimientos y Transportes, Ricardo Armas Baker, quien inspeccionó los servicios de las dos zonas de la Isla y proponer a la Comisaría General de Abastecimientos las soluciones que creyera oportunas para el avituallamiento urgente de las familias damnificadas.
El 15 de julio, el Consejo de Ministros, reunido en el Palacio de El Pardo bajo la presidencia del Jefe del Estado, general Franco, escuchó los informes del ministro de la Gobernación referidos a la erupción del volcán de La Palma y acordó prestar la máxima ayuda al pueblo palmero y delegó en el ministro Blas Pérez González para que dispusiera lo necesario para hacer llegar a los damnificados, lo antes posible, los medios que permitieran resolver la situación creada por la erupción volcánica.
En la conferencia que el ministro sostuvo con el delegado del Gobierno, éste le informó que había dispuesto que el buque-escuela Galatea, que se encontraba en alta mar, se dirigiera a Santa Cruz de La Palma, así como el minador Marte, que estaba de apostadero en Las Palmas, para que sus dotaciones colaboraran en lo que fuera necesario.
En este día se informó que el Cabildo Insular, que también presidía Fernando del Castillo-Olivares y Van de Walle, había concedido un primer donativo de 50.000 pesetas para atender las necesidades de los damnificados y adoptó el acuerdo de conceder otras ayudas.
El 18 de julio, el Ayuntamiento de El Paso celebró un pleno extraordinario en el que acordó por unanimidad conceder un voto de gracia a los alcaldes de Tazacorte, Pedro Gómez Acosta y de Fuencaliente, Emilio Quintana Sánchez, por sus personales y valiosas intervenciones en las evacuaciones y las atenciones prestadas a los vecinos afectados.
Acordó, asimismo, expresar el reconocimiento del municipio a Victoriano Sánchez Acosta, quien, el 24 de junio, día en que comenzó la erupción, se ofreció voluntariamente para localizar el lugar donde se abrió el primer cráter; así como un premio en metálico al guarda-jurado de la Asociación de Cazadores, Antonio González Rodríguez, por los servicios prestados, al visitar dos veces cada día la zona de los cráteres, con el fin de seguir en lo posible su evolución.
Por los micrófonos de Radio Club Tenerife, entonces la emisora más importante de Canarias, pasaron durante los días de la erupción del volcán las principales autoridades provinciales e insulares, así como algunas destacadas figuras de las ciencias y las letras, con la finalidad de informar a la audiencia de los acontecimientos del volcán. En la noche del 18 de julio, el abogado palmero Luis Cobiella Zaera, pronunció un discurso titulado "La llamada de La Palma", que fue reproducido en la prensa local.
La noticia del volcán atraía todos los días la presencia de muchos visitantes. "Lo que sí ha ido en aumento -dice la crónica de DIARIO DE AVISOS- es la curiosidad del archipiélago, pues en los últimos correos son muchas las familias que se han desplazado a esta isla con objeto de observar el discurrir de la lava, poniendo una nota de turismo en esta Ciudad y a lo largo de la carretera del Sur".
El periódico tinerfeño La Tarde se hizo eco de la desaparición de un vecino de Breña Alta que "fue a ver el volcán y no ha vuelto".
"El día 11 del corriente salió de su domicilio con dirección al monte, el vecino Ismael Pérez Bravo, sin que hasta la fecha se haya vuelto a saber de él. Grupos de vecinos han recorrido los sitios por donde fue visto por última vez el mismo día, a las 12,30 de la tarde, resultando infructuosas las pesquisas realizadas para encontrarlo. Era un sujeto extravagante y sencillo, muy popular en este pueblo, pues estaba constantemente cantando y riéndose.
Todos los vecinos lo apreciaban. Salió con intenciones de traer leña, pero por el camino dijo a alguien que pensaba ir a ver el volcán, a partir de cuyo instante, como se ha dicho, no se ha vuelto a tener noticias suyas".
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domingo, 1 de julio de 2007
De excursión para ver el volcán
JUAN CARLOS DíAZ LORENZO
LAS MANCHAS
A doña Araceli Guimerá de Lugo, una de las excursionistas del volcán
esde el comienzo de la erupción del volcán de San Juan, numerosos grupos de vecinos de El Paso, Los Llanos de Aridane, Mazo y otros pueblos de la Isla fueron de excursión a la Cumbre Vieja, para tratar de ver lo más cerca posible la actividad eruptiva, desafiando, en algunos casos, el límite de lo razonable y haciendo caso omiso a las severas advertencias de las autoridades.
"Estas jiras -dice la crónica del periódico tinerfeño La Tarde- tienen por objeto presenciar de cerca este fenómeno geológico, y son prueba de la tranquilidad que reina en la Isla, ya que en algunas de ellas toman parte incluso animadas parrandas. Por la noche puede apreciarse desde gran distancia el resplandor de las explosiones, lo que constituye un extraño y atrayente espectáculo, siendo perfectamente visible anoche desde la parte alta de El Paso, adonde acudieron numerosos vecinos".
En El Paso, las fiestas del Sagrado Corazón y en Los Llanos, las de Nuestra Señora de los Remedios, Patrona del valle de Aridane, se vieron adornadas por la luminaria pirotecnia del volcán y el suceso acaparó la máxima atención del pueblo palmero. Unos, en vehículos particulares y la mayoría en camiones, se desplazaron hasta Las Manchas y El Time para presenciar un espectáculo tan singular como inolvidable.
El Paso, decía DIARIO DE AVISOS, "encendió durante todo el día las fumarolas de su devoción en honor y amor del Sagrado Corazón de Jesús, su Patrono, llenando las calles de bellísimas alfombras florales, cánticos y versos, músicas y luces como si quisiera demostrar rotundamente que los fuegos de la tierra no pueden jamás con la llamarada de la fe, que llega al Cielo".
Los jóvenes y veteranos artistas de las tradicionales alfombras de El Paso se aprestaron a toda una noche de trabajo en las calles de su ciudad natal para la confección de los motivos alegóricos, en un recorrido de unos tres kilómetros, sobre los que luego pasaría la procesión.
En la ciudad de Los Llanos de Aridane comenzaron las fiestas con un amplio programa de actos populares y religiosos, sin que la erupción del volcán provocara alteraciones en el desarrollo del programa, que era, como es lógico, tema obligado de observación y conversación.
En la tarde del 27 de junio de 1949, el delegado del Gobierno volvió de nuevo a El Paso y, acompañado por el alcalde de la ciudad, se trasladó a la zona afectada por el volcán, recorriéndola con detenimiento y atravesando lugares cuarteados por los movimientos sísmicos que desprendían emanaciones gaseosas y se acercaron lo más que pudieron hasta el cráter de El Duraznero, en una actuación francamente temeraria.
A su regreso se adoptaron varios acuerdos para que, en caso necesario, fuera prestada toda la ayuda necesaria a los vecinos de Jedey y Las Manchas, poblaciones sobre las que se presumía se produciría el vertido de lava, por lo que se ordenó a la Guardia Civil que redoblara sus esfuerzos de vigilancia ante lo que parecía un hecho inminente.
Al pasar por Jedey se detuvo para saludar a los vecinos afectados y, entre ellos, al propietario de un pajero al que un temblor de tierra había derribado una pared. El vecino, Hermógenes Armas Pérez, a pesar de su problema, invitó a un vaso de vino al delegado del Gobierno, al alcalde de El Paso y a otras personas que le acompañaban. Esa noche, Fernando del Castillo habló por teléfono con el ministro Pérez González, transmitiéndole sus apreciaciones acerca de los acontecimientos que se producían en la Isla.
El trabajo del delegado y el subdelegado del Gobierno, así como de los alcaldes de El Paso, Los Llanos de Aridane, Tazacorte, Fuencaliente y Villa de Mazo y de sus respectivos grupos de colaboradores, fue de una especial importancia, lo que se traducía en una relativa tranquilidad para los vecinos, que estaban ansiosos y temerosos al mismo tiempo de que se produjera la salida de la lava, para así conocer qué sería de sus casas y propiedades.
El interés del ministro de la Gobernación, cuyas manifestaciones de protección y ayuda divulgaban insistentemente las autoridades y las emisoras de radio, fueron recogidas con verdadero agrado por los habitantes de La Palma.
Ese mismo día se corrió la noticia, recogida en la prensa, de que la erupción del volcán de San Juan era de tipo peleano, al conocerse el taponamiento del cráter de la base de la montaña de El Duraznero. Al parecer, aficionados a la vulcanología o personas de poco conocimiento se atrevieron a divulgar dicho comentario.
Los técnicos se aprestaron rápidamente a desmentir la noticia y el delegado del Gobierno publicó una nota en la que anunciaba reprimir con las sanciones correspondientes a aquellas personas que contribuyeran a aumentar sin fundamento la intranquilidad y el nerviosismo de los vecinos.
La nota de la Delegación del Gobierno decía lo siguiente:
"La insensatez derrotista en los comentarios acerca del natural como reciente fenómeno volcánico, deformando el hecho y desorbitando sus verdaderas consecuencias en la sugestión colectiva, han obligado a este Organismo, inquebrantable en su decisión de evitar alteraciones en el orden y tranquilidad públicos, a imponer sanciones a determinados individuos especuladores del ridículo fantasma del miedo, en la conciencia de gentes sencillas.
Obvio es repetir, que por mi Autoridad, en nexo íntimo con las de otro orden de la isla y capital de la provincia, se han tomado, sin incurrir en exageraciones perniciosas, las medidas preventivas que la naturaleza del fenómeno reclama; y se está en constante alerta para dictar sobre la marcha del acontecimiento aquellas otras que necesario fueren.
Afortunadamente, el agente geológico interno se desarrolla en sus distintas fases con perfecta normalidad.
No existe, por consiguiente, motivo próximo de inquietud y esta Delegación del Gobierno espera de la serena reflexión de los palmeros que destierren de sus conversaciones conjeturas sin fundamento, que manejadas tendenciosamente por un reducido sector de escándalo, explota su sensacionalismo en falsas alarmas, contra el que actuaré con el máximo rigor, habiendo cursado en tal sentido órdenes a los agentes de mi Autoridad".
Al respecto, DIARIO DE AVISOS comenta lo siguiente:
"También el vecindario sigue en su puesto de virilidad. Esta es la palabra -virilidad-, pues ante las elucubraciones de los derrotistas en su afán de exteriorización científica, cuando no las de otros menos avisados o peor intencionados, les vuelven la espalda con un gesto magnífico de serenidad y civismo, que parece ser la característica de todos los vecinos de los pueblos inmediatos al volcán, siguiendo con ello no sólo las orientaciones de las autoridades, que para un caso de urgencia lo tienen todo previsto y dispuesto, sino respondiendo también a la propia personalidad, que es todo nobleza y comprensión. Lo demás, escoria, que diría Esquinazo".
El 28 de junio, a primera hora, el delegado del Gobierno recorrió de nuevo la zona de la Cumbre Vieja, hasta llegar a las inmediaciones del cráter de El Duraznero. El regreso se hizo especialmente dificultoso por las grietas del terreno y los gases que se desprendían por estas fisuras de grandes dimensiones, complicado, además, por los hundimientos y el espeso manto de cenizas que cubría el suelo. Poco después de mediodía pudo llegar a El Paso y partió hacia la capital insular para ultimar los detalles de la visita de las autoridades provinciales prevista para el día siguiente.
El 29 de junio, al amanecer, atracó en el puerto de Santa Cruz de La Palma el cañonero de la Marina de Guerra Martín Alonso Pinzón, en el que enarbolaba su insignia el capitán general de Canarias, Francisco García Escámez, acompañado del general Vicat, jefe del Arma de Artillería; coronel Luciano García Machiñena, jefe del Estado Mayor de Capitanía General; comandante Rojí, ayudante del capitán general, teniente coronel Pallero y otros jefes y oficiales.
Poco después atracó el vapor Ciudad de Alcira, en el que viajaba el gobernador civil de la provincia, Emilio de Aspe Vaamonde, acompañado de su secretario particular, José Duque Alonso; Isidoro Luz Cárpenter, vicepresidente del Cabildo Insular de Tenerife; Leoncio Oramas y Díaz-Llanos, ingeniero-jefe de los Servicios Forestales; señor Font, jefe de los Servicios Meteorológicos y el periodista Luis Álvarez Cruz, enviado especial de los periódicos El Día y La Tarde.
A pie de muelle fueron recibidos por el delegado del Gobierno, las primeras autoridades insulares y varias representaciones locales. Los recién llegados manifestaron que desde la cubierta del barco se divisaba durante la noche el resplandor del incendio del bosque y las luminarias del volcán. Todos ellos, así como el comandante del cañonero y varios de sus oficiales, a los que también se unió Félix Poggio Lorenzo, director de DIARIO DE AVISOS, emprendieron viaje por la carretera general del Sur hacia el refugio forestal de El Paso, continuando unos a pie y las autoridades a lomo de caballería, por los senderos del pinar hasta alcanzar, después de un largo recorrido, el borde del cráter de El Duraznero, donde pudieron apreciar un panorama realmente impresionante.
De vuelta a El Paso se celebró una reunión en presencia del capitán general y el gobernador civil, en la que se estudiaron las medidas necesarias para prever cualquier contingencia y acudir de inmediato en auxilio de las poblaciones afectadas.
El gobernador civil, en el largo recorrido que hizo durante el día, habló con los habitantes de Las Manchas y Jedey prometiéndoles, en nombre del ministro de la Gobernación y del propio gobierno de Franco, los medios necesarios para reparar las destrucciones ocasionadas por la erupción.
Dos observadores ocasionales, el periodista Juan del Río Ayala, enviado especial del periódico Falange de Las Palmas y el delegado insular de la Falange Juvenil, Andrés de las Casas Herrera, hicieron una arriesgada incursión y llegaron hasta el mismo borde del volcán, utilizando gruesas sogas y medios auxiliares de respiración, para resguardarse del fuerte olor sulfuroso existente en la zona. Sus informaciones sirvieron a los técnicos para comprobar la veracidad de las observaciones hechas con anterioridad y a una distancia más próxima.
Por la noche, y a bordo del Ciudad de Alcira, el gobernador civil y sus acompañantes emprendieron el viaje de regreso a Santa Cruz de Tenerife, mientras el capitán general embarcó en el cañonero Martín Alonso Pinzón y zarpó de madrugada hacia las islas de La Gomera y El Hierro, con la finalidad de visitar las guarniciones de ambas islas y después regresó a la capital tinerfeña.
Ese mismo día, un avión militar Junkers 52 (T2-80), pilotado por el teniente coronel Serrano, despegó desde el aeropuerto de Gando y realizó un vuelo sobre la zona del volcán. Al día siguiente, el mismo aparato, esta vez pilotado por el comandante Suárez Ochoa, realizó un vuelo de algo más de tres horas de duración con técnicos del servicio fotográfico militar.
El 1 de julio, el delegado del Gobierno ordenó la instalación de varias tiendas de campaña facilitadas por el Frente de Juventudes para aliviar en lo posible las enormes molestias que sufrían los vecinos de Las Manchas y Jedey, que vivían desde hacía días al aire libre al no querer abandonar sus casas, resquebrajadas por los movimientos sísmicos.
A mediodía llegó a El Paso el rector de la Universidad de La Laguna, José Ignacio Alcorta Echevarría; el comandante militar de la Isla, Carmelo Llarena y Bravo de Laguna y el teniente coronel de la Guardia Civil, Carlos Simarro. Acompañados por las autoridades locales y el guarda-jurado de la Asociación de Cazadores, marcharon a la zona del volcán, donde observaron las fuertes detonaciones y los daños originados en el pinar colindante. Antes de su regreso a la capital insular visitaron a los vecinos de Jedey y Los Charcos, comprobando su preocupación y el cansancio de los varios días que llevaban a la intemperie.
Esa noche, del delegado del Gobierno embarcó hacia la capital tinerfeña a bordo del correillo. Al día siguiente amaneció en Santa Cruz, con la finalidad de resolver cuestiones urgentes relacionadas con la erupción. Desde los micrófonos de Radio Club Tenerife pronunció una conferencia, que fue también emitida por onda corta para la audiencia hispana de América, en la que explicó el fenómeno geológico desde sus comienzos y la situación en que se encontraba, con la finalidad de aclarar todas las dudas existentes ante las noticias exageradas difundidas por algunos medios, sobre todo en Venezuela, y las emisoras de radio de diferentes países.
En este día, el general Manzaneque, jefe de la Zona Aérea de Canarias y África Occidental Española, al mando de un avión Junkers Ju-52, despegó del aeropuerto de Los Rodeos y sobrevoló la zona del volcán de San Juan, regresando después de dos horas de vuelo.
LAS MANCHAS
A doña Araceli Guimerá de Lugo, una de las excursionistas del volcán
esde el comienzo de la erupción del volcán de San Juan, numerosos grupos de vecinos de El Paso, Los Llanos de Aridane, Mazo y otros pueblos de la Isla fueron de excursión a la Cumbre Vieja, para tratar de ver lo más cerca posible la actividad eruptiva, desafiando, en algunos casos, el límite de lo razonable y haciendo caso omiso a las severas advertencias de las autoridades.
"Estas jiras -dice la crónica del periódico tinerfeño La Tarde- tienen por objeto presenciar de cerca este fenómeno geológico, y son prueba de la tranquilidad que reina en la Isla, ya que en algunas de ellas toman parte incluso animadas parrandas. Por la noche puede apreciarse desde gran distancia el resplandor de las explosiones, lo que constituye un extraño y atrayente espectáculo, siendo perfectamente visible anoche desde la parte alta de El Paso, adonde acudieron numerosos vecinos".
En El Paso, las fiestas del Sagrado Corazón y en Los Llanos, las de Nuestra Señora de los Remedios, Patrona del valle de Aridane, se vieron adornadas por la luminaria pirotecnia del volcán y el suceso acaparó la máxima atención del pueblo palmero. Unos, en vehículos particulares y la mayoría en camiones, se desplazaron hasta Las Manchas y El Time para presenciar un espectáculo tan singular como inolvidable.
El Paso, decía DIARIO DE AVISOS, "encendió durante todo el día las fumarolas de su devoción en honor y amor del Sagrado Corazón de Jesús, su Patrono, llenando las calles de bellísimas alfombras florales, cánticos y versos, músicas y luces como si quisiera demostrar rotundamente que los fuegos de la tierra no pueden jamás con la llamarada de la fe, que llega al Cielo".
Los jóvenes y veteranos artistas de las tradicionales alfombras de El Paso se aprestaron a toda una noche de trabajo en las calles de su ciudad natal para la confección de los motivos alegóricos, en un recorrido de unos tres kilómetros, sobre los que luego pasaría la procesión.
En la ciudad de Los Llanos de Aridane comenzaron las fiestas con un amplio programa de actos populares y religiosos, sin que la erupción del volcán provocara alteraciones en el desarrollo del programa, que era, como es lógico, tema obligado de observación y conversación.
En la tarde del 27 de junio de 1949, el delegado del Gobierno volvió de nuevo a El Paso y, acompañado por el alcalde de la ciudad, se trasladó a la zona afectada por el volcán, recorriéndola con detenimiento y atravesando lugares cuarteados por los movimientos sísmicos que desprendían emanaciones gaseosas y se acercaron lo más que pudieron hasta el cráter de El Duraznero, en una actuación francamente temeraria.
A su regreso se adoptaron varios acuerdos para que, en caso necesario, fuera prestada toda la ayuda necesaria a los vecinos de Jedey y Las Manchas, poblaciones sobre las que se presumía se produciría el vertido de lava, por lo que se ordenó a la Guardia Civil que redoblara sus esfuerzos de vigilancia ante lo que parecía un hecho inminente.
Al pasar por Jedey se detuvo para saludar a los vecinos afectados y, entre ellos, al propietario de un pajero al que un temblor de tierra había derribado una pared. El vecino, Hermógenes Armas Pérez, a pesar de su problema, invitó a un vaso de vino al delegado del Gobierno, al alcalde de El Paso y a otras personas que le acompañaban. Esa noche, Fernando del Castillo habló por teléfono con el ministro Pérez González, transmitiéndole sus apreciaciones acerca de los acontecimientos que se producían en la Isla.
El trabajo del delegado y el subdelegado del Gobierno, así como de los alcaldes de El Paso, Los Llanos de Aridane, Tazacorte, Fuencaliente y Villa de Mazo y de sus respectivos grupos de colaboradores, fue de una especial importancia, lo que se traducía en una relativa tranquilidad para los vecinos, que estaban ansiosos y temerosos al mismo tiempo de que se produjera la salida de la lava, para así conocer qué sería de sus casas y propiedades.
El interés del ministro de la Gobernación, cuyas manifestaciones de protección y ayuda divulgaban insistentemente las autoridades y las emisoras de radio, fueron recogidas con verdadero agrado por los habitantes de La Palma.
Ese mismo día se corrió la noticia, recogida en la prensa, de que la erupción del volcán de San Juan era de tipo peleano, al conocerse el taponamiento del cráter de la base de la montaña de El Duraznero. Al parecer, aficionados a la vulcanología o personas de poco conocimiento se atrevieron a divulgar dicho comentario.
Los técnicos se aprestaron rápidamente a desmentir la noticia y el delegado del Gobierno publicó una nota en la que anunciaba reprimir con las sanciones correspondientes a aquellas personas que contribuyeran a aumentar sin fundamento la intranquilidad y el nerviosismo de los vecinos.
La nota de la Delegación del Gobierno decía lo siguiente:
"La insensatez derrotista en los comentarios acerca del natural como reciente fenómeno volcánico, deformando el hecho y desorbitando sus verdaderas consecuencias en la sugestión colectiva, han obligado a este Organismo, inquebrantable en su decisión de evitar alteraciones en el orden y tranquilidad públicos, a imponer sanciones a determinados individuos especuladores del ridículo fantasma del miedo, en la conciencia de gentes sencillas.
Obvio es repetir, que por mi Autoridad, en nexo íntimo con las de otro orden de la isla y capital de la provincia, se han tomado, sin incurrir en exageraciones perniciosas, las medidas preventivas que la naturaleza del fenómeno reclama; y se está en constante alerta para dictar sobre la marcha del acontecimiento aquellas otras que necesario fueren.
Afortunadamente, el agente geológico interno se desarrolla en sus distintas fases con perfecta normalidad.
No existe, por consiguiente, motivo próximo de inquietud y esta Delegación del Gobierno espera de la serena reflexión de los palmeros que destierren de sus conversaciones conjeturas sin fundamento, que manejadas tendenciosamente por un reducido sector de escándalo, explota su sensacionalismo en falsas alarmas, contra el que actuaré con el máximo rigor, habiendo cursado en tal sentido órdenes a los agentes de mi Autoridad".
Al respecto, DIARIO DE AVISOS comenta lo siguiente:
"También el vecindario sigue en su puesto de virilidad. Esta es la palabra -virilidad-, pues ante las elucubraciones de los derrotistas en su afán de exteriorización científica, cuando no las de otros menos avisados o peor intencionados, les vuelven la espalda con un gesto magnífico de serenidad y civismo, que parece ser la característica de todos los vecinos de los pueblos inmediatos al volcán, siguiendo con ello no sólo las orientaciones de las autoridades, que para un caso de urgencia lo tienen todo previsto y dispuesto, sino respondiendo también a la propia personalidad, que es todo nobleza y comprensión. Lo demás, escoria, que diría Esquinazo".
El 28 de junio, a primera hora, el delegado del Gobierno recorrió de nuevo la zona de la Cumbre Vieja, hasta llegar a las inmediaciones del cráter de El Duraznero. El regreso se hizo especialmente dificultoso por las grietas del terreno y los gases que se desprendían por estas fisuras de grandes dimensiones, complicado, además, por los hundimientos y el espeso manto de cenizas que cubría el suelo. Poco después de mediodía pudo llegar a El Paso y partió hacia la capital insular para ultimar los detalles de la visita de las autoridades provinciales prevista para el día siguiente.
El 29 de junio, al amanecer, atracó en el puerto de Santa Cruz de La Palma el cañonero de la Marina de Guerra Martín Alonso Pinzón, en el que enarbolaba su insignia el capitán general de Canarias, Francisco García Escámez, acompañado del general Vicat, jefe del Arma de Artillería; coronel Luciano García Machiñena, jefe del Estado Mayor de Capitanía General; comandante Rojí, ayudante del capitán general, teniente coronel Pallero y otros jefes y oficiales.
Poco después atracó el vapor Ciudad de Alcira, en el que viajaba el gobernador civil de la provincia, Emilio de Aspe Vaamonde, acompañado de su secretario particular, José Duque Alonso; Isidoro Luz Cárpenter, vicepresidente del Cabildo Insular de Tenerife; Leoncio Oramas y Díaz-Llanos, ingeniero-jefe de los Servicios Forestales; señor Font, jefe de los Servicios Meteorológicos y el periodista Luis Álvarez Cruz, enviado especial de los periódicos El Día y La Tarde.
A pie de muelle fueron recibidos por el delegado del Gobierno, las primeras autoridades insulares y varias representaciones locales. Los recién llegados manifestaron que desde la cubierta del barco se divisaba durante la noche el resplandor del incendio del bosque y las luminarias del volcán. Todos ellos, así como el comandante del cañonero y varios de sus oficiales, a los que también se unió Félix Poggio Lorenzo, director de DIARIO DE AVISOS, emprendieron viaje por la carretera general del Sur hacia el refugio forestal de El Paso, continuando unos a pie y las autoridades a lomo de caballería, por los senderos del pinar hasta alcanzar, después de un largo recorrido, el borde del cráter de El Duraznero, donde pudieron apreciar un panorama realmente impresionante.
De vuelta a El Paso se celebró una reunión en presencia del capitán general y el gobernador civil, en la que se estudiaron las medidas necesarias para prever cualquier contingencia y acudir de inmediato en auxilio de las poblaciones afectadas.
El gobernador civil, en el largo recorrido que hizo durante el día, habló con los habitantes de Las Manchas y Jedey prometiéndoles, en nombre del ministro de la Gobernación y del propio gobierno de Franco, los medios necesarios para reparar las destrucciones ocasionadas por la erupción.
Dos observadores ocasionales, el periodista Juan del Río Ayala, enviado especial del periódico Falange de Las Palmas y el delegado insular de la Falange Juvenil, Andrés de las Casas Herrera, hicieron una arriesgada incursión y llegaron hasta el mismo borde del volcán, utilizando gruesas sogas y medios auxiliares de respiración, para resguardarse del fuerte olor sulfuroso existente en la zona. Sus informaciones sirvieron a los técnicos para comprobar la veracidad de las observaciones hechas con anterioridad y a una distancia más próxima.
Por la noche, y a bordo del Ciudad de Alcira, el gobernador civil y sus acompañantes emprendieron el viaje de regreso a Santa Cruz de Tenerife, mientras el capitán general embarcó en el cañonero Martín Alonso Pinzón y zarpó de madrugada hacia las islas de La Gomera y El Hierro, con la finalidad de visitar las guarniciones de ambas islas y después regresó a la capital tinerfeña.
Ese mismo día, un avión militar Junkers 52 (T2-80), pilotado por el teniente coronel Serrano, despegó desde el aeropuerto de Gando y realizó un vuelo sobre la zona del volcán. Al día siguiente, el mismo aparato, esta vez pilotado por el comandante Suárez Ochoa, realizó un vuelo de algo más de tres horas de duración con técnicos del servicio fotográfico militar.
El 1 de julio, el delegado del Gobierno ordenó la instalación de varias tiendas de campaña facilitadas por el Frente de Juventudes para aliviar en lo posible las enormes molestias que sufrían los vecinos de Las Manchas y Jedey, que vivían desde hacía días al aire libre al no querer abandonar sus casas, resquebrajadas por los movimientos sísmicos.
A mediodía llegó a El Paso el rector de la Universidad de La Laguna, José Ignacio Alcorta Echevarría; el comandante militar de la Isla, Carmelo Llarena y Bravo de Laguna y el teniente coronel de la Guardia Civil, Carlos Simarro. Acompañados por las autoridades locales y el guarda-jurado de la Asociación de Cazadores, marcharon a la zona del volcán, donde observaron las fuertes detonaciones y los daños originados en el pinar colindante. Antes de su regreso a la capital insular visitaron a los vecinos de Jedey y Los Charcos, comprobando su preocupación y el cansancio de los varios días que llevaban a la intemperie.
Esa noche, del delegado del Gobierno embarcó hacia la capital tinerfeña a bordo del correillo. Al día siguiente amaneció en Santa Cruz, con la finalidad de resolver cuestiones urgentes relacionadas con la erupción. Desde los micrófonos de Radio Club Tenerife pronunció una conferencia, que fue también emitida por onda corta para la audiencia hispana de América, en la que explicó el fenómeno geológico desde sus comienzos y la situación en que se encontraba, con la finalidad de aclarar todas las dudas existentes ante las noticias exageradas difundidas por algunos medios, sobre todo en Venezuela, y las emisoras de radio de diferentes países.
En este día, el general Manzaneque, jefe de la Zona Aérea de Canarias y África Occidental Española, al mando de un avión Junkers Ju-52, despegó del aeropuerto de Los Rodeos y sobrevoló la zona del volcán de San Juan, regresando después de dos horas de vuelo.
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domingo, 24 de junio de 2007
Un volcán al amanecer
JUAN CARLOS DíAZ LORENZO
LAS MANCHAS
Al pueblo de Las Manchas, que sufrió la furia del volcán
esde octubre de 1712, en que se produjo la erupción del volcán de El Charco y hasta junio de 1949, transcurrieron 237 años de tranquilidad en la historia volcánica de La Palma. Fue un largo período de tiempo en comparación con los intermedios de las cuatro anteriores erupciones, en las que mediaron 61 años entre los volcanes de Tihuya y Tigalate; 31 años entre éste y el de San Antonio; y otros 35 años con el de El Charco, respectivamente.
Los primeros indicios de una cierta inestabilidad datan de 1936 y 1939, época a partir de la cual se fueron repitiendo movimientos sísmicos con un período variable a lo largo de casi 13 años, para que la población pensara en serio en la posibilidad de un nuevo volcán, sobre todo después de las visitas de algunos geólogos y las noticias aparecidas en la prensa, lo que hacía confirmar las apreciaciones que se tenían de que algo estaba sucediendo en las profundidades de la Isla, pese a que entonces no existía ni un modesto observatorio sismográfico.
En julio de 1936, el ingeniero Luis Cadarso, director del Observatorio Sismológico de Málaga, hizo un registro macrosísmico y detectó en La Palma dos temblores de cierta intensidad, que fueron sentidos por la mayoría de los habitantes de la Isla, lo cual, a partir de entonces, fue considerado como el punto de partida de los fenómenos precursores más inmediatos de la erupción de 1949.
Un año después se produjeron también fuertes sacudidas, que fueron especialmente intensas durante la noche, despertando con frecuencia a los habitantes de Mazo, Fuencaliente y los pueblos del valle de Aridane.
En 1938 se repitieron con períodos de relativa tranquilidad hasta el 22 de febrero de 1939, en que fueron sentidos en toda la Isla, aunque se localizaron con más fuerza en el Sur, sobre todo en Fuencaliente, donde se produjeron pequeñas grietas. Del 23 de febrero al 4 de marzo continuaron los movimientos, aunque de poca intensidad.
El 7 de marzo se sintió uno muy fuerte, de tres segundos de duración, que causó daños materiales, agrietándose algunas casas y las paredes del faro de Fuencaliente, lo que provocó el desplome posterior de algunos trozos del edificio. El torreón tenía uno de los hierros de la armadura bastante oxidado, lo que favoreció su desplome, produciéndose, además, desprendimientos de riscos costeros y en las medianías, hasta el punto de que desde Los Quemados los vecinos vieron una nube baja de color ocre formada por el polvo de los desprendimientos. Los habitantes de Los Canarios y partes altas de Las Indias y Los Quemados dijeron que los temblores se percibían con mayor intensidad en los terrenos altos que en la costa.
El 11 de marzo, poco después de la una de la tarde, se sintió un temblor muy fuerte, de cuatro segundos, que provocó el hundimiento de cuevas, así como el derrumbe de algunas bodegas y paredes mal construidas y al oeste del cráter del volcán de San Antonio se abrió una grieta. El eje de transmisión del faro se dobló y quedó inutilizado, por lo que el personal técnico procedió a desmontar la óptica e instaló en su lugar un fanal fijo. A partir de entonces, los movimientos sísmicos se fueron intensificando hasta el 23 de junio de 1949, unas horas antes del inicio de la nueva erupción.
"Cuando el volcán -relata Manuel Gorgonio Martín Pérez-, la tierra venía moviéndose desde hacía días y nadie sabía por donde iba a reventar. Yo estaba en la cumbre en una remate de madera, cerca de donde reventó, con Olivo y Luis de Sotero y a media mañana del 24 de junio, que era el día de San Juan, empezaron las piedras a volar en la cumbre y a caer por la ladera, que dejamos allí mismo la madera, y salimos corriendo con una yunta, entre estampidos que daban miedo".
Había comenzado la historia de un nuevo volcán en La Palma. El día amaneció despejado y luminoso. Durante la madrugada había continuado la actividad sísmica y al amanecer fueron aún más intensos, siendo percibidos en El Paso y Los Llanos de Aridane y en las localidades de Las Manchas y Jedey, así como en Fuencaliente y en Mazo y las Breñas, en la vertiente oriental.
Testigos presenciales que se encontraban en la cumbre manifestaron que coincidiendo con la intensidad de los temblores de tierra se abrían grandes grietas que se alargaban y ensanchaban en las proximidades de la montaña de El Duraznero, con deslizamientos y corrimientos de tierras y emanaciones gaseosas con olores de azufre y gases sulfhídricos, mientras en las inmediaciones de montaña Pelada (1.853 m.) se escuchaban intensos ruidos subterráneos.
Precedida por fuertes convulsiones en el suelo y ruidos que parecían desgarrarse desde el fondo, hacia las ocho y media de la mañana del día de San Juan, la tierra abrió sus entrañas en la Cumbre Vieja después de una pequeña explosión en el terreno, entre las montañas de El Duraznero, Los Lajiones, Montaña Pelada y Nambroque.
Los primeros testigos en advertir el nacimiento del nuevo volcán fueron dos jóvenes y un guarda-jurado de la Asociación de Cazadores. Los dos primeros se encontraban recogiendo pinocha a unos 200 metros de la montaña de El Duraznero, cuando oyeron en el suelo un profundo, intenso y prolongado ruido de la tierra del que quedaron sorprendidos y dudaron creer, por lo que trataron de averiguar en los alrededores la causa de su curiosidad y su sorpresa fue tremenda cuando vieron salir una columna de humo negro entre los restos de las neblinas matinales, por lo que salieron corriendo hacia sus casas para contar a los suyos lo que habían visto.
El tercer testigo fue Antonio González Rodríguez, guarda-jurado de la Asociación de Cazadores en la zona Sur de la Isla. Este hombre advirtió a la misma hora, de que se había producido una pequeña explosión, seguida de una salida de humo que, según creía, parecía "como si fuera del incendio de algún tronco de pino", por lo que en un principio no le dio gran importancia.
Hacia las diez y media de la mañana, encontrándose el testigo en la montaña de Enrique, observó que en el lugar donde se había producido la explosión se elevaba una columna de humo mayor y más densa, lo cual, según sus palabras, le hizo sospechar que pudiera tratarse "de algo así como un volcán", por lo que acudió al Ayuntamiento de El Paso para informar al alcalde, Antonio Pino Pérez, de lo que había visto.
A las 11 de la mañana, la columna de humo negro se había vuelto inmensa y ofrecía un majestuoso espectáculo, que fue apreciado por mucha gente de la comarca de Aridane, y aun de otras partes de la Isla. A esa hora los fieles salían de la iglesia de El Paso después de la celebración de la función religiosa, por lo que contemplaron desde la plaza el nacimiento del nuevo volcán. Los cálculos iniciales cifraban en "unos dos mil metros" la altura de la espesa columna de humo que brotaba desde las montañas de la crestería insular.
Desde mediodía, grupos de personas en camiones, guaguas y algunos coches se dirigieron hasta El Refugio y desde allí, a pie, y después de hora y media de camino, los más atrevidos llegaron hasta las proximidades del primer cráter, por lo cual fueron varios los testigos presenciales de las primeras horas.
La densa columna de humo negro brotaba impulsada por explosiones sucesivas y arrastraba polvo fino, cenizas, arenas calcinadas, lapilli y lava fragmentada, acompañada de grandes ruidos subterráneos, en una boca a la que inicialmente se le calculó unos 20 metros de diámetro y que arrojaba una gran cantidad de piedras y cenizas, apreciándose grandes grietas en los terrenos colindantes. El personal técnico detectó a primeras horas de la tarde la existencia de otras dos bocas de fuego, próximas a las primeras, que vomitaban piedras incandescentes.
La noticia corrió rápidamente por toda la Isla y el telégrafo se ocupó de transmitirla al resto del mundo. Había nacido un nuevo volcán en una fecha muy señalada, festividad de San Juan, de ahí el hagiónimo designado para su bautizo, aunque también se emplearon los nombres de Nambroque, Hoyo Negro, Las Manchas y El Duraznero.
En la mañana del día 24, después de que se comprobó la situación detectada en la cumbre de la Isla, el alcalde de El Paso, Antonio Pino Pérez, llamó por teléfono al delegado del Gobierno, Fernando del Castillo Olivares, para informarle de los hechos y le trasladó la impresión, confirmada sobre las 11 de la mañana, de que se trataba de un volcán.
Los alcaldes y algunos concejales de los municipios del valle se trasladaron rápidamente a los poblados de Las Manchas, Jedey y Los Charcos, al entender que eran las poblaciones que corrían peligro por su situación geográfica en relación con la localización del foco inicial, comprobando a su paso por la carretera general del Sur la caída de cenizas, por lo que, pese al desconocimiento de los momentos iniciales, tranquilizaron como mejor pudieron a la población acerca de la magnitud del fenómeno.
El delegado del Gobierno y presidente del Cabildo, Fernando del Castillo Olivares y Van de Walle, en unión de otras autoridades y los alcaldes de los municipios afectados, se trasladó al valle de Aridane y dispuso la adopción inicial de todas las medidas posibles para que, en caso de urgencia, se pudiera prestar la ayuda necesaria a los vecinos de la zona amenazada.
Desde el primer momento de la erupción, el delegado del Gobierno designó a un grupo de observadores para que siguieran cuidadosamente la evolución de los acontecimientos que se sucedían en la Cumbre Vieja. Las cuadrillas las formaron miembros de la Guardia Civil, Guardia Forestal y grupos de vecinos voluntarios conocedores del terreno, lo que facilitó mucho el trabajo de los diferentes equipos, de los que eran responsables directos cada uno de los alcaldes.
Fernando del Castillo informó de los hechos por teléfono al gobernador civil de la provincia, Emilio de Aspe Vaamonde, quien, al mismo tiempo, se puso en contacto con el ministro de la Gobernación, Blas Pérez González y le detalló los acontecimientos que se estaban produciendo en su Isla natal, haciéndolo así todos los días hasta que el político llegó a la Isla.
La noticia de la erupción del volcán adquirió tintes alarmistas en las informaciones de algunos medios extranjeros, entre ellos el periódico venezolano Últimas Noticias, que deformó la realidad de los hechos en los siguientes términos: "Huyen aterrorizados de las Islas Canarias millares de personas por erupción de volcanes y temblores.
"Santa Cruz de Tenerife, junio 25. UP. Los temblores y las erupciones volcánicas estremecieron hoy a la diminuta isla de La Palma, mientras que los aldeanos aterrorizados preparábanse a huir por la vía marítima. Dos pequeños cráteres vomitaron cenizas y piedras candentes destruyendo los árboles. Simultáneamente los temblores abrían en la tierra largas hendiduras de donde salían gases sulfúricos, mientras que se escuchaban estruendos subterráneos. Las ambulancias de la Cruz Roja y guardias civiles se mantienen vigilantes para ayudar a los aldeanos en caso de que la lava caliente se aproxime a las poblaciones. Los cráteres activos están ubicados en las aldeas de El Paso y Fuego Caliente".
El periódico tinerfeño El Día, que reprodujo la información, apostillaba lo siguiente en una nota de la Redacción:
"Es de lamentar la divulgación de estas noticias que, sobre bases totalmente falsas y por un afán sensacionalista, pueden llevar al ánimo de millares de compatriotas nuestros en tierras americanas, la más viva incertidumbre".
En la tarde del 26 de junio, el capitán general de Canarias, Francisco García Escámez, sobrevoló la zona del volcán a bordo de un avión militar Junkers 52 (T2-80), pilotado por el comandante Rafael López Sáez. El avión despegó del aeropuerto de Los Rodeos y evolucionó varias veces sobre la zona del volcán a una altura de unos 2.500 metros. Las malas condiciones atmosféricas, debido a la neblina y la lluvia existente, así como a la inmensa columna de humo que salía del cráter de El Duraznero, imposibilitaron la visibilidad necesaria para una buena observación.
En las declaraciones que hizo a los periodistas a la vuelta del viaje, el general dijo que la columna de humo envolvió casi siempre al avión y estimaba que alcanzaba una altura de unos 4.000 metros y que se extendía en dirección Sur, con una longitud superior a los 100 kilómetros, mostrando un color terroso.
En El Paso, las fiestas del Sagrado Corazón y en Los Llanos, las de Nuestra Señora de los Remedios, que comenzaban en estos días, se vieron adornadas por la luminaria pirotecnia del volcán y el suceso acaparó la máxima atención del pueblo palmero. Unos, en vehículos particulares y la mayoría en camiones, se desplazaron hasta Las Manchas y El Time para presenciar un espectáculo tan singular como inolvidable.
LAS MANCHAS
Al pueblo de Las Manchas, que sufrió la furia del volcán
esde octubre de 1712, en que se produjo la erupción del volcán de El Charco y hasta junio de 1949, transcurrieron 237 años de tranquilidad en la historia volcánica de La Palma. Fue un largo período de tiempo en comparación con los intermedios de las cuatro anteriores erupciones, en las que mediaron 61 años entre los volcanes de Tihuya y Tigalate; 31 años entre éste y el de San Antonio; y otros 35 años con el de El Charco, respectivamente.
Los primeros indicios de una cierta inestabilidad datan de 1936 y 1939, época a partir de la cual se fueron repitiendo movimientos sísmicos con un período variable a lo largo de casi 13 años, para que la población pensara en serio en la posibilidad de un nuevo volcán, sobre todo después de las visitas de algunos geólogos y las noticias aparecidas en la prensa, lo que hacía confirmar las apreciaciones que se tenían de que algo estaba sucediendo en las profundidades de la Isla, pese a que entonces no existía ni un modesto observatorio sismográfico.
En julio de 1936, el ingeniero Luis Cadarso, director del Observatorio Sismológico de Málaga, hizo un registro macrosísmico y detectó en La Palma dos temblores de cierta intensidad, que fueron sentidos por la mayoría de los habitantes de la Isla, lo cual, a partir de entonces, fue considerado como el punto de partida de los fenómenos precursores más inmediatos de la erupción de 1949.
Un año después se produjeron también fuertes sacudidas, que fueron especialmente intensas durante la noche, despertando con frecuencia a los habitantes de Mazo, Fuencaliente y los pueblos del valle de Aridane.
En 1938 se repitieron con períodos de relativa tranquilidad hasta el 22 de febrero de 1939, en que fueron sentidos en toda la Isla, aunque se localizaron con más fuerza en el Sur, sobre todo en Fuencaliente, donde se produjeron pequeñas grietas. Del 23 de febrero al 4 de marzo continuaron los movimientos, aunque de poca intensidad.
El 7 de marzo se sintió uno muy fuerte, de tres segundos de duración, que causó daños materiales, agrietándose algunas casas y las paredes del faro de Fuencaliente, lo que provocó el desplome posterior de algunos trozos del edificio. El torreón tenía uno de los hierros de la armadura bastante oxidado, lo que favoreció su desplome, produciéndose, además, desprendimientos de riscos costeros y en las medianías, hasta el punto de que desde Los Quemados los vecinos vieron una nube baja de color ocre formada por el polvo de los desprendimientos. Los habitantes de Los Canarios y partes altas de Las Indias y Los Quemados dijeron que los temblores se percibían con mayor intensidad en los terrenos altos que en la costa.
El 11 de marzo, poco después de la una de la tarde, se sintió un temblor muy fuerte, de cuatro segundos, que provocó el hundimiento de cuevas, así como el derrumbe de algunas bodegas y paredes mal construidas y al oeste del cráter del volcán de San Antonio se abrió una grieta. El eje de transmisión del faro se dobló y quedó inutilizado, por lo que el personal técnico procedió a desmontar la óptica e instaló en su lugar un fanal fijo. A partir de entonces, los movimientos sísmicos se fueron intensificando hasta el 23 de junio de 1949, unas horas antes del inicio de la nueva erupción.
"Cuando el volcán -relata Manuel Gorgonio Martín Pérez-, la tierra venía moviéndose desde hacía días y nadie sabía por donde iba a reventar. Yo estaba en la cumbre en una remate de madera, cerca de donde reventó, con Olivo y Luis de Sotero y a media mañana del 24 de junio, que era el día de San Juan, empezaron las piedras a volar en la cumbre y a caer por la ladera, que dejamos allí mismo la madera, y salimos corriendo con una yunta, entre estampidos que daban miedo".
Había comenzado la historia de un nuevo volcán en La Palma. El día amaneció despejado y luminoso. Durante la madrugada había continuado la actividad sísmica y al amanecer fueron aún más intensos, siendo percibidos en El Paso y Los Llanos de Aridane y en las localidades de Las Manchas y Jedey, así como en Fuencaliente y en Mazo y las Breñas, en la vertiente oriental.
Testigos presenciales que se encontraban en la cumbre manifestaron que coincidiendo con la intensidad de los temblores de tierra se abrían grandes grietas que se alargaban y ensanchaban en las proximidades de la montaña de El Duraznero, con deslizamientos y corrimientos de tierras y emanaciones gaseosas con olores de azufre y gases sulfhídricos, mientras en las inmediaciones de montaña Pelada (1.853 m.) se escuchaban intensos ruidos subterráneos.
Precedida por fuertes convulsiones en el suelo y ruidos que parecían desgarrarse desde el fondo, hacia las ocho y media de la mañana del día de San Juan, la tierra abrió sus entrañas en la Cumbre Vieja después de una pequeña explosión en el terreno, entre las montañas de El Duraznero, Los Lajiones, Montaña Pelada y Nambroque.
Los primeros testigos en advertir el nacimiento del nuevo volcán fueron dos jóvenes y un guarda-jurado de la Asociación de Cazadores. Los dos primeros se encontraban recogiendo pinocha a unos 200 metros de la montaña de El Duraznero, cuando oyeron en el suelo un profundo, intenso y prolongado ruido de la tierra del que quedaron sorprendidos y dudaron creer, por lo que trataron de averiguar en los alrededores la causa de su curiosidad y su sorpresa fue tremenda cuando vieron salir una columna de humo negro entre los restos de las neblinas matinales, por lo que salieron corriendo hacia sus casas para contar a los suyos lo que habían visto.
El tercer testigo fue Antonio González Rodríguez, guarda-jurado de la Asociación de Cazadores en la zona Sur de la Isla. Este hombre advirtió a la misma hora, de que se había producido una pequeña explosión, seguida de una salida de humo que, según creía, parecía "como si fuera del incendio de algún tronco de pino", por lo que en un principio no le dio gran importancia.
Hacia las diez y media de la mañana, encontrándose el testigo en la montaña de Enrique, observó que en el lugar donde se había producido la explosión se elevaba una columna de humo mayor y más densa, lo cual, según sus palabras, le hizo sospechar que pudiera tratarse "de algo así como un volcán", por lo que acudió al Ayuntamiento de El Paso para informar al alcalde, Antonio Pino Pérez, de lo que había visto.
A las 11 de la mañana, la columna de humo negro se había vuelto inmensa y ofrecía un majestuoso espectáculo, que fue apreciado por mucha gente de la comarca de Aridane, y aun de otras partes de la Isla. A esa hora los fieles salían de la iglesia de El Paso después de la celebración de la función religiosa, por lo que contemplaron desde la plaza el nacimiento del nuevo volcán. Los cálculos iniciales cifraban en "unos dos mil metros" la altura de la espesa columna de humo que brotaba desde las montañas de la crestería insular.
Desde mediodía, grupos de personas en camiones, guaguas y algunos coches se dirigieron hasta El Refugio y desde allí, a pie, y después de hora y media de camino, los más atrevidos llegaron hasta las proximidades del primer cráter, por lo cual fueron varios los testigos presenciales de las primeras horas.
La densa columna de humo negro brotaba impulsada por explosiones sucesivas y arrastraba polvo fino, cenizas, arenas calcinadas, lapilli y lava fragmentada, acompañada de grandes ruidos subterráneos, en una boca a la que inicialmente se le calculó unos 20 metros de diámetro y que arrojaba una gran cantidad de piedras y cenizas, apreciándose grandes grietas en los terrenos colindantes. El personal técnico detectó a primeras horas de la tarde la existencia de otras dos bocas de fuego, próximas a las primeras, que vomitaban piedras incandescentes.
La noticia corrió rápidamente por toda la Isla y el telégrafo se ocupó de transmitirla al resto del mundo. Había nacido un nuevo volcán en una fecha muy señalada, festividad de San Juan, de ahí el hagiónimo designado para su bautizo, aunque también se emplearon los nombres de Nambroque, Hoyo Negro, Las Manchas y El Duraznero.
En la mañana del día 24, después de que se comprobó la situación detectada en la cumbre de la Isla, el alcalde de El Paso, Antonio Pino Pérez, llamó por teléfono al delegado del Gobierno, Fernando del Castillo Olivares, para informarle de los hechos y le trasladó la impresión, confirmada sobre las 11 de la mañana, de que se trataba de un volcán.
Los alcaldes y algunos concejales de los municipios del valle se trasladaron rápidamente a los poblados de Las Manchas, Jedey y Los Charcos, al entender que eran las poblaciones que corrían peligro por su situación geográfica en relación con la localización del foco inicial, comprobando a su paso por la carretera general del Sur la caída de cenizas, por lo que, pese al desconocimiento de los momentos iniciales, tranquilizaron como mejor pudieron a la población acerca de la magnitud del fenómeno.
El delegado del Gobierno y presidente del Cabildo, Fernando del Castillo Olivares y Van de Walle, en unión de otras autoridades y los alcaldes de los municipios afectados, se trasladó al valle de Aridane y dispuso la adopción inicial de todas las medidas posibles para que, en caso de urgencia, se pudiera prestar la ayuda necesaria a los vecinos de la zona amenazada.
Desde el primer momento de la erupción, el delegado del Gobierno designó a un grupo de observadores para que siguieran cuidadosamente la evolución de los acontecimientos que se sucedían en la Cumbre Vieja. Las cuadrillas las formaron miembros de la Guardia Civil, Guardia Forestal y grupos de vecinos voluntarios conocedores del terreno, lo que facilitó mucho el trabajo de los diferentes equipos, de los que eran responsables directos cada uno de los alcaldes.
Fernando del Castillo informó de los hechos por teléfono al gobernador civil de la provincia, Emilio de Aspe Vaamonde, quien, al mismo tiempo, se puso en contacto con el ministro de la Gobernación, Blas Pérez González y le detalló los acontecimientos que se estaban produciendo en su Isla natal, haciéndolo así todos los días hasta que el político llegó a la Isla.
La noticia de la erupción del volcán adquirió tintes alarmistas en las informaciones de algunos medios extranjeros, entre ellos el periódico venezolano Últimas Noticias, que deformó la realidad de los hechos en los siguientes términos: "Huyen aterrorizados de las Islas Canarias millares de personas por erupción de volcanes y temblores.
"Santa Cruz de Tenerife, junio 25. UP. Los temblores y las erupciones volcánicas estremecieron hoy a la diminuta isla de La Palma, mientras que los aldeanos aterrorizados preparábanse a huir por la vía marítima. Dos pequeños cráteres vomitaron cenizas y piedras candentes destruyendo los árboles. Simultáneamente los temblores abrían en la tierra largas hendiduras de donde salían gases sulfúricos, mientras que se escuchaban estruendos subterráneos. Las ambulancias de la Cruz Roja y guardias civiles se mantienen vigilantes para ayudar a los aldeanos en caso de que la lava caliente se aproxime a las poblaciones. Los cráteres activos están ubicados en las aldeas de El Paso y Fuego Caliente".
El periódico tinerfeño El Día, que reprodujo la información, apostillaba lo siguiente en una nota de la Redacción:
"Es de lamentar la divulgación de estas noticias que, sobre bases totalmente falsas y por un afán sensacionalista, pueden llevar al ánimo de millares de compatriotas nuestros en tierras americanas, la más viva incertidumbre".
En la tarde del 26 de junio, el capitán general de Canarias, Francisco García Escámez, sobrevoló la zona del volcán a bordo de un avión militar Junkers 52 (T2-80), pilotado por el comandante Rafael López Sáez. El avión despegó del aeropuerto de Los Rodeos y evolucionó varias veces sobre la zona del volcán a una altura de unos 2.500 metros. Las malas condiciones atmosféricas, debido a la neblina y la lluvia existente, así como a la inmensa columna de humo que salía del cráter de El Duraznero, imposibilitaron la visibilidad necesaria para una buena observación.
En las declaraciones que hizo a los periodistas a la vuelta del viaje, el general dijo que la columna de humo envolvió casi siempre al avión y estimaba que alcanzaba una altura de unos 4.000 metros y que se extendía en dirección Sur, con una longitud superior a los 100 kilómetros, mostrando un color terroso.
En El Paso, las fiestas del Sagrado Corazón y en Los Llanos, las de Nuestra Señora de los Remedios, que comenzaban en estos días, se vieron adornadas por la luminaria pirotecnia del volcán y el suceso acaparó la máxima atención del pueblo palmero. Unos, en vehículos particulares y la mayoría en camiones, se desplazaron hasta Las Manchas y El Time para presenciar un espectáculo tan singular como inolvidable.
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domingo, 1 de agosto de 2004
Lo que el volcán se llevó
Juan Carlos Díaz Lorenzo
Los Llanos de Aridane
El reparto de la ayuda no llegó por igual a todos los necesitados, algunos de los cuales pasaron calamidades
Concluimos hoy la serie de reportajes que hemos venido publicando en las últimas semanas referidos al 55 aniversario de la erupción del volcán de San Juan. Y lo hacemos incorporando los testimonios de dos vecinos de Las Manchas, José Expósito Pérez y su esposa, Juana Camacho García, que lo perdieron todo tras el paso de la lava.
A pesar del tiempo transcurrido, la memoria triste de estas dos personas octogenarias sigue intacta como si se tratara de los primeros momentos.
En la madrugada del 8 de julio de 1949 comenzó la salida de la lava desde la fractura del llano del Banco. Al amanecer era claramente visible el enorme peligro que se cernía sobre el barrio de Las Manchas, adonde fueron llegando las autoridades insulares.
El primer teniente de alcalde de El Paso, Miguel Jurado Serrano, en nombre de la alcaldía, dio órdenes de movilizar a todos los camiones del municipio y pidió ayuda a los alcaldes de Los Llanos de Aridane y Tazacorte. Con la colaboración de los propios vecinos, así como de otros venidos de los pueblos colindantes, las fuerzas de la Guardia Civil y las tropas del Batallón de Infantería La Palma nº 29, destacadas en Argual, evacuaron todo lo que quedaba en tiendas de comestibles, casas, lagares, puertas, ventanas, tejas y maderas aprovechables, muebles de las escuelas, las imágenes religiosas y ornamentos de la ermita de San Nicolás, la madera almacenada en el cargadero y los animales domésticos que aún se encontraban en la zona.
La movilización fue rápida y se realizó en camiones, guaguas, coches y carros tirados por bestias, lo que permitió salvar numerosos enseres, formándose una larga caravana en dirección a Los Llanos de Aridane y El Paso, donde ya se encontraban evacuadas más de un millar de personas desde hacía varios días, debido a los daños causados en las viviendas por los temblores de tierra. Los nuevos desplazados fueron alojados en colegios, almacenes de empaquetado de plátanos y casas particulares de los vecinos del valle de Aridane.
Poco después de que el primer teniente de alcalde de El Paso diera la orden de evacuación, llegaron las autoridades insulares y los geólogos Juan María Bonelli Rubio y Simón Benítez Padilla, así como los alcaldes de Mazo y Fuencaliente, con vehículos y vecindario dispuestos a cooperar en todo lo que fuera posible.
Testigos de los acontecimientos en Las Manchas dicen que dos hermanos, conocidos por el apodo de "los abejones", se encerraron en su casa cuando vieron venir la lava, porque pensaban que con ellos dentro pasaría de largo. La gente les gritaba para que se echaran fuera, pero ellos no hacían caso, por lo que tuvo que intervenir la Guardia Civil y los sacó a empujones.
Recuerdos tristes
El recorrido de la lava iba dejando una huella impresionante en la destrucción de casas, bodegas, pajeros, fincas y viñedos. Los testigos coinciden en afirmar que era una tristeza muy grande para quienes perdieron sus casas y propiedades, aunque para los demás aquello era un espectáculo inenarrable. La gente venía a ver el paso de la lava desde todas partes de la Isla. La Guardia Civil tenía que esforzarse en alejar a los curiosos del paso de la corriente de fuego, que iba avanzando lenta pero inexorablemente hacia el mar.
"Los recuerdos que tengo del volcán son tristes", comienza diciendo José Expósito Pérez (1919). "Estábamos durmiendo en una chabola, encima de una huerta, cuando llegan diciendo que el fuego estaba llegando a Bernal. Yo estaba acostado, pues además me encontraba enfermo. ¿Cómo va a ver eso, si ya estaba todo quemado? Eso no puede ser. Me levanto y se veía el fuego por ahí para abajo y en eso ya estaba aquí la Guardia Civil y la gente en la carretera. En fin, resulta que era la lava. La gente se alborotó y empezaron a llegar camiones. Por cierto, el primero que llegó cargó en mi casa. Se fue la mujer y la chica y yo me quedé. Deja ver. Con que luego, más tarde, llegó otro camión y cargó en casa de María, mi cuñada, y el volcán que venía llegando ahí mismo. Cuando llegó vi cómo se llevó la casa de mi cuñada, y digo, ahorita se lleva la mía. Pero ese día no se la llevó. Se la llevó al otro día. Hasta que no se la llevó, yo no salí de ella. Yo estaba sin comer, mejor dicho, yo no había comido nada. Y al otro día, cuando se la llevó, yo dije: aquí no hago nada, ya no tengo nada. Me voy".
"Entonces -prosigue- no sabía dónde estaba mi mujer. Cogí una bicicleta que tenía y salí por ahí abajo averiguando adónde había ido a parar y me dijeron que estaba en Los Llanos, en la casa de Mariano Nazco. Y, sí, fui y di con ella. Aquí quedó el ganado y cuando volví, unos se habían llevado las cabras para un lado, otros un cochino que tenía para otro, ¡qué sé yo! Y yo enfermo, sin un duro, sin casa y sin nada. Así que ese es el recuerdo que yo tengo del volcán".
"Y gracias que el que tenía el comercio y la molina, uno que le decían Julín, hijo de Julián Simón, allí era donde nosotros cogíamos las raciones. Pero yo, como no tenía ni un duro, pues no iba a buscarlas, porque yo me decía, dentro de poco ya no me las dan. Y es que ya le debía dinero. Un día me mandó una carta y yo pensé, esto es pidiéndome lo que le debo. Pero fue al revés. Era para mandarme dinero y que fuera a recoger las raciones. Hubo gente que se portó muy bien con nosotros".
Penurias y trabajos
"De toda aquella ayuda que prometieron -concluye-, no dieron nada o dieron muy poco. Las casas que se llevó el volcán no las pagaron. El terreno que se me llevó lo valoraron en 5.500 pesetas. Y luego, al fin, lo que me dieron fue 1.100 pesetas con cinco céntimos, y haciéndome ir a cada rato a Los Llanos, diciendo que si la casa la iban a hacer aquí, que si la iban a hacer allá. Y, al fin, no hicieron nada. Lo único que sí hicieron, apenas yo empecé a hacer ésta, es que todavía no la había terminado cuando ya me habían puesto la contribución. Esa fue la única ayuda que tuve. Así que eso es lo que yo le puedo contar. Todavía, y mire el tiempo que ha pasado, no quiero ni recordarlo".
La memoria de su esposa, Juana Camacho González (1922), a punto de dar a luz a su segundo hijo en aquellos días, conserva una precisión absoluta al evocar los recuerdos de aquellos días azarosos:
"Yo estaba en un trocito de terreno que había más arriba, pues había ido a buscar un cesto de flores de tunos para el cochino y venía bajando. Yo, la verdad, no vi el fuego hasta que llegué a la carretera, donde estaban las higueras del Grajo, cuando oí a la gente con el laberinto de que venía el fuego por ahí para abajo. Y era la lava. Entonces, lo que hice fue recoger las cositas que teníamos, lo que pude y en un saco de carbón que había vacío metí la ropa que tenía en el armario para poderla salvar, porque creía uno que la lava llegaba rápido. En el primer camión salí para Los Llanos".
"A mi hija Sérvula me la llevó Laureana, con el chico de ella, caminando por la carretera y cuando llegué a Los Llanos no la encontré. No sabía para dónde había ido. Enseguida, al desocupar el camión, le pregunté a mamá, que estaba atendiendo a Amelia, que hacía poco había dado a luz, que si Sérvula estaba con ella. No, aquí no me la han dejado. Entonces, en el primer camión que encontré volví otra vez a Las Manchas, a buscar a la chica y estaba en la casa de Gabriel ‘el peludo’. Laureana la tenía allí. Ella nunca había tomado la leche por una taza, sino por el biberón. Las cabras las tenía Regina, que en paz descanse, en su casa, pues las conoció y se las llevó con ella. Yo fui y ordeñé la leche cruda y le di una taza a la chica y era tanta el hambre que tenía que se la comió como si había sido por el biberón".
"Después regresé a Los Llanos y allí estuvimos un tiempo. Cuando supe que el volcán se había llevado la casa me dio un gran susto y un gran disgusto. ¡Dios mío, qué cosa más grande! Poco se podía pasar entonces por aquí, porque eso estaba que ardía todavía. Entonces, las guaguas ya llegaban a un lado y al otro de donde pasó la lava. Al poco tiempo di a luz en el hospital de La Palma, donde me atendieron muy bien. Incluso muchas señoras de allí me dieron ropas para el recién nacido. Volví derecha a Los Llanos, me acuerdo que fui en el coche de Gabriel ‘el de la guagua’, que no tenía puertas por los lados ni nada. Yo llegué tullida, que no podía conmigo. Los vecinos de Los Llanos se portaron muy bien con nosotros".
"En septiembre -prosigue-, cuando fueron a abrir las escuelas, nos echaron fuera. Entonces vinimos para un pajerito que está por encima del cementerio, que era de una tía que estaba en Cuba. Cuando llegó el invierno, llovió y se nos mojó la cajita del gofio, se nos mojaron los higos pasados, se nos mojó el camarote donde dormíamos; sólo el chico fue el único que no se mojó por la noche, porque lo abrigué conmigo. La chica, que entonces tenía tres años, sí se mojó todita y mi marido y yo también nos mojamos".
"De allí salimos para la casa de Juanito ‘el de Paula’ y allí estuvimos unos cuantos meses. Entonces mi marido intentó hacer un pajerito, un sitio donde uno meterse. Y sí, se pudo hacer. Muchos vecinos nos dieron los peones, Andrés ‘el de Idilia’, Pepe ‘el de Marta’, en fin, entre todos ellos nos perdonaron algunos jornales. Hicimos el pajerito de un agua y cuando nos metimos dentro nos parecía que éramos ricos, cuando por fin entramos dentro de lo nuestro. Después, decían que compráramos el solar para hacer la casa. Incluso vendí un fisco de dote para comprar este solar, porque lindaba con la casa nuestra y lo compramos a toda prisa, porque querían hacer las casas. Y si hubiera sido por ellos, todavía estaríamos esperando. Así que sí pasamos trabajos. Y mi marido enfermo, con una pierna mala. En 1951 estuvo ingresado una temporada en el hospital de La Palma para operarse de la pierna. Fíjese los recursos que nos quedarían, con él sin poder trabajar, con los dos hijos chicos, en manos de la caridad de los vecinos y de alguna limosna que me hacían".
"Un día -concluye el relato-, saliendo de la molina, Julín me llamó para atrás. Me dio un sobrito y yo no lo abrí. Llegué a casa y le dije a Pepe: Esto es para pedirte el dinero de las raciones. Pues no. Era que le mandaba dinero, porque sabía que estaba enfermo, para que fuéramos a recoger las raciones para poder comer. Y, la verdad, ese hombre, ¡Dios lo tenga en la gloria!, fue muy bueno para nosotros".
Reparto desigual. La ayuda económica y material que llegó a La Palma, a pesar de la buena voluntad de muchas personas y de las instituciones de entonces, principalmente del Cabildo Insular, no se repartió por igual, por lo que hubo personas que pasaron verdadera necesidad y consiguieron escapar gracias a la generosidad de sus vecinos y de personas anónimas impresionadas por lo que estaban viviendo.
A instancias del ministro de la Gobernación, Blas Pérez González, una comisión de técnicos del Instituto Nacional de Colonización emprendió viaje a La Palma, con la finalidad de ver la posibilidad de adquirir una o dos fincas de grandes dimensiones que podían ser parceladas y donadas a los agricultores que habían perdido sus propiedades al quedar sepultadas por la lava.
Otra comisión de la Dirección General de Regiones Devastadas vino con la misión de atender la reconstrucción de todas las viviendas que habían resultado destruidas o con graves daños por la lava o los temblores de tierra.
De las personas evacuadas, niños, adolescentes y adultos, una parte fueron a Santa Cruz de La Palma y se alojaron durante varios días en casas particulares ofrecidas por sus habitantes. Los que necesitaron cuidados médicos fueron ingresados en el Hospital de Dolores, donde recibieron las atenciones que requerían.
El doctor Amílcar Morera Bravo realizó más de cuarenta intervenciones quirúrgicas. Los médicos de la isla, tanto de medicina general como especialistas, atendieron cientos de consultas de los evacuados.
Cuando la erupción llegó al final y el brazo de lava se había solidificado, aunque todavía en su interior mantenía temperaturas elevadas, "ya son varias las personas que han atravesado de un lado a otro de la corriente lávica, si bien esto debe considerarse aún como un arriesgado y peligroso intento, pues todavía es necesario esperar muchos días a que se enfríe totalmente el brazo de lava para dar comienzo a los trabajos tendentes a poner nuevamente en servicio la carretera general en el tramo donde fue cortada por la corriente ígnea".
La autoridad, al tener conocimiento de que, en efecto, muchos vecinos de Las Manchas y Jedey evacuados en el valle de Aridane habían pasado a "la zona oriental" cruzando el volcán, "lo que encierra grave peligro por las posibles explosiones por expulsiones de gases, que constantemente se registran en todo aquel sector", prohibió terminantemente que nadie circulara sobre el brazo de lava hasta que los técnicos creyeran oportuno autorizarlo.
DIARIO DE AVISOS insistía en este asunto: "Algunos vecinos (...) y que soslayando temerariamente las órdenes de la autoridad han logrado llegar a los lugares donde creen que otrora tuvieron sus casas y sus cultivos, no pueden fijar exactamente los linderos. De tal forma el fenómeno ha cambiado la topografía de aquel sector".
"Se nos dice -prosigue- que son muchas las personas que tanto por los lugares de Las Manchas, por donde corrió la lava, como por el barranco de La Jurada, han pasado, sino tan tranquilamente, si un poco deprisa, aunque con manifiesta inconsciencia siempre".
Y es que hubo quienes quemaron la lona de sus alpargatas y se llevaron sustos de muerte cuando pisaban la costra de la lava que todavía estaba caliente.
Los Llanos de Aridane
Concluimos hoy la serie de reportajes que hemos venido publicando en las últimas semanas referidos al 55 aniversario de la erupción del volcán de San Juan. Y lo hacemos incorporando los testimonios de dos vecinos de Las Manchas, José Expósito Pérez y su esposa, Juana Camacho García, que lo perdieron todo tras el paso de la lava.
A pesar del tiempo transcurrido, la memoria triste de estas dos personas octogenarias sigue intacta como si se tratara de los primeros momentos.
En la madrugada del 8 de julio de 1949 comenzó la salida de la lava desde la fractura del llano del Banco. Al amanecer era claramente visible el enorme peligro que se cernía sobre el barrio de Las Manchas, adonde fueron llegando las autoridades insulares.
El primer teniente de alcalde de El Paso, Miguel Jurado Serrano, en nombre de la alcaldía, dio órdenes de movilizar a todos los camiones del municipio y pidió ayuda a los alcaldes de Los Llanos de Aridane y Tazacorte. Con la colaboración de los propios vecinos, así como de otros venidos de los pueblos colindantes, las fuerzas de la Guardia Civil y las tropas del Batallón de Infantería La Palma nº 29, destacadas en Argual, evacuaron todo lo que quedaba en tiendas de comestibles, casas, lagares, puertas, ventanas, tejas y maderas aprovechables, muebles de las escuelas, las imágenes religiosas y ornamentos de la ermita de San Nicolás, la madera almacenada en el cargadero y los animales domésticos que aún se encontraban en la zona.
La movilización fue rápida y se realizó en camiones, guaguas, coches y carros tirados por bestias, lo que permitió salvar numerosos enseres, formándose una larga caravana en dirección a Los Llanos de Aridane y El Paso, donde ya se encontraban evacuadas más de un millar de personas desde hacía varios días, debido a los daños causados en las viviendas por los temblores de tierra. Los nuevos desplazados fueron alojados en colegios, almacenes de empaquetado de plátanos y casas particulares de los vecinos del valle de Aridane.
Poco después de que el primer teniente de alcalde de El Paso diera la orden de evacuación, llegaron las autoridades insulares y los geólogos Juan María Bonelli Rubio y Simón Benítez Padilla, así como los alcaldes de Mazo y Fuencaliente, con vehículos y vecindario dispuestos a cooperar en todo lo que fuera posible.
Testigos de los acontecimientos en Las Manchas dicen que dos hermanos, conocidos por el apodo de "los abejones", se encerraron en su casa cuando vieron venir la lava, porque pensaban que con ellos dentro pasaría de largo. La gente les gritaba para que se echaran fuera, pero ellos no hacían caso, por lo que tuvo que intervenir la Guardia Civil y los sacó a empujones.
Recuerdos tristes
El recorrido de la lava iba dejando una huella impresionante en la destrucción de casas, bodegas, pajeros, fincas y viñedos. Los testigos coinciden en afirmar que era una tristeza muy grande para quienes perdieron sus casas y propiedades, aunque para los demás aquello era un espectáculo inenarrable. La gente venía a ver el paso de la lava desde todas partes de la Isla. La Guardia Civil tenía que esforzarse en alejar a los curiosos del paso de la corriente de fuego, que iba avanzando lenta pero inexorablemente hacia el mar.
"Los recuerdos que tengo del volcán son tristes", comienza diciendo José Expósito Pérez (1919). "Estábamos durmiendo en una chabola, encima de una huerta, cuando llegan diciendo que el fuego estaba llegando a Bernal. Yo estaba acostado, pues además me encontraba enfermo. ¿Cómo va a ver eso, si ya estaba todo quemado? Eso no puede ser. Me levanto y se veía el fuego por ahí para abajo y en eso ya estaba aquí la Guardia Civil y la gente en la carretera. En fin, resulta que era la lava. La gente se alborotó y empezaron a llegar camiones. Por cierto, el primero que llegó cargó en mi casa. Se fue la mujer y la chica y yo me quedé. Deja ver. Con que luego, más tarde, llegó otro camión y cargó en casa de María, mi cuñada, y el volcán que venía llegando ahí mismo. Cuando llegó vi cómo se llevó la casa de mi cuñada, y digo, ahorita se lleva la mía. Pero ese día no se la llevó. Se la llevó al otro día. Hasta que no se la llevó, yo no salí de ella. Yo estaba sin comer, mejor dicho, yo no había comido nada. Y al otro día, cuando se la llevó, yo dije: aquí no hago nada, ya no tengo nada. Me voy".
"Entonces -prosigue- no sabía dónde estaba mi mujer. Cogí una bicicleta que tenía y salí por ahí abajo averiguando adónde había ido a parar y me dijeron que estaba en Los Llanos, en la casa de Mariano Nazco. Y, sí, fui y di con ella. Aquí quedó el ganado y cuando volví, unos se habían llevado las cabras para un lado, otros un cochino que tenía para otro, ¡qué sé yo! Y yo enfermo, sin un duro, sin casa y sin nada. Así que ese es el recuerdo que yo tengo del volcán".
"Y gracias que el que tenía el comercio y la molina, uno que le decían Julín, hijo de Julián Simón, allí era donde nosotros cogíamos las raciones. Pero yo, como no tenía ni un duro, pues no iba a buscarlas, porque yo me decía, dentro de poco ya no me las dan. Y es que ya le debía dinero. Un día me mandó una carta y yo pensé, esto es pidiéndome lo que le debo. Pero fue al revés. Era para mandarme dinero y que fuera a recoger las raciones. Hubo gente que se portó muy bien con nosotros".
Penurias y trabajos
"De toda aquella ayuda que prometieron -concluye-, no dieron nada o dieron muy poco. Las casas que se llevó el volcán no las pagaron. El terreno que se me llevó lo valoraron en 5.500 pesetas. Y luego, al fin, lo que me dieron fue 1.100 pesetas con cinco céntimos, y haciéndome ir a cada rato a Los Llanos, diciendo que si la casa la iban a hacer aquí, que si la iban a hacer allá. Y, al fin, no hicieron nada. Lo único que sí hicieron, apenas yo empecé a hacer ésta, es que todavía no la había terminado cuando ya me habían puesto la contribución. Esa fue la única ayuda que tuve. Así que eso es lo que yo le puedo contar. Todavía, y mire el tiempo que ha pasado, no quiero ni recordarlo".
La memoria de su esposa, Juana Camacho González (1922), a punto de dar a luz a su segundo hijo en aquellos días, conserva una precisión absoluta al evocar los recuerdos de aquellos días azarosos:
"Yo estaba en un trocito de terreno que había más arriba, pues había ido a buscar un cesto de flores de tunos para el cochino y venía bajando. Yo, la verdad, no vi el fuego hasta que llegué a la carretera, donde estaban las higueras del Grajo, cuando oí a la gente con el laberinto de que venía el fuego por ahí para abajo. Y era la lava. Entonces, lo que hice fue recoger las cositas que teníamos, lo que pude y en un saco de carbón que había vacío metí la ropa que tenía en el armario para poderla salvar, porque creía uno que la lava llegaba rápido. En el primer camión salí para Los Llanos".
"A mi hija Sérvula me la llevó Laureana, con el chico de ella, caminando por la carretera y cuando llegué a Los Llanos no la encontré. No sabía para dónde había ido. Enseguida, al desocupar el camión, le pregunté a mamá, que estaba atendiendo a Amelia, que hacía poco había dado a luz, que si Sérvula estaba con ella. No, aquí no me la han dejado. Entonces, en el primer camión que encontré volví otra vez a Las Manchas, a buscar a la chica y estaba en la casa de Gabriel ‘el peludo’. Laureana la tenía allí. Ella nunca había tomado la leche por una taza, sino por el biberón. Las cabras las tenía Regina, que en paz descanse, en su casa, pues las conoció y se las llevó con ella. Yo fui y ordeñé la leche cruda y le di una taza a la chica y era tanta el hambre que tenía que se la comió como si había sido por el biberón".
"Después regresé a Los Llanos y allí estuvimos un tiempo. Cuando supe que el volcán se había llevado la casa me dio un gran susto y un gran disgusto. ¡Dios mío, qué cosa más grande! Poco se podía pasar entonces por aquí, porque eso estaba que ardía todavía. Entonces, las guaguas ya llegaban a un lado y al otro de donde pasó la lava. Al poco tiempo di a luz en el hospital de La Palma, donde me atendieron muy bien. Incluso muchas señoras de allí me dieron ropas para el recién nacido. Volví derecha a Los Llanos, me acuerdo que fui en el coche de Gabriel ‘el de la guagua’, que no tenía puertas por los lados ni nada. Yo llegué tullida, que no podía conmigo. Los vecinos de Los Llanos se portaron muy bien con nosotros".
"En septiembre -prosigue-, cuando fueron a abrir las escuelas, nos echaron fuera. Entonces vinimos para un pajerito que está por encima del cementerio, que era de una tía que estaba en Cuba. Cuando llegó el invierno, llovió y se nos mojó la cajita del gofio, se nos mojaron los higos pasados, se nos mojó el camarote donde dormíamos; sólo el chico fue el único que no se mojó por la noche, porque lo abrigué conmigo. La chica, que entonces tenía tres años, sí se mojó todita y mi marido y yo también nos mojamos".
"De allí salimos para la casa de Juanito ‘el de Paula’ y allí estuvimos unos cuantos meses. Entonces mi marido intentó hacer un pajerito, un sitio donde uno meterse. Y sí, se pudo hacer. Muchos vecinos nos dieron los peones, Andrés ‘el de Idilia’, Pepe ‘el de Marta’, en fin, entre todos ellos nos perdonaron algunos jornales. Hicimos el pajerito de un agua y cuando nos metimos dentro nos parecía que éramos ricos, cuando por fin entramos dentro de lo nuestro. Después, decían que compráramos el solar para hacer la casa. Incluso vendí un fisco de dote para comprar este solar, porque lindaba con la casa nuestra y lo compramos a toda prisa, porque querían hacer las casas. Y si hubiera sido por ellos, todavía estaríamos esperando. Así que sí pasamos trabajos. Y mi marido enfermo, con una pierna mala. En 1951 estuvo ingresado una temporada en el hospital de La Palma para operarse de la pierna. Fíjese los recursos que nos quedarían, con él sin poder trabajar, con los dos hijos chicos, en manos de la caridad de los vecinos y de alguna limosna que me hacían".
"Un día -concluye el relato-, saliendo de la molina, Julín me llamó para atrás. Me dio un sobrito y yo no lo abrí. Llegué a casa y le dije a Pepe: Esto es para pedirte el dinero de las raciones. Pues no. Era que le mandaba dinero, porque sabía que estaba enfermo, para que fuéramos a recoger las raciones para poder comer. Y, la verdad, ese hombre, ¡Dios lo tenga en la gloria!, fue muy bueno para nosotros".
Reparto desigual. La ayuda económica y material que llegó a La Palma, a pesar de la buena voluntad de muchas personas y de las instituciones de entonces, principalmente del Cabildo Insular, no se repartió por igual, por lo que hubo personas que pasaron verdadera necesidad y consiguieron escapar gracias a la generosidad de sus vecinos y de personas anónimas impresionadas por lo que estaban viviendo.
A instancias del ministro de la Gobernación, Blas Pérez González, una comisión de técnicos del Instituto Nacional de Colonización emprendió viaje a La Palma, con la finalidad de ver la posibilidad de adquirir una o dos fincas de grandes dimensiones que podían ser parceladas y donadas a los agricultores que habían perdido sus propiedades al quedar sepultadas por la lava.
Otra comisión de la Dirección General de Regiones Devastadas vino con la misión de atender la reconstrucción de todas las viviendas que habían resultado destruidas o con graves daños por la lava o los temblores de tierra.
De las personas evacuadas, niños, adolescentes y adultos, una parte fueron a Santa Cruz de La Palma y se alojaron durante varios días en casas particulares ofrecidas por sus habitantes. Los que necesitaron cuidados médicos fueron ingresados en el Hospital de Dolores, donde recibieron las atenciones que requerían.
El doctor Amílcar Morera Bravo realizó más de cuarenta intervenciones quirúrgicas. Los médicos de la isla, tanto de medicina general como especialistas, atendieron cientos de consultas de los evacuados.
Cuando la erupción llegó al final y el brazo de lava se había solidificado, aunque todavía en su interior mantenía temperaturas elevadas, "ya son varias las personas que han atravesado de un lado a otro de la corriente lávica, si bien esto debe considerarse aún como un arriesgado y peligroso intento, pues todavía es necesario esperar muchos días a que se enfríe totalmente el brazo de lava para dar comienzo a los trabajos tendentes a poner nuevamente en servicio la carretera general en el tramo donde fue cortada por la corriente ígnea".
La autoridad, al tener conocimiento de que, en efecto, muchos vecinos de Las Manchas y Jedey evacuados en el valle de Aridane habían pasado a "la zona oriental" cruzando el volcán, "lo que encierra grave peligro por las posibles explosiones por expulsiones de gases, que constantemente se registran en todo aquel sector", prohibió terminantemente que nadie circulara sobre el brazo de lava hasta que los técnicos creyeran oportuno autorizarlo.
DIARIO DE AVISOS insistía en este asunto: "Algunos vecinos (...) y que soslayando temerariamente las órdenes de la autoridad han logrado llegar a los lugares donde creen que otrora tuvieron sus casas y sus cultivos, no pueden fijar exactamente los linderos. De tal forma el fenómeno ha cambiado la topografía de aquel sector".
"Se nos dice -prosigue- que son muchas las personas que tanto por los lugares de Las Manchas, por donde corrió la lava, como por el barranco de La Jurada, han pasado, sino tan tranquilamente, si un poco deprisa, aunque con manifiesta inconsciencia siempre".
Y es que hubo quienes quemaron la lona de sus alpargatas y se llevaron sustos de muerte cuando pisaban la costra de la lava que todavía estaba caliente.
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volcán de San Juan
domingo, 25 de julio de 2004
Blas Santos, el párroco del volcán
Juan Carlos Díaz Lorenzo
El Paso
Durante la erupción de 1949, este sacerdote se volcó en ayudar a los sufridos habitantes de Las Manchas.
Desde el comienzo de la erupción del volcán de San Juan, los vecinos de Las Manchas, y en especial los que vivían cerca del barranco de Los Hombres, Jedey y Charco de las Palmeras, encontraron un apoyo constante en el sacerdote Blas Santos Pérez (Villa de Mazo, 1921), párroco de Fuencaliente y de San Nicolás de Bari entre 1948 y 1950.
La gente que vivía en aquellos parajes, ante el peligro que entrañaba vivir en sus casas, varias de las cuales se habían agrietado o desplomado como consecuencia de los fuertes movimientos sísmicos, decidió pernoctar al aire libre y después en unas tiendas de campaña instaladas en las proximidades.
El sacerdote palmero, conocido más tarde como "el párroco del volcán", iba de casa en casa levantando el ánimo a sus moradores, ayudándoles en lo que necesitaban y haciéndoles tener fe en Dios. Retirado de su intensa actividad castrense en otro tiempo, y residente desde hace años en La Laguna, en enero de 2000 hizo unas declaraciones a este autor que están recogidas en el libro El volcán de San Juan. Crónica de una erupción del siglo XX.
"El día del comienzo del volcán -recuerda Blas Santos- yo estaba bautizando en Fuencaliente a un niño llamado Juan López, que es el actual párroco de San Francisco, en Santa Cruz de La Palma. Y así lo anoté en el libro, lo mismo que una boda celebrada aquel día y creo recordar que también un entierro.
El penacho de humo que subía por la cumbre era tremendo, de tal manera que llegó un momento en Fuencaliente en que el sol se eclipsó, no se veía nada. Los movimientos sísmicos fueron aminorando, pero volvían y poco a poco toda aquella actividad fue creciendo".
En Fuencaliente había entonces un solo taxi, que lo tenía Gabriel Hernández, vecino de La Fajana y con él iba y venía a Las Manchas. "Pero hubo un momento en que no podía ser, no podíamos pasar, porque a medida que fueron aumentando los movimientos sísmicos, las piedras caían a la carretera y la Guardia Civil tuvo que intervenir y estableció su cuartel en la casa parroquial. Había un capitán, se llamaba Alfredo, que tenía una moto con sidecar y con él fui bastantes veces de un lado para otro. Aquello se iba poniendo cada vez más feo".
Las preocupaciones de este sacerdote fueron compartidas por el obispo de la diócesis nivariense, monseñor Domingo Pérez Cáceres, que entonces se encontraba postrado en cama aquejado de una enfermedad hepática. Pese a esta circunstancia, el recordado obispo tinerfeño no desaprovechó momento alguno cada día para interesarse por teléfono, a través del sacerdote Blas Santos Pérez, de la evolución de los acontecimientos y de las instrucciones que debía seguir como representante de la Iglesia.
Junto a Blas Santos también colaboró con gran empeño Martín León, que era el concejal de Las Manchas. "El y yo estuvimos continuamente con esta gente donde más falta hacía. Los pajeros se caían, las casas se agrietaban y le dije: ¡Martín, ni una sola persona más dentro de las casas! ¡Salgan todos a las huertas y lo más separados de las paredes! Así lo hicieron y no hubo que lamentar ni un solo herido. Aquello no era suficiente. El sufrimiento era terrible porque las circunstancias lo favorecían, por la inclinación del terreno, la caída de las piedras y el volcán con un ruido infernal, lanzando piedras, cenizas, ruidos profundos, muy profundos, explosiones subterráneas, como si fuera una caldera hirviendo por el barranco de Los Hombres".
"Pasar por la carretera era jugarse la vida. Una cuadrilla de camineros la limpiaba cada vez que podía y hasta tuvieron que dar barrenos para destruir algunas piedras, que eran de gran tamaño. Un día estábamos descansando en la ermita de Santa Cecilia y nos asustamos por la caída de grandes piedras, seguido de un vaho irrespirable a huevos podridos. Conmigo estaba José Francisco Carrillo, que era el delegado del Gobierno en funciones. Él venía todos los días, a ver qué pasaba y cómo estaban las cosas. Al llegar a Jedey, donde vivía Evangelina, le dije que me dejara allí, que yo bajaba caminando por el barranco de Los Hombres. Entonces tenía yo 28 años y saltaba por encima de las piedras".
Pese a las adversidades de la erupción, que estaba causando estragos importantes, Blas Santos y su incondicional amigo y compañero Martín León animaban a las gentes de la zona como mejor podían. El derrumbe del Risco de los Campanarios, en lo alto de Jedey, fue otro de los motivos de especial preocupación.
"Hubo movimientos sísmicos de tal intensidad que provocaron que Los Campanarios se resquebrajaran. Aquello fue imponente y yo pensé que había salido la lava. Debajo hay una ladera y las piedras que bajaron levantaron tal polvareda que hubo momentos en los que no se veía nada y siempre acompañado de fuertes ruidos. Entonces pensé que había que estar preparados para salir de allí lo antes posible.
La gente estaba a la intemperie. Martín y yo –prosigue- recorrimos ese día toda la zona. Los de Falange y otros más habían repartido unas tiendas de campaña, con lo que el problema se solucionó en parte, aunque no podía ser definitivo. ¡Hay que evacuar a la gente! ¡Vamos a salir todos a la carretera, no miren atrás siquiera! Y todo el mundo en silencio, ni un grito, en orden. Los hombres dijeron que se llevaran a las mujeres y a los niños, que ellos se quedaban. Luego volví a Fuencaliente con el capitán de la Guardia Civil. Yo no sé las veces que paramos para apartar las piedras que habían caído a la carretera. Di la misa y volví a Las Manchas.
Yo no había visto la iglesia después del tremendo movimiento sísmico del 2 de julio. Las paredes se habían agrietado. Les dije que iba a celebrar misa y la gente se me quedó mirando: ¿Pero usted va a entrar? Yo, sí. Pues nosotros, también. Diciendo la misa vino otro movimiento fuerte y les dije que no se preocuparan, que la iglesia no se iba a caer. Yo pensé: ¿Y si la iglesia se cae, con el Santísimo y todos nosotros dentro?
En el momento de la consagración, y con la osadía de un joven de 28 años, lanzado a lo que fuera, con una fe inquebrantable, dije: "Señor, si Tú quieres, la iglesia no se cae, y si cae, caerá sobre Ti y todos nosotros. Seguí consagrando. Tranquilo, que no va a pasar nada. Cuando acabó la misa les dije de mi decisión de dejar el Santísimo en su sitio. Yo les dije: ¿Cómo lo vamos a quitar? ¿Adónde acuden ustedes, quién los va ayudar, quién los va a auxiliar, quién? Aquí se queda y voy a organizar un rosario y una adoración perpetua con guardias voluntarias, para que no haya ni un solo momento, en que no haya ni uno de vosotros al lado del Santísimo, donde no se esté rezando el rosario. Y así fue y pasaron los días".
Salida de la lava
"Ya no eran los movimientos sísmicos lo que me preocupaba. Entonces estaba pendiente de la salida de la lava. Los técnicos decían que saldría de un momento a otro. Pensábamos más bien que sería entre Jedey y El Charco, o entre la iglesia y El Charco. Bonelli dijo que creía que fuera muy cerca del Llano del Banco. Se organizaron cuadrillas de vigilancia. Allí estábamos todos y no dormía nadie. Y en la madrugada del 8 de julio, que fue un viernes, aparecieron unos chicos diciendo que arriba había salido fuego. En ese momento me llaman de Fuencaliente para que fuera a administrar el sacramento de la extremaunción a una vecina de Las Caletas. Tardé dos horas en ir allá y otras dos en volver a Las Manchas. A las nueve de la mañana estaba de regreso y todo el mundo estaba alterado.
Cuando vi la lava estaba a algo más de doscientos metros de la ermita. Yo había dicho al señor obispo que no pensaba sacar nada de la iglesia si la lava salía por allí. Yo tenía y tengo mucha confianza y mucha ilusión en Nuestra Señora de Fátima. A Fuencaliente llevé la primera imagen que llegó a La Palma y había organizado entonces muchas procesiones y rogativas.
Cuando llegué estaban allí todas las autoridades. Un chico estaba subido en la espadaña sacando la campana y otro rompiendo el balconcito. ¿Qué están haciendo?, les pregunté. Y me dice el arcipreste, Juan Reyes y otros curas que estaban allí: ¿Pero tú no ves, no comprendes que dentro de un momento la lava va a llegar y se va a llevar todo? Ya hemos evacuado todo. No falta más que el Santísimo. Vamos a ver si podemos salvar el retablo y ya no queda nada más.
Yo estaba subido en un montón de tablas que ponían en la plaza para hacer las verbenas y miré para la lava y vi como un pino se convertía en una antorcha de fuego cuando llegó aquella masa negra. Además de la iglesia, estaba claro que si la lava continuaba por donde venía, Las Manchas iba a desparecer.
Los que estaban al lado mío me decían. ¿Pero a qué esperas? ¿no ves que la lava está ahí mismo? Yo volví mis ojos al Señor, le hablé y le pedí que la salvara. Yo le dije, ahí, donde se detuviera la lava, donde Tú la detengas, yo te prometo que haré un sencillo monumento a la perpetua memoria de Nuestra Señora de Fátima, porque los hombres están convencidos de que esto ya es imposible. Yo me comprometo a ser el adalid tuyo en todas las cosas. Y mientras tanto la gente a mi lado desesperada.
Cuando iba llegando a la puerta de la ermita, en medio de un molote de vecinos, se me acercan unos chicos y me dicen: ¡Señor cura, que el humito se está apagando! Subí rápidamente por el camino y encontré la lava detenida en plena pendiente y aquel día y al día siguiente pasó a más de cien metros de donde está la iglesia. Eran masas enormes convertidas en piedras incandescentes. Y desde esa línea, donde hoy está el monumento de Fátima, no bajó ni una sola piedra".
La lava del volcán desvió su curso arrollador en dirección al Sur y el hecho causó un gran revuelo y júbilo entre todos los presentes, pese al recorrido amenazador de la corriente desde las primeras horas de recorrido cuando comenzó a brotar por la fisura de Llano del Banco.
Conmoción del obispo
En la ciudad de La Laguna, el prelado nivariense, Domingo Pérez Cáceres, se sentía profundamente conmovido por aquellos que vivían entre la intranquilidad de las fuertes sacudidas sísmicas y las explosiones de los cráteres del volcán de San Juan.
"Sus alentadoras palabras de consuelo -escribe Manuel Martel Sangil-, sus plegarias y la bendición apostólica que con su santidad cada día compartía a los fieles, era el sustento espiritual de los hijos de La Palma y de manera especial de aquellos que en todos los momentos del día venían soportando la dura manifestación de tales acontecimientos".
El interés y la especial intervención del obispo Pérez Cáceres con motivo del volcán de San Juan se comparó entonces con la actuación del obispo Bartolomé García Ximénez, en 1677, cuando se produjo la erupción del volcán de San Antonio, en Fuencaliente.
El 10 de julio de 1949, el obispo tinerfeño dispuso que todas las iglesias de la diócesis celebrasen rogativas para invocar el cese del volcán y el alivio de los habitantes de la comarca afectada. Al mismo tiempo, recomendó a todos los párrocos que, a través de las respectivas Juntas de Acción Católica, organizaran colectas para recaudar fondos que permitieran contribuir a remediar, en lo posible, las necesidades de las personas afectadas por la actividad volcánica.
El obispo ratificó entonces el interés que tenía de viajar a La Palma tan pronto como se repusiera de la enfermedad que le aquejaba desde hacía tiempo, para entrar en contacto directo con los fieles de la Isla que veían sufriendo los efectos del volcán con singular resignación.
El 18 de julio se celebró en la ciudad de Los Llanos de Aridane una procesión con las imágenes que se trasladaron desde la ermita de San Nicolás, diez días después de que se viera amenazada por la salida de la lava. En la comitiva figuraban las autoridades locales, la hermandad de la Virgen del Carmen, a la que pertenecían muchas de las personas evacuadas de Las Manchas y la inmensa mayoría de los vecinos del municipio, así como de los otros pueblos del valle de Aridane.
Un mensaje emotivo
"Después de relatar todas estas cosas -concluye Blas Santos-, no puedo menos que dar un testimonio espiritual, claro, terminante y evidente, de lo que realmente sucedió en todo lo relativo al volcán de San Juan. Ese monumento que se levanta ante la masa negra arrolladora y terrible que cambió de dirección, es testimonio viviente de la protección que Ella nos hizo para memoria de generaciones y que La Palma resurgiese al conjuro de su presencia, y que la Iglesia pudiera encontrar el terreno abonado por Ella para llevar a sus hijos y fieles el mensaje verdadero del Evangelio como una auténtica conversión. Ese monumento que está ahí es el testimonio de una gran verdad. Mayores argumentos para llegar a la conclusión clara y exacta de que esto fue una intercesión especial de la Santísima Virgen, no son posibles. Todos cuantos estaban allí son fieles testigos de lo que digo".
"Mis deseos, y quizás mis últimas palabras antes de partir hacia la Casa del Padre, son de exhortación hacia la Santísima Virgen. Llevad en vuestros corazones el mensaje de Cristo Jesús. Quiero mucho a mis feligreses de Las Manchas"
"El 8 de julio de 1949, la Virgen María bajó a este pueblo y ya no quiso marcharse. No la dejéis sola. Acudid siempre a Ella. Jamás se oirá decir que quien haya acudido a Ella ha quedado desamparado. De la súplica de un sacerdote joven, lleno de amor a la Virgen, la invoco de nuevo y ahí tenéis el testimonio, que hoy corona la hermosura de Las Manchas, llamado a permanecer siempre en vuestras vidas y en la historia legítima del pueblo de La Palma".
El Paso
Durante la erupción de 1949, este sacerdote se volcó en ayudar a los sufridos habitantes de Las Manchas.
Desde el comienzo de la erupción del volcán de San Juan, los vecinos de Las Manchas, y en especial los que vivían cerca del barranco de Los Hombres, Jedey y Charco de las Palmeras, encontraron un apoyo constante en el sacerdote Blas Santos Pérez (Villa de Mazo, 1921), párroco de Fuencaliente y de San Nicolás de Bari entre 1948 y 1950.
La gente que vivía en aquellos parajes, ante el peligro que entrañaba vivir en sus casas, varias de las cuales se habían agrietado o desplomado como consecuencia de los fuertes movimientos sísmicos, decidió pernoctar al aire libre y después en unas tiendas de campaña instaladas en las proximidades.
El sacerdote palmero, conocido más tarde como "el párroco del volcán", iba de casa en casa levantando el ánimo a sus moradores, ayudándoles en lo que necesitaban y haciéndoles tener fe en Dios. Retirado de su intensa actividad castrense en otro tiempo, y residente desde hace años en La Laguna, en enero de 2000 hizo unas declaraciones a este autor que están recogidas en el libro El volcán de San Juan. Crónica de una erupción del siglo XX.
"El día del comienzo del volcán -recuerda Blas Santos- yo estaba bautizando en Fuencaliente a un niño llamado Juan López, que es el actual párroco de San Francisco, en Santa Cruz de La Palma. Y así lo anoté en el libro, lo mismo que una boda celebrada aquel día y creo recordar que también un entierro.
El penacho de humo que subía por la cumbre era tremendo, de tal manera que llegó un momento en Fuencaliente en que el sol se eclipsó, no se veía nada. Los movimientos sísmicos fueron aminorando, pero volvían y poco a poco toda aquella actividad fue creciendo".
En Fuencaliente había entonces un solo taxi, que lo tenía Gabriel Hernández, vecino de La Fajana y con él iba y venía a Las Manchas. "Pero hubo un momento en que no podía ser, no podíamos pasar, porque a medida que fueron aumentando los movimientos sísmicos, las piedras caían a la carretera y la Guardia Civil tuvo que intervenir y estableció su cuartel en la casa parroquial. Había un capitán, se llamaba Alfredo, que tenía una moto con sidecar y con él fui bastantes veces de un lado para otro. Aquello se iba poniendo cada vez más feo".
Las preocupaciones de este sacerdote fueron compartidas por el obispo de la diócesis nivariense, monseñor Domingo Pérez Cáceres, que entonces se encontraba postrado en cama aquejado de una enfermedad hepática. Pese a esta circunstancia, el recordado obispo tinerfeño no desaprovechó momento alguno cada día para interesarse por teléfono, a través del sacerdote Blas Santos Pérez, de la evolución de los acontecimientos y de las instrucciones que debía seguir como representante de la Iglesia.
Junto a Blas Santos también colaboró con gran empeño Martín León, que era el concejal de Las Manchas. "El y yo estuvimos continuamente con esta gente donde más falta hacía. Los pajeros se caían, las casas se agrietaban y le dije: ¡Martín, ni una sola persona más dentro de las casas! ¡Salgan todos a las huertas y lo más separados de las paredes! Así lo hicieron y no hubo que lamentar ni un solo herido. Aquello no era suficiente. El sufrimiento era terrible porque las circunstancias lo favorecían, por la inclinación del terreno, la caída de las piedras y el volcán con un ruido infernal, lanzando piedras, cenizas, ruidos profundos, muy profundos, explosiones subterráneas, como si fuera una caldera hirviendo por el barranco de Los Hombres".
"Pasar por la carretera era jugarse la vida. Una cuadrilla de camineros la limpiaba cada vez que podía y hasta tuvieron que dar barrenos para destruir algunas piedras, que eran de gran tamaño. Un día estábamos descansando en la ermita de Santa Cecilia y nos asustamos por la caída de grandes piedras, seguido de un vaho irrespirable a huevos podridos. Conmigo estaba José Francisco Carrillo, que era el delegado del Gobierno en funciones. Él venía todos los días, a ver qué pasaba y cómo estaban las cosas. Al llegar a Jedey, donde vivía Evangelina, le dije que me dejara allí, que yo bajaba caminando por el barranco de Los Hombres. Entonces tenía yo 28 años y saltaba por encima de las piedras".
Pese a las adversidades de la erupción, que estaba causando estragos importantes, Blas Santos y su incondicional amigo y compañero Martín León animaban a las gentes de la zona como mejor podían. El derrumbe del Risco de los Campanarios, en lo alto de Jedey, fue otro de los motivos de especial preocupación.
"Hubo movimientos sísmicos de tal intensidad que provocaron que Los Campanarios se resquebrajaran. Aquello fue imponente y yo pensé que había salido la lava. Debajo hay una ladera y las piedras que bajaron levantaron tal polvareda que hubo momentos en los que no se veía nada y siempre acompañado de fuertes ruidos. Entonces pensé que había que estar preparados para salir de allí lo antes posible.
La gente estaba a la intemperie. Martín y yo –prosigue- recorrimos ese día toda la zona. Los de Falange y otros más habían repartido unas tiendas de campaña, con lo que el problema se solucionó en parte, aunque no podía ser definitivo. ¡Hay que evacuar a la gente! ¡Vamos a salir todos a la carretera, no miren atrás siquiera! Y todo el mundo en silencio, ni un grito, en orden. Los hombres dijeron que se llevaran a las mujeres y a los niños, que ellos se quedaban. Luego volví a Fuencaliente con el capitán de la Guardia Civil. Yo no sé las veces que paramos para apartar las piedras que habían caído a la carretera. Di la misa y volví a Las Manchas.
Yo no había visto la iglesia después del tremendo movimiento sísmico del 2 de julio. Las paredes se habían agrietado. Les dije que iba a celebrar misa y la gente se me quedó mirando: ¿Pero usted va a entrar? Yo, sí. Pues nosotros, también. Diciendo la misa vino otro movimiento fuerte y les dije que no se preocuparan, que la iglesia no se iba a caer. Yo pensé: ¿Y si la iglesia se cae, con el Santísimo y todos nosotros dentro?
En el momento de la consagración, y con la osadía de un joven de 28 años, lanzado a lo que fuera, con una fe inquebrantable, dije: "Señor, si Tú quieres, la iglesia no se cae, y si cae, caerá sobre Ti y todos nosotros. Seguí consagrando. Tranquilo, que no va a pasar nada. Cuando acabó la misa les dije de mi decisión de dejar el Santísimo en su sitio. Yo les dije: ¿Cómo lo vamos a quitar? ¿Adónde acuden ustedes, quién los va ayudar, quién los va a auxiliar, quién? Aquí se queda y voy a organizar un rosario y una adoración perpetua con guardias voluntarias, para que no haya ni un solo momento, en que no haya ni uno de vosotros al lado del Santísimo, donde no se esté rezando el rosario. Y así fue y pasaron los días".
Salida de la lava
"Ya no eran los movimientos sísmicos lo que me preocupaba. Entonces estaba pendiente de la salida de la lava. Los técnicos decían que saldría de un momento a otro. Pensábamos más bien que sería entre Jedey y El Charco, o entre la iglesia y El Charco. Bonelli dijo que creía que fuera muy cerca del Llano del Banco. Se organizaron cuadrillas de vigilancia. Allí estábamos todos y no dormía nadie. Y en la madrugada del 8 de julio, que fue un viernes, aparecieron unos chicos diciendo que arriba había salido fuego. En ese momento me llaman de Fuencaliente para que fuera a administrar el sacramento de la extremaunción a una vecina de Las Caletas. Tardé dos horas en ir allá y otras dos en volver a Las Manchas. A las nueve de la mañana estaba de regreso y todo el mundo estaba alterado.
Cuando vi la lava estaba a algo más de doscientos metros de la ermita. Yo había dicho al señor obispo que no pensaba sacar nada de la iglesia si la lava salía por allí. Yo tenía y tengo mucha confianza y mucha ilusión en Nuestra Señora de Fátima. A Fuencaliente llevé la primera imagen que llegó a La Palma y había organizado entonces muchas procesiones y rogativas.
Cuando llegué estaban allí todas las autoridades. Un chico estaba subido en la espadaña sacando la campana y otro rompiendo el balconcito. ¿Qué están haciendo?, les pregunté. Y me dice el arcipreste, Juan Reyes y otros curas que estaban allí: ¿Pero tú no ves, no comprendes que dentro de un momento la lava va a llegar y se va a llevar todo? Ya hemos evacuado todo. No falta más que el Santísimo. Vamos a ver si podemos salvar el retablo y ya no queda nada más.
Yo estaba subido en un montón de tablas que ponían en la plaza para hacer las verbenas y miré para la lava y vi como un pino se convertía en una antorcha de fuego cuando llegó aquella masa negra. Además de la iglesia, estaba claro que si la lava continuaba por donde venía, Las Manchas iba a desparecer.
Los que estaban al lado mío me decían. ¿Pero a qué esperas? ¿no ves que la lava está ahí mismo? Yo volví mis ojos al Señor, le hablé y le pedí que la salvara. Yo le dije, ahí, donde se detuviera la lava, donde Tú la detengas, yo te prometo que haré un sencillo monumento a la perpetua memoria de Nuestra Señora de Fátima, porque los hombres están convencidos de que esto ya es imposible. Yo me comprometo a ser el adalid tuyo en todas las cosas. Y mientras tanto la gente a mi lado desesperada.
Cuando iba llegando a la puerta de la ermita, en medio de un molote de vecinos, se me acercan unos chicos y me dicen: ¡Señor cura, que el humito se está apagando! Subí rápidamente por el camino y encontré la lava detenida en plena pendiente y aquel día y al día siguiente pasó a más de cien metros de donde está la iglesia. Eran masas enormes convertidas en piedras incandescentes. Y desde esa línea, donde hoy está el monumento de Fátima, no bajó ni una sola piedra".
La lava del volcán desvió su curso arrollador en dirección al Sur y el hecho causó un gran revuelo y júbilo entre todos los presentes, pese al recorrido amenazador de la corriente desde las primeras horas de recorrido cuando comenzó a brotar por la fisura de Llano del Banco.
Conmoción del obispo
En la ciudad de La Laguna, el prelado nivariense, Domingo Pérez Cáceres, se sentía profundamente conmovido por aquellos que vivían entre la intranquilidad de las fuertes sacudidas sísmicas y las explosiones de los cráteres del volcán de San Juan.
"Sus alentadoras palabras de consuelo -escribe Manuel Martel Sangil-, sus plegarias y la bendición apostólica que con su santidad cada día compartía a los fieles, era el sustento espiritual de los hijos de La Palma y de manera especial de aquellos que en todos los momentos del día venían soportando la dura manifestación de tales acontecimientos".
El interés y la especial intervención del obispo Pérez Cáceres con motivo del volcán de San Juan se comparó entonces con la actuación del obispo Bartolomé García Ximénez, en 1677, cuando se produjo la erupción del volcán de San Antonio, en Fuencaliente.
El 10 de julio de 1949, el obispo tinerfeño dispuso que todas las iglesias de la diócesis celebrasen rogativas para invocar el cese del volcán y el alivio de los habitantes de la comarca afectada. Al mismo tiempo, recomendó a todos los párrocos que, a través de las respectivas Juntas de Acción Católica, organizaran colectas para recaudar fondos que permitieran contribuir a remediar, en lo posible, las necesidades de las personas afectadas por la actividad volcánica.
El obispo ratificó entonces el interés que tenía de viajar a La Palma tan pronto como se repusiera de la enfermedad que le aquejaba desde hacía tiempo, para entrar en contacto directo con los fieles de la Isla que veían sufriendo los efectos del volcán con singular resignación.
El 18 de julio se celebró en la ciudad de Los Llanos de Aridane una procesión con las imágenes que se trasladaron desde la ermita de San Nicolás, diez días después de que se viera amenazada por la salida de la lava. En la comitiva figuraban las autoridades locales, la hermandad de la Virgen del Carmen, a la que pertenecían muchas de las personas evacuadas de Las Manchas y la inmensa mayoría de los vecinos del municipio, así como de los otros pueblos del valle de Aridane.
Un mensaje emotivo
"Después de relatar todas estas cosas -concluye Blas Santos-, no puedo menos que dar un testimonio espiritual, claro, terminante y evidente, de lo que realmente sucedió en todo lo relativo al volcán de San Juan. Ese monumento que se levanta ante la masa negra arrolladora y terrible que cambió de dirección, es testimonio viviente de la protección que Ella nos hizo para memoria de generaciones y que La Palma resurgiese al conjuro de su presencia, y que la Iglesia pudiera encontrar el terreno abonado por Ella para llevar a sus hijos y fieles el mensaje verdadero del Evangelio como una auténtica conversión. Ese monumento que está ahí es el testimonio de una gran verdad. Mayores argumentos para llegar a la conclusión clara y exacta de que esto fue una intercesión especial de la Santísima Virgen, no son posibles. Todos cuantos estaban allí son fieles testigos de lo que digo".
"Mis deseos, y quizás mis últimas palabras antes de partir hacia la Casa del Padre, son de exhortación hacia la Santísima Virgen. Llevad en vuestros corazones el mensaje de Cristo Jesús. Quiero mucho a mis feligreses de Las Manchas"
"El 8 de julio de 1949, la Virgen María bajó a este pueblo y ya no quiso marcharse. No la dejéis sola. Acudid siempre a Ella. Jamás se oirá decir que quien haya acudido a Ella ha quedado desamparado. De la súplica de un sacerdote joven, lleno de amor a la Virgen, la invoco de nuevo y ahí tenéis el testimonio, que hoy corona la hermosura de Las Manchas, llamado a permanecer siempre en vuestras vidas y en la historia legítima del pueblo de La Palma".
domingo, 18 de julio de 2004
Un ministro visita el volcán
Juan Carlos Gómez
Los Llanos de Aridane
Blas Pérez llegó a La Palma el 25 de julio de 1949 y durante dos días recorrió la comarca afectada por el San Juan
Desde el primer día de la erupción del volcán de San Juan, el ministro de la Gobernación, Blas Pérez González, estuvo puntualmente informado del desarrollo de los acontecimientos. El subdelegado del Gobierno y presidente accidental del Cabildo Insular de La Palma, José Francisco Carrillo Lavers y el gobernador civil, Emilio de Aspe Vaamonde, conversaron con él por teléfono acerca de la evolución del fenómeno que acaecía en su tierra natal.
El 24 de julio, un mes después del comienzo de la erupción, el ministro emprendió viaje desde Madrid al aeropuerto de Los Rodeos a bordo de un avión DC-4 de la compañía Iberia, para luego desplazarse a La Palma y visitar la zona afectada por el volcán. Al ministro, que ostentaba la representación del jefe del Estado, le acompañaba su esposa, Otilia Martín Bencomo; su hermano Esteban, subsecretario de Trabajo y otras personalidades de su séquito, entre las que se encontraba su secretario particular, Juan Saavedra San Gil; el director de Regiones Devastadas, Gonzalo Cárdenas; del Banco de Crédito Local, José Fariña Ferreño; de Obras Públicas y del Instituto Nacional de Colonización, así como el jefe de Radiodifusión de Radio Nacional de España, operadores del NO-DO y varios periodistas, entre los que se encontraba Matías Prats.
A las seis de la tarde, el avión evolucionaba sobre el aeropuerto de Los Rodeos, donde no pudo aterrizar debido a la espesa niebla reinante, por lo que tuvo que desviarse al aeropuerto de Gando, en Gran Canaria, donde el avión tomó tierra y el ministro fue cumplimentado por las primeras autoridades civiles y militares de la provincia, trasladándose a continuación a la capital insular para alojarse en el hotel "Parque".
A la mañana siguiente embarcó a bordo del cañonero "Vasco Núñez de Balboa" y emprendió viaje a La Palma. Ese mismo día, y para recibir al ministro, llegó a la capital palmera, a bordo del correíllo "León y Castillo", el gobernador civil de la provincia, Emilio de Aspe Vaamonde, acompañado de su secretario particular, José Duque Alonso; el vicepresidente de la Mancomunidad Interinsular, Rafael Machado Llarena y el resto de las autoridades provinciales que no se encontraban entonces en la Isla.
Al atardecer se distinguió en el horizonte la silueta del cañonero de la Armada Española y para acudir a su encuentro en alta mar salieron desde el puerto palmero numerosas embarcaciones engalanadas, dándole escolta hasta su atraque en el puerto de la capital insular. Una multitud se había congregado en el muelle y en los alrededores para recibir al ilustre visitante con visibles muestras de afecto.
Cuando el ministro salió a la cubierta del barco, "el entusiasmo fue impresionante y la multitud enfervorizada no cesaba de aclamar al jefe del Estado y al destacado paisano", dice la crónica de DIARIO DE AVISOS. A continuación, y para cumplimentarle, subieron a bordo el gobernador civil, el presidente del Cabildo Insular y delegado del Gobierno, Fernando del Castillo Olivares y otras autoridades. Blas Pérez González había tomado posesión de su cargo de ministro el 3 de septiembre de 1942, en la remodelación del cuarto gobierno de Franco, en sustitución de Valentín Galarza Morante y permaneció en el cargo algo más de 14 años, hasta el 25 de febrero de 1957, en que fue relevado por Camilo Alonso Vega, en tiempos del sexto gobierno del régimen.
En el momento de desembarcar, sigue la crónica de DIARIO DE AVISOS, las aclamaciones se sucedían sin interrupción. Acompañado por el comandante militar de la Isla, pasó revista a la Compañía de Infantería que le rindió honores y a continuación se dirigió a pie por la calle Real hasta la parroquia de El Salvador, siendo recibido, en la puerta principal, por el clero que le acompañó en su entrada en el templo.
En el altar mayor se encontraba la imagen de Nuestra Señora de las Nieves, patrona de la Isla de La Palma, que había sido conducida desde su santuario del monte a la ciudad en procesión de rogativa. El ministro se arrodilló ante la venerada imagen mariana y su esposa ofreció a los pies del altar un ramo de flores, cantándose, a continuación, un solemne Te Deum.
Finalizada la ceremonia religiosa, el ministro cruzó la plaza de España y se dirigió al Ayuntamiento, donde fue recibido por el alcalde, Rafael Álvarez Melo, acompañado por el pleno de la corporación local y todos los alcaldes de la Isla.
Ante las incesantes aclamaciones del público, el ministro saludó desde el balcón principal del Ayuntamiento y, después de varios minutos de entusiasmo, se hizo el silencio y Blas Pérez pronunció un elocuente discurso en el que comenzó manifestando la enorme satisfacción que sentía al volver a su tierra natal y encontrarse entre sus paisanos, destacando la íntima emoción que sintió al ver de nuevo a la venerada imagen de la Patrona palmera, "la Virgen que mi madre me enseñó desde pequeño a adorar y a querer".
Dijo también que quiso venir a La Palma para conocer con detalle los problemas surgidos por la erupción del volcán y encontrar las fórmulas más satisfactorias para darles solución, como así se lo había encomendado el Jefe del Estado al concederle su representación, haciéndole patente que adoptara las medidas necesarias para aliviar los sufrimientos que vivía el pueblo palmero y compensar a los damnificados por los perjuicios sufridos. El ministro, que fue interrumpido en numerosas ocasiones por los aplausos y las aclamaciones del público, finalizó su discurso manifestando que era portador de un cariñoso mensaje de salutación del general Franco para el pueblo palmero.
Antes de abandonar el edificio del Ayuntamiento, el ministro mantuvo un cambio de impresiones con todas las autoridades provinciales e insulares y, posteriormente, acompañado de su esposa y hermano, se trasladó a la residencia de su hermana Catalina, donde se alojó durante su permanencia en la Isla.
Camino de Las Manchas
Al día siguiente, 26 de julio, el ministro salió camino de Las Manchas acompañado de su hermano, autoridades civiles y militares y el personal técnico que lo había acompañado desde Madrid. Al pasar por Mazo, el pueblo de la villa, con su alcalde Toribio Brito de Paz, agasajó al ministro durante unos minutos. Luego continuó hacia Fuencaliente, donde también fue objeto de un entusiasta recibimiento y llegó a Las Manchas, donde se repitieron las muestras de júbilo, recorriendo a pie los lugares afectados por el paso de la lava, así como los daños producidos por los movimientos sísmicos.
Después regresó a Fuencaliente y acompañado por el alcalde Emilio Quintana Sánchez, visitó la Cooperativa Vinícola y se le obsequió con un vino de honor. Al conocer que Luciano Hernández Armas, que había sido maestro y secretario del Ayuntamiento, se encontraba postrado en cama aquejado de una dolencia, el ministro se dirigió a su casa para saludarle, produciéndose un encuentro muy emotivo, en el que éste levantó el brazo y saludó al ministro con energía, diciendo: ¡¡Arriba España!!
Blas Pérez siguió su viaje a Mazo, pueblo natal de sus padres, donde fue de nuevo recibido con entusiasmo, siendo especialmente aclamado por un grupo de ancianos que lo recordaban cuando era niño y adolescente con inquietudes por la política. El ministro rompió el protocolo y apretó las manos de cuantos se acercaron a saludarle. Desde el Ayuntamiento se dirigió al panteón familiar para visitar la tumba de sus padres y de vuelta al edificio consistorial entregó un donativo para los más necesitados, al igual que lo había hecho en Fuencaliente, y regresó a Santa Cruz de La Palma.
Desde la capital insular, el ministro se dirigió a Puntallana y a San Andrés y Sauces. En cada uno de los pueblos por los que pasaba, los recibimientos tenían el mismo calor y afecto que en los municipios que entonces había visitado. En el Ayuntamiento de Los Sauces, el ministro se vio obligado a pronunciar un discurso, ante las reiteradas aclamaciones de los asistentes.
El 27 de julio, desde primera hora, Blas Pérez González comenzó la inspección de las obras de su departamento ministerial que se ejecutaban en Santa Cruz de La Palma, debidas a su propia iniciativa, entre las que se encontraba el Centro Secundario de Higiene, el Asilo de Ancianos, el Jardín de la Infancia y la Avenida Marítima.
A las diez de la mañana, con todos sus acompañantes, el ministro embarcó en el cañonero "Vasco Núñez de Balboa" para dirigirse a Tazacorte, con el objeto de visitar durante ese día los pueblos del valle de Aridane y la comarca afectada por la erupción.
A la una de la tarde, y después de haber contemplado la colada lávica desde el mar, Blas Pérez González desembarcó en el puerto de Tazacorte, donde fue recibido por todas las autoridades de la comarca y un numeroso gentío que había llegado hasta el muelle en camiones, guaguas, coches particulares, carros y la mayoría a pie. El ministro correspondió con afecto al recibimiento que se le tributaba y cambió impresiones con las autoridades y personas más relevantes del Valle de Aridane, entregando al alcalde de Tazacorte, Pedro Gómez Acosta, un donativo de 200.000 pesetas para la construcción del nuevo edificio del ayuntamiento y otra cantidad igual para el abastecimiento de agua.
La caravana se dirigió a continuación hacia Los Llanos de Aridane y poco después de las dos y media de la tarde llegó la comitiva al Ayuntamiento, siendo recibido por el alcalde, Víctor Pulido Acosta y la corporación, así como una multitud que se había congregado a la entrada de la ciudad.
Después de emotivos saludos a las autoridades y algunos amigos, el ministro se dirigió a la iglesia de Nuestra Señora de los Remedios, donde se cantó un solemne Te Deum. Finalizada la ceremonia religiosa, se trasladó al nuevo edificio consistorial, accediendo al balcón principal, desde el que correspondió a las aclamaciones del numeroso público congregado.
Blas Pérez pronunció un discurso, que fue interrumpido en numerosas ocasiones por los prolongados aplausos y aclamaciones de los asistentes. A continuación se le ofreció un almuerzo, que duró poco, porque el ministro tenía especial interés en visitar con detenimiento la zona afectada, así como a los cientos de refugiados que se encontraban en esta parte de la Isla, deteniéndose en escuchar las reclamaciones y necesidades de los mismos. En el despacho de la alcaldía recibió a varias comisiones y a continuación se dirigió a la ciudad de El Paso, a donde llegó a las seis de la tarde.
El ministro fue recibido en la plaza de España por el alcalde, Antonio Pino Pérez, la corporación y una gran muchedumbre y en el momento de bajarse del vehículo en el que viajaba se produjo una descarga de voladores que atronaron el cielo. Desde allí se trasladó a la iglesia de Nuestra Señora de la Bonanza, donde rezó unos instantes y luego se dirigió al Ayuntamiento.
Al igual que había ocurrido en otras localidades, el ministro salió al balcón principal y dirigió un discurso a los asistentes, en el que señaló la preocupación del Jefe del Estado y del Gobierno de la Nación por la situación originada por la erupción del volcán de San Juan. Al alcalde le entregó un donativo de 250.000 pesetas para socorrer a los damnificados y acometer algunos trabajos.
A las nueve de la noche se le ofreció una cena en el salón del teatro "Monterrey" y pronunció otro discurso en el que puso de manifiesto cuáles eran sus deseos para que toda la zona afectada por el volcán pudiera recuperarse con rapidez.
A las diez y media de la noche, el ministro se despidió de sus anfitriones y regresó de nuevo al puerto de Tazacorte, para embarcar en el cañonero, emprendiendo de ese modo el viaje de regreso a Santa Cruz de Tenerife, a donde arribó la mañana siguiente.
Una gran caravana de vehículos acompañó al ministro hasta el puerto, donde, al igual que a su llegada, fue despedido con vivas muestras de afecto y cariño por parte de las autoridades y sus paisanos. A medianoche, el cañonero "Vasco Núñez de Balboa" levó anclas y sus luces se perdieron rápidamente en el horizonte.
Mientras tanto, desde a bordo, por medio de los reflectores, se enviaba un cariñoso mensaje de gratitud en su nombre, familiares y acompañantes.
Los Llanos de Aridane
Desde el primer día de la erupción del volcán de San Juan, el ministro de la Gobernación, Blas Pérez González, estuvo puntualmente informado del desarrollo de los acontecimientos. El subdelegado del Gobierno y presidente accidental del Cabildo Insular de La Palma, José Francisco Carrillo Lavers y el gobernador civil, Emilio de Aspe Vaamonde, conversaron con él por teléfono acerca de la evolución del fenómeno que acaecía en su tierra natal.
El 24 de julio, un mes después del comienzo de la erupción, el ministro emprendió viaje desde Madrid al aeropuerto de Los Rodeos a bordo de un avión DC-4 de la compañía Iberia, para luego desplazarse a La Palma y visitar la zona afectada por el volcán. Al ministro, que ostentaba la representación del jefe del Estado, le acompañaba su esposa, Otilia Martín Bencomo; su hermano Esteban, subsecretario de Trabajo y otras personalidades de su séquito, entre las que se encontraba su secretario particular, Juan Saavedra San Gil; el director de Regiones Devastadas, Gonzalo Cárdenas; del Banco de Crédito Local, José Fariña Ferreño; de Obras Públicas y del Instituto Nacional de Colonización, así como el jefe de Radiodifusión de Radio Nacional de España, operadores del NO-DO y varios periodistas, entre los que se encontraba Matías Prats.
A las seis de la tarde, el avión evolucionaba sobre el aeropuerto de Los Rodeos, donde no pudo aterrizar debido a la espesa niebla reinante, por lo que tuvo que desviarse al aeropuerto de Gando, en Gran Canaria, donde el avión tomó tierra y el ministro fue cumplimentado por las primeras autoridades civiles y militares de la provincia, trasladándose a continuación a la capital insular para alojarse en el hotel "Parque".
A la mañana siguiente embarcó a bordo del cañonero "Vasco Núñez de Balboa" y emprendió viaje a La Palma. Ese mismo día, y para recibir al ministro, llegó a la capital palmera, a bordo del correíllo "León y Castillo", el gobernador civil de la provincia, Emilio de Aspe Vaamonde, acompañado de su secretario particular, José Duque Alonso; el vicepresidente de la Mancomunidad Interinsular, Rafael Machado Llarena y el resto de las autoridades provinciales que no se encontraban entonces en la Isla.
Al atardecer se distinguió en el horizonte la silueta del cañonero de la Armada Española y para acudir a su encuentro en alta mar salieron desde el puerto palmero numerosas embarcaciones engalanadas, dándole escolta hasta su atraque en el puerto de la capital insular. Una multitud se había congregado en el muelle y en los alrededores para recibir al ilustre visitante con visibles muestras de afecto.
Cuando el ministro salió a la cubierta del barco, "el entusiasmo fue impresionante y la multitud enfervorizada no cesaba de aclamar al jefe del Estado y al destacado paisano", dice la crónica de DIARIO DE AVISOS. A continuación, y para cumplimentarle, subieron a bordo el gobernador civil, el presidente del Cabildo Insular y delegado del Gobierno, Fernando del Castillo Olivares y otras autoridades. Blas Pérez González había tomado posesión de su cargo de ministro el 3 de septiembre de 1942, en la remodelación del cuarto gobierno de Franco, en sustitución de Valentín Galarza Morante y permaneció en el cargo algo más de 14 años, hasta el 25 de febrero de 1957, en que fue relevado por Camilo Alonso Vega, en tiempos del sexto gobierno del régimen.
En el momento de desembarcar, sigue la crónica de DIARIO DE AVISOS, las aclamaciones se sucedían sin interrupción. Acompañado por el comandante militar de la Isla, pasó revista a la Compañía de Infantería que le rindió honores y a continuación se dirigió a pie por la calle Real hasta la parroquia de El Salvador, siendo recibido, en la puerta principal, por el clero que le acompañó en su entrada en el templo.
En el altar mayor se encontraba la imagen de Nuestra Señora de las Nieves, patrona de la Isla de La Palma, que había sido conducida desde su santuario del monte a la ciudad en procesión de rogativa. El ministro se arrodilló ante la venerada imagen mariana y su esposa ofreció a los pies del altar un ramo de flores, cantándose, a continuación, un solemne Te Deum.
Finalizada la ceremonia religiosa, el ministro cruzó la plaza de España y se dirigió al Ayuntamiento, donde fue recibido por el alcalde, Rafael Álvarez Melo, acompañado por el pleno de la corporación local y todos los alcaldes de la Isla.
Ante las incesantes aclamaciones del público, el ministro saludó desde el balcón principal del Ayuntamiento y, después de varios minutos de entusiasmo, se hizo el silencio y Blas Pérez pronunció un elocuente discurso en el que comenzó manifestando la enorme satisfacción que sentía al volver a su tierra natal y encontrarse entre sus paisanos, destacando la íntima emoción que sintió al ver de nuevo a la venerada imagen de la Patrona palmera, "la Virgen que mi madre me enseñó desde pequeño a adorar y a querer".
Dijo también que quiso venir a La Palma para conocer con detalle los problemas surgidos por la erupción del volcán y encontrar las fórmulas más satisfactorias para darles solución, como así se lo había encomendado el Jefe del Estado al concederle su representación, haciéndole patente que adoptara las medidas necesarias para aliviar los sufrimientos que vivía el pueblo palmero y compensar a los damnificados por los perjuicios sufridos. El ministro, que fue interrumpido en numerosas ocasiones por los aplausos y las aclamaciones del público, finalizó su discurso manifestando que era portador de un cariñoso mensaje de salutación del general Franco para el pueblo palmero.
Antes de abandonar el edificio del Ayuntamiento, el ministro mantuvo un cambio de impresiones con todas las autoridades provinciales e insulares y, posteriormente, acompañado de su esposa y hermano, se trasladó a la residencia de su hermana Catalina, donde se alojó durante su permanencia en la Isla.
Camino de Las Manchas
Al día siguiente, 26 de julio, el ministro salió camino de Las Manchas acompañado de su hermano, autoridades civiles y militares y el personal técnico que lo había acompañado desde Madrid. Al pasar por Mazo, el pueblo de la villa, con su alcalde Toribio Brito de Paz, agasajó al ministro durante unos minutos. Luego continuó hacia Fuencaliente, donde también fue objeto de un entusiasta recibimiento y llegó a Las Manchas, donde se repitieron las muestras de júbilo, recorriendo a pie los lugares afectados por el paso de la lava, así como los daños producidos por los movimientos sísmicos.
Después regresó a Fuencaliente y acompañado por el alcalde Emilio Quintana Sánchez, visitó la Cooperativa Vinícola y se le obsequió con un vino de honor. Al conocer que Luciano Hernández Armas, que había sido maestro y secretario del Ayuntamiento, se encontraba postrado en cama aquejado de una dolencia, el ministro se dirigió a su casa para saludarle, produciéndose un encuentro muy emotivo, en el que éste levantó el brazo y saludó al ministro con energía, diciendo: ¡¡Arriba España!!
Blas Pérez siguió su viaje a Mazo, pueblo natal de sus padres, donde fue de nuevo recibido con entusiasmo, siendo especialmente aclamado por un grupo de ancianos que lo recordaban cuando era niño y adolescente con inquietudes por la política. El ministro rompió el protocolo y apretó las manos de cuantos se acercaron a saludarle. Desde el Ayuntamiento se dirigió al panteón familiar para visitar la tumba de sus padres y de vuelta al edificio consistorial entregó un donativo para los más necesitados, al igual que lo había hecho en Fuencaliente, y regresó a Santa Cruz de La Palma.
Desde la capital insular, el ministro se dirigió a Puntallana y a San Andrés y Sauces. En cada uno de los pueblos por los que pasaba, los recibimientos tenían el mismo calor y afecto que en los municipios que entonces había visitado. En el Ayuntamiento de Los Sauces, el ministro se vio obligado a pronunciar un discurso, ante las reiteradas aclamaciones de los asistentes.
El 27 de julio, desde primera hora, Blas Pérez González comenzó la inspección de las obras de su departamento ministerial que se ejecutaban en Santa Cruz de La Palma, debidas a su propia iniciativa, entre las que se encontraba el Centro Secundario de Higiene, el Asilo de Ancianos, el Jardín de la Infancia y la Avenida Marítima.
A las diez de la mañana, con todos sus acompañantes, el ministro embarcó en el cañonero "Vasco Núñez de Balboa" para dirigirse a Tazacorte, con el objeto de visitar durante ese día los pueblos del valle de Aridane y la comarca afectada por la erupción.
A la una de la tarde, y después de haber contemplado la colada lávica desde el mar, Blas Pérez González desembarcó en el puerto de Tazacorte, donde fue recibido por todas las autoridades de la comarca y un numeroso gentío que había llegado hasta el muelle en camiones, guaguas, coches particulares, carros y la mayoría a pie. El ministro correspondió con afecto al recibimiento que se le tributaba y cambió impresiones con las autoridades y personas más relevantes del Valle de Aridane, entregando al alcalde de Tazacorte, Pedro Gómez Acosta, un donativo de 200.000 pesetas para la construcción del nuevo edificio del ayuntamiento y otra cantidad igual para el abastecimiento de agua.
La caravana se dirigió a continuación hacia Los Llanos de Aridane y poco después de las dos y media de la tarde llegó la comitiva al Ayuntamiento, siendo recibido por el alcalde, Víctor Pulido Acosta y la corporación, así como una multitud que se había congregado a la entrada de la ciudad.
Después de emotivos saludos a las autoridades y algunos amigos, el ministro se dirigió a la iglesia de Nuestra Señora de los Remedios, donde se cantó un solemne Te Deum. Finalizada la ceremonia religiosa, se trasladó al nuevo edificio consistorial, accediendo al balcón principal, desde el que correspondió a las aclamaciones del numeroso público congregado.
Blas Pérez pronunció un discurso, que fue interrumpido en numerosas ocasiones por los prolongados aplausos y aclamaciones de los asistentes. A continuación se le ofreció un almuerzo, que duró poco, porque el ministro tenía especial interés en visitar con detenimiento la zona afectada, así como a los cientos de refugiados que se encontraban en esta parte de la Isla, deteniéndose en escuchar las reclamaciones y necesidades de los mismos. En el despacho de la alcaldía recibió a varias comisiones y a continuación se dirigió a la ciudad de El Paso, a donde llegó a las seis de la tarde.
El ministro fue recibido en la plaza de España por el alcalde, Antonio Pino Pérez, la corporación y una gran muchedumbre y en el momento de bajarse del vehículo en el que viajaba se produjo una descarga de voladores que atronaron el cielo. Desde allí se trasladó a la iglesia de Nuestra Señora de la Bonanza, donde rezó unos instantes y luego se dirigió al Ayuntamiento.
Al igual que había ocurrido en otras localidades, el ministro salió al balcón principal y dirigió un discurso a los asistentes, en el que señaló la preocupación del Jefe del Estado y del Gobierno de la Nación por la situación originada por la erupción del volcán de San Juan. Al alcalde le entregó un donativo de 250.000 pesetas para socorrer a los damnificados y acometer algunos trabajos.
A las nueve de la noche se le ofreció una cena en el salón del teatro "Monterrey" y pronunció otro discurso en el que puso de manifiesto cuáles eran sus deseos para que toda la zona afectada por el volcán pudiera recuperarse con rapidez.
A las diez y media de la noche, el ministro se despidió de sus anfitriones y regresó de nuevo al puerto de Tazacorte, para embarcar en el cañonero, emprendiendo de ese modo el viaje de regreso a Santa Cruz de Tenerife, a donde arribó la mañana siguiente.
Una gran caravana de vehículos acompañó al ministro hasta el puerto, donde, al igual que a su llegada, fue despedido con vivas muestras de afecto y cariño por parte de las autoridades y sus paisanos. A medianoche, el cañonero "Vasco Núñez de Balboa" levó anclas y sus luces se perdieron rápidamente en el horizonte.
Mientras tanto, desde a bordo, por medio de los reflectores, se enviaba un cariñoso mensaje de gratitud en su nombre, familiares y acompañantes.
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domingo, 11 de julio de 2004
El malpaís de Las Manchas
Juan Carlos Díaz Lorenzo
Los Llanos de Aridane
El 8 de julio de 1949 comenzó la salida de la lava del volcán de San Juan desde la fisura del Llano del Banco
Eran las cuatro y media de la madrugada, aproximadamente, del 8 de julio de 1949, cuando cesó de repente la columna de humo que emanaba por la boca del cráter de El Duraznero y, al mismo tiempo, en el Llano del Banco se produjo una fuerte explosión subterránea y un movimiento sísmico brusco. Poco después, una pareja de la Guardia Civil que se encontraba de servicio en la carretera general del Sur, observó que algo sucedía en la parte alta de Las Manchas, por lo que prestó especial atención, ya que habían sido advertidos por los geólogos de la inminente salida de la lava.
La versión fue ratificada por el pastor Agustín Pérez Díaz, que se hallaba con dos de sus hijos cerca de un escarpe, en una pequeña cueva próxima al Llano del Banco, conocida con el nombre de Caño del Fuego y que servía de albergue para el ganado y de refugio para los pastores. A este sitio acostumbraban a acudir las cabras, pues parece que allí la temperatura era templada y en la madrugada de aquel día algunas de ellas se encontraban guarecidas en el citado lugar.
El pastor dijo que sintió una explosión, que inicialmente atribuyó a una posible manipulación con gasolina de unos turistas ingleses que se encontraban en los alrededores, y se dirigió a buscar a sus cabras, viendo, con gran sorpresa, cómo salía una gran masa negra de piedras y, después, un torrente de fuego. Acababa de amanecer.
El Llano del Banco está situado en lo alto de Las Manchas, a unos 1.300 metros de altitud y a una distancia de unos tres kilómetros en dirección NNO del cráter de El Duraznero. En este lugar se produjo la abertura de una grieta sinuosa de un kilómetro de largo y unos cien metros de ancho, por la que primero surgió una gran cantidad de lava en forma de masa enrojecida, que inició su descenso por el barranco de las Cubas, en el que se encuentra el Salto del Aguililla, con un desnivel de más de 40 metros, lo que contribuyó a facilitar su recorrido en dirección hacia el centro de Las Manchas.
Desde el amanecer se observó en El Paso y en otros lugares de la comarca un resplandor de unos dos kilómetros de largo por unos 200 ó 300 metros de anchura, que era el reflejo del camino de la lava, que llevaba entonces unos dos kilómetros de recorrido.
A las ocho de la mañana, la imponente masa descendía por el citado barranco a una velocidad considerable, favorecida por la gran pendiente del terreno, aunque luego aminoró su marcha cuando encontró un declive menos pronunciado. A las nueve y media el frente estaba a medio kilómetro de la carretera general, situada a 610 metros de altitud, cuyo corte resultaba inminente.
Próximo a la carretera general y cuando uno de los brazos se dirigía hacia la ermita de San Nicolás de Bari, cuya destrucción se temía, sufrió repentinamente una fuerte desviación hacia el Sur, atravesando tierras de labor, pasando a unos 100 metros de la iglesia en forma de ola lenta y viscosa.
Corte de la carretera
A las 14,15 horas, la lava del primer brazo llegó a los bordes de la carretera general del Sur, entre los kilómetros 42 y 43, quedando la isla dividida en dos y sólo comunicable con Santa Cruz de La Palma por los senderos de la cumbre o por el mar.
Desde primera hora de la mañana, y ante la inminencia de los acontecimientos, las autoridades habían ordenado la evacuación de Todoque y Las Hoyas, así como el desmantelamiento de la ermita y la central telefónica de Las Manchas.
Con una anchura de 380 metros a su paso por la carretera, el primer brazo pareció dirigirse entonces hacia el barrio de Todoque, cuyas proximidades alcanzó a las nueve de la noche. Durante un rato los observadores dudaron si la corriente seguiría camino de Puerto Naos, apreciando más tarde que había cambiado el curso, desviándose por la ladera hacia Las Hoyas.
Los otros dos brazos, situados más al sur, se unieron poco después de cruzar la carretera formando un solo frente. A medianoche, la lava llegó a la hondonada del Hoyo de Verdugo a una velocidad considerable, quemando a su paso viñedos y frutales. Los técnicos detectaron que en la fisura del Llano del Banco había aumentado la intensidad del vertido, alcanzando una altura entre siete y ocho metros, mientras que a lo largo del cauce ígneo mantenía una altura que oscilaba entre cuatro y cinco metros y seguía ensanchando su frente.
Al día siguiente, el brazo de lava que estaba paralizado en las inmediaciones de la ermita de San Nicolás se desvió hacia el barranco de Tamanca y reinició su corriente de forma muy lenta, lo que originó dos nuevos ramales. A mediodía se desprendieron del caudal principal dos nuevos brazos que invadieron la finca de Antonio Abad, con un ancho estimado entre 200 y 300 metros, casi paralelos, cruzando una nueva zona de Hoyo del Verdugo y atravesando la carretera de Puerto Naos por Las Norias, cortándola entre los kilómetros 6 y 7, precipitándose a continuación hacia las fincas de la Montañeta de las Bermejas, para luego dirigirse al mar.
La corriente que avanzaba en dirección del pago de Cuatro Caminos, en Las Manchas de Abajo, se encontraba a un kilómetro y medio del mar y a las ocho y media de la noche atravesó la carretera de Puerto Naos en el kilómetro 7 y en dirección a Las Hoyas, siguiendo su camino por una hondonada que rellenó hasta que la desbordó y ensanchó, lo que originó nuevos destrozos en la zona y que un nuevo brazo iniciara su avance en dirección al mar.
El 10 de julio la expulsión de lava desde la fractura de Llano del Banco estaba en su apogeo. Los técnicos apreciaron una mayor actividad, con una altura estimada de nueve metros en la grieta principal de salida, de la que emergía en sucesivos borbotones, aumentando el caudal del río ardiente al abrirse una segunda grieta de emisión por su parte inferior, de la que brotaba en mayor cantidad, acompañada de fuertes ruidos y expulsión de piedras incandescentes.
El aumento de la corriente de lava originó un nuevo brazo que amenazó al caserío de Cuatro Caminos, mientras que el brazo principal alcanzaba una anchura de 1.500 metros sobre Puerto Naos, bifurcándose de nuevo, por lo que se adelantó uno de los brazos que se dirigía al mar por Las Hoyas, mientras que el otro seguía destrozando tierras de cultivos.
La corriente que se adelantó eliminó la amenaza que se cernía sobre Todoque y, después de sepultar un empaquetado de plátanos, alcanzó la orilla del mar a las siete y media de la tarde con un frente de unos 500 metros, cayendo por el acantilado en forma de cascada.
Los técnicos expresaron su temor de que, dadas las dimensiones de la Isla, algunos movimientos sísmicos pudieran haber afectado al estado del mar, produciendo un micro maremoto, posibilidad que se desmintió cuando el encargado del mareógrafo de Santa Cruz de Tenerife, informó de que no se había registrado perturbación alguna.
Durante la mañana del 11 de julio, el brazo de lava que se había acercado lentamente hasta el pago de Cuatro Caminos y que se encontraba casi parado, comenzó a moverse de nuevo, sepultando a su paso varias casas y causando importantes destrozos en los cultivos.
Una de las fincas de Hoyo de Verdugo, de unas 280 fanegadas de extensión, casi desapareció en su totalidad con la casa de sus dueños, medianeros, graneros, bodegas y lo que en ella había de valor.
En las inmediaciones de la fisura de Llano del Banco, la salida de la lava alcanzaba una velocidad superior a los 30 km/hora, que disminuía a medida que se aproximaba a la costa, aunque en buena parte de su recorrido discurría por los rápidos a una velocidad torrencial y se veían, algunas veces, enormes piedras de varias toneladas de peso que flotaban sobre la misma y unas se fundían en unos momentos y otras, al chocar con las escorias, reventaban de forma explosiva formando densas nubes de polvo.
Cráter de Hoyo Negro
Sobre las 16 horas del 12 de julio, y después de que se percibieran una serie de ruidos subterráneos, apareció un nuevo cráter con tres bocas en el sitio llamado Hoyo Negro, próximo a El Duraznero, del que dista unos 300 metros, expulsando una gran cantidad de gases, piedras incandescentes y partículas sólidas hasta una altura de unos 700 metros, lo que originó nuevos incendios en el pinar.
Un día después de su aparición, el cráter había aumentado considerablemente sus dimensiones y lanzaba al aire con violencia diversos materiales, formando una densa columna de humo negro que alcanzaba una altura estimada de unos 3.000 metros. Las cenizas caían en grandes cantidades sobre El Paso y en sus montes, originando importantes daños.
Una semana después de la salida de la lava se calculaba que ésta había ganado al mar unos 400 metros. El río que discurría por Las Manchas de Abajo y otro de los brazos alcanzaron la costa en las primeras horas de la noche. El calor liberado en el contacto con el agua salada superaba un radio de una milla mar adentro. En las playas próximas la temperatura del mar había subido bastante y algunos arriesgados bañistas se atrevían a disfrutar del "agua calentita".
El cráter de Hoyo Negro se había vuelto mucho más violento, y lanzaba enfurecido piedras incandescentes en todas las direcciones, que llegaban incluso hasta Jedey. Al atardecer era tal la cantidad de cenizas que habían caído, que los pastos para el ganado se habían inutilizado y cubrían también las fincas de plátanos. El incendio de los pinares se había extendido considerablemente y afectaba a los montes de El Paso, Los Llanos de Aridane y Mazo, provocando daños importantes.
La fisura de Llano del Banco mantenía su plena actividad, expulsando la lava como si de un surtidor se tratara, alcanzando alturas máximas de 60 metros, que discurría en estado líquido, lo que hizo temer a los observadores que pudiera desbordarse en parte de su recorrido. Pero el cauce tenía tal profundidad y las paredes se habían solidificado en altura de tal modo, que evitaban esa posibilidad.
A partir del 22 de julio comenzó a observarse que los cráteres emisores habían reducido considerablemente su actividad. Los movimientos sísmicos también tenían escasa importancia y tampoco se escuchaban ruidos subterráneos.
En la tarde del 26 de julio se comprobó que había cesado la salida de lava por la fisura de Llano del Banco. Al día siguiente también había cesado toda actividad en los diferentes cráteres del volcán, donde sólo se producían fumarolas, por lo que los técnicos creían que la erupción había llegado a su fin.
El paso de la lava causó importantes daños en los cultivos de medianías y destruyó unos veinte edificios, entre pajeros, bodegas, aljibes y casas, que eran levantados desde sus cimientos y poco después engullidos por la colada arrolladora. Se calcula que el número de familias afectadas ascendía a unas trescientas.
Sin embargo, el 30 de julio, después de cuatro días de calma aparente, se reactivó el cráter de Hoyo Negro con una densa columna de humo negro, que alcanzó gran altura. A mediodía comenzó a fluir lava líquida por el cráter de El Duraznero después de producirse una fuerte explosión, que se desbordó y corrió por el barranco de La Jurada, situado entre los pagos de Tirimaga y Tigalate (Mazo). La lava, a una velocidad vertiginosa, cortó la carretera general en el kilómetro 17, así como el camino vecinal de Hoyo de Mazo, con lo que el pago de Montes de Luna y el pueblo de Fuencaliente quedaron completamente aislados. A última hora de la tarde la lava se tornó viscosa y lenta, solidificándose a unos 300 metros antes de llegar a la costa. A medianoche, la actividad eruptiva había decrecido notablemente y poco después la erupción llegó a su final.
El espectáculo del cauce de la lava ofrecía una visión dantesca y escalofriante desde la cumbre hasta el mar, y al contemplarlo desde El Time se convertía en un inmenso río de fuego. El fenómeno discurrió cada día bajo la atenta mirada de miles de personas, de los propios habitantes de la isla, muchos de los cuales sufrieron sus efectos y de otros muchos llegados desde fuera para contemplar el extraordinario espectáculo de la Naturaleza.
Los Llanos de Aridane
Eran las cuatro y media de la madrugada, aproximadamente, del 8 de julio de 1949, cuando cesó de repente la columna de humo que emanaba por la boca del cráter de El Duraznero y, al mismo tiempo, en el Llano del Banco se produjo una fuerte explosión subterránea y un movimiento sísmico brusco. Poco después, una pareja de la Guardia Civil que se encontraba de servicio en la carretera general del Sur, observó que algo sucedía en la parte alta de Las Manchas, por lo que prestó especial atención, ya que habían sido advertidos por los geólogos de la inminente salida de la lava.
La versión fue ratificada por el pastor Agustín Pérez Díaz, que se hallaba con dos de sus hijos cerca de un escarpe, en una pequeña cueva próxima al Llano del Banco, conocida con el nombre de Caño del Fuego y que servía de albergue para el ganado y de refugio para los pastores. A este sitio acostumbraban a acudir las cabras, pues parece que allí la temperatura era templada y en la madrugada de aquel día algunas de ellas se encontraban guarecidas en el citado lugar.
El pastor dijo que sintió una explosión, que inicialmente atribuyó a una posible manipulación con gasolina de unos turistas ingleses que se encontraban en los alrededores, y se dirigió a buscar a sus cabras, viendo, con gran sorpresa, cómo salía una gran masa negra de piedras y, después, un torrente de fuego. Acababa de amanecer.
El Llano del Banco está situado en lo alto de Las Manchas, a unos 1.300 metros de altitud y a una distancia de unos tres kilómetros en dirección NNO del cráter de El Duraznero. En este lugar se produjo la abertura de una grieta sinuosa de un kilómetro de largo y unos cien metros de ancho, por la que primero surgió una gran cantidad de lava en forma de masa enrojecida, que inició su descenso por el barranco de las Cubas, en el que se encuentra el Salto del Aguililla, con un desnivel de más de 40 metros, lo que contribuyó a facilitar su recorrido en dirección hacia el centro de Las Manchas.
Desde el amanecer se observó en El Paso y en otros lugares de la comarca un resplandor de unos dos kilómetros de largo por unos 200 ó 300 metros de anchura, que era el reflejo del camino de la lava, que llevaba entonces unos dos kilómetros de recorrido.
A las ocho de la mañana, la imponente masa descendía por el citado barranco a una velocidad considerable, favorecida por la gran pendiente del terreno, aunque luego aminoró su marcha cuando encontró un declive menos pronunciado. A las nueve y media el frente estaba a medio kilómetro de la carretera general, situada a 610 metros de altitud, cuyo corte resultaba inminente.
Próximo a la carretera general y cuando uno de los brazos se dirigía hacia la ermita de San Nicolás de Bari, cuya destrucción se temía, sufrió repentinamente una fuerte desviación hacia el Sur, atravesando tierras de labor, pasando a unos 100 metros de la iglesia en forma de ola lenta y viscosa.
Corte de la carretera
A las 14,15 horas, la lava del primer brazo llegó a los bordes de la carretera general del Sur, entre los kilómetros 42 y 43, quedando la isla dividida en dos y sólo comunicable con Santa Cruz de La Palma por los senderos de la cumbre o por el mar.
Desde primera hora de la mañana, y ante la inminencia de los acontecimientos, las autoridades habían ordenado la evacuación de Todoque y Las Hoyas, así como el desmantelamiento de la ermita y la central telefónica de Las Manchas.
Con una anchura de 380 metros a su paso por la carretera, el primer brazo pareció dirigirse entonces hacia el barrio de Todoque, cuyas proximidades alcanzó a las nueve de la noche. Durante un rato los observadores dudaron si la corriente seguiría camino de Puerto Naos, apreciando más tarde que había cambiado el curso, desviándose por la ladera hacia Las Hoyas.
Los otros dos brazos, situados más al sur, se unieron poco después de cruzar la carretera formando un solo frente. A medianoche, la lava llegó a la hondonada del Hoyo de Verdugo a una velocidad considerable, quemando a su paso viñedos y frutales. Los técnicos detectaron que en la fisura del Llano del Banco había aumentado la intensidad del vertido, alcanzando una altura entre siete y ocho metros, mientras que a lo largo del cauce ígneo mantenía una altura que oscilaba entre cuatro y cinco metros y seguía ensanchando su frente.
Al día siguiente, el brazo de lava que estaba paralizado en las inmediaciones de la ermita de San Nicolás se desvió hacia el barranco de Tamanca y reinició su corriente de forma muy lenta, lo que originó dos nuevos ramales. A mediodía se desprendieron del caudal principal dos nuevos brazos que invadieron la finca de Antonio Abad, con un ancho estimado entre 200 y 300 metros, casi paralelos, cruzando una nueva zona de Hoyo del Verdugo y atravesando la carretera de Puerto Naos por Las Norias, cortándola entre los kilómetros 6 y 7, precipitándose a continuación hacia las fincas de la Montañeta de las Bermejas, para luego dirigirse al mar.
La corriente que avanzaba en dirección del pago de Cuatro Caminos, en Las Manchas de Abajo, se encontraba a un kilómetro y medio del mar y a las ocho y media de la noche atravesó la carretera de Puerto Naos en el kilómetro 7 y en dirección a Las Hoyas, siguiendo su camino por una hondonada que rellenó hasta que la desbordó y ensanchó, lo que originó nuevos destrozos en la zona y que un nuevo brazo iniciara su avance en dirección al mar.
El 10 de julio la expulsión de lava desde la fractura de Llano del Banco estaba en su apogeo. Los técnicos apreciaron una mayor actividad, con una altura estimada de nueve metros en la grieta principal de salida, de la que emergía en sucesivos borbotones, aumentando el caudal del río ardiente al abrirse una segunda grieta de emisión por su parte inferior, de la que brotaba en mayor cantidad, acompañada de fuertes ruidos y expulsión de piedras incandescentes.
El aumento de la corriente de lava originó un nuevo brazo que amenazó al caserío de Cuatro Caminos, mientras que el brazo principal alcanzaba una anchura de 1.500 metros sobre Puerto Naos, bifurcándose de nuevo, por lo que se adelantó uno de los brazos que se dirigía al mar por Las Hoyas, mientras que el otro seguía destrozando tierras de cultivos.
La corriente que se adelantó eliminó la amenaza que se cernía sobre Todoque y, después de sepultar un empaquetado de plátanos, alcanzó la orilla del mar a las siete y media de la tarde con un frente de unos 500 metros, cayendo por el acantilado en forma de cascada.
Los técnicos expresaron su temor de que, dadas las dimensiones de la Isla, algunos movimientos sísmicos pudieran haber afectado al estado del mar, produciendo un micro maremoto, posibilidad que se desmintió cuando el encargado del mareógrafo de Santa Cruz de Tenerife, informó de que no se había registrado perturbación alguna.
Durante la mañana del 11 de julio, el brazo de lava que se había acercado lentamente hasta el pago de Cuatro Caminos y que se encontraba casi parado, comenzó a moverse de nuevo, sepultando a su paso varias casas y causando importantes destrozos en los cultivos.
Una de las fincas de Hoyo de Verdugo, de unas 280 fanegadas de extensión, casi desapareció en su totalidad con la casa de sus dueños, medianeros, graneros, bodegas y lo que en ella había de valor.
En las inmediaciones de la fisura de Llano del Banco, la salida de la lava alcanzaba una velocidad superior a los 30 km/hora, que disminuía a medida que se aproximaba a la costa, aunque en buena parte de su recorrido discurría por los rápidos a una velocidad torrencial y se veían, algunas veces, enormes piedras de varias toneladas de peso que flotaban sobre la misma y unas se fundían en unos momentos y otras, al chocar con las escorias, reventaban de forma explosiva formando densas nubes de polvo.
Cráter de Hoyo Negro
Sobre las 16 horas del 12 de julio, y después de que se percibieran una serie de ruidos subterráneos, apareció un nuevo cráter con tres bocas en el sitio llamado Hoyo Negro, próximo a El Duraznero, del que dista unos 300 metros, expulsando una gran cantidad de gases, piedras incandescentes y partículas sólidas hasta una altura de unos 700 metros, lo que originó nuevos incendios en el pinar.
Un día después de su aparición, el cráter había aumentado considerablemente sus dimensiones y lanzaba al aire con violencia diversos materiales, formando una densa columna de humo negro que alcanzaba una altura estimada de unos 3.000 metros. Las cenizas caían en grandes cantidades sobre El Paso y en sus montes, originando importantes daños.
Una semana después de la salida de la lava se calculaba que ésta había ganado al mar unos 400 metros. El río que discurría por Las Manchas de Abajo y otro de los brazos alcanzaron la costa en las primeras horas de la noche. El calor liberado en el contacto con el agua salada superaba un radio de una milla mar adentro. En las playas próximas la temperatura del mar había subido bastante y algunos arriesgados bañistas se atrevían a disfrutar del "agua calentita".
El cráter de Hoyo Negro se había vuelto mucho más violento, y lanzaba enfurecido piedras incandescentes en todas las direcciones, que llegaban incluso hasta Jedey. Al atardecer era tal la cantidad de cenizas que habían caído, que los pastos para el ganado se habían inutilizado y cubrían también las fincas de plátanos. El incendio de los pinares se había extendido considerablemente y afectaba a los montes de El Paso, Los Llanos de Aridane y Mazo, provocando daños importantes.
La fisura de Llano del Banco mantenía su plena actividad, expulsando la lava como si de un surtidor se tratara, alcanzando alturas máximas de 60 metros, que discurría en estado líquido, lo que hizo temer a los observadores que pudiera desbordarse en parte de su recorrido. Pero el cauce tenía tal profundidad y las paredes se habían solidificado en altura de tal modo, que evitaban esa posibilidad.
A partir del 22 de julio comenzó a observarse que los cráteres emisores habían reducido considerablemente su actividad. Los movimientos sísmicos también tenían escasa importancia y tampoco se escuchaban ruidos subterráneos.
En la tarde del 26 de julio se comprobó que había cesado la salida de lava por la fisura de Llano del Banco. Al día siguiente también había cesado toda actividad en los diferentes cráteres del volcán, donde sólo se producían fumarolas, por lo que los técnicos creían que la erupción había llegado a su fin.
El paso de la lava causó importantes daños en los cultivos de medianías y destruyó unos veinte edificios, entre pajeros, bodegas, aljibes y casas, que eran levantados desde sus cimientos y poco después engullidos por la colada arrolladora. Se calcula que el número de familias afectadas ascendía a unas trescientas.
Sin embargo, el 30 de julio, después de cuatro días de calma aparente, se reactivó el cráter de Hoyo Negro con una densa columna de humo negro, que alcanzó gran altura. A mediodía comenzó a fluir lava líquida por el cráter de El Duraznero después de producirse una fuerte explosión, que se desbordó y corrió por el barranco de La Jurada, situado entre los pagos de Tirimaga y Tigalate (Mazo). La lava, a una velocidad vertiginosa, cortó la carretera general en el kilómetro 17, así como el camino vecinal de Hoyo de Mazo, con lo que el pago de Montes de Luna y el pueblo de Fuencaliente quedaron completamente aislados. A última hora de la tarde la lava se tornó viscosa y lenta, solidificándose a unos 300 metros antes de llegar a la costa. A medianoche, la actividad eruptiva había decrecido notablemente y poco después la erupción llegó a su final.
El espectáculo del cauce de la lava ofrecía una visión dantesca y escalofriante desde la cumbre hasta el mar, y al contemplarlo desde El Time se convertía en un inmenso río de fuego. El fenómeno discurrió cada día bajo la atenta mirada de miles de personas, de los propios habitantes de la isla, muchos de los cuales sufrieron sus efectos y de otros muchos llegados desde fuera para contemplar el extraordinario espectáculo de la Naturaleza.
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