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domingo, 23 de septiembre de 2007

El gran impacto de Taburiente

La Caldera ocupa una superficie de 4.525 hectáreas, de las que 3.871 hectáreas pertenecen al Parque Nacional


Juan Carlos Díaz Lorenzo
El Paso


La línea que bordea las dos principales cadenas montañosas de La Palma forma un arco de 270 grados, en cuyo interior se encuentra la grandiosa Caldera de Taburiente, una de las depresiones más grandes del mundo y un espacio de gran belleza natural. Ocupa una superficie de 4.525 hectáreas, de las cuales 3.871 pertenecen al Parque Nacional.

Tiene un diámetro de casi 10 kilómetros en dirección NE-SW, un perímetro de 28 kilómetros y una profundidad considerable, con escarpes verticales que casi alcanzan los 900 metros, y sus paredes acantiladas llegan hasta los 2.400 metros, es decir, que tiene unos abismos de unos 1.500 metros salvados mediante dos escarpes escalonados y casi verticales de 850 y 650 metros, respectivamente, por debajo de los cuales continúan aún hasta el fondo en taludes de más de 600 metros cubiertos por bellos pinares. Todos los barrancos que forman la red interior confluyen en el paraje denominado Dos Aguas y hacia el Oeste se abre por el barranco de Las Angustias.

Debido a su gran atractivo, la investigación sobre la Caldera en sus diferentes aspectos ha sido mucho más amplia que la dedicada al resto de La Palma. Existen pocos casos en el mundo en los que se pueda contemplar el substrato de un territorio en una secuencia de algo más de 2.400 metros de altura, con un corte casi vertical que presenta una gran diversidad de materiales y plantea numerosos problemas relacionados con su fase constructiva. Todo ello ha dado origen a diversas teorías, que han ido cambiando a medida que ha avanzado el conocimiento del planeta y la génesis de Canarias.

Inicialmente fue considerada como un gigantesco cráter de explosión, lo que hizo suponer un diámetro primitivo de unos 30 kilómetros, lo cual la convierte en el mayor del mundo. Sin embargo, estudios posteriores asignan su origen a la erosión que destruyó la cúpula que pudo existir en su lugar. Ingentes desplomes de masas, evacuados por las aguas, han configurado su extraordinario aspecto, en el que abundan los "riscos lisos", que son claros indicadores de los desgastes producidos al ser socavados los materiales de los cimientos.

Toda la vertiente exterior aparece muy abarrancada y forma grandes cañones, como consecuencia de que los barrancos aún no han tenido tiempo para ensanchar su cauce. Los interfluvios constituyen tablados inclinados con aristas de cierta agudeza, aunque no existe homogeneidad. Abundan los conos, que afectan a la erosión y provocan variables en los cursos de los barrancos. Los circos tienen, a veces, un gran desarrollo, como es el caso de la caldera de Marcos y Cordero en el barranco del Agua y la de Siete Fuentes, en el barranco de Los Hombres.

En la vertiente oriental de la Cumbre Nueva se forman los lomos, que son ondulaciones de perfil regular, lo que indica que su formación se produjo con una cobertura vegetal y son relieves con rasgos únicos en Canarias. Desde la arista de la Cumbre se divisa la sucesión paralela de lomos y barrancos, que se hace más notable cuando descienden en altura, unos llamados lomos cortos, que terminan en espigón y otros lomos muertos, que son los que se inician mucho más abajo.

La orografía se compone de un vasto circo montañoso y volcánico, que tiene una gran rotura entre el Pico de las Ovejas y el Bejanado, conocida como La Cumbrecita, un paraje cubierto de vegetación arbórea de gran belleza, que la asemeja a la forma de un balcón desde el que se puede admirar parcialmente la Caldera. Las estribaciones del Bejenado se proyectan hacia el interior del cráter y su caída está erosionada hacia el Lomo de los Caballos, en la pared Sur de la Caldera.

Desde el Pico de las Ovejas, Pico de la Nieve, Piedra Llana o Roque de los Muchachos, la orografía de la Caldera de Taburiente permite apreciar una impresionante cadena de barrancos, que se suceden en forma de abanico hasta el barranco de las Angustias, en el que coinciden todos ellos para encauzarse hacia el mar.

La forma circular permite divisarla desde cualquiera de los picos de referencia, lo que permite admirar la extraordinaria formación geológica y el discurrir de sus aguas, que vierten desde diversos nacientes para coincidir en Dos Aguas, al pie del legendario roque Idafe, canalizadas por las Haciendas de Argual y Tazacorte para regar el valle de Aridane.

Los límites de la Caldera de Taburiente están delimitados por la crestería dominada por el Pico de la Cruz y Piedra Llana (2.321 metros), en el Noreste; Pico de la Nieve (2.247 metros), Pico del Cedro (1.914 metros), de las Ovejas y Corralejo (2.044 metros), en el Este. Continuando por las líneas que unen el Pico de las Ovejas y el Bejenado (1.864 metros), pasa por La Cumbrecita y desde aquí sigue hacia la parte superior del Roque Idafe y Somada Alta (1.926 metros) por el Sur, para seguir por la cumbre marcada por los picos denominados Roque Palmero (2.310 metros) y Roque de los Muchachos por el Oeste; y cerrando la línea Norte, la Cumbre, que enlaza este último vértice con Fuente Nueva (2.366 metros), Tamagantera (2.299 metros) y Pico de la Cruz.

La Caldera de Taburiente sugirió a Leopold von Buch su teoría de los cráteres de levantamiento. "Ningún volcán en el mundo -escribe- presenta un cráter de levantamiento de tan gran circunferencia y de tan sorprendente profundidad. Sería vano el querer subir desde el fondo hacia su cresta, o bajar desde esta alta región al fondo". Agrega que "masas inaccesibles de muchos miles de pies de elevación la cercan por todas partes" y se pregunta "¿dónde se puede encontrar algo tan prodigioso? ¿dónde existe un cráter con un círculo tan gigantesco, en el que los roques circundantes descubren al observador, desde una altura tan asombrosa, la naturaleza de las masas ocultas bajo el suelo que pisa?".

Sin embargo, casi treinta años después, en 1864, Charles Lyell formuló la tesis de su origen erosivo. El eminente profesor palmero Leoncio Afonso dice, no obstante, que "los palmeros siempre han considerado más sugerente la idea del cataclismo para explicar la formación de la Caldera, que el más largo y lento fenómeno de la erosión".

Los viajeros, exploradores y científicos, ingleses en su mayoría, que llegaron a La Palma a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, y sobre todo en igual período del siglo siguiente, quedaron sobrecogidos ante la espectacularidad y grandiosidad de la Caldera.

En 1764, George Glas, en su Descripción de las Islas Canarias, escribe que "esta montaña tiene una hondonada, como el Pico de Tenerife; la cima es aproximadamente de dos leguas de diámetro en todos los sentidos, y en la parte interior baja paulatinamente desde allá arriba hasta el fondo, el cual es un espacio de unos treinta acres.

Por las laderas del interior surgen varios riachuelos, los cuales se unen todos en el fondo, y forman una sola corriente a través de un paso hacia fuera de la montaña desde donde desciende, y después de recorrer una cierta distancia mueve dos trapiches. El agua de esta corriente es dañina, debido a estar contaminada por otras aguas de calidad perjudicial, que con ella se mezclan en la caldera".

A comienzos del siglo XIX, en 1803, el oficial francés Bory de Saint-Vincent, en su libro Ensayos sobre las Islas Afortunadas y la antigua Atlántida o compendio de la Historia General del Archipiélago Canario, describe La Palma y dice que "es muy alta. El centro, donde nieva con frecuencia, está cubierto de bosques oscuros, cuyos pinos producen mucha resina e incluso una madera bastante buena, que se utiliza para construir las barcas que se envían a pescar en la costa de Berbería".

En 1850, Pascual Madoz, en el capítulo que dedica a La Palma en su célebre Diccionario, escribe que "la parte Norte puede considerarse como producto de un solo volcán, que en tiempos muy remotos ardió en su centro con tanta o mayor fuerza que el Etna o el Vesubio, y que apagado siglos antes de la conquista dejó allí un cráter o caldera rodeada de lomas o barrancos, que como radios de un mismo centro siguen hasta las costas formando del todo una sola montaña, cuya elevación sobre el nivel del mar (en su pico llamado Roque de los Muchachos) se ha calculado en 8.000 pies de París; montaña cuyas alturas son generalmente quebradas, fragosísimas é intransitables".

En 1884, el arquitecto francés Adolphe Coquet, en su libro titulado Una excursión a las Islas Canarias, describe su visita a la Caldera y escribe que "estamos al borde de una muralla cortada a pico que forma por debajo de nosotros un circo enorme, cráter abierto de 1.000 metros de profundidad en cuyas paredes se apretuja una vegetación tupida de árboles y plantas de todas clases. Este cráter tiene seis leguas de circunferencia, su profundidad da vértigo y está lleno de nubes que se elevan rápidamente con el sol, dejando ver el fondo del abismo, por donde corre un pequeño arroyo. Cabras, pastores medio salvajes y palomas torcaces que pasan volando por el aire son los únicos habitantes de este paraje extraño producido por una gran conmoción volcánica, maravilla olvidada de este rincón perdido de la Tierra, último resto de la Atlántica engullida".

Olivia Stone, que alcanzó el Roque de los Muchachos en su visita a La Palma en 1887, escribe en su libro Tenerife y sus seis satélites, que "la vista es grandiosa, tanto que, si pudiera transferirse a algún lugar cercano a Inglaterra, pronto se convertiría en una atracción universal. Incluso para nosotros resultaba magnífica, aunque es posible saciarse con tal exceso de bellos paisajes que finalmente empalagan a la vista, al igual que ocurre con los caramelos y el paladar. No es posible, creo, disfrutar realmente de ningún paisaje hasta que nos familiarizamos con él, no con la familiaridad de los que han nacido y crecido conociendo sus bellezas, que frecuentemente hace que no lo valoremos, sino con esa familiaridad que surge cuando conocemos algo tras alcanzar nuestra madurez".

"En verdad -relata Charles Edwardes en 1888, en su libro Excursiones y estudios en las Islas Canarias-, la Caldera frustra cualquier pluma o lápiz. Su inmensidad desafía al artista, y un escritor ha de estar inspirado para reproducir en otros el efecto que lucha por conseguir. Uno podría hablar de su longitud y anchura, enumerar las montañas que la guardan tan celosamente del mundo exterior, incluso analizar las rocas y cantos que accidentan su fabuloso lecho, y contar los milenios que han transcurrido desde que sus profundas llamas iluminaron los precipicios que se hunden casi perpendiculares varios miles de pies desde su borde circular. Pero, después de todo, ¿qué representarían estos áridos datos?. Los colores de esta enorme depresión no pueden ser capturados. Es imposible ir más allá de simplemente sugerir los vívidos contrastes entre las tremendas paredes de roca que permanecen a la sombra y aquéllas a las que el sol extrae toda su belleza, al trazar las cristalinas líneas carmesí, púrpura y blancas que las surcan irregularmente desde el pico hasta la base; entre los sombríos troncos de los abetos (sic), muertos de vejez y nunca tocados por el hacha del leñador, y los jóvenes y lozanos pinos que refulgen bajo el cielo del mediodía con el intenso vigor que da la vida; o entre las dimensiones de esta hondonada, aislada del mundo, y su silencio, rara vez roto por el retumbante estruendo que provocan las avalanchas en su camino hacia las tumultuosas profundidades".

A finales del siglo XIX, René Verneau, en su libro titulado Cinco años de estancia en las Islas Canarias, se refiere a la Caldera como "un gigantesco cráter de levantamiento. Una erupción, de la que hay que hacer un esfuerzo para imaginar su potencia, hizo surgir desde abajo el núcleo central y lo elevó a la prodigiosa altura de 2.350 metros. Sin duda, al momento en que esta masa enorme comenzó a emerger, se produjo un gran desgarramiento. Una parte del terreno dejó de elevarse, mientras que la otra continuaba su movimiento de ascensión".

En 1911, Florence du Cane advierte que "aunque siempre se ha calificado de muy peligrosa la excursión a la gran Caldera, los naturales se sienten decepcionados si un visitante de la isla no va a admirar su inmenso cráter. Este es, efectivamente, enorme: un vasto hoyo que mide, por algunos sitios, y de un borde al opuesto, de 8 a 10 kilómetros, y unos 2.000 a 2.500 metros de profundidad. Estas dimensiones hacen difícil comprobar que se trata de un cráter, pudiendo fácilmente tomarse por una depresión entre las montañas. Aunque sus murallas son unos grandes riscos grisáceos, los pinares que cubren los declives inferiores de las montañas que se alzan desde el fondo del cráter, y los lugares en que el propio fondo está cubierto de árboles, hacen del conjunto lo menos parecido a un cráter ordinario".

En 1919, Alfred Sawler Brown escribe en su guía Madeira, Islas Canarias y Azores que "la Gran Caldera es el fenómeno geográfico de más interés de la isla, una caldera tan inmensa y de unas proporciones tan colosales que con frecuencia goza de su propio clima sin tener referencia alguna a lo que sucede en la isla de la que es parte. Los haouarythes solían decir que el Pico del Teide, al que veían blanco y hermoso en el horizonte desconocido, salió de la Caldera durante una erupción volcánica colosal".

domingo, 30 de octubre de 2005

Al pie de la Fuente Santa

JUAN CARLOS DIAZ LORENZO *
FUENCALIENTE


El redescubrimiento de la mítica Fuente Santa, situada en la costa occidental de Fuencaliente, constituye uno de los hitos de comienzos del siglo XXI en la historia inmediata de La Palma, una isla que en los últimos años ha experimentado importantes avances en materia de infraestructuras, como lo acredita la construcción del nuevo túnel de la Cumbre, el puente de Los Sauces y el puerto de Tazacorte -tres obras de ingeniería admirables-, entre otros hechos destacables.

En la tarde del 24 de octubre de 2005 pudimos ver, por primera vez, el lugar exacto donde mana la Fuente Santa. Habían transcurrido 328 años desde que las lavas del volcán de San Antonio sepultaron en 1677 el histórico manantial de aguas termales que tanta fama dio a este pueblo y a la isla toda desde finales del siglo XV.

Los primitivos pobladores de La Palma conocían la existencia del naciente, aunque desconocemos si sabían de las propiedades curativas del agua o si formaba parte de su mitología, aunque era lo suficientemente importante y de hecho lo llamaban "tagragito". Algo tenía que lo hacía diferente al resto de los manantiales que existen en la isla: agua fluyendo en la costa, al pie de un acantilado y a más de 42 grados de temperatura.

A partir de 1493, cuando los conquistadores españoles establecieron el nuevo régimen, éstos debieron conocer pronto la existencia del manantial de aguas termales y sus cualidades; viendo sus propiedades curativas y milagrosas en la mentalidad de entonces, se la llamó Fuente Santa. El eco de sus prodigiosas curaciones se extendió por Europa y América, debido al protagonismo que tenía Canarias como último pilar del puente imaginario que une ambos continentes.

Entre sus ilustres visitantes figura Pedro de Mendoza, que había sido nombrado por el emperador Carlos V, en 1534, adelantado del Río de la Plata y Capitán General de la Armada, expedición para la que armó una flota de 14 naos, en los que embarcaron 2.500 españoles y unos 150 alemanes ansiosos de la conquista de las tierras desconocidas del Sur.

El futuro fundador de la ciudad de Buenos Aires tenía entonces 34 años y estaba aquejado de sífilis, una enfermedad terrible, pese a lo cual organizó el viaje y dio la orden de zarpar el 1 de septiembre del citado año. La flota puso rumbo a Canarias, aunque tres de sus naves, entre ellas la capitana, se dirigieron a La Palma, donde permanecieron cuatro semanas. Parece claro que la verdadera razón de la estancia de Pedro de Mendoza estaba directamente relacionada con la enfermedad que le acosaba y que lo había hecho atraído por las noticias de la fama curativa de la Fuente Santa.

Durante casi doscientos años, entre los siglos XVI y XVII, los españoles dieron a conocer la existencia del naciente. La Palma comenzó a adquirir la fama de milagrosas curaciones de enfermedades de la piel, sobre todo las venéreas y la lepra, azotes de la humanidad de entonces. Dos personajes contemporáneos, fray Abreu Galindo y el ingeniero cremonés Leonardo Torriani, conocieron personalmente la Fuente Santa.

Fuencaliente, paraje de vinos y de volcanes, debe su nombre a este naciente de aguas termales y propiedades curativas que la Naturaleza donó a la tierra palmera. Sin embargo, el medio volcánico y dadivoso, que mantenía el caudal caliente de sus aguas milagrosas, terminó por sepultarla y ocultarla en las entrañas de su territorio.

A finales del año de gracia de 1677 la tierra comenzó a temblar y el día 10 de noviembre amaneció saliendo humo por una grieta que se formó al sur del pago de Los Canarios. A los pocos días un enorme volcán se elevaba majestuoso y la población atemorizada lo bautizó con el hagiónimo de San Antonio. La erupción continuó de forma intermitente hasta comienzos del año siguiente.

En todo ese tiempo varias coladas se derramaron por la superficie cayendo por el acantilado y vertiendo sus materiales incandescentes en la costa. La Fuente Santa permaneció a salvo casi hasta el final de la erupción, cuando, en uno de sus últimos estertores, un brazo de lava se canalizó por las escotaduras del Oeste, anegando una pequeña cala abierta hacia el Sur donde se encontraba el manantial.

La isla entera, acostumbrada a las erupciones, se vio en esta ocasión sacudida por la desesperación. El volcán había sepultado el naciente milagroso. Resignados ante lo irremediable, los fuencalenteros, generación tras generación, hicieron honor a su espíritu emprendedor y siempre mantuvieron el mismo anhelo: había que recuperar la Fuente Santa.

Cuando aquella generación, y las que le siguieron nos legaron la fertilidad de su memoria, con el paso de los años el emplazamiento exacto de la Fuente Santa perdió precisión. Las referencias que se poseen, analizando los documentos históricos, parten de fray Abreu Galindo, cuyo testimonio data del último cuarto del siglo XVI y resulta ciertamente valioso:

"La parte más estéril de aguas que esta isla de La Palma tiene es la que cae a la banda del sur; porque, si no es alguna fuente de muy poca agua, no hay otra y, aún de esa, no se puede aprovechar todas las veces, porque una fuente que nace a la orilla del mar no se puede aprovechar de ella, si no es de bajamar, porque cuando crece la cubre; y sale tan caliente, que puesta una lapa del mar en el nacimiento del agua, se despide de la concha. Y salir tan caliente lo causa el minero de azufre por donde pasa el agua. Los naturales antiguos llamaban este término, en su lenguaje ’tagragito’, que significa agua caliente, donde se podría hacer un tanque cubierto donde se curaran muchas y diversas enfermedades, bañándose con él; pero como no se atiende a la salud del cuerpo en los tiempos presentes, sino la de la bolsa, aprovecha poco dar aviso. Este término lo llaman los cristianos Fuencaliente".

Desde su desaparición hasta hoy, quince generaciones de fuencalenteros han tenido presente la importancia del histórico manantial y la necesidad de su recuperación. Los sucesivos intentos encontraron serias dificultades debido a razones técnicas y económicas. Habría que esperar a finales del siglo XX para acometer un nuevo intento, que esta vez ha sido el definitivo.

En enero de 1996, el alcalde de Fuencaliente, Pedro Nolasco Pérez, se dirigió a la Dirección General de Aguas, dependiente de la Consejería de Obras Públicas del Gobierno de Canarias, solicitando la ayuda de los técnicos para tratar de encontrar la Fuente Santa. En este empeño, la corporación municipal contó con el apoyo del Consejo Insular de Aguas de La Palma. El presupuesto de investigación permitió hacer cinco sondeos de cinco metros cada uno por debajo del nivel freático.



Estudio de documentos

Con la idea de aprovecharlos al máximo, el equipo técnico, dirigido por el ingeniero Carlos Soler Liceras, estudió todos los documentos que hacían referencia a la Fuente Santa, pues, aunque pudieran parecer precisos, en realidad no lo son tanto. De una parte, los nombres exactos se han olvidado o han cambiado; de otro, las coladas del volcán de Teneguía (1971) modificaron nuevamente la línea de la costa Oeste, creando unos malpaíses de una agresividad tan sólo comparable a su belleza. Para evitar destrozos innecesarios en estas coladas, se decidió que los sondeos -que registraron unas temperaturas entre 29 y 45 grados- se ejecutasen en la cuneta de la carretera, en dirección Norte-Sur y paralela al antiguo acantilado.

Además, y para conocer las propiedades de las aguas termales, se encargó un análisis completo -químico, bacteriológico y mineromedicinal- al laboratorio Oliver Rodés, de Barcelona y cuya interpretación estuvo a cargo de la cátedra de Hidrología Médica de la Facultad de Medicina de Madrid. La composición y su temperatura demuestra que se trata de aguas medicinales con efectos sanitarios similares a las del balneario de La Toja, en Galicia, uno de los mejores de España y del mundo, conocido y aprovechado desde los tiempos de los romanos.

El redescubrimiento de la Fuente Santa ha sido una labor muy compleja, que ha requerido de la aplicación de cuatro ciencias: la hidrogeología, la hidroquímica, la arqueología y la ingeniería. El autor del proyecto, Carlos Soler Liceras, es un ingeniero experto en esta materia y, además de su vasta formación técnica, posee, asimismo, una entusiasta vocación humanística, que ha puesto de manifiesto durante todo el proceso. En unión de otros técnicos de su departamento y con el apoyo constante de dos políticos palmeros, Antonio Castro Cordobez y Gregorio Guadalupe Rodríguez, máximos responsables de la Consejería de Infraestructuras del Gobierno de Canarias, el proyecto fue cumpliendo plazos y llegó a feliz término.

La solución adoptada consistió en la perforación de una galería baja emboquillada en el frente de las coladas del volcán de San Antonio, en la misma playa de Echentive, en dirección hacia el sondeo más caliente. La galería mide 219 metros y se divide en dos tramos: una alineación recta de 99 metros hasta llegar al antiguo acantilado y dos ramales de 60 metros, en dos tramos de direcciones opuestas y longitudes iguales en contacto con la serie geológica anterior al volcán de 1677, donde se consideraba que podía encontrarse el manantial.

La galería discurre entre las escorias y los clastos que han caído desde unos cien metros de altura y han rellenado la cala donde surgía el naciente. Las escorias volcánicas están sueltas, por lo que se han producido varios desprendimientos que han complicado aún más los trabajos, haciéndose especialmente notorios cuando los equipos se encontraron con los prismas de basalto, debido a su consistente dureza. Si a todo esto unimos el hecho de que a medida que avanza la galería se produce un ambiente de vapor, con temperaturas de 50 grados y emanaciones de dióxido de carbono, resulta más fácil comprender la complejidad de la obra.

Cuando, por fin, se localizó el manantial -que yacía enterrado bajo coladas de basalto desde hacía 328 años, pero continuaba manando con un caudal de aguas mineralizadas a más de 50 grados de temperatura-, a continuación se excavó una amplia bóveda, en la que a marea alta se aprecia un lago subterráneo y a marea baja aflora todo el caudal de la fuente, que brota a razón de tres litros por segundo.

El coste de la obra, de 712.000 euros, se dividió en dos fases. La primera, de 212.000 euros, se adjudicó a la empresa CORSAN-CORVIAM y finalizó en 2002 cuando concluyeron 127 metros de galería y dos anchurones donde se hicieron dos piscinas que registraron temperaturas de 36 y 42 grados. Durante la perforación se constató la falta de estabilidad de las escorias, que obligó primero a colocar cerchas cada metro para contener los derrumbes. En ocasiones este terreno suelto daba paso a coladas masivas y durísimas que obligaba a emplear explosivos.

La segunda fase se adjudicó en 2004 a la empresa SATOCAN por un importe de 500.000 euros. Desde el principio y debido a que la inestabilidad de las escorias iba en aumento, se cambió el método de perforación. Se mantenía el esquema de cerchas, redondos y piedras, pero a partir de entonces se empleó la técnica de inyecciones de lechada de cemento, lo que permitió sustituir las escorias sueltas por hormigón armado con los propios tubos de la inyección. Así se llegó al acantilado antiguo, a 160 metros del comienzo de la galería y con la temperatura del agua del subsuelo continuamente en aumento.

Cuando se alcanzó esta posición, y teniendo en cuenta los resultados de tres sondeos inclinados perforados desde la superficie, se comenzó el ramal del hastial derecho. Después de 30 metros se localizó un dique en el que se alcanzaba una temperatura máxima de 50 grados, donde "las lapas al punto se desconchaban". La galería pasó el dique en otros 13 metros con la finalidad de verificar que la temperatura descendía rápidamente, pasando ésta a 38 grados y después a 35 grados.

Allí se encuentra la Fuente Santa, canalizada por el dique volcánico en la orilla del mar, desde el que brota su caudal medicinal a lo largo de la marea. Por el dique aflora la fuente milagrosa a la vez que el mismo, sobresaliendo del acantilado, formaba un "elevado risco de color plomizo" y sobre éste la cruz de piedra que los antepasados dejaron como referencia precisa de su emplazamiento.

Las obras que se han realizado para perforar la galería han cumplido con todos los requisitos exigidos por seis corporaciones y organismos medioambientales. Así, sólo la tramitación de los permisos obligó a retrasar en un año el inicio de los trabajos. En concreto, la Consejería de Infraestructuras, Transporte y Vivienda encargó un informe medioambiental elaborado por sus propios servicios técnicos, a los que se añaden los permisos municipales, de la Viceconsejería de Medio Ambiente, del Patronato de Espacios Naturales, del Servicio de Costas y del Departamento de Minas de la Consejería de Industria.

El proyecto contó, además, con todos los requisitos legales precisos: la concesión del agua es del Ayuntamiento de Fuencaliente otorgada por el Consejo Insular de Aguas; la obra ha sido proyectada, dirigida y financiada por la Consejería de Infraestructuras, informada favorablemente en su totalidad por la Consejería de Política Territorial y el Cabildo Insular, así como el Patronato de Espacios Naturales de La Palma y autorizada por el Servicio de Costas. Al final, todo el empeño que se ha puesto en este proyecto ha merecido la pena. Aquí está, de nuevo entre nosotros, la Fuente Santa.



* Juan Carlos Díaz Lorenzo es Cronista Oficial de Fuencaliente de La Palma.

domingo, 29 de mayo de 2005

Alarmismo de nunca acabar

La humanidad siempre ha estado fascinada por las catástrofes; todas las culturas han convertido en leyendas y mitos las manifestaciones del poder de la naturaleza. Diluvios universales, continentes hundidos, erupciones catastróficas o terremotos capaces de cambiar en pocos segundos la topografía de un territorio son parte sustancial de mitos y creencias.


Eustaquio Villalba *
Santa Cruz

No cabe duda que la memoria colectiva que recuerda estos fenómenos tiene un fondo de verdad, pero es, simplemente, la explicación de hechos que escapaban a los saberes científicos de tales épocas.

Los profetas de catástrofes siempre han tenido gran audiencia en amplios sectores de la sociedad, tanta que han sido cientos, si no miles, los que han pronosticado su inminente final y, a pesar de tan nefastas profecías y de sus reiterados fracasos, nunca les faltan seguidores convencidos. Con el nacimiento de la ciencia moderna, estos eventos de la naturaleza dejan de mirarse con las gafas de la religión y son sustituidas por las de la razón: por el método científico. Gracias al progresivo conocimiento del medio físico se han ido conociendo otros hechos, otros fenómenos naturales que alteran significativamente el ritmo de los procesos geológicos y atmosféricos. Impactos de meteoritos, glaciaciones o el cambio climático son realidades científicas que se han convertido en poco tiempo en parte de este género de literatura apocalíptica. Novelas, películas y programas de radio y televisión contribuyen a difundir la versión irracional de los fenómenos naturales. Manipulan los datos aportados por la ciencia para adaptarlos a guiones que buscan un impacto mediático y consiguientes beneficios económicos.

No ha escapado a esta tendencia el descubrimiento de un fenómeno catastrófico que afecta especialmente a las islas volcánicas: los deslizamientos gravitacionales. Este evento ha pasado muy poco tiempo de las revistas científicas a las portadas de los medios de comunicación de masas, a la literatura de las grandes catástrofes y, lógicamente, a engrosar la cuenta de resultados de las empresas de comunicación y seguros.

Desde los inicios de la vulcanología moderna, muchos científicos se plantearon la posibilidad de enormes derrumbes en las laderas de los grandes volcanes. La visión del valle de La Orotava, ese extraño valle en forma de herradura, le hizo pensar en 1815 a Leopoldo von Buch en tal posibilidad. Pero no sería hasta comienzo de los años sesenta cuando se descubrió que era una realidad científica. Don Telesforo Bravo publicó un artículo en 1962 titulado El Circo de Las Cañadas y sus Dependencias; fue la primera explicación que atribuía la forma de los valles de La Orotava y Güímar a la huella de dos gigantescos deslizamientos, al efecto de la repentina pérdida de un flanco de la masa insular. El estudio de las entrañas de la Isla a través de los oscuros caminos de las galerías de agua fue determinante para la elaboración de la nueva teoría científica.

Sin embargo, y durante muchos años, su teoría fue negada, incluso ridiculizada, y sólo los geólogos que centraron su actividad profesional y científica en la hidrogeología de las Islas continuaron la senda abierta por don Telesforo. Entre ellos destacan Juan Coello, Jesús Bravo, Juan Jesús Coello, Isabel Farrutjia, Carlos Soler y, con gran relevancia, el geólogo José Manuel Navarro.

A mediados de los noventa, muchos de los expertos contrarios a la teoría de los deslizamientos en las décadas anteriores se convirtieron en sus fervientes partidarios. Valga como ejemplo un artículo del año 1994 con el que su autor inicia la larga serie de artículos sobre los deslizamientos gravitacionales en Canarias y, a pesar de ser su primer trabajo sobre este tema, ya considera que las fallas del 49 son el resultado del incipiente deslizamiento de Cumbre Vieja similar a las que debieron producir las calderas de Taburiente y Cumbre Nueva. Para la mayoría de estos investigadores la teoría de don Telesforo, Juan Coello y J. M. Navarro ha sido una nueva oportunidad para publicar en las revistas científicas de más prestigio y, también, en la justificación perfecta para solicitar proyectos de investigación bien dotados de fondos públicos y privados. En esta loca carrera se olvidaron, incluso en la bibliografía, de los autores de la teoría y pretendieron ir mucho más allá: descubrir dónde se produciría el próximo derrumbe. A partir de ese momento se mezclan dos elementos que resultan explosivos: el afán de algunos de estos científicos por pasar a los anales de la ciencia por sus descubrimientos y el negocio que acompañaría al anuncio de catástrofe de grandes proporciones.

No resulta extraño que estímulos tan fuertes produjeran rápidos resultados y, los mismos que se enteraron con retraso de la realidad de estos derrumbes en las laderas de las islas, anunciaran que habían descubierto que el próximo evento ocurrirá en la isla de La Palma. Ya en 1995 un geólogo publicaba un artículo en la revista de Protección Civil, advirtiendo del peligro que implicaba este probable deslizamiento. Acompañaba el artículo de un mapa en el se rotula entre interrogantes el inminente deslizamiento de Cumbre Vieja. En Inglaterra, unos científicos financiados por una empresa que asegura sus clientes ante grandes catástrofes le dan el definitivo impulso y convierten a Cumbre Vieja en noticia en los medios de comunicación de masas. En el año 2000 la prestigiosa cadena de televisión inglesa BBC emite un documental de la anunciada tragedia apocalíptica que arrasaría las costas del continente americano (en la acepción restringida del término, allí viven los únicos habitantes del planeta capaces de asegurarse ante cualquier catástrofe profetizada). La tragedia producida por el reciente maremoto de Indonesia ha sido aprovechado para relanzar el anuncio del "inminente" derrumbamiento de Cumbre Vieja y la consiguiente catástrofe del megatsumani. Es una nueva ocasión para relanzar novelas y películas basadas en tan negros pronósticos.

La realidad científica dice que estos expertos no aportan datos concluyentes que permitan deducir que la ladera de Cumbre Vieja está en equilibrio inestable. Los argumentos empleados por los partidarios no concuerdan con las interpretaciones que hacen otros científicos -entre ellos don Telesforo- de esos mismos datos. La erupción de San Juan de 1949 produjo una serie de fracturas en el terreno que interpretaron como fallas producidas por el movimiento de la ladera de Cumbre Vieja a causa de la actividad volcánica. Por eso, según estos autores, era probable que una próxima erupción terminara de desestabilizarla produciendo el deslizamiento y el tsunami subsiguiente. En varios artículos científicos reiteran esta interpretación, destaca, entre otros, el firmado por uno de los protagonistas del famoso documental de la BBC, Simon Day junto con Juan Carlos Carracedo y Hervé Gillou en 1997 en el que se dice: "Estimamos que se producirán menos de diez erupciones similares a la de 1949 cerca de la Cumbre Vieja antes de que ocurra el colapso, aunque éste puede tener lugar en cada una de tales erupciones". Por tanto, teniendo en cuenta que las erupciones en La Palma han sido frecuentes (siete en cinco siglos) el pronóstico era de peligro inminente de una catástrofe de dimensiones colosales; así fue expuesto en la reunión de científicos celebrada en La Palma para estudiar este fenómeno.

Pero José Manuel Navarro y Juan Jesús Coello, autores de un mapa geológico de La Palma en la que reflejan el papel de los deslizamiento en su evolución, afirman que estas fracturas se produjeron por la propia actividad eruptiva y no tienen nada que ver con corrimientos en las faldas de Cumbre Vieja. Esta interpretación ha sido corroborada por expertos en fracturas, los doctores Luis González de Vallejo y Mercedes Ferrer. Además, la estabilidad de la ladera es total, como demuestran los datos aportados por los sensores instalados en Cumbre Vieja. Bonelli, el ingeniero geógrafo que estudió la erupción de 1949, localizó los epicentros de los sismos a partir de los daños en las construcciones, pero éstas están situadas en zonas próximas al litoral, mientras que las medianías y cumbres del sur están deshabitadas; es, por tanto, un método muy poco preciso y no se puede utilizar los datos para argumentar que los sismos se debieron a la apertura de grietas en los flancos de la ladera debido a su inestable equilibrio.

En consecuencia, ninguno de los razonamientos utilizados para justificar la catástrofe de Cumbre Vieja responde a datos conocidos y contrastados. Está claro que son otras razones las que han convertido este fenómeno natural en un argumento para las películas de catástrofes. Estos eventos son rarísimos si lo medimos con la escala temporal de la historia del hombre, pues el último ocurrido en Canarias, el que originó la caldera de El Golfo en la isla del Hierro, según unos autores sucedió cuando un artista de la cultura magdaleniense pintaba las cuevas de Altamira hace unos 20.000 años y para otros hay que remontarse a más de 100.000, cuando el Homo sapiens probablemente no había llegado ala península Ibérica. Por ello convertir este hecho en una preocupación inmediata solo beneficia a los buscadores de notoriedad y de dinero fácil. A ellos no les importa ni la ciencia ni la intranquilidad que han ocasionado con sus escritos y declaraciones.

* Eustaquio Villalba, autor de este reportaje, es geógrafo.


domingo, 6 de marzo de 2005

Las nubes de La Palma

Juan Carlos Díaz Lorenzo
Villa de Mazo

La elevada altitud de la isla y su condición oceánica hace que las formaciones nubosas aparezcan aisladas en el cielo

La Palma posee unas condiciones geográficas y orográficas excepcionales. La gran elevación de sus cumbres, hasta alcanzar los 2.426 metros de altura en el Roque de los Muchachos, en una superficie de 704 kilómetros cuadrados, convierte a la isla en una de las más altas del mundo en relación a su superficie.

La posición oceánica y latitudinal, en el cinturón de las altas presiones subtropicales, confiere al cielo de La Palma una limpieza y una luminosidad extraordinarias, así como un característico color azul intenso durante el día y una excelente visión del firmamento durante la noche. Estas poderosas razones, entre otras, han hecho de La Palma un territorio idóneo para las observaciones astronómicas, lo que ha motivado el asentamiento del mayor complejo astrofísico del hemisferio norte.

La variedad de microclimas existentes hacen del territorio insular un continente en miniatura, que motivan una sorprendente variedad de paisajes y de singular belleza, con ecosistemas diferentes situados a muy poca distancia y que ha sido uno de los reclamos de la promoción turística de la isla, lo que ha contribuido, sin duda, al conocido calificativo de "Isla Bonita".

Si consideramos el ámbito estrictamente meteorológico, las consecuencias de las condiciones geográficas también se hacen evidentes, pues La Palma tiene un cielo único, en el que en ocasiones aparecen nubes de extrañas y caprichosas formas, que son difíciles de ver en otros lugares del archipiélago.

Este es el argumento principal del libro titulado "Las nubes de La Palma", del meteorólogo valenciano Fernando Bullón Miró, miembro del Servicio de Meteorología del aeropuerto de La Palma, recientemente publicado por AENA, en el que nos muestra un interesante y original recorrido fotográfico por el cielo de la isla.

En el libro se recoge el trabajo paciente de unos cuarenta autores, que han contribuido con imágenes captadas en diferentes momentos y nos acercan con detalle y pulcritud al singular impacto que generan las nubes. En concreto, están presentes las 69 fotografías presentadas en una exposición que se celebró en el aeropuerto de La Palma en febrero de 2003, más otro centenar que completa el recorrido fotográfico.

Además del espectacular "mar de nubes" que se desploma en la cordillera de Cumbre Nueva o invade el interior de la Caldera de Taburiente, las nubes más vistosas y fotogénicas que se producen en La Palma son las que se forman en el seno de las ondas de montaña. La elevada altitud de la isla y su condición oceánica hace que estas aparezcan aisladas en el cielo y, al mismo tiempo, las dimensiones relativamente pequeñas del territorio insular hacen que estas sean también de menor tamaño en comparación con las nubes que se suelen formar en las cordilleras de las zonas continentales. De ahí que en La Palma se produzcan nubes propias de alta montaña, aunque con sus propias características.

La Palma constituye, además, un importante obstáculo anclado en medio del Atlántico, que altera los flujos de viento superficiales, "de tal manera que en ocasiones -señala Fernando Bullón- parece estar jugando con las nubes, formándolas, rompiéndolas y modelándolas en un proceso incesante".

La influencia del relieve en la meteorología y la climatología de cada zona de la isla constituye un factor determinante, debido no sólo a la gran elevación de las cumbres, sino también a la habitual presencia de humedad y nubosidad en las capas más bajas de la atmósfera.

La inversión térmica generada en el seno del anticiclón de las Azores, que afecta al archipiélago canario durante casi todo el año, provoca que la mayor parte de los días la nubosidad y los fenómenos meteorológicos queden posicionados entre los 1.500 y 2.000 metros, sin que pueda superar la elevación de las cumbres palmeras, quedando las zonas mejor expuestas a los alisios cubiertas con nubosidad, mientras que las zonas localizadas a sotavento, y las situadas por encima de la inversión, permanecen con el cielo despejado.

La disparidad en el reparto de las precipitaciones se refleja claramente en la media anual, de manera que en la zona Nordeste, expuesta a los alisios, se superan los 1.300 mm. y constituye el área más lluviosa de todo el archipiélago. Sin embargo, en algunas áreas costeras del Oeste de La Palma no se alcanzan los 200 mm. anuales, cantidad que más bien parece propia de áreas desérticas. A ello se suma el hecho de que la zona favorecida por el alisio y el mar de nubes recibe mucha menor insolación y, además, se ve beneficiada por la lluvia horizontal, que en ocasiones aporta más cantidad de agua que la lluvia vertical, por lo que las diferencias en el ambiente son aún mayores.

Lo más sorprendente de la meteorología palmera se produce cuando una perturbación atmosférica afecta a la isla. Las condiciones de tiempo son diferentes en cada una de las zonas, aunque estén situadas a muy poca distancia. Así, el paso de un frente frío puede provocar simultáneamente que en unas zonas haya viento, niebla, lluvia y que en otras el cielo esté despejado. Además, esas condiciones tan diferentes pueden mantenerse durante horas o incluso días enteros. El caso más extremo se produce cuando nieva en las cumbres -con temperaturas bajo cero-, niebla y fuertes vientos, y al mismo tiempo, y a muy pocos kilómetros a distancia, se puede disfrutar del sol, viento en calma y agradables temperaturas en el litoral.

Los vientos dominantes en Canarias procedentes del Nordeste, los alisios, llegan a La Palma tras un largo recorrido marítimo, cargados de humedad en las capas inferiores, formándose nubes bajas que no alcanzan los puntos más elevados de la isla. Se pueden disfrutar entonces, desde las altas cumbres, de la espectacular visión del famoso "mar de nubes".

Por encima, la atmósfera se muestra libre de nubosidad y con una visibilidad excelente, asomando en el horizonte las cimas de las islas de El Hierro, La Gomera y Tenerife, sobre la que destaca El Teide. Mientras tanto, en las laderas que quedan a sotavento, el "mar de nubes" desciende y provoca la formación de sorprendentes y vistosas "cascadas de nubes". El fenómeno se hace especialmente atractivo sobre la cordillera de la Cumbre Nueva, a unos 1.400 metros de altitud, donde la masa nubosa se desploma literalmente a sotavento en una "cascada" de dimensiones espectaculares, que cautiva a propios y extraños. Cuando los vientos fuertes remontan la isla se forman ondas de montaña a sotavento, en cuyo seno se generan curiosas nubes denominadas "nubes de onda", que permanecen estáticas durante horas cambiando continuamente de aspecto y adoptando formas muy variadas y caprichosas. Las nubes más bajas giran sobre sí mismas en el seno de ondas llamadas "rotores". A mayor altura aparecen otras nubes que tienden a adoptar aspecto de lentes y a veces se parecen a los platillos volantes. Son las "nubes lenticulares".

Por la orientación geográfica de La Palma, los vientos alisios circulan oblicuos a las costas septentrionales y orientales, lo que produce desviaciones de dirección originadas por la orografía litoral y origina a lo largo de la masa montañosa una banda nubosa, con las características propias del "mar de nubes".

Desde Punta Cumplida, en Barlovento, se manifiestan dos direcciones en el alisio: una hacia el Oeste, que bordea la Punta del Mudo, en Garafía, en donde una nueva desviación tangencial sigue la costa hasta Puntagorda y la otra bordea la vertiente oriental. Aquí ocurre un hecho interesante, ya que se establece una zona de calmas, en la que escasean las nubes y la insolación y la evaporación es muy elevada.

Como consecuencia de esta dirección oblicua, en algunos tramos, paralelo a la costa y como el espesor del flujo del alisio no excede de 700 metros -sólo en casos excepcionales alcanza los 1.400 metros-, la orografía del litoral origina numerosas sombras eólicas, produciéndose en consecuencia una gran variedad de climas locales, sin que falten, incluso, pequeños efectos Foehn en la vertiente oriental.

Ello permite establecer una serie de delimitaciones, explica el eminente catedrático palmero Leoncio Afonso. Así, desde Punta Cumplida hasta el barranco de La Galga se extiende una zona orientada al NE, que se caracteriza por una mayor suavidad en el flujo del alisio en su ascendente por la pendiente y que no se acelera por desviación.

En la costa de Puntallana se produce la aceleración del alisio por desviarse al tropezar con las montañas de Tenagua y Zamagayo, cuyas cimas rebasan los 500 metros. Este obstáculo orográfico origina una sombra eólica que cubre la costa hasta el Lomo de La Oveja, en las Breñas. Estas condiciones climáticas justifican la ausencia de laurisilva, salvo en las umbrías de los barrancos y permiten a las xerófilas de costa trepar hasta el límite inferior del pinar.

Hacia el Sur se acelera el alisio y la altura no favorece la formación y acumulación de la capa de nubes. Durante el día, la virazón adquiere su máxima intensidad en las horas más calurosas, es decir, cuando el gradiente término horizontal entre tierra y mar registra sus valores más altos. Las temperaturas relativamente reducidas y la elevada humedad relativa se explica por la existencia de reliquias de vegetación umbrófila cerca de las zonas costeras, como son barbuzanos, mocaneros, etcétera.

Entre La Rosa y Velhoco se produce una gran acumulación del "mar de nubes" y se combina con la brisa, ya que no puede rebasar, o lo hace débilmente, la arista montañosa. El clima es templado y húmedo, con primaveras frescas, lloviznas y días cubiertos e incluso en los meses de junio y julio se registran algunas precipitaciones.

Desde Tiguerorte hasta la Punta de Fuencaliente impera un clima influenciado por la gran aceleración del alisio, con vientos de cierta intensidad paralelos a la costa, que produce en ocasiones el efecto Foehn e impide la acumulación de nubes en las cumbres. En la Punta de Fuencaliente se distingue claramente en el mar la línea divisoria del avance del alisio.

La inversión pierde altura en dirección Norte-Sur. En Mazo se produce a una altura inferior -entre 300 y 400 metros- a la de Barlovento, debido al ángulo de incidencia en el relieve y la aceleración a lo largo de su recorrido, siendo entonces menor el ascenso de la capa húmeda. Un panorama similar ofrece el alisio en Garafía, en la zona de Llano Negro, que es el límite Oeste del mar de nubes y cuando tiene una dirección más hacia el Norte alcanza a Hoya Grande. En la costa, el viento NE se acelera en Juan Adalid y más al Sur en Lomada Grande, hasta alcanzar Puntagorda, aunque sin la escolta de las nubes.

La altura de la Cumbre Nueva permite que el manto de nubes la desborde con frecuencia y en su descenso por la vertiente de sotavento aporte humedad suficiente para mantener la formación de fayal-brezal en la ladera. Sólo en la parte Norte, que es más alta, se encuentra el pinar. Sin embargo, la altura de la Cumbre Vieja no permite que el alisio la rebase, por lo que domina el pinar, que desciende a zonas más bajas, dadas las condiciones climáticas.

El valle de Aridane, normalmente protegido del alisio, está muy afectado por las invasiones africanas, registrando elevadas temperaturas y en ocasiones la presencia de aire sahariano resulta brutal, llegando a registrar los termómetros más altos del archipiélago.

Pese a la benignidad del clima canario, en ocasiones -como en el invierno que estamos viviendo- se producen fuertes borrascas que originan fenómenos violentos e imágenes poco habituales, cuyos antecedentes se remontan, en algunos casos, a varios años o décadas atrás. Cuando las borrascas atlánticas se acercan a La Palma se originan fuertes vientos, cuya velocidad se acelera debido al relieve insular. En ocasiones alcanzan registros huracanados y constituyen un mal trago para la agricultura palmera.

Entre los fenómenos meteorológicos especialmente adversos y recientes hay que recordar el acontecido el 20 de noviembre de 2001, fecha en la que mientras una fuerte tormenta descargaba en las cresterías y provocaba cascadas cayendo por las paredes de la Caldera, en la parte baja, por donde caminaban los senderistas, el sol continuaba brillando, lo que hizo que éstos fueran sorprendidos por la avalancha de agua que corrió por el barranco de Las Angustias. Asimismo, en los meses invernales se pueden producir súbitas irrupciones de vientos fríos del Norte que dejan las cumbres cubiertas de nieve y hielo. Las tormentas eléctricas, sin embargo, son poco frecuentes.

Por último es de destacar que cuando la nubosidad se rompe debido al elevado relieve insular, genera unos huecos que permiten el paso de los rayos solares e inciden directamente sobre las cortinas de lluvia, lo que origina el siempre llamativo fenómeno del arco iris, que puede observar con relativa frecuencia en la isla de La Palma.

domingo, 31 de octubre de 2004

Cronistas y viajeros en Taburiente

Juan Carlos Díaz Lorenzo
El Paso

El viajero portugués Gaspar Frutuoso, que es probable que estuviera en La Palma en la segunda mitad del siglo XVI, según las apreciaciones del profesor Pedro Nolasco Leal Cruz, escribe en su libro "Saudades da Terra", refiriéndose a la Caldera de Taburiente, que "ésta se llama así porque es una hoya en forma de caldera, de gran profundidad, de 9 leguas de anchura, el mismo número que tiene la Isla por esta parte.

De dicha caldera salen tres grandes arroyos de mucho agua, tan dulce, tan clara y tan sana que no se puede hallar otra como en ella, pues no hace daño a cualquier hora que se tome, sea de noche o de día. (...)".

"Los susodichos tres arroyos salen tan alejados el uno del otro, que los dos del norte distan uno del otro cuatro leguas; uno va directo a la Ciudad y el otro a Los Sauces; el de la Ciudad lleva tanta agua, que mueve seis o siete molinos; aparte de la que se consume conducida por medio de tubos a dicha ciudad. (...)."

"En su interior la Caldera tiene pastos buenos para ovejas, cabras y carneros, del que usan todos los pastores para la alimentación de sus ganados como algo en común; entran allí a principios del invierno por el lado que da a Tazacorte por una entrada, que se hace tan estrecha en la parte alta que por ella no puede pasar más de un hombre; y una vez que el ganado ha entrado por las veredas, ya en su interior, en un lugar muy espacioso y hondo, no puede salir de él y así todo se cría sin necesidad de pastor o guardián alguno; aquí se multiplica copiosamente y se engorda".

Los viajeros, exploradores y científicos, ingleses y alemanes en su mayoría, que llegaron a La Palma a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, y, sobre todo, en igual período del siglo siguiente, quedaron sobrecogidos ante la espectacularidad y la grandiosidad de la Caldera de Taburiente.

George Glas, en su "Descripción de las Islas Canarias 1764" -traducción de Constantino Aznar de Acevedo y publicado por el Instituto de Estudios Canarios en 1982- dice que "esta montaña tiene una hondonada, como el pico de Tenerife; la cima es aproximadamente de dos leguas de diámetro en todos los sentidos, y en la parte interior baja paulatinamente desde allá arriba hasta el fondo, el cual es un espacio de unos treinta acres.

Por las laderas del interior surgen varios riachuelos, los cuales se unen todos en el fondo, y forman una sola corriente a través de un paso hacia fuera de la montaña desde donde desciende, y después de recorrer una cierta distancia mueve dos trapiches. El agua de esta corriente es dañina, debido a estar contaminada por otras aguas de calidad perjudicial, que con ella se mezclan en la caldera".

En 1803 el oficial francés Bory de Saint-Vincent, en otro trabajo de indudable interés traducido por José A. Delgado Luis (1988), describe La Palma y dice que es una isla "muy alta. El centro, donde nieva con frecuencia, está cubierto de bosques oscuros, cuyos pinos producen mucha resina e incluso una madera bastante buena, que se utiliza para construir las barcas que se envían a pescar en las costas de Berbería".

Como hemos comentado en reportajes anteriores, la Caldera de Taburiente sugirió al geólogo alemán Leopold von Buch su teoría de los cráteres de levantamiento. En la edición de su libro "Descripción física de las Islas Canarias", publicado en París en 1836 -la primera edición en español se publicó en 1999, traducido por José A. Delgado Luis, con un estudio crítico de Manuel Hernández González-, dice que "ningún volcán en el mundo presenta un cráter de levantamiento de tan gran circunferencia y de tan sorprendente profundidad. Sería vano el querer subir desde el fondo hacia su cresta, o bajar desde esta alta región al fondo".

"Visto desde arriba -pone especial énfasis-, La Caldera presenta una perspectiva no menos impresionante que desde abajo. Su espantosa profundidad, que entonces se puede abarcar en su totalidad, le dan el aspecto de un abismo tan inmenso que sería muy raro que se encuentre otro igual en la superficie de la Tierra".

Agrega que "masas inaccesibles de muchos miles de pies de elevación la cercan por todas partes" y se pregunta "¿dónde se puede encontrar algo tan prodigioso?, ¿dónde existe un cráter con un círculo tan gigantesco, en el que los roques circundantes descubren al observador, desde una altura tan asombrosa, la naturaleza de las masas ocultas bajo el suelo que pisa?".

En 1850, Pascual Madoz, en el capítulo que dedica a La Palma en su célebre "Diccionario geográfico, estadístico e histórico de España y sus posesiones de ultramar", con estudio introductorio de Ramón Pérez González (1986)", escribe que "la parte Norte puede considerarse como producto de un solo volcán, que en tiempos muy remotos ardió en su centro con tanta o mayor fuerza que el Etna o el Vesubio, y que apagado siglos antes de la conquista dejó allí un cráter o caldera rodeada de lomas o barrancos, que como radios de un mismo centro siguen hasta las costas formando del todo una sola montaña, cuya elevación sobre el nivel del mar (en su pico llamado Roque de los Muchachos) se ha calculado en 8.000 pies de París: montañas cuyas alturas son generalmente quebradas, fragosísimas e intransitables".

Otros viajeros
En 1884, el arquitecto francés Adolphe Coquet describe su visita a la Caldera y escribe que "estamos al borde de una muralla cortada a pico que forma por debajo de nosotros un circo enorme, cráter abierto de 1.000 metros de profundidad en cuyas paredes se apretuja una vegetación tupida de árboles y plantas de todas clases. Este cráter tiene seis leguas de circunferencia, su profundidad da vértigo y está lleno de nubes que se elevan rápidamente con el sol, dejando ver el fondo del abismo, por donde corre un pequeño arroyo. Cabras, pastores medio salvajes y palomas torcaces que pasan volando por el aire son los únicos habitantes de este paraje extraño producido por una gran conmoción volcánica, maravilla olvidada de este rincón perdido de la Tierra, último resto de la Atlántida engullida". La cita corresponde a su libro "Una excursión a las Islas Canarias", traducido por José A. Delgado Luis (1982).

Olivia Stone, que alcanzó el Roque de los Muchachos en su visita a La Palma en 1887, escribe en su libro "Tenerife y sus seis satélites" -traducido por Juan S. Amador Bedford (1995), que "la vista es grandiosa, tanto que, si pudiera transferirse a algún lugar cercano a Inglaterra, pronto se convertiría en una atracción universal. Incluso para nosotros resultaba magnífica, aunque es posible saciarse con tal exceso de bellos paisajes que finalmente empalagan la vista, al igual que ocurre con los caramelos y el paladar. No es posible, creo, disfrutar realmente de ningún paisaje hasta que nos familiarizamos con él, no con la familiaridad de los que han nacido y crecido conociendo sus bellezas, que frecuentemente hace que no lo valoremos, sino con esa familiaridad que surge cuando conocemos algo tras alcanzar nuestra madurez".

"En verdad -escribe Charles Edwardes en su libro "Excursiones y estudios en las Islas Canarias", publicado en 1888 y traducido por Pedro Arbona (1998)-, la Caldera frustra cualquier pluma o lápiz. Su inmensidad desafía al artista, y un escritor ha de estar inspirado para reproducir en otros el efecto que lucha por conseguir. Uno podría hablar de su longitud y anchura, enumerar las montañas que la guardan tan celosamente del mundo exterior, incluso analizar las rocas que accidentan su fabuloso lecho, y contar los milenios que han transcurrido desde que sus profundas llamas iluminaron los precipicios que se hunden casi perpendiculares varios miles de pies desde su borde circular. Pero, después de todo, ¿qué representarían estos áridos datos? Los colores de esta enorme depresión no pueden ser capturados. Es imposible ir más allá de simplemente sugerir los vívidos contrastes entre las tremendas paredes de roca que permanecen a la sombra y aquéllas a las que el sol extrae toda su belleza, al trazar las cristalinas líneas carmesí, púrpura y blancas que las surcan irregularmente desde el pico hasta la base; entre los sombríos troncos de los abetos (sic.), muertos de vejez y nunca tocados por el hacha del leñador, y los jóvenes y lozanos pinos que refulgen bajo el cielo del mediodía con el intenso vigor que da la vida; o entre las dimensiones de esta hondonada, aislada del mundo, y su silencio, rara vez roto por el retumbante estruendo que provocan las avalanchas en su camino hacia las tumultuosas profundidades".

A finales del siglo XIX, René Verneau -influido por la teoría de Buch- se refiere a la Caldera como "un gigantesco cráter de levantamiento. Una erupción, de la que hay que hacer un esfuerzo para imaginar su potencia, hizo surgir desde abajo el núcleo central y lo elevó a la prodigiosa altura de 2.350 metros. Sin duda, el momento en que esta masa enorme comenzó a emerger, se produjo un gran desgarramiento. Una parte del terreno dejó de elevarse, mientras que la otra continuaba su movimiento de ascensión". La cita se encuentra en su libro "Cinco años de estancia en las Islas Canarias", traducido por José A. Delgado Luis en 1981.

En 1911, Florence du Cane, en su trabajo "Las Islas Canarias", advierte que "aunque siempre se ha calificado de muy peligrosa la excursión a la gran Caldera, los naturales se sienten decepcionados si un visitante de la isla no va a admirar su inmenso cráter. Este es, efectivamente, enorme: un vasto hoyo que mide, por algunos sitios, y de un borde al opuesto, de 8 a 10 kilómetros, y unos 2.000 a 2.500 metros de profundidad. Estas dimensiones hacen difícil comprobar que se trata de un cráter, pudiendo fácilmente tomarse por una depresión entre las montañas. Aunque sus murallas son unos grandes riscos grisáceos, los pinares que cubren los declives inferiores de las montañas que se alzan desde el fondo del cráter, y los lugares que en el propio fondo está cubierto de árboles, hacen del conjunto lo menos parecido a un cráter ordinario". Este libro, con su prólogo-introducción correspondiente, fue traducido por Angel Hernández en 1983.

En 1919, Alfred Samler Brown escribe en su guía "Madeira, Islas Canarias y Azores" -traducido por Isabel Pascua Febles y Sonia Bravo Utrera en 2000, que "la Gran Caldera es el fenómeno geográfico de más interés de la isla, una caldera tan inmensa y de unas proporciones tan colosales que con frecuencia goza de su propio clima sin tener referencia alguna a lo que sucede en la isla de la que es parte. Los haouarythes solían decir que el Pico de Tenerife, al que veían blanco y hermoso en el horizonte desconocido, salió de la Caldera durante una erupción volcánica colosal".

Una guía turística
Una guía editada por el Patronato de Turismo de La Palma a comienzos de la década de los años treinta del siglo XX, describe la Caldera en los siguientes términos:

"En La Palma se encuentra la famosísima Caldera de Taburiente, considerada como el mayor cráter del mundo. Es un antiquísimo volcán monógeno, apagado. La sola enumeración de sus dimensiones da idea de su imponente grandiosidad: mide 28.000 metros de contorno, 9.000 de diámetro y 707 de profundidad. Puede decirse que la Isla de La Palma está constituida por este gigantesco cráter, los altos picos que lo rodean y las estribaciones montañosas que de él, por todos lados, bajan hasta el mar.

Aparte del gran interés científico que reviste este cráter sin igual, no se trata, como pudiera creerse, de una inmensa sima u oquedad escueta, desnuda de vegetación. Por el contrario, su valor panorámico es incalculable, pues, además de lo grandioso de su conjunto -difícilmente fotografiable por lo mismo; solamente desde un avión, a gran altura, podría impresionarse su totalidad-, encierra variadísimos e indescriptibles paisajes. Por las imponentes rocas de sus muros desciende el agua torrencial y abundante; insondables abismos las cortan de trecho en trecho; helechos gigantes, añosos y corpulentos pinos trepan por las vertientes de los barrancos, y toda suerte de árboles, arbustos y plantas silvestres forman un incomparable decorado natural de esta maravilla geológica; profusión de aves y animales salvajes la pueblan; en su centro, se conserva erecto un inmenso monolito sagrado, llamado Idafe, que servía de altar a los primitivos indígenas para adorar al dios Abora. Y todo rodeado de un anfiteatro rocoso, en el que se destacan inaccesibles crestas y agujas, frecuentemente blanqueadas por la nieve.

Como desagüe natural de La Caldera, el denominado Barranco de las Angustias, que muere en el mar, junto al pintoresco pueblo de Tazacorte, es de una anchura y una profundidad excepcionales, a tono con el caudal de agua que aquélla vierte por su cauce".

Y agrega, más adelante:

"La Isla de La Palma ofrece la curiosísima particularidad de poseer las mayores alturas en la más reducida extensión superficial. Ninguna otra puede comparársele en este aspecto (…). El panorama que se contempla desde cualquiera de estas alturas es sencillamente maravilloso. A un lado, el escalofriante conjunto de La Caldera; al otro, el bello contorno de la Isla, claramente visible en su total extensión, recortado por las blancas espumas de las olas que rompen en la costa; a nuestros pies, incontables pueblos y caseríos diseminados por el inmenso mapa en relieve que, surgiendo de la lámina azul del mar, se nos ofrece; al fondo, en el lejano horizonte, el elevado perfil, coronado de nubes, de otras islas. Y presidiendo, patriarcal y solemne, este imponderable cuadro natural, la altísima silueta del Teide, nacido, según la musa popular, del ‘crisol de la Caldera’. El recuerdo de lo que se admira desde las cumbres de La Palma es indeleble".

domingo, 24 de octubre de 2004

Donde La Palma muestra su grandiosidad

Juan Carlos Díaz Lorenzo
El Paso

El Parque Nacional de la Caldera de Taburiente muestra una parte importante de la historia geológica insular

La Caldera de Taburiente tiene fama internacional. Desde hace más de ciento cincuenta años, caldera es el término empleado en toda la comunidad científica para definir determinadas estructuras volcánicas y ha sido tomado, precisamente, de este enclave, desde el momento en que empezaron a emplearlo geólogos y naturalistas que visitaron La Palma desde mediados del siglo XIX.

La Caldera de Taburiente muestra una parte importante de la historia geológica de La Palma, lo que la ha convertido en un lugar excepcional para la realización de numerosos estudios. Por esta razón siempre ha despertado un gran interés entre la comunidad científica internacional y, especialmente, entre los geólogos, de ahí que sea la parte de la Isla mejor estudiada en ese sentido. Entre ellos, el primero de gran prestigio que la visitó fue al alemán Leopold von Buch (1774-1853), uno de los defensores más influyentes de la teoría neptunista en geología y que hizo sus estudios basándose en la teoría de los cráteres de levantamiento.

Según el criterio que imperaba entonces, la Caldera se había formado debido al fuerte empuje que el magma profundo ejercía sobre unas coladas, provocando su levantamiento y fractura. Al desaparecer este empuje, la zona central se habría desplomado dejando un enorme espacio libre.

Posteriormente, y bastante avanzado el siglo XX, otros autores plantearon una teoría basada en grandes períodos de actividad magmática intercalados con períodos de erosión del agua y desprendimientos. En la última década de la pasada centuria, las nuevas teorías explican la formación de la Caldera debido a grandes deslizamientos por efecto de la gravedad y el efecto erosivo de las aguas, lo que explicaría los desplomes que han ocurrido en los últimos años, alguno de ellos de considerable magnitud.

El interior de la Caldera presenta unas formaciones geológicas de gran interés, donde se localizan las lavas más antiguas de la isla, componentes del denominado Complejo Basal, como son lavas almohadilladas, magmáticas plutónicas, diques basálticos y aglomerados, hasta las series más modernas de las paredes más verticales, compuestas por coladas, conos volcánicos, diques de basalto recuerdo de las antiguas chimeneas y restos de erupciones explosivas por acumulación de piroclastos de llamativos colores, sobre los que se apoyan algunos llamativos roques.

La Caldera de Taburiente es una inmensa depresión, que figura entre las más grandes del mundo de su tipo, rodeada por un circo de cumbres de unos ocho kilómetros de diámetro, en el que se encuentran las mayores altitudes de la Isla, como son el Roque de los Muchachos (2.426 m), Pico de la Cruz (2.351 m), Piedra Llana (2.321 m), Pico de la Nieve (2.236 m) y Punta de los Roques (2.085 m), entre otros.

Desde estas alturas, el relieve se desploma hacia el interior de la Caldera en escarpes casi verticales no inferiores a 800 metros, hasta alcanzar la cota de 430 metros sobre el nivel del mar en su parte más baja, lo que supone presenciar unos desniveles de aproximadamente unos 2.000 metros.

Por el Suroeste, la Caldera de abre hacia el mar a través del barranco de Las Angustias, que es el desagüe natural de los numerosos arroyos que existen en su interior. Al Sur se encuentra el collado de La Cumbrecita (1.310 m), cabecera del Valle del Riachuelo, que también forma parte del recinto, así como la ladera Sur del Bejenado.

El interior de la Caldera se encuentra surcado por un gran número de barrancos de impresionante belleza y sugerentes nombres, como es el caso de Cantos de Turugumay, Verduras de Alfonso, Altaguna, Faya, Rivanceras, Huanauao…, que confluyen en los dos principales, Taburiente y Almendro Amargo, cuya unión en Dos Aguas es el comienzo del barranco de Las Angustias. El espacio está compartido por numerosas crestas y roques, testigos presenciales de la erosión milenaria, entre las que destaca el monolito de Idafe, considerado uno de los referentes tradicionales de la cultura aborigen.

Además, dentro de la Caldera abundan las fuentes, los manantiales y las cascadas de gran belleza, entre las que destaca la Desfondada, de unos 150 metros de altura, y otra denominada Hoyo de los Juncos, de menor tamaño, aunque con un mayor caudal. Las aguas del barranco de Rivanceras, que nace en la zona del Complejo Basal, presentan un intenso color amarillento-pardo debido a la presencia de componentes ferruginosos, formando interesantes contrastes en la Cascada de los Colores, que es otro de los puntos de referencia más atractivos del enclave.

Clima
Los principales factores que determinan el clima de La Palma son, además del sistema de circulación de los vientos alisios, el relieve, la cercanía del continente africano y la corriente marina del Atlántico, que modera las temperaturas que corresponderían al archipiélago por la latitud en que se encuentran las Islas, razones que influyen en el clima que tiene el Parque Nacional de la Caldera de Taburiente.

Así, en el interior de la Caldera se pueden encontrar ligeras variaciones climáticas en función de la altitud. En la zona baja (400-800 m) no se producen heladas, llueve poco y casi nunca se registran nieblas; en la zona media (1.000-1.500 m) domina un clima más contrastado en temperaturas, aunque no es frecuente que se produzcan heladas y presenta nieblas abundantes.

Por encima de los 1.500 metros las nieblas son menos habituales y las temperaturas son más frescas. Al superar los 2.000 metros, suele nevar cuando llega el invierno y, a veces, se produce el fenómeno de la cencellada, provocado por los vientos del Norte, que no traen nieve, sino hielo, pudiendo registrarse temperaturas de 10 grados bajo cero. La cumbre se caracteriza por la baja humedad relativa y las lluvias torrenciales en otoño e invierno, y después, por períodos de prolongada sequía.

Considerando el punto de vista geomorfológico, la Caldera es un espacio de excepcional interés y tiene un gran valor paisajístico, además de ejercer un papel fundamental en la captación de aguas y en la reposición freática del subsuelo. La población del pinar canario que contiene en su interior no sólo contribuye al mantenimiento de la biodiversidad, sino que, además, representa uno de los sistemas canarios más genuinos, donde se encuentran poblaciones vegetales amenazadas así como el hábitat único de varios endemismos.

Otros aspectos
La disposición legal que le otorga a la Caldera de Taburiente el rango oficial de Parque Nacional, según lo establecido en el decreto de 6 de octubre de 1954, se expresa en los siguientes términos:

"Indudables son los merecimientos con que ha dotado la Naturaleza al vasto circo montañoso y volcánico, donde se conciertan particularidades geológico-topográficas con las hidráulicas, dando lugar a sugestivos paisajes que se ofrecen en gargantas y barrancos, alternando con elevaciones; colosales piedras de diversos colores, monolitos, que emergiendo entre pinares, se estiran en largas agujas; dislocaciones de las montañas, rotas por la explosión del gran cráter; aguas cayendo en trombas invernales o en maravillosas cascadas; embalses de transparente líquido o el tranquilo discurrir de éste por suaves pendientes, en ocasiones acompañado de sales minerales que al depositarse en los fondos le imprimen un color anaranjado; y todo ello en un escenario de más de 3.500 hectáreas de extensión, de naturaleza brava con violentas emergencias y depresiones en un circo de picos que marcan altitudes de los 2.000 m. con espigones que se adentran en el interior del cono en afiladas proas de caprichosas formas, culminando la altura máxima en el ‘Roque de los Muchachos’, de 2.423 m. de altura.

La flora está caracterizada por el pino de Canarias, que cubre una gran parte de las vertientes de los barrancos, hallándose representadas como especies en tales alturas los tagasastes y codesos, que contrastan en color sobre el fondo negro de la piedra calcinada; retamas de las cumbres, tajinastes, brezos, fayas, laureles canarios y los interesantes y escasos barbuzanos".

Además de la declaración de Parque Nacional en la citada fecha, la reclasificación por la ley 4/1981 de 25 de marzo, sobre el régimen jurídico y la ley 4/1989, de 27 de marzo, de Conservación de los Espacios Naturales y de la Flora y Fauna Silvestres, que lo reclasificó como parque nacional y resolvió su integración en la red estatal de parques nacionales, existen otros mecanismos legales que apoyan su protección. Así es, por definición, área de sensibilidad ecológica en toda su extensión, de acuerdo con lo indicado en la ley 11/1990, de 13 de julio, de Prevención de Impacto Ecológico. Además, también ha sido declarada zona de especial protección para las aves según lo dispuesto en la directiva 79/409/CEE relativa a la conservación de las aves silvestres.

Por el Este, el Parque Nacional de la Caldera de Taburiente limita con el Parque Natural de las Nieves y al Suroeste con el paisaje protegido del Barranco de las Angustias y en su interior se encuentra el monumento natural de Idafe, así como un sector del monte de utilidad pública denominado Ferrer, Ladera y Mancha. La antigua Junta Rectora fue sustituida por el Patronato, que, en el año de la celebración del cincuentenario de la declaración del Parque Nacional preside Francisco Sánchez Pérez, ex alcalde del municipio de El Paso, quien, en la actualidad, es el miembro más antiguo del mismo, mientras que la dirección técnica está a cargo del ingeniero Ángel Palomares.

La diversidad paisajística y la riqueza de especies endémicas que existen en la Isla de La Palma, ha permitido la existencia de otros espacios protegidos, entre los que destaca el monte de laurisilva de la Finca del Canal y Los Tiles, declarado Reserva de la Biosfera del Programa MAB de la UNESCO en 1983 -la primera de Canarias-, con una extensión inicial de unas 500 hectáreas, y la ampliación del catálogo de espacios protegidos, con la inclusión, a partir de 1987, de casi una veintena de ellos, cuya declaración ha sido promovida por el Gobierno de Canarias.

Dicho en otros términos, el 35 por ciento de la superficie de la Isla está legalmente declarada Espacio Natural Protegido. Este alto nivel de protección es consecuencia de la excepcional naturaleza de la isla, donde se entremezclan agrestes barrancos de exuberante vegetación con lavas de erupciones históricas, así como imponentes poblaciones de majestuosos pinos canarios.

En relación a la Reserva de la Biosfera, en 1998 se produjo la primera ampliación, que alcanza a toda la comarca noroeste de La Palma, con una extensión de 13.391 hectáreas. En 2002, la UNESCO amplió la citada Reserva al conjunto de toda la isla, así como a los dos espacios marinos protegidos: la Reserva Marina de Fuencaliente, al Sur y el Lugar de Interés Comunitario de la Costa de Garafía, en el Norte.

De la superficie terrestre de La Palma, el 14% está clasificado como zona núcleo de la Reserva; un 36% como zona ‘tapón’ y el 50% restante como zona de transición. El territorio de la primera Reserva de Biosfera de Los Tiles sigue clasificada como zona núcleo, es decir, aquella zona más importante para la conservación del patrimonio natural y la biodiversidad.

domingo, 17 de octubre de 2004

Cincuenta años de identidad natural

Juan Carlos Díaz Lorenzo
El Paso

El Parque Nacional de la Caldera de Taburiente, creado en octubre de 1954, marca un hito en la historia de La Palma

El Parque Nacional de la Caldera de Taburiente celebra en estos días el cincuentenario de su creación. Ocasión propicia, sin duda, para hilvanar unas líneas sobre la innegable importancia de este prodigioso espacio natural, orgullo legítimo de las generaciones de la Isla de La Palma y admiración de cuantos la visitan.

Un hecho que suscitó entonces un gran interés, y que se ha mantenido en el transcurso del tiempo, por lo que implica de protección de esta singular joya paisajística y ecológica, que contiene y ofrece un paisaje grandioso y espectacular.

La declaración del Parque Nacional de la Caldera de Taburiente constituye, sin duda, uno de los cinco hitos importantes en la consolidación de los espacios naturales protegidos en España. El primero, en 1918, se refiere a la creación de los parques nacionales de Covadonga -que más tarde daría origen a Picos de Europa- y Ordesa. El segundo, en 1954, lo constituye la declaración de los parques nacionales de El Teide, en Tenerife, y la Caldera de Taburiente, en La Palma.

Es interesante apreciar que entonces habían transcurrido 36 años desde la declaración de los dos primeros y lo cierto es que con dicha decisión, en un escenario social y político diferente, el Gobierno relanzó la política de creación de parques nacionales, con el objetivo de conservar su naturaleza y facilitar el uso y disfrute ciudadano. También, en esta época comenzó a tomar forma la idea de que debían ser unos espacios gestionados para proteger su flora y su fauna.

La declaración del Parque Nacional de la Caldera de Taburiente aparece en el decreto de 6 de octubre de 1954, publicado en el BOE de 30 de octubre del citado año, con un texto articulado en cuatro puntos. En sus orígenes tenía una extensión aproximada de 3.500 hectáreas, pertenecientes al término municipal de El Paso, siendo sus límites "la línea de cumbres o crestería determinada por los conocidos vértices o picos de la Cruz y Piedra Llana en NE, de la Nieve, de la Sabina y de las Ovejas con el de Bejarano (sic.), éste con el de Idafe y éste con el de Somada Alta por el Sur; para seguir por la cumbre marcada por los picos llamados Roque Palmero y Roque de los Muchachos por el Oeste; cerrando la línea del Norte la cumbrera que enlaza este último vértice con el pico de la Cruz primeramente citado".

El órgano rector del Parque dependía entonces de la Dirección General de Montes, Caza y Pesca Fluvial y tenía su sede en Santa Cruz de Tenerife, estando presidida por el gobernador civil y jefe provincial del Movimiento, correspondiendo la vicepresidencia al presidente del Cabildo Insular de La Palma. Los vocales serían representantes del Ministerio de Obras Públicas y del Ministerio de Información y Turismo, designados por los titulares de uno y otro departamento; el ingeniero-jefe del Distrito Forestal, en representación de la Jefatura Nacional de Caza, Pesca, Cotos y Parques Nacionales; el alcalde de El Paso; un representante del Cabildo Insular y otro de la propiedad, y tres más nombrados por el Ministerio de Agricultura a propuesta del gobernador civil, "oído el Cabildo de La Palma, entre personas que por sus condiciones y conocimientos estén indicadas para el cargo". El cargo de secretario se delegaba en un ingeniero de sección del Distrito Forestal de Santa Cruz de Tenerife.

La Junta tenía como funciones "cooperar en la conservación, fomento del Parque Nacional y público conocimiento del mismo, pudiendo realizar cuantos actos y gestiones estime procedentes en relación con la propaganda y atracción del turismo nacional y extranjero".

En 1981 se procedió a la ampliación y reclasificación del Parque Nacional de la Caldera de Taburiente, en los términos que recoge la Ley 4/1981, de 25 de marzo (Jefatura del Estado) y publicada en el BOE número 90, de 15 de abril siguiente.

En el articulado de la citada ley se define claramente la protección, zona periférica, Plan Rector de Uso y gestión, planes especiales, colaboraciones, limitaciones de derechos, la creación del Patronato, los medios económicos y la participación de las corporaciones locales.

Los límites del Parque, según se define en el anexo I, son los siguientes:

Norte. Línea de cumbres, lindando con el monte público y término de Garafía, desde la Degollada de Izcagua, por el Roque de los Muchachos y Fuente Nueva, a la Degollada de Franceses, con el monte público y término de Barlovento, desde aquella degollada, al Pico de la Cruz; con fincas particulares del término de San Andrés y Sauces, desde aquí, al vértice de Piedra Llana.

Este. Línea de cumbres lindando con fincas particulares y monte público de Puntallana, desde Piedra Llana a la Degollada del Barranco Seco; con el monte público y término de Santa Cruz de La Palma; desde aquí, por el Pico de la Nieve y Degollada del Río, el vértice de las Ovejas.

Sur. Desde el vértice de las Ovejas y a través del monte público de El Paso, en línea recta a la Vereda de Ferrer, en el barranco de los Cardos, donde cruza el camino vecinal de la Cumbrecita, sigue a lo largo del camino forestal de Ferrer hasta su final, y por la curva de nivel de 1.300m, hasta el Lomo de los Caballos, en las faldas del Pico de Bejenado.

Oeste. A partir del Lomo de los Caballos, en la cota 1.300, en las faldas del Pico de Bejenado hacia la barranquera del Caballito, atravesando el barranco formado por la confluencia de los de Almendro Amargo y Rivanceras, hacia la Fajana de las Gamonas, donde existe una construcción de hormigón con una cruz y desde allí a la Somada Alta; de aquí, por línea de cumbres, lindando con el monte público y término de Tijarafe, por el Roque Palmero a la Degollada de Garome, y de aquí, con el monte público y término de Puntagorda, por el Morro de la Crespa a la Degollada de Izcagua.

En el anexo II se detallan los límites de la zona periférica de protección, que son los siguientes:

Norte. Desde el vértice de las Moradas en Garafía hasta la Fuente de Corcho en el límite de Barlovento, y desde este punto en línea recta a través de los términos de Barlovento, San Andrés y Sauces y Puntallana a la Casa Forestal.

Este. Desde la Casa Forestal en Puntallana y en línea recta a través de los términos de Santa Cruz de La Palma y Breña Alta hacia el vértice del Reventón, en el límite de El Paso y desde aquí, siguiendo la divisoria de estos términos hasta el refugio de El Pilar.

Sur. Desde el refugio de El Pilar en línea recta hasta montaña de Enríquez y desde aquí al punto donde el camino de la Cumbrecita corta el monte público de El Paso, desde donde gira hacia el Oeste en línea recta a la montaña de Yedra y La Viña.

Oeste. Desde La Viña y en línea recta hacia el Norte hasta Hoya Grande en el límite de Tijarafe y El Paso, y desde aquí por el término de Tijarafe en línea recta hasta la cota 2.000 en el barranco de la Caldereta y desde aquí en línea recta a través de Puntagorda hasta llegar a las Moradas de Garafía.

Plan Rector
El Plan Rector de Uso y Gestión (PRUG) del Parque Nacional de la Caldera de Taburiente se aprobó mediante real decreto 1410/86, de 30 de mayo y se publicó en el BOE número 162, de 8 de julio de 1986. La superficie total aumentó a 4.690 hectáreas.

En el citado documento se definen los objetivos generales del Parque Nacional, establecidos de acuerdo con el espíritu de la Ley de Espacios Naturales Protegidos, con el régimen jurídico propio del Parque y con la filosofía de Parque Nacional de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, en los siguientes términos:

1.- Proteger el paisaje, la integridad de la fauna, flora y vegetación autóctona, la gea, las aguas y la atmósfera y, en definitiva, mantener la dinámica y estructura funcional de los ecosistemas existentes en el Parque.

2.- Proteger los recursos arqueológicos y culturales significativos del Parque.

3.- Restaurar, en lo posible, los ecosistemas alterados por la actividad humana, sin perjuicio de los objetivos anteriores.

4.- Garantizar la persistencia de los recursos genéticos significativos, especialmente aquellos en peligro de extinción.

5.- Eliminar, lo antes posible, los usos y derechos reales existentes en el territorio del Parque, incompatibles con los objetivos anteriores.

6.- Facilitar el disfrute público basado en los valores del Parque, haciéndolo compatible con su conservación.

7.- Promover la educación ambiental y el conocimiento público de los valores ecológicos y culturales del Parque y su significado.

8.- Integrar la gestión del Parque Nacional en el contexto general de la Isla.

9.- Promover el desarrollo socioeconómico de las comunidades asentadas en la periferia del Parque.

10.- Aportar al patrimonio nacional y mundial una muestra representativa del ecosistema primigenio del pinar canario con alto nivel de flora endémica, en un marco de especiales características fisiográficas, participando en los programas internacionales, preferentemente europeos, de conservación de la naturaleza.

Para hacer compatibles en el espacio la protección de los recursos naturales y culturales, con el uso y disfrute públicos, el Parque Nacional de la Caldera de Taburiente, clasificado como suelo no urbanizable de protección especial, está dividido en cuatro tipos de zonas definidas:

Zona de reserva. Ocupa una superficie de 1.071 hectáreas, que representa el 22,8% de la superficie total del Parque. Su objetivo es preservar un área o elementos naturales que sean frágiles, únicos, raros, amenazados o representativos. No tendrán acceso interno libre (sólo con propósitos científicos o de control de medio ambiente) y se excluye el uso de vehículos motorizados. Su gestión puede ir desde la abstención hasta el manejo directo.

Zona de uso restringido. Es la zona más amplia, con una superficie de 2.511 hectáreas, que supone el 53,54% del total del Parque Nacional. Ocupa toda la franja que bordea las cumbres de la Caldera que son su límite exterior, e interiormente está delimitada por la zona de reserva desde la Cumbrecita hasta el barranco de Almendro Amargo, y desde aquí hasta el término del Parque en la zona suroeste, sus límites son: desde el barranco de Almendro Amargo hasta donde confluyen el de Taburiente y Verduras de Alfonso, continúa por el primero hasta el barranco de Hoyo Verde y ascendiendo por éste hasta la cota 1.200, siguiendo por ella, en dirección Suroeste, hasta el límite del Parque.

Es un área natural que ha recibido una mínima alteración causada por el hombre, y para preservar su ambiente natural sólo se permite un uso público moderado, encaminado fundamentalmente a la educación ambiental y el estudio científico.

Por su dificultad de acceso, esta zona, de una manera natural, ya está restringida al uso público. Como infraestructura únicamente existen los caminos de La Cumbrecita a Taburiente y de éste a Los Cantos de Turugumay, además de los servicios para el mantenimiento de las galerías de agua.

Zona de uso moderado. Está dividida en dos sectores con una superficie total de 1.093 hectáreas, que representan el 23,31% de la superficie del Parque. En esta zona están contenidas las áreas que han sufrido una mayor alteración por causa de la actividad humana. En ella se encuentran los caseríos de Tenerra y Taburiente, con sus tierras de cultivo agrícola y otros pequeños enclaves (Morro Colorado, El Capadero), donde hasta épocas relativamente recientes se realizaban prácticas agrícolas. Son áreas capaces de soportar el recreo al aire libre y actividades educativas (sin construcciones mayores que dañen el paisaje). Se tolera un moderado desarrollo de servicios destinados al uso de los visitantes (unidades de interpretación).

Zona de uso especial
Esta zona comprende dos pequeños enclaves en la zona de uso extensivo, que suman una superficie de 15 hectáreas, que representan el 0,32% de la superficie total del Parque. Se encuentran situadas, una en el interior de la Caldera y abarca terrenos anexos al caserío de Taburiente y los terrenos de El Capadero, donde se encuentra la actual zona habilitada para la acampada. La otra, en el collado de la Cumbrecita, punto de acceso a la Caldera por el barranco del Riachuelo y lugar de concentración de algo más del 90% de los visitantes del Parque Nacional, que en 2003 ascendió a la cifra de 377.726 personas. Se trata de zonas de reducida extensión, donde se ubican los servicios esenciales para la administración del Parque y algunos destinados al uso de los visitantes.

Con la promulgación de la Ley 4/1989, de 27 de marzo, de Conservación de los Espacios Naturales y de la Flora y Fauna Silvestres, se volvió a reclasificar como Parque Nacional y se integró en la red estatal de Parques Nacionales.