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domingo, 5 de agosto de 2007

Cinco de agosto en el calendario

JUAN CARLOS DÍAZ LORENZO
SANTA CRUZ DE LA PALMA


Cinco de agosto en el calendario. Como cada año, en estas fechas de calor veraniego, todos los caminos de La Palma conducen al Real Santuario de Nuestra Señora de las Nieves, al encuentro con la Patrona amada en el día de su feliz onomástica. Los peregrinos y devotos llegan desde todos los rincones de la isla, y aún desde Tenerife, desde las otras islas del archipiélago, desde la Península y desde Venezuela. El lugar de procedencia es lo de menos. Lo importante es el afecto, el cariño y el respeto. La veneración y la devoción hechas virtud, una vez más, en las hondas raíces espirituales y familiares. El sentido y el sentimiento de la llamada suprema y el pálpito del corazón, como lo definiera un viejo amigo en años idos para siempre.

Una antigua leyenda cuenta que en Roma vivían unos esposos ricos que deseaban donar parte de su fortuna en hacer alguna obra buena en favor de la religión cristiana. En la noche del 5 de agosto del año 358, escucharon en sueños una voz que les decía: "Acudan mañana al Monte Esquilino y en el sitio donde haya nieve, allí deben levantar un templo a la Santísima Virgen".

Al día siguiente acudieron al lugar señalado, situado en una de las siete colinas de Roma, y encontraron, con gran sorpresa, una franja de terreno cubierta de nieve en pleno verano. Con el apoyo del papa Liberio, que gobernaba la Iglesia Católica en aquel tiempo, hacia el año 360 encargó la construcción de la Basílica Liberiana, siendo el primer templo dedicado a la Madre de Dios y puesta bajo el título de Nuestra Señora de las Nieves.

Conocida como la Basílica de Santa María la Mayor -Santa María Maggiore en italiano- es una de las cuatro basílicas mayores de Roma y una de las cinco patriarcales asociadas con la Pentarquía: San Juan de Letrán, San Lorenzo Extramuros, San Pedro y San Pablo extramuros y la citada.

Se trata de la única iglesia romana que conserva la planta estrictamente basilical y la estructura paleocristiana primitiva. El alzado, en cambio, ha sufrido diversas reformas y sufrió importantes daños cuando el terremoto de 1348. Su torre ostentó durante mucho tiempo el honroso título de ser la más alta de Roma. En el dorado de su techo emplearon los Reyes Católicos el primer oro traído por Colón desde América.

Los católicos siempre han sentido una especial veneración por la Basílica de Santa María la Mayor, por haber sido el primer templo dedicado a Nuestra Señora en Roma, y porque la antigua leyenda de las nieves que cayeron en agosto en el sitio donde iba a ser construida, recuerda a los fieles que cuando lleguen los ardores de las pasiones y el fuego de las adversidades, la Madre de Dios puede traer desde el cielo las nieves de las bendiciones divinas que apaguen las llamas de las malas inclinaciones y calmen la sed de los que ansían tener paz, santidad y salvación. Durante muchos años, los católicos locales conmemoraban el milagro en cada aniversario lanzando pétalos de rosas blancas desde la bóveda durante la misa festiva.

El patronazgo de Nuestra Señora de las Nieves sobre el pueblo palmero es un hecho consustancial con la fe latente que se expresa en la veneración y admiración hacia su Patrona. El respeto, el cariño, el amor y la fe en la representación de la efigie mariana motiva el agradecimiento sin límites de cuantos corazones acuden a rendir su humilde tributo a los pies de la Señora y también de los distintos municipios de la isla, que le conceden, en reconocimiento a su manifiesta proyección espiritual, el piadoso título de Alcaldesa Honoraria y Perpetua, el último de los cuales fue entregado recientemente por San Andrés y Sauces.

La imagen de Nuestra Señora de las Nieves es una escultura modelada en terracota y policromada, de estilo románico tardío en transición al gótico, que se sitúa cronológicamente a finales del siglo XIV, sobrevestida con ricas telas -túnica roja, manto azul y orla dorada- y aderezada con cuantiosas joyas a partir del siglo XVI. Mide 82 centímetros de altura y se trata, probablemente, de la efigie mariana de mayor antigüedad del Archipiélago Canario. Su tesoro y su joyero se estiman entre los más valiosos, abundantes y en continuo incremento, debido a la fe y la generosidad de sus feligreses.

La presencia de Nuestra Señora de Las Nieves en La Palma está envuelta en la leyenda. La Bula del Papa Martino V, fechada en Roma el 20 de noviembre de 1423, hace mención a "Santa María de la Palma" y su llegada a la Isla se asienta sobre las hipótesis de algunos cronistas, que se refieren a viajes de frailes irlandeses o navegantes del Mediterráneo, misiones del Obispado de Telde o incursiones de los normandos asentados en las islas orientales desde comienzos del siglo XV.

Otros autores atribuyen la llegada de la imagen a Francisca de Gazmira, la mujer aborigen conversa que pactó la rendición de los haouarythas, los antiguos pobladores de La Palma y al propio adelantado Alonso Fernández de Lugo, propietario del reparto de las tierras de Agaete, donde entronizó una imagen de Santa María de las Nieves. Sea como fuere, "cinco siglos cumplidos -escribe Luis Ortega- revelan la potencia de una devoción que supera los ámbitos del credo y es insignia del país y de los paisanos".

El documento más antiguo que se conserva con el nombre de Santa María de las Nieves lleva fecha de 23 de enero de 1507 y se trata de una data del adelantado Fernández de Lugo, donando a la Virgen los solares en los que en el año 1517 consta ya estar edificado el primitivo templo, ampliado en 1525, al que se adosó un segundo cuerpo entre 1539 y 1552 y en 1543 se habilitó la plaza y el paseo.

De 1568 a 1574 se edificó la sacristía y en 1648, dos años después de la erupción del volcán de Martín, se amplió la capilla mayor sobre la sacristía y se agregó otra dependencia por el Oeste, levantándose un arco toral, así como los trabajos de alargamiento y pavimentación de la nave con cerámica portuguesa y la construcción de la espadaña en piedra de cantería. Corría el año de 1637 cuando se terminó la edificación de la casa de romeros

Entre 1703 y 1740, señala Alberto José Fernández García, se reforzó y encaló la capilla mayor, se guarneció de cantería gris el arco y las gradas del presbiterio -en la actualidad revestido de mármol- y por 4.000 reales se esculpió, en manierismo tardío, la Puerta Grande. Todas estas obras configuraron el aspecto actual del templo, que presenta un suntuoso retablo mayor tallado en 1707 por Marcos Hernández y dorado y policromado por el palmero Bernardo Manuel de Silva. El trono de plata, que consta de 42 piezas, se acabó en 1733. Sus primeros elementos se labraron en 1672, con objetos tasados para este fin por el orfebre Diego González. El frontal fue enviado desde Cuba en 1714 por el presbítero Juan Vicente Torres Ayala; el sagrario albergó las sagradas formas desde 1720 y las barandas constan desde 1757.

En la segunda mitad del siglo XIX, y acorde con la corriente neoclásica entonces imperante, y con la excusa de elevar la capilla mayor, en 1876 se sustituyó la cubierta mudéjar por una bóveda de cañón, que dos décadas después fue decorada por el artista madrileño Ubaldo Bornadova con la alegoría de la Inmaculada entre ángeles y guirnaldas y una Anunciación, entre cortinajes azules, en la cabecera de la nave.

El templo cuenta con valiosos altares barrocos -donde están presentes el Calvario del Amparo, grupo magistral del siglo XVI, y la Virgen del Buen Viaje- y neogóticos -San Miguel y la Virgen de la Rosa-, más los nichos laterales del retablo mayor, con los santos Bartolomé y Lorenzo, todas ellas tallas flamencas que tienen en la Isla una de sus más nutridas representaciones.

El conjunto arquitectónico y artístico encierra un gran valor, como lo resume Luis Ortega, cuando se refiere a los artesonados mudéjares, el púlpito ochavado, el coro, el baptisterio con piedra de mármol, las pilas de agua bendita, las arañas de cristal de roca, los faroles y lámparas votivas y el vasto ajuar de orfebrería, todo lo cual "revela el generoso cuidado de los palmeros con el sagrado recinto".

Son numerosos, además, otros objetos de valor que posee el Real Santuario: Ex votos marineros y óleos marianos de los siglos XVI, XVII y XVIII; tallas y retablos barrocos en madera sobredorada y otras piezas de ornamentación y orfebrería, tales como joyas, lámparas, ornamentos litúrgicos, vasos sagrados, etcétera, de todas las épocas y estilos.



Arraigada devoción

En 1676, La Palma sufría "el invierno más seco de la década", según el relato del visitador Juan Pinto de Guisla, beneficiado de El Salvador, situación que había llevado el hambre, la desolación y la muerte a la capital y a los campos de la isla.

Esta situación de penuria coincidió con la segunda visita pastoral del obispo de Canarias, Bartolomé García Jiménez (1618-1690), de origen sevillano, que había prolongado su estancia en la isla debido a la amenaza de los piratas berberiscos que entonces infectaban las aguas del archipiélago, al acecho de nuevas presas, entre ellas el mitrado, impidiendo de ese modo su salida de la isla.

El prelado, promovido a la Silla de Canarias en mayo de 1665 por el Papa Alejandro VII, visitó La Palma por primera vez en 1666 y volvió a finales de 1675. En aquella ocasión fue informado por los regidores del Antiguo Régimen y por los sacerdotes Melchor Brier y Juan Pinto de Guisla, que habían sido alumnos suyos en la Facultad de Cánones de Salamanca, "de la especial devoción que hay en esta isla con la Santa Imagen de Nuestra Señora de las Nieves, Patrona de toda ella, de cuyo patrocinio se vale en todas sus necesidades", por lo que dispuso que se trajese a la iglesia parroquial de El Salvador, "para que, colocada en ella, en trono decente", se celebrase la octava "con mayor solemnidad y asistencia del pueblo".

"El piadoso García Jiménez -escribe Luis Ortega- imaginó y ordenó una fiesta con valores sustanciales y capacidad para superar los límites de su tiempo; y los palmeros supieron afrontar tal reto con fe en el motivo y en sus recursos e ingenios para celebrarlo". Así se hizo, asumiendo el obispo el gasto que ocasionó el consumo de cera durante los tres primeros días, y en los siguientes se repartió entre algunos devotos que se encargaron de ello "y habiendo reconocido la decencia del culto y veneración con que se celebró dicha octava y la devoción y concurrencia del pueblo a su celebración, así por las mañanas a la misa, como a prima noche después de la oración a rezar el nombre y tercio y pláticas que hacía todas las noches, juzgó por conveniente que dicha Santa Imagen de Nuestra Señora de las Nieves se traiga a esta ciudad, a la Iglesia parroquial, cada cinco años", celebrando de ese modo, por el mes de febrero, la fiesta y octava de Nuestra Señora de Candelaria, comenzando el quinquenio en el año 1680 "y de allí en adelante...".

En relación a este asunto, el cronista Viera y Clavijo escribe que "el obispo fue el que, atendiendo a la universal devoción que profesaban aquellos naturales (los palmeros) a Nuestra Señora de Las Nieves, cuyo patrocinio imploraban de tiempo inmemorial en los conflictos de volcanes, falta de lluvias, langosta, epidemias, guerras y correrías, dispuso que se llevase cada cinco años desde su santuario a la ciudad…".

El obispo también conoció la resolución del pueblo palmero, unido ante la desgracia, en la defensa de la imagen mariana -la más antigua de Canarias y el vestigio más remoto de nuestra ubicación cristiana y cultura occidental- y de su ermita cuando en 1649 los dominicos trataron de fundar en ella un convento, empeño del que desistieron ante la oposición del pueblo y la firmeza del Cabildo.

Con anterioridad a la institución de la Bajada, y debido a la gran devoción que los palmeros sienten por su Patrona, Nuestra Señora de las Nieves fue traída a Santa Cruz de La Palma en rogativa en varias ocasiones. La primera estancia, de nueve días en la iglesia de El Salvador, se remonta al 28 de marzo de 1630, época en la que la isla padecía una gran sequía. El 5 de abril de 1631 y el 3 de marzo de 1632 volvió de nuevo a la capital insular por el mismo motivo.

El ciclo lustral comenzó en 1680, año en el que se trajo la imagen de Nuestra Señora de las Nieves desde su santuario del monte a la ciudad capital. Desde entonces lo ha hecho ininterrumpidamente hasta nuestros días, en los años acabados en cero y cinco, aunque, en el recuento histórico de los últimos tres siglos, la venerada imagen ha sido trasladada en procesión en varias ocasiones a la capital insular en rogativas y celebraciones especiales, alterando de ese modo la secuencia lustral.

El Real Santuario alberga, además, un Museo Insular de Arte Sacro, considerado en su género uno de los más importantes de Canarias. Este edificio, proyectado por los arquitectos Rafael Daranas y Luis Miguel Pérez, recrea una casona de dos plantas, balcón y ventanas de tarima, construido con materiales nobles -carpintería de tea labrada, cantería gris, forja, vidrieras- y perfectamente integrada en el conjunto.

Este espacio, junto al camarín de la Virgen -obra del arquitecto José Miguel Márquez, que remata la cabecera del templo con un lujoso acabado- fueron ideados por Alberto José Fernández García y exponen importantísimos documentos históricos, así como esculturas de distintas épocas y escuelas, pintura y orfebrería de talleres euro- peos y americanos; retratos históricos de Nuestra Señora de las Nieves, a través de los cuales se puede seguir la evolución del atuendo. En su vestidor cuelgan los mismos trajes con los que se la pintó confeccionados con sedas de La Palma y brocados importados de Europa, reservados para las grandes solemnidades, caso de la Bajada de la Virgen.

La venerada imagen fue coronada canónicamente en el año lustral de 1930, el 22 de junio, en ceremonia oficiada por el cardenal Federico Tedeschini, nuncio de Su Santidad en España y arzobispo de Lepanto, que llegó a La Palma a bordo del "liner" Infanta Cristina. Su patronazgo sobre el pueblo palmero fue reconocido por el Papa Pío XII, el 13 de noviembre de 1952.

El Real Santuario ostenta realeza desde que en 1657 fuera acogido en su patronato por Felipe IV, penúltimo rey de la Casa de Austria. Tres siglos después, el 15 de octubre de 1977, recibió la visita de los Reyes de España, Juan Carlos I y Sofía de Grecia, siéndole entregado entonces a la Reina el título -que había aceptado siendo Princesa de España- de "camarera de honor de la Santísima Virgen de las Nieves". Su Majestad manifestó entonces al rector Pedro Manuel Francisco de las Casas su voluntad de reafirmar el trato de realeza en el marco de la nueva monarquía constitucional, lo que así se produjo poco tiempo después, siguiendo los cauces establecidos, en comunicación oficial y certificación de la Casa Real.

domingo, 22 de abril de 2007

Cuestión de patrimonio religioso

Juan Carlos Díaz Lorenzo
Puntallana


Aunque pueda parecer extraño, y debido a las características tan peculiares en cuanto a riqueza artística que posee la isla de La Palma, el inventario de su patrimonio mueble está todavía por hacer", afirma el profesor Alberto Darias Príncipe, catedrático de Historia del Arte de la Universidad de La Laguna, quien recientemente ha dirigido un equipo de investigadores al frente de un proyecto relacionado con el patrimonio religioso localizado en el arco norte de la Isla.

"Para nadie es un secreto y menos para los estudiosos -prosigue- que, en relación a su tamaño, La Palma tiene el mayor patrimonio artístico de Canarias, tanto en calidad, como en cantidad y en variedad, de modo que podemos afirmar, rotundamente, que si no conocemos el patrimonio artístico palmero, jamás podremos entender la Historia del Arte en Canarias".

Al hilvanar el proceso seguido, el profesor Darias señala que "puestos a desentrañar el problema, el punto básico del que se debe partir para el cuidado del patrimonio, es el conocimiento del mismo". En 1992 comenzó el inventario de bienes mueble de la Iglesia Católica, subvencionado por el Ministerio de Cultura, "del cual sólo se podía hacer una campaña al año, muy limitada en cuanto al número de objetos a identificar, por lo que nos planteamos la posibilidad de que, a través de alguna otra institución cuyo cometido estuviera dentro de sus competencias, avanzar parte de dicho inventario, algo que, si no fuera así, lleva camino de eternizarse. De ahí que, teniendo en cuenta las atribuciones que sobre el campo de la arquitectura tiene la Consejería de Infraestructuras del Gobierno de Canarias y, además, considerando el interés del consejero Antonio Castro Cordobez, auténtico valedor para que este proyecto pudiera llevarse a cabo, con el apoyo de GESTUR emprendimos un trabajo meticuloso que ha dado unos frutos muy interesantes".

Alberto Darias explica que las razones del cambio en la estrategia a seguir se deben a que las directrices de la UNESCO en materia de patrimonio, aceptadas por el Gobierno español, "indicaban la necesidad de que en este tipo de catálogo se incluyera no sólo el continente, sino también el contenido".

En el momento de abordar el trabajo en La Palma, la situación de los distintos inventarios en cada una de las islas que componen la Diócesis Nivariense se resume en los siguientes aspectos: en La Gomera está hecho casi en su totalidad, mientras que en Tenerife ya ha superado la mitad y en El Hierro y La Palma todavía no había comenzado. En el caso de la Isla Colombina, como indica el profesor Darias, "con un volumen muy limitado, está bastante controlado a través de los estudios realizados por intelectuales locales como el historiador Dacio Darias y la profesora Ana Ávila".

Sin embargo, La Palma era un territorio a descubrir. "Por esa razón, decidimos afrontarlo con mucho ánimo y entusiasmo y siguiendo el consejo del propio vicario palmero, Aurelio Feliciano, en lugar de iniciar el fichaje por los lugares habituales -Santa Cruz de La Palma y Los Llanos de Aridane-, se decidió hacerlo siguiendo el arco norte del territorio, es decir, desde Puntallana hasta Tijarafe. En este primer tramo se ha llevado a cabo el inventario de los templos San Juan de Puntallana, Tenagua, Santa Lucía, Montserrat y San Andrés, en Los Sauces, si bien este último quedaron algunas piezas por fichar, aunque están perfectamente catalogadas a falta sólo de llevar a cabo la redacción de su correspondiente ficha".

Alberto Darias precisó que, según lo estipulado en el último concordato entre el Vaticano y el Estado español, "se acordó la realización de un primer paso en el cuidado del legado cultural de la Iglesia Católica, teniendo conocimiento de la cuantía artística de sus bienes: la Iglesia se comprometía a mostrar sus obras de arte a las personas interesadas y el Estado, a subvencionar el trabajo".

Para la realización de este proyecto concreto, la Diócesis Nivariense, al igual que había sucedido en ocasiones anteriores, ofreció toda serie de facilidades al equipo redactor. "A nuestra llegada a La Palma, los párrocos de San Juan de Puntallana, Nuestra Señora de Montserrat de Los Sauces y San Andrés, no sólo nos facilitaron el acceso para el estudio de las piezas, sino que también colaboraron de forma entusiasta apoyando cualquier tipo de sugerencia o necesidad que les fuera solicitada, así como por parte de otros miembros de las respectivas parroquias, que también colaboraron y participaron con sumo agrado en las labores cuando se hizo necesario".

El profesor universitario, especialista en asuntos de patrimonio, enfatizó que "las parroquias y las ermitas de La Palma que hemos visitado se encontraban en una situación óptima, bien cuidadas, muy limpias y bien atendidas en todos los sentidos. Sus piezas, por lo tanto, no fueron difíciles de localizar. Nos llamó la atención la cuantía de las mismas, hasta el punto de que no esperábamos encontrar, de modo que tuvimos que modificar sobre la marcha nuestros cálculos de trabajo y de los cinco templos que en principio teníamos previsto inventariar, en esta ocasión sólo pudimos abarcar tres parroquias con sus respectivas ermitas".

Alberto Darias puso especial énfasis al afirmar que "las piezas catalogadas confirman mi opinión, expresada en varias ocasiones y que me gustaría se hiciera común a los palmeros. Es decir, en La Palma, muchas personas sólo sobrevaloran el arte flamenco, no porque no tenga calidad, sino porque se cree que todo lo que no sea flamenco es de segundo orden. Y, sin embargo, las obras de arte andaluzas, canarias, italianas que existen en la Isla son tan importantes y tan numerosas como las procedentes de Flandes".

"Basta con decir que la calidad -agregó-, como decía al principio, era excelente y algo tan importante como ésto: el respeto hacia su rico legado cultural ha hecho que los palmeros no se desprendan, como sucede en otras islas, de ningún objeto que el templo haya poseído. Si la liturgia lo permite, está al uso. Si no, está guardado con toda serie de precauciones y procurando en todo momento que no sufra deterioro alguno. Y eso tiene mucha importancia".

Alberto Darias citó, entre otros ejemplos de especial interés, el cuadro existente en el baptisterio de la iglesia de Nuestra Señora de Montserrat, en Los Sauces; la imagen de Santa Lucía, en la ermita de su mismo nombre; la imagen de San Miguel, en San Juan de Puntallana, la orfebrería de la parroquia de Montserrat, el Belén de San Andrés, las antiguas pilas bautismales de cerámica vidriada...

Preguntado por el procedimiento seguido en el trabajo realizado, el profesor Darias Príncipe matizó la siguiente aclaración: "Un inventario no es un catálogo. A mí juicio, la diferencia está en que el inventario prima la cuantía y el catálogo la calidad. Por lo tanto, el inventario es el paso previo y los datos que exigen una ficha de este tipo, son más bien de tipo físico (denominación, descripción, localización, estado de conservación, bibliografía e imagen fotográfica), que un estudio concienzudo de su cronología, lenguaje artístico, etcétera".

Al respecto, las fichas del Ministerio de Cultura exigen una numeración diferenciadora muy precisa. En primer lugar, el tipo de inventario del que se trata. Por eso, en la identificación informática se colocan primero las abreviaturas I.I.C. (Inventario de la Iglesia Católica). A continuación, la región a la que se refiere: Canarias. Sigue la diócesis, que en este caso se identifica con el número 38. Y finalmente, el número de la pieza a identificar. Sin embargo, el inventario no estudia solamente el objeto en su sentido global, sino que desglosa las posibles obras de arte que el conjunto posea.

Por ejemplo, en el supuesto de que se trate de una imagen religiosa, primero se le adjudica un número correlativo y a continuación se van desglosando las piezas de valor que la imagen posee, de modo que los números vayan aumentando a medida que el contenido vaya teniendo una mayor amplitud. "Un caso -explica Alberto Darias- sería el Niño Jesús que el santo sostiene en sus brazos, pero dentro de ese objeto, habría que fichar los zapatitos de plata, la corona, y todos los objetos que vaya conteniendo: vara de plata, distintos tipos de textiles, orfebrería que adorna... Se puede dar el caso de que una pieza de arte pueda llegar a tener hasta 15 ó 20 subnúmeros. Pensemos, por ejemplo, en el caso de un retablo. En consecuencia, no es necesario el estudio archivístico de la pieza, sino una aproximación a la misma, eso sí, con un amplio conocimiento bibliográfico y una experiencia también amplia de los miembros del equipo".

El equipo redactor encargado del proyecto estuvo formado por los profesores Ana María Quesada Acosta, Gerardo Fuentes Pérez y Alberto Darias Príncipe (director), así como otros tres técnicos destacados: Esteban Hernández Martín, Jonás Armas Núñez y Manuel Jesús Hernández González. Los tres primeros son profesores universitarios, miembros del Departamento de Historia del Arte de la Universidad de San Fernando de La Laguna; otros dos son doctorandos discípulos de los anteriores y un especialista en informática. En este caso concreto, el equipo contó con el asesoramiento del profesor Pablo Amador, reconocido restaurador que, por causas de trabajo, no pudo compartir el trabajo de campo, aunque sí prestó sus conocimientos ante cualquier tipo de consulta.

En una labor de esta naturaleza, el director del inventario asume una gran responsabilidad, pues se convierte en responsable único del resultado del trabajo: "Cualquier fallo que el inventario pueda tener recae sobre el director; él es quien decide la identificación de la pieza, quien indica las piezas que se deben inventariar, la bibliografía a consultar y, en una palabra, tiene la obligación de poner los medios para que las fichas sean lo más exhaustivas posibles. Como es lógico, esto es en la teoría, puesto que el director tiene que estar asesorado por distintos especialistas que conforman el equipo (arquitectura, pintura, escultura, retablística, artes suntuarias, etc.)".

A continuación, están los coordinadores, distribuidores del trabajo, encargado de las cuentas y el material, de modo que el trabajo lleve la fluidez debida. Un restaurador, encargado de indicar el estado de conservación de la pieza (condición, deterioro, partes que faltan y restauraciones realizadas); los documentalistas, encargados de la bibliografía y en el trabajo de campo, además, de tomar todos los datos necesarios; un fotógrafo que siga las directrices dictadas por el director y un técnico informático que resuelva los múltiples problemas que pueden surgir hasta llegar a la elaboración final de un DVD.

El trabajo consta de dos momentos bien determinados: el trabajo de campo, donde se toman los datos "in situ" y el trabajo de gabinete, donde se vierten de dos maneras lo exigido por el Ministerio: una ficha acompañada de una fotografía y su correspondiente cliché y un DVD idéntico. Al final, deberán realizarse varias copias: una para el Ministerio, otra para la Dirección General de Patrimonio Histórico (Gobierno de Canarias) y otra para la diócesis. En este caso, además, se han añadido otras dos unidades, una para cada párroco y otra para la entidad que ha financiado el inventario.

Respecto del trabajo de campo realizado en La Palma, con una duración de tres semanas, "fue intensísimo", destacó Alberto Darias. "Cuando hay que desplazarse a otra isla, como sucedió en este caso, el trabajo es exhaustivo. Se come cuando se puede, y se está donde se puede, de modo que cuando no se puede estar en el templo, se pasa a la sacristía o a las dependencias anejas para no interrumpir el culto".

Por último, además de reiterar su gratitud y la del equipo que ha dirigido al consejero de Infraestructuras del Gobierno de Canarias y a la empresa pública GESTUR, el profesor Darias dijo, además, que "todo este trabajo fue posible en este corto período de tiempo, al contar con la generosidad del Cabildo Insular y los ayuntamientos donde se encuentran las respectivas parroquias. Sin ellos, que fueron los que nos facilitaron la logística de toda la operación, no sólo hubiera sido más difícil sino que se hubiera dilatado considerablemente". Por ello, el equipo quiere agradecer el apoyo recibido de los respectivos concejales de Cultura, así como el consejero de Cultura del Cabildo Insular de La Palma. "Sin menoscabar a otras campañas realizadas hasta ahora -concluyó-, hemos de confesar que, al menos hasta ahora, en ningún otro sitio nos hemos encontrado con tantas facilidades como las recibidas en la Isla de La Palma".

domingo, 3 de septiembre de 2006

El santuario herencia de Flandes

Juan Carlos Díaz Lorenzo
Los Llanos de Aridane


Cinco siglos de historia encierran las paredes del santuario de Nuestra Señora de las Angustias, situado en el margen derecho del barranco de su mismo nombre, en el borde de la salida natural de la majestuosa Caldera de Taburiente. Antaño este cauce fue conocido también como barranco de Tazacorte o del Río, porque entonces el agua corría con mucha frecuencia y era algo consustancial a la propia existencia de la comarca.

El origen de esta iglesia, considerada uno de los referentes religiosos de la isla, se remonta a los primeros años después de la conquista. Se edificó justo en el lado opuesto al emplazamiento donde se encontraba la antigua iglesia de Santa María, en los terrenos que hoy ocupa parte de la finca de su mismo nombre.

En 1513, cuando Jácome de Monteverde llegó a La Palma para ponerse al frente del ingenio y la hacienda de Tazacorte, la fábrica se encontraba arruinada y con algunas paredes caídas. Como quiera que la misma pertenecía al patronato de su familia, el citado propietario cumplió la promesa dada y se ocupó de reedificarla a su costa, y también se ocupó de su ornato.

La ermita tenía entonces unas características muy similares a las del templo del arcángel San Miguel, obra hecha en cantería roja, aunque de unas proporciones más modestas, con un tejado a dos aguas y posiblemente una pequeña espadaña para la campana. De éstas, la más antigua que se tiene noticia había sido fundida en Amberes en 1517, por Petrus van den Ghein, según reza en su inscripción.

Para su ornato se importaron algunas piezas de arte sacro flamenco, sin duda de origen brabanzón, como se acredita en los inventarios de 1522 y 1528, el primero de ellos con motivo de la visita que hizo el obispo fray Vicente Peraza, que oyó misa oficiada por el capellán Nicolás Alemán e "hizo decir sus responsos cantados" por los fieles que allí se encontraban enterrados, pidiéndole a Jácome de Monteverde que se ocupara de su sustento económico; y el segundo, por Antonio Bernal, notario público apostólico y secretario del Santo Oficio de la Inquisición, siguiendo el mandato del inquisidor Luis de Padilla, a petición de Margarita de Pruss, esposa de Jácome de Monteverde, con el propósito de incorporarlo a las alegaciones presentadas en su defensa en el proceso inquisitorial seguido contra su marido.

De acuerdo con las descripciones de la época, en la cabecera de la ermita se alzaba un altar de madera, con sus manteles, ara y dos candeleros, encima del cual descansaba la imagen de "Nuestra Señora de bulto con su hijo preçioso en los braços, quando lo deçienden de la cruz", dentro de un tabernáculo con cerradura y caja pintada con otras imágenes. Existía, también, una tabla con la imagen de San Antonio Abad, la escultura de un Cristo crucificado pendiente de un tirante de la techumbre y seis viejos lienzos sin especificar distribuidos por el resto de los paramentos. Había, además, otros enseres propios del ceremonial religioso, pero no había cáliz, que se llevaba cada sábado desde la ermita de San Miguel, dando así cumplimiento a la celebración del oficio religioso instituido por Jácome de Monteverde.

Cuando éste falleció en julio de 1531, el patronazgo de las ermitas de San Miguel Arcángel y de Nuestra Señora de las Angustias quedó a cargo de sus herederos, que tenían la obligación de sufragar en los términos acordados los gastos de mantenimiento, aceite y cera, así como el salario del capellán y el encargo de celebrar misa todos los sábados, de todo lo cual se ratificó en la partición efectuada el 25 de agosto de 1557 ante el escribano público Domingo Pérez.

La tradición cuenta que en este templo celebró su última misa, el 13 de julio de 1570, el grupo de 40 misioneros jesuitas al mando del mítico Ignacio de Azevedo, cuando se dirigían a bordo del galeón Santiago en su viaje evangelizador al Brasil. En varias crónicas se cita, en referencia a lo visto por testigos presenciales, "que en el momento de sumir la sangre del sagrado cáliz vio la corona del martirio pendiente de su cabeza, por relevación divina". En el cáliz, según se explica, se puede distinguir la huella de sus dientes.

En la madrugada del 13 de julio, el galeón Santiago abandonó el fondeadero de Tazacorte y navegó a lo largo de la costa, confiados en que cerca de tierra no sufrirían un ataque de los piratas de Jacques de Sores, que se sabía merodeaba los alrededores de La Palma. Un tiempo de calma chicha vino a complicar la situación. Sores les acechaba y al amanecer del día siguiente, cuando el barco se encontraba cerca de la punta de Fuencaliente, frente a Boca Fornalla, apareció en el escenario del navío de guerra Le Prince. Al principio, la tripulación del Santiago pensó que las velas que divisaban en el horizonte eran las de los navíos de la flota que marchaba con ellos al Brasil y que se había quedado en Funchal, pero pronto se dieron cuenta de todo lo contrario.

Todos los sacerdotes jesuitas, en número de cuarenta, fueron martirizados a manos de los hugonotes en medio de las mayores atrocidades y arrojados al agua. Los objetos religiosos, así como algunas imágenes sagradas que los jesuitas conducían al Brasil, también fueron profanadas y motivo de grotesca burla.

En la partición de 1613, conocida también como la "partición grande" –documento de extraordinario valor para conocer la historia de esta etapa de la isla, que con tanto rigor ha estudiado la profesora palmera Ana Viña Brito- se detalla el contenido del mobiliario religioso de la ermita de Las Angustias. Así sabemos que el altar estaba presidido por la citada imagen, la talla flamenca del arcángel San Miguel, procedente del oratorio privado de su propietario en Santa Cruz de La Palma; además de varios cuadros -entre ellos un par de "papeles pintados" con las representaciones de San Francisco y San Antonio- y un relicario, donde "están las santas reliquias" de los mártires, así como el crucifijo que colgaba de un tirante de la techumbre y el incipiente vestuario de la Virgen, dotado entonces de cuatro mantos de seda y siete tocas.

En 1672, la ermita de Las Angustias estaba de nuevo arruinada y seis años después sus patronos, los señores Monteverde y Vandale, habían construido a su costa y en el mismo sitio donde se encontraba la anterior fábrica otra de mayores dimensiones que, según escribió el visitador Juan Pinto de Guisla, quedó "mui bien paresida".

Por esta razón, la venerada imagen de Nuestra Señora de Las Angustias fue trasladada durante todo ese tiempo a la ermita de San Miguel Arcángel, en la cual permanecería hasta la conclusión de los trabajos de reedificación, donde el citado visitador la encontraría "colocada con mucho aseo", en julio de 1678.

El creciente fervor popular se tradujo en numerosas donaciones, como se deduce de los testimonios de las visitas efectuadas por el licenciado José de Tobar y Sotelo en noviembre de 1705 y mayo de 1718, quien se detuvo en apreciar el mayor ornato del santuario con respecto al existente en la cercana ermita de San Miguel Arcángel en Tazacorte -al contrario de lo que había ocurrido en épocas pasadas- y a la de San Pedro de Argual, justificando tan piadoso hecho a las limosnas de los fieles.

Del siglo XVIII data también el retablo mayor labrado en madera dorada y constituido por un solo cuerpo tripartito, presumiblemente renovado en su policromía en los albores de la citada centuria por el artista palmero Bernardo Manuel de Silva.

La familia Sotomayor conserva en su archivo del llano de Argual una copia de un escrito firmado por Félix Poggio y Alfaro, el 31 de mayo de 1854, dirigido al cura párroco de Los Llanos de Aridane, en el que solicita información sobre la imagen y la ermita de Las Angustias, alegando que ésta "se venera bajo el título que la dieron nuestros mayores N.S. de las Angustias, y otras dos iguales fueron tomadas y conservadas por algunos ingleses que preservados de los errores del cisma que contaminó esta nación en los siglos XV y XVI, queriendo llevarlas a país en donde se las continuase dando culto las pusieron en un barco de dicha nación que al pasar por esta Isla, dejaron una en el barranco de Los Sauces, la otra en esta Ciudad y otra en el barranco de la Caldera y que el caballero flamenco Jácome de Monteverde, dueño de este barranco y de Argual y Tazacorte, fabricó su primer ermita en el mismo lugar en que los ingleses dejaron el cajón en que ella venía, que fue al pie de las vueltas que suben a Argual en donde aún se conservan algunos fragmentos".

En 1861 la imagen tenía puesta la corona imperial de filigrana y plata calada, de procedencia cubana y donada, probablemente, a finales del siglo XVII por la familia Poggio Monteverde, "las potencias del Cristo difunto y una gran cruz puesta detrás de ambos -apunta el doctor Pérez Morera-, así como un soberbio dije de oro, llamado también joyel de capilla o templete con un calvario de boj en miniatura prendido desde tiempo inmemorial en la base de su toca lígnea".

A principios del siglo XX, el santuario sufrió una desafortunada reforma, que desvirtuó su aspecto original, lo que se subsanó bastantes años después gracias a una posterior restauración, que concluyó el 14 de agosto de 1985, con la bendición por el prelado de la diócesis nivariense Damián Iguacen y el traslado de la imagen desde la parroquia de Nuestra Señora de los Remedios, en Los Llanos de Aridane.


Imagen flamenca

La imagen de Nuestra Señora de las Angustias corresponde a la Escuela de Amberes, perteneciente al antiguo ducado de Brabante, y se sitúa cronológicamente entre 1515 y 1522. Está tallada en madera dorada y policromada y mide 110 centímetros de alto, 80 centímetros de ancho y 50 centímetros de fondo.

Desde el punto de vista iconográfico recrea el tema de la Piedad, que con frecuencia se asimiló a la advocación de Nuestra Señora de los Dolores. Como señala la doctora Clementina Calero Ruiz, en alusión al padre Trens, "la soledad de María va a ser aprovechada por artistas y místicos, quienes uniendo los dos extremos de la vida de Cristo, infancia y muerte -pesebre y cruz-, crearán una nueva tipología popularmente conocida como la Piedad. De este modo se supone que María rememora -según palabras de San Bernardino de Siena-, la infancia de Jesús, pero ahora no es al hijo dormido al que porta en sus brazos, sino al Hijo muerto. Por este motivo en estas representaciones se advierten desproporciones entre ambos cuerpos, lo que no debe entenderse como inhabilidad del artista, sino debido a propia idea difundida por los poetas y místicos desde la Edad Media".

Con el título de Nuestra Señora de los Dolores, la imagen de Nuestra señora de las Angustias aparece inventariada por primera vez, como se cita, en 1522. Es contemporánea de otras imágenes de la misma procedencia y representación existentes en la primitiva iglesia del hospital de su nombre erigido en 1517 en La Laguna por Martín de Jerez y en el antiguo oratorio del establecimiento benéfico homónimo suyo, fundado durante la segunda década del siglo XVI en Santa Cruz de La Palma.

"El grupo escultórico plasma el dramático instante inmediato al descendimiento de la cruz –explica la doctora Constanza Negrín-, en el cual la figura sedente de la Madre, absorta en su profundo dolor, acoge por última vez entre sus brazos el cuerpo de su Hijo crucificado y rememora los días felices de Belén cuando acunaba en su regazo al Niño Jesús, de acuerdo con el sentimentalismo patético de finales de la Edad Media que contrapuso al sufrimiento paralelo de la Virgen, ausente en los evangelios canónicos pero insinuada en el apócrifo de Nicomedes".

Así, el grupo escultórico de La Palma -explica- "sigue un esquema compositivo piramidal para el ordenamiento de los protagonistas del episodio narrado, en el que la majestuosa postura sedente, hierática y vertical de la Virgen rellena enteramente con su imponente corpulencia el triángulo equilátero donde se inscribe a semejanza de otras Piedades, sosteniendo en su mano derecha la cabeza de Jesús y con un distorsionado ademán de la opuesta el brazo izquierdo de éste, con una forzada curvatura del cuerpo más pequeño del Hijo yacente, pues se estira arqueado sobre el regazo materno en un inverosímil cruce de sus piernas tendidas para alcanzar el suelo con la punta de los pies desigualmente tallados".

El menor tamaño del redentor desclavado de la cruz acentúa con su simbólica desproporción –derivada de los textos místicos del medievo, como hemos visto- el volumen de la figura mariana la erige en verdadero trono del dolor y del sacrificio del Hijo de Dios. Sin embargo, podemos apreciar que el rostro tiene una expresión serena, dulce y melancólica.

El atuendo de María nos sitúa en la referencia temporal al luctuoso paisaje plasmado, considerando lo usual en todas las imágenes pasionales, donde nunca faltaría esa imprescindible toca blanca cubriéndole la cabeza y el cuello –signo de edad y pena-, hendida en pico en medio de la frente, siguiendo con ello la moda vigente en los Países Bajos meridionales a finales del siglo XV y comienzos del XVI.

La doctora Negrín señala, además, que "la idealizada apariencia del ensimismado semblante de la Virgen, en el cual se opera una sugestiva simbiosis entre su otrora lozana juventud y cierto atisbo de madurez en las correctas facciones de su óvalo lleno, se contrapone al crudo realismo del cristo con las llagas de la pasión aún sangrantes, cuyos atormentados rasgos fisonómicos y anatómicos resumen admirablemente las peculiaridades de un buen número de obras devocionales salidas de los talleres del antiguo ducado de Brabante en el tránsito de dichas centurias, que tuvieron gran difusión geográfica ejerciendo una notable influencia posterior".


Bibliografía. Calero Ruiz, Clementina. La escultura anterior a José Luján Pérez. En "El arte en Canarias". Centro de la Cultura Popular Canaria. Santa Cruz de Tenerife, 1998.

- Negrín Delgado, Constanza. Nuestra Señora de las Angustias. Catálogo de la exposición "El fruto de la fe. El legado artístico de Flandes en la Isla de La Palma". Madrid, 2004

- Pérez Morera, Jesús. Los hacendados flamencos y su descendencia. Paisajes, arquitecturas y organización espacial de los Heredamientos de Argual y Tazacorte. Catálogo de la exposición "El fruto de la fe. El legado artístico de Flandes en la Isla de La Palma". Madrid, 2004.

domingo, 6 de agosto de 2006

Como cada 5 de agosto

Juan Carlos Díaz Lorenzo
Santa Cruz de La Palma


A Pedro Manuel Francisco
de las Casas

Como cada cinco de agosto, la fe y la devoción del pueblo palmero tuvieron ayer su día grande en la celebración de la festividad de Nuestra Señora de las Nieves, en el entrañable y recoleto recinto religioso del Real Santuario Insular. Desde tempranas horas del día y desde todos los pueblos de la isla, y también desde Tenerife y otras islas del archipiélago, e incluso desde Venezuela, romeros impregnados de la alegría de saberse acogidos en la casa de la Madre llenaron de recogimiento, emotividad, bullicio y colorido la jornada festiva.

La procesión de Nuestra Señora, venerada por los corazones y las miradas emocionadas de quienes la siguen con rendida admiración, constituyó uno de los puntos culminantes de la celebración, después de la solemne función religiosa de mediodía, en que estuvo acompañada de las autoridades, diversas representaciones y el pueblo llano, en medio de los acordes musicales y el repique de campanas.

Este cronista recuerda perfectamente, en sus años mozos, la celebración de la onomástica de la Patrona palmera, fiesta insular en el calendario y fecha en la que todos los caminos de la Isla conducen al santuario del monte. En aquellos años, ya idos para siempre, los preparativos del día anterior estaban revestidos de un ajetreo intenso y una cierta dosis de impaciencia.

El cinco de agosto, el viaje comenzaba de madrugada. Había que llegar temprano y el regreso se hacía siempre a la caída de la tarde, y todos contentos. Después de celebrada la misa grande y del recorrido de la Patrona por los aledaños de su hogar, el tendido de manteles a la sombra de los pinos se convertía en un momento de confraternidad con familiares, amigos y conocidos, algunos de los cuales se veían de año en año, coincidiendo, precisamente, con el Día de las Nieves.

Han pasado los años y el sentido y el sentimiento de la fiesta insular permanecen inalterables. El paso inexorable del tiempo nos ha dejado, en parte, sin la presencia de quienes entonces nos guiaban con su paternal cariño y su acendrado amor en todos y cada uno de los días de nuestras vidas. Sin embargo, al desgranar el rosario de los recuerdos, su recuerdo entrañable sigue plenamente vigente en nuestra memoria.

El patronazgo de Nuestra Señora de las Nieves sobre el pueblo palmero -lo hemos dicho en otras ocasiones-, es un hecho consustancial con la fe latente que se expresa en la veneración y admiración a su Patrona, ante la que expresa su devoción y espiritualidad desde tiempos inmemoriales.

El respeto, el cariño, el amor y la fe en la efigie mariana motiva el agradecimiento sin límites de tantos corazones que acuden a rendir su humilde tributo a los pies de la Señora y también de los distintos municipios de la isla, que le conceden, en reconocimiento a su manifiesta proyección espiritual, el piadoso título de Alcaldesa Honoraria y Perpetua, el último de los cuales fue entregado recientemente por Villa de Mazo.

La imagen de Nuestra Señora de las Nieves es una escultura modelada en terracota y policromada, de estilo románico tardío en transición al gótico, que se sitúa cronológicamente a finales del siglo XIV, sobrevestida con ricas telas -túnica roja, manto azul y orla dorada- y aderezada con cuantiosas joyas a partir del siglo XVI. Mide 82 centímetros de altura y se trata, probablemente, de la efigie mariana de mayor antigüedad del archipiélago canario. Su tesoro y su joyero se estiman entre los más valiosos, abundantes y en continuo incremento, debido a la fe y la generosidad de sus feligreses.

La presencia de Nuestra Señora de las Nieves en La Palma está envuelta en la leyenda. La Bula del Papa Martino V, fechada en Roma el 20 de noviembre de 1423, hace mención a "Santa María de la Palma" y su llegada a la Isla se asienta sobre las hipótesis de algunos cronistas, que se refieren a viajes de frailes irlandeses o navegantes del Mediterráneo, misiones del Obispado de Telde o incursiones de los normandos asentados en las islas orientales desde comienzos del siglo XV.

Otros autores atribuyen la llegada de la imagen a Francisca de Gazmira, la mujer aborigen conversa que pactó la rendición de los haouraythas, los antiguos pobladores de La Palma y al propio adelantado Alonso Fernández de Lugo, propietario del reparto de las tierras de Agaete, donde entronizó una imagen de Santa María de las Nieves. Sea como fuere, "cinco siglos cumplidos -escribe Luis Ortega- revelan la potencia de una devoción que supera los ámbitos del credo y es insignia del país y de los paisanos".

El documento más antiguo que se conserva con el nombre de Santa María de las Nieves lleva fecha de 23 de enero de 1507 y se trata de una data del adelantado Fernández de Lugo, donando a la Virgen los solares en los que en el año 1517 consta ya estar edificado el primitivo templo, ampliado en 1525, al que se adosó un segundo cuerpo entre 1539 y 1552 y en 1543 se habilitó la plaza y el paseo.

De 1568 a 1574 se edificó la sacristía y en 1648, dos años después de la erupción del volcán de Martín, se amplió la capilla mayor sobre la sacristía y se agregó otra dependencia por el Oeste, levantándose un arco toral, así como los trabajos de alargamiento y pavimentación de la nave con cerámica portuguesa y la construcción de la espadaña en piedra de cantería. Corría el año de 1637 cuando se terminó la edificación de la casa de romeros

Entre 1703 y 1740, señala Alberto José Fernández García, se reforzó y encaló la capilla mayor, se guarneció de cantería gris el arco y las gradas del presbiterio -en la actualidad revestido de mármol- y por 4.000 reales se esculpió, en manierismo tardío, la Puerta Grande. Todas estas obras configuraron el aspecto actual del templo, que presenta un suntuoso retablo mayor tallado en 1707 por Marcos Hernández y dorado y policromado por el palmero Bernardo Manuel de Silva. El trono de plata, que consta de 42 piezas, se acabó en 1733. Sus primeros elementos se labraron en 1672, con objetos tasados para este fin por el orfebre Diego González. El frontal fue enviado desde Cuba en 1714 por el presbítero Juan Vicente Torres Ayala; el sagrario albergó las sagradas formas desde 1720 y las barandas constan desde 1757.

En la segunda mitad del siglo XIX, y acorde con la corriente neoclásica entonces imperante, y con la excusa de elevar la capilla mayor, en 1876 se sustituyó la cubierta mudéjar por una bóveda de cañón, que dos décadas después fue decorada por el artista madrileño Ubaldo Bornadova con la alegoría de la Inmaculada entre ángeles y guirnaldas y una Anunciación, entre cortinajes azules, en la cabecera de la nave.

El templo cuenta con valiosos altares barrocos -donde están presentes el Calvario del Amparo, grupo magistral del siglo XVI, y la Virgen del Buen Viaje- y neogóticos -San Miguel y la Virgen de la Rosa-, más los nichos laterales del retablo mayor, con los santos Bartolomé y Lorenzo, todas ellas tallas flamencas que tienen en la Isla una de sus más nutridas representaciones.

El conjunto arquitectónico y artístico encierra un gran valor, como lo resume Luis Ortega, cuando se refiere a los artesonados mudéjares, el púlpito ochavado, el coro, el baptisterio con piedra de mármol, las pilas de agua bendita, las arañas de cristal de roca, los faroles y lámparas votivas y el vasto ajuar de orfebrería, todo lo cual "revela el generoso cuidado de los palmeros con el sagrado recinto".

Son numerosos, además, otros objetos de valor que posee el Real Santuario: exvotos marineros y óleos marianos de los siglos XVI, XVII y XVIII; tallas y retablos barrocos en madera sobredorada; y otras piezas de ornamentación y orfebrería, tales como joyas, lámparas, ornamentos litúrgicos, vasos sagrados, etcétera, de todas las épocas y estilos.

En el año de 1676, La Palma sufría "el invierno más seco de la década", según el relato del visitador Juan Pinto de Guisla, beneficiado de El Salvador, situación que había llevado el hambre, la desolación y la muerte a la capital y a los campos de la isla.

Esta situación de penuria coincidió con la segunda visita pastoral del obispo de Canarias, Bartolomé García Jiménez (1618-1690), de origen sevillano, que había prolongado su estancia en la isla debido a la amenaza de los piratas berberiscos que entonces infestaban las aguas del archipiélago, al acecho de nuevas presas, entre ellas el mitrado, impidiendo de ese modo su salida de la isla.

El prelado, promovido a la Silla de Canarias en mayo de 1665 por el Papa Alejandro VII, visitó La Palma por primera vez en 1666 y volvió a finales de 1675. En aquella ocasión fue informado por los regidores del Antiguo Régimen y por los sacerdotes Melchor Brier y Juan Pinto de Guisla, que habían sido alumnos suyos en la Facultad de Cánones de Salamanca, "de la especial devoción que hay en esta isla con la Santa Imagen de Nuestra Señora de las Nieves, Patrona de toda ella, de cuyo patrocinio se vale en todas sus necesidades", por lo que dispuso que se trajese a la iglesia parroquial de El Salvador, "para que, colocada en ella, en trono decente", se celebrase la octava "con mayor solemnidad y asistencia del pueblo".

"El piadoso García Jiménez -escribe Luis Ortega- imaginó y ordenó una fiesta con valores sustanciales y capacidad para superar los límites de su tiempo; y los palmeros supieron afrontar tal reto con fe en el motivo y en sus recursos e ingenios para celebrarlo". Así se hizo, asumiendo el obispo el gasto que ocasionó el consumo de cera durante los tres primeros días, y en los siguientes se repartió entre algunos devotos que se encargaron de ello "y habiendo reconocido la decencia del culto y veneración con que se celebró dicha octava y la devoción y concurrencia del pueblo a su celebración, así por las mañanas a la misa, como a prima noche después de la oración a rezar el nombre y tercio y pláticas que hacía todas las noches, juzgó por conveniente que dicha Santa Imagen de Nuestra Señora de las Nieves se traiga a esta ciudad, a la Iglesia parroquial, cada cinco años", celebrando de ese modo, por el mes de febrero, la fiesta y octava de Nuestra Señora de Candelaria, comenzando el quinquenio en el año 1680 "y de allí en adelante...".

En relación con este asunto, el cronista Viera y Clavijo escribe que "el obispo fue el que, atendiendo a la universal devoción que profesaban aquellos naturales [los palmeros] a Nuestra Señora de Las Nieves, cuyo patrocinio imploraban de tiempo inmemorial en los conflictos de volcanes, falta de lluvias, langosta, epidemias, guerras y correrías, dispuso que se llevase cada cinco años desde su santuario a la ciudad …".

El obispo también conoció la resolución del pueblo palmero, unido ante la desgracia, en la defensa de la imagen mariana -la más antigua de Canarias y el vestigio más remoto de nuestra ubicación cristiana y cultura occidental- y de su ermita cuando en 1649 los dominicos trataron de fundar en ella un convento, empeño del que desistieron ante la oposición del pueblo y la firmeza del Cabildo.

Con anterioridad a la institución de la Bajada, y debido a la gran devoción que los palmeros sienten por su Patrona, Nuestra Señora de las Nieves fue traída a Santa Cruz de La Palma en rogativa en varias ocasiones. La primera estancia, de nueve días en la iglesia de El Salvador, se remonta al 28 de marzo de 1630, época en la que la isla padecía una gran sequía. El 5 de abril de 1631 y el 3 de marzo de 1632 volvió de nuevo a la capital insular por el mismo motivo.

El ciclo lustral comenzó en 1680, año en el que se trajo la imagen de Nuestra Señora de las Nieves desde su santuario del monte a la ciudad capital. Desde entonces lo ha hecho ininterrumpidamente hasta nuestros días, en los años acabados en cero y cinco, aunque, en el recuento histórico de los últimos tres siglos, la venerada imagen ha sido trasladada en procesión en varias ocasiones a la capital insular en rogativas y celebraciones especiales, alterando de ese modo la secuencia lustral.

El Real Santuario alberga, además, un Museo Insular de Arte Sacro, considerado en su género uno de los más importantes de Canarias. Este edificio, proyectado por los arquitectos Rafael Daranas y Luis Miguel Pérez, recrea una casona de dos plantas, balcón y ventanas de tarima, construido con materiales nobles -carpintería de tea labrada, cantería gris, forja, vidrieras- y perfectamente integrada en el conjunto.

Este espacio, junto al camarín de la Virgen -obra del arquitecto José Miguel Márquez, que remata la cabecera del templo con un lujoso acabado- fueron ideados por Alberto José Fernández García y exponen importantísimos documentos históricos, así como esculturas de distintas épocas y escuelas, pintura y orfebrería de talleres europeos y americanos; retratos históricos de Nuestra Señora de las Nieves, a través de los cuales se puede seguir la evolución del atuendo. En su vestidor cuelgan los mismos trajes con los que se la pintó confeccionados con sedas de La Palma y brocados importados de Europa, reservados para las grandes solemnidades, caso de la Bajada de la Virgen. La venerada imagen fue coronada canónicamente en el año lustral de 1930, el 22 de junio, en ceremonia oficiada por el cardenal Federico Tedeschini, nuncio de Su Santidad en España y arzobispo de Lepanto, que llegó a La Palma a bordo del "liner" Infanta Cristina. Su patronazgo sobre el pueblo palmero fue reconocido por el Papa Pío XII, el 13 de noviembre de 1952.

El Real Santuario ostenta realeza desde que en 1657 fuera acogido en su patronato por Felipe IV, penúltimo rey de la Casa de Austria. Tres siglos después, el 15 de octubre de 1977, recibió la visita de los Reyes de España, Juan Carlos I y Sofía de Grecia, siéndole entregado entonces a la Reina el título -que había aceptado siendo Princesa de España- de "Camarera de honor de la Santísima Virgen de las Nieves". Su Majestad manifestó entonces al rector Pedro Manuel Francisco de las Casas su voluntad de reafirmar el trato de realeza en el marco de la nueva monarquía constitucional, lo que así se produjo poco tiempo después, siguiendo los cauces establecidos, en comunicación oficial y certificación de la Casa Real.

domingo, 20 de noviembre de 2005

Una apuesta por el patrimonio histórico

Juan Carlos Díaz Lorenzo
Tijarafe


El programa europeo PRODER, en su convocatoria correspondiente al año 2005, ha aprobado una partida económica de 187.689 euros para ejecutar cuatro proyectos referidos a la línea de rehabilitación patrimonial del municipio. En concreto, los expedientes se refieren a la restauración del retablo de la ermita del Buen Jesús, situada en el pago del mismo nombre, con un presupuesto de 33.055,67 euros y una subvención de 16.527,84 euros. Dicho proyecto, señala el concejal de Patrimonio, Turismo y Medio Ambiente de Tijarafe, Marcos Lorenzo Martín, "ha sido el que ha alcanzado una mayor puntuación en toda Canarias".

A continuación figura la adecuación del entorno de la iglesia de Nuestra Señora de Candelaria, con un presupuesto total de 97.061,98 euros y una subvención de 48.530,99 euros, así como la rehabilitación de la plaza, que tiene un presupuesto de 137.682,19 euros y una subvención de 68.841,10 euros; y, finalmente, la rehabilitación y adecuación de la antigua casa consistorial, en la que se ubicarán, en su parte alta, las dependencias de la biblioteca municipal y en su parte baja el futuro museo etnográfico "José Luis Lorenzo Barreto", con un presupuesto total de 107.579,60 euros y una subvención de 53.789,80 euros, respectivamente.

Esta interesante iniciativa del Ayuntamiento de Tijarafe demuestra, una vez más, el interés que tiene la corporación local por la conservación de su patrimonio, acreditado a lo largo de los últimos años en diversas actuaciones, así como en exitosas gestiones ante los organismos competentes del Gobierno de Canarias, como a nivel europeo, en el caso que nos ocupa.

De las actuaciones previstas, revisten especial importancia las referidas al entorno y la plaza de la iglesia de Nuestra Señora de Candelaria, que remonta sus orígenes al siglo XVI y figura entre las primeras fábricas religiosas de la isla. En su interior se encuentra uno de los mejores retablos del barroco en Canarias, atribuido, según algunos autores, a la figura de Antonio de Orbarán y ejecutado en el siglo XVII.

La ermita de El Jesús, situada en el barrio de su mismo nombre, está ubicada en un promontorio junto al margen izquierdo del barranco del Jurado, en un magnífico escenario natural desde el que se domina una panorámica excepcional. A la misma se accede por un desvío situado a unos 300 metros de la carretera general, en la intersección con la vía que comunica El Jesús con la costa de La Punta.

La fábrica, construida a partir de la segunda mitad del siglo XVI, tiene la advocación del Dulcísimo Nombre del Buen Jesús, colocándose en el interior, desde 1584, las imágenes del Niño Jesús y de Nuestra Señora de la Consolación. El inmueble está constituido por una nave rectangular, con una puerta de entrada orientada hacia poniente, a la que se adosa por la derecha otro pequeño edificio rectangular que sirve de sacristía.

La ermita carece de ventanas y por tanto de iluminación natural, salvo la que entra por la puerta principal. No posee coro, ni balcón sobre la puerta de entrada, como suele ser característico de este tipo de edificaciones en La Palma, y lleva una cubierta a cuatro aguas con sencillos adornos de canes, lacería, etc.. Sobre la puerta de entrada existe una pequeña espadaña con una campana. Esta edificación, sencilla pero sobria, deja traslucir el carácter humilde y pobre de los habitantes que antaño poblaban este barrio que tomó el nombre de su benefactor.

Según señala Antonio Pérez en su libro "La historia de Tijarafe", en 1949 se arregló el altar de la ermita, agregándole un tercer nicho a los dos existentes y, al mismo tiempo, se albeó en su exterior y se pintó la puerta. En 1950 se hizo una colecta entre los tijaraferos residentes en la capital de Venezuela para pintar la iglesia por dentro. De la recogida del dinero -unos 185 bolívares, casi 2.700 pesetas al cambio de la época- se encargó el paisano Leonardo Rodríguez Cruz, gracias a las aportaciones de una veintena de donantes, entre ellos uno de Tazacorte y otro de Garafía.

Con el paso de los años, el inmueble había sufrido una situación de deterioro progresivo, que culminó en diciembre de 1992 con el colapso de su techumbre, debido a las intensas lluvias registradas en ese año. El desplome propició la casi total destrucción de su retablo de reminiscencias barrocas, que data de fines del siglo XVII o principios del XVIII. En 1994, la pequeña ermita fue declarada Bien de Interés Cultural.

En el año 1996 se terminaron las obras de restauración del techo del templo, por lo que con el proyecto ahora aprobado pretende acometer la rehabilitación de la estructura del retablo, integrando en el mismo aquellas piezas susceptibles de ser aprovechadas cuando finalice el proceso de restauración.


Entorno de la iglesia

El segundo proyecto aprobado por el PRODER se refiere a la mejora del entorno de la iglesia de Nuestra Señora de Candelaria y la rehabilitación del antiguo camino real, incluido dentro del entorno afectado por la declaración de Bien de Interés Cultural con categoría de monumento a favor de la iglesia de Nuestra Señora de Candelaria (decreto 77/1996).

El camino real se compone de un antiguo empedrado que se ha ido deteriorando con el paso del tiempo. El tramo que se conserva mantiene su concepción y trazado originales y constituye, por sí mismo, una parte importante del patrimonio de Tijarafe. En la actualidad, comunica la plaza de la iglesia con la elegante y airosa espadaña de cantería y el camino de El Lomo.

Los huertos ubicados al sur del camino se encuentran en la actualidad desatendidos y afectan negativamente al paisaje, y en definitiva, al entorno de la iglesia. Dichos huertos se desarrollan en dos niveles separados por un pequeño muro de mampostería. En el nivel superior se encuentra un antiguo aljibe de piedra con cerramiento de madera de tea, también en mal estado de conservación.

"Se trata, por tanto -señala Marcos Lorenzo- de restaurar y recuperar las condiciones tipológicas originarias, adaptándolas a las necesidades actuales. La actuación en el camino conseguirá mejorar su morfología permitiendo su cómoda utilización. Al recuperar los huertos y permitir el acceso desde el camino real, y por lo tanto, desde la plaza de Nuestra Señora de Candelaria, se conseguirá un conjunto plenamente integrado en el entorno, obteniendo así un rincón de asueto y contemplación paisajística digno del ámbito en el que se encuentra".

El conjunto a rehabilitar previsto en este proyecto se convierte en un espacio único donde se puede apreciar la confluencia del patrimonio arquitectónico eclesiástico con el patrimonio arquitectónico rural y etnográfico. "Esta circunstancia hace que este enclave, una vez rehabilitado convenientemente, pueda convertirse en seña de identidad para los vecinos y un punto de referencia para el turista que acude a Tijarafe buscando la tranquilidad, la esencia de la vida rural y el respeto al medio ambiente", puntualiza el concejal de Patrimonio.

El proyecto de rehabilitación de la plaza de la Iglesia de Nuestra Señora de Candelaria está incluido, asimismo, en la citada declaración de Bien de Interés Cultural. La plaza ha sufrido a lo largo de los años numerosas intervenciones, siendo la más reciente la actuación en su extremo norte, tendente a la eliminación de barreras arquitectónicas, tanto desde su acceso por la calle General Franco, como desde la plaza al propio templo, en este caso mediante una rampa situada en su fachada sur.

En la actualidad se plantea la necesidad de mejorar la accesibilidad al entorno de la plaza, para lo que se propone la remodelación de una rampa existente por el extremo sur, en su confluencia con la calle Primo de Rivera. Otra de las obras previstas consistirá en la impermeabilización de la losa de hormigón armado que conforma parte de la superficie de la plaza, para lo cual será preciso levantar el pavimento existente, que posteriormente será repuesto de manera uniforme en todo el conjunto.

Las obras de reforma concluirán con la sustitución de las actuales escalinatas de acceso sur y norte a la plaza, actualmente de hormigón fratasado (muy deslizantes), por peldaños de piedra natural abujardada de la isla, solución que también se propone para los actuales bancos de obra.

"Con todo ello -explica Marcos Lorenzo- se pretende habilitar este espacio público de un modo acorde con el rico entorno patrimonial que lo rodea, dignificándolo mediante la rehabilitación de sus áreas más deterioradas por el paso de los años. Pero la importancia de este lugar va más allá de su valor patrimonial, siendo imposible obviar el importante rol social que dicho espacio desempeña como eje vertebrador de buena parte de los eventos que congregan a los vecinos de Tijarafe y a sus visitantes".


Casas consistoriales

En 1870 se iniciaron las obras para la construcción de la casa consistorial de Tijarafe, siendo alcalde del municipio Basilio Galván y que habrían de prolongarse hasta finales del siglo XIX. El edificio ha sufrido, no obstante, numerosas modificaciones a lo largo del siglo XX.

El inmueble sobre el que se pretende actuar forma parte del catálogo de elementos protegidos del Plan Especial de Protección denominado "entorno de la iglesia de Nuestra Señora de Candelaria". El tipo de edificación responde a la arquitectura doméstica, típico de las casas de los núcleos urbanos de aquella época, con una fachada que se proyecta según los cánones del regionalismo ecléctico.

El proyecto planteado pretende la rehabilitación y adecuación de la edificación que hasta hace poco tiempo era la sede de las dependencias municipales, en la actualidad ubicadas en el nuevo edificio construido junto a la carretera general, frente a la plaza de la Paz. También se ha previsto su adaptación para permitir el acceso a personas de movilidad reducida. Mediante la rehabilitación de la antigua casa consistorial se obtendrá un edificio preparado para albergar nuevos usos socioculturales, concretamente las dependencias de la biblioteca municipal en su planta alta y el futuro museo etnográfico "José Luis Lorenzo" en la planta baja.

Cuando haya concluido su rehabilitación, esta edificación -que durante más de cien años ha cumplido una importante labor social-, seguirá manteniendo la función de espacio público para la que fue concebida, al servicio de sus ciudadanos, cambiando únicamente su uso, sin que ello suponga pérdida alguna de innegable peso histórico y patrimonial.

domingo, 9 de octubre de 2005

La vieja iglesia de San Mauro Abad

Juan Carlos Díaz Lorenzo
Puntagorda



En la placidez de un paraje silencioso del pueblo de Puntagorda, en cuyos alrededores se produjo el primer poblamiento histórico del lugar a comienzos del siglo XVI, se encuentra la vieja iglesia de San Mauro abad, a la que durante siglos llegaban los peregrinos desde todos los rincones de la isla, transitando los viejos caminos que ahora permanecen en silencio.

Aunque la fecha de su fundación no se conoce con exactitud, porque el archivo parroquial desapareció en el incendio que se produjo el 31 de agosto de 1811, sin embargo figura entre los primeros templos que se construyeron en La Palma. En la visita que hizo el obispo fray Juan de Arzóloras, el 2 de mayo de 1571, en el que dice que, habiendo visto "por vista de ojos", que además de las tres parroquias principales había otras seis bautismales, entre las cuales se cita a la de San Amaro "de la Puntagorda", dispuso que fuera atendida "por capellanes asalariados con 120 doblas cada uno, que habían de sacarse de la gruesa del beneficio de la Isla".

En la segunda mitad del siglo XVII, y por real cédula del rey Felipe IV, de fecha 24 de mayo de 1660, se autorizó el sexto beneficio de la isla en Puntagorda, precedido por las que estaban erigidas entonces en Santa Cruz de La Palma, Puntallana y la villa de San Andrés.

El citado documento, compilado por Juan Bautista Lorenzo, expresa que "el examen, nombramiento y elección de personas para los beneficios de allí en adelante, se haga en la ciudad de Santa Cruz, sin que sea necesario ir a la de Canaria y que cuando vaque algún Beneficio, se pongan edictos en la Parroquia del Salvador y se envíen también a las demás parroquias del Obispado por término de treinta días y los opositores comparezcan a oponerse ante el Escribano del Ayuntamiento de La Palma, y pasado este término, la Justicia y Regimiento se junten y nombren un Regidor, y el Consejo un escribano, y entre los Beneficiados de esta ciudad, Puntallana y Sauces, se echen suertes y saquen dos de ellos y todos cuatro se junten con el Vicario y hagan dicho examen, elección y nombramiento en la forma y modo en que se hacían en Canaria; y se cumpla y ejecute esta carta sin embargo de lo dispuesto en la provisión de 5 de diciembre de 1533 = Que el primer Beneficio que se acrecentare por razón de la dicha división, se ponga en el lugar y término de Puntagorda y el segundo en el lugar y término de Garafía y el tercero en el lugar y término de Barlovento y el cuarto en el lugar de Tijarafe y el quinto se queda por ahora en la dicha ciudad, de manera que haya en ella cuatro Beneficiados, entre tanto que algunas de las poblaciones de dicha Isla no tuvieren necesidad de dalle Beneficiado, porque habiéndola se ha de quitar de la dicha ciudad, y aplicarle y ponerle en el lugar o parte que tuviere necesidad de Beneficiado, quedando esto a mi voluntad o de los Reyes mis sucesores".

La situación, sin embargo, era calamitosa. Un año antes, según consta en el acta del Cabildo de La Palma de fecha 30 de mayo de 1659, se dice que "los vecinos de Puntagorda representaron al Cabildo diciendo que, siendo muy pobre su iglesia parroquial, se les concediese alguna cantidad de aquel pósito, que era muy copioso, para reparar dicho templo, a imitación de lo que se había hecho con las iglesias de Los Llanos, Garafía, Mazo y La Breña, y el Cabildo, por iguales consideraciones que a la de Los Llanos y en atención a que no había habido oposición por parte de ningún vecino, acordó conceder la gracia de poder sacar de dicho pósito 150 fanegadas de trigo para el expresado objeto, de los atrasos de dicho establecimiento".

Dos décadas después, en el año de gracia de 1679, el licenciado Juan Pinto de Guisla, consultor del Santo Oficio, beneficiado de la iglesia parroquial de El Salvador y visitador general de la isla de La Palma, hizo referencia a los libros encontrados en su visita a la iglesia de Puntagorda, entre otros un tomo dividido en dos partes, constando en la primera los "baptisados" entre los años 1601 y 1614 y en la segunda parte algunos casamientos entre los años 1601 y 1609 "y al fin algunos baptisados los años catorce y quince, y fenese que los confirmados por el Iltmo. Sr. Obispo Don Franco. Martínez el 1602. Un tomo donde se inscriben los difuntos del distrito desta parroquia que dejó ordenado y dispuesto el Iltmo. Sr. Obispo Don Franco. Martínez con instrucción y se comenzó a escribir en él desde el año de 1600".

El visitador Pinto de Guisla hizo una descripción en el "Libro corriente de Visita y Mandatos" de lo que era en aquellos tiempos la antigua iglesia de San Mauro, llamada también San Amaro, que transcribimos de su escritura original:

"El cuerpo material desta yGlesia parrochial cuyo titular es San Amaro es un cañón de yGlesia con su Capilla no mui grande pero capaz para la vecindad y de razonable fábrica, tiene tres Altares, el mayor en la capilla con retablo de madera pintado de colores bastos en el que ai tres nichos y dos paineles, y en el nicho del medio está Laymagen de San Amaro de talla Razonable hechura está este altar desente y con todo lo necees para poder celebrar.= Los otros dos Altares están Correspondientes en el espacio que ay del arco toral de la Capilla a la pared del Cuerpo de la yGlesia, el del lado del Evangelio es de christo crucificado, tiene frontal y manteles, pero no tiene ara, el del lado de la epístola es de Ntra. Sra del Rosario Cuia ymagen de bestir está en el nicho o tabernáculo de madera pintado de colores, Vestida con más Aseo y talla del que suelen tener las himágenes de bestir de los campos, Particularmente en los lugares distantes de la Ciudad, en que apuesto el Bencfdº espesial cuidado, y en este altar el ara con todo lo demás nesessº para celebrar con él con desencia".

Con posterioridad al año 1679, y por diferentes citas que se recogen en el "Libro corriente de Visita y mandatos", se ponen de manifiesto algunas mejoras o reedificaciones realizadas en el templo para la seguridad y conservación de este recinto religioso, en especial en lo que respecta a la capilla mayor y al presbiterio, ordenándose en el año 1773 la colocación "de un estribo u otra cosa por el lado de la epístola para asegurar dicha fábrica; en este mismo año se mandó hacer nuevo retablo, por ser muy viejo el que tiene, mandando se haga con el mayor aseo y desensia que se pueda".

Hasta la visita oficial de 1679, y de la que existe referencia documental, la iglesia de San Mauro abad se encontraba en unas condiciones parecidas a sus inicios. En 1782 quedó registrada la orden de reedificar la capilla mayor, aunque a finales de siglo, en 1797, el templo se encontraba en estado ruinoso, por lo que las autoridades eclesiásticas concedieron licencia para su reedificación, ordenándose también hacer la sacristía nueva, que ya existía en 1849.

Aunque la advocación del templo corresponde a San Mauro abad, sin embargo es de observar que a lo largo de la historia se ha producido una ambigüedad, pues la imagen de su titular ha sido reiteradamente confundida con la de San Amaro, "debido al equívoco -señala la profesora Leticia Tejera- existente tanto por tradición oral como por las fuentes escritas, que le han asignado, indistintamente, el mismo nombre".


Esquema constructivo

La iglesia es de una sola nave de planta rectangular y de fachada simétrica, marcada por un arco de medio punto labrado en piedra, con un balcón de madera que da al coro, elemento peculiar de la arquitectura religiosa palmera y el remate de la espadaña construida en piedra, que es posterior a 1705, pues en las anotaciones de dicho año en el "Libro de Visitas" se dejó constancia de que "el campanario son tres palos a la puerta de la Iglesia y con ellos una campana pequeña".

En el interior del templo conviven el mudéjar y el gótico, al tratarse de la única iglesia de Canarias que teniendo dos arcos torales, uno de ellos, el correspondiente al antepresbiterio, es de línea ojival. El esquema arquitectónico es sencillo, pues en la planta rectangular están incluidos el coro, la capilla, el presbiterio y los cuerpos adosados que actúan de baptisterio y sacristía. Además de las labores en piedra de cantería, también son de destacar los trabajos en madera de tea, especialmente las pilas de agua bendita que se apoyan en sendas columnas del coro.

El recinto está cubierto con una armadura de dos aguas de teja árabe. En el exterior se encuentra una gran cruz de madera sobre una base de piedra y, al fondo, la casa parroquial, interesante ejemplo de la arquitectura rural palmera, con balconada al poniente. El citado edificio, de dos plantas y su cocina anexa presenta un grave estado de deterioro, con derrumbes parciales.

En la primera mitad del siglo XIX, cuando la corriente del neoclásico imperaba en Canarias, el presbítero y arquitecto José Joaquín Martín de Justa trazó las líneas maestras del retablo mayor de la iglesia de Puntagorda, que fue realizado con anterioridad a 1826 y en el que su autor adaptó el dibujo utilizado en el retablo mayor de El Salvador, cuyo diseño, como es sabido, provocó una gran polémica entre la sociedad de la época al relacionarlo con los modos y emblemas masónicos, como han apuntado los profesores De Paz Sánchez y Pérez Morera.

En el retablo de Puntagorda -detalla Leticia Tejera-, Martín de Justa diseñó una mesa de altar soportada por ménsulas sobre las que se eleva el cuerpo principal resuelto mediante pilastras planas pareadas a ambos lados de las hornacinas del santo. Como en el caso de El Salvador, se eligió el orden compuesto para configurar los capiteles de las pilastras.

El siguiente cuerpo está compuesto por un entablamento al que se le sobrepuso un parapeto, rematado por una corona de nubes y ráfagas de rayos con el ojo de Dios inscrito en un triángulo, actualmente desaparecido. Este es el elemento que denota más claramente la relación de la obra con las interpretaciones masónicas, pues el triángulo es, al mismo tiempo que emblema de la Trinidad y Unidad divinas, símbolo identificativo de la orden.

En cuanto a la ornamentación del retablo, apenas queda nada de los valores cromáticos originales, si acaso parte de las guirnaldas que decoran el parapeto superior, también presentes en una de las partes del entablamento, aunque ocultas por un repinte marmóreo.

Posiblemente influenciado por la fachada de El Salvador, Martín de Justa coronó el retablo con unos jarrones y utilizó la solución de una ménsula central sobre el arco de la hornacina, que en el caso de la fachada hace función clave del arco. Las guirnaldas en talla que surgen de la ménsula, decorando los amplios espacios de este cuerpo, aluden nuevamente a los ornamentos que posteriormente proliferan en retablos y dinteles de la parroquia matriz, por lo que la abundancia de semejanzas y su carácter significativo hace pensar que pudiera ser un ensayo previo a la gran obra de Martín de Justa en el retablo mayor de El Salvador.

La imagen de San Mauro abad es una talla de madera policromada, que está hueca por su parte posterior y cubierta por el manto; caso que podemos advertir en otras imágenes existentes en la isla de procedencia flamenca.

En la década de los años cincuenta del siglo XX, la vieja iglesia de San Mauro abad cerró sus puertas y el culto a la venerada imagen se trasladó al nuevo templo construido en El Pinar. En los aledaños se encuentra uno de los magníficos ejemplares de pino canario existentes en La Palma, testigo mudo de la vida tranquila del pueblo de Puntagorda.

A partir de entonces, la vieja iglesia entró en una etapa de abandono, que habría de prolongarse por espacio de algo más de cuatro décadas. En diciembre de 1985, dos años después de que el Ministerio de Cultura hubiera transferido a la Comunidad Autónoma de Canarias las funciones sobre el patrimonio, la Consejería de Cultura y Deportes declaró monumento histórico-artístico, entre otros, a la iglesia de San Mauro Abad y la casa parroquial (antigua casa del pósito municipal). Después de un largo proceso, no exento de dificultades y dilaciones, la reconstrucción del templo de San Mauro abad de Puntagorda finalizó en 2002.



Bibliografía:

-Fraga González, María del Carmen. La arquitectura mudéjar en Canarias. Aula de Cultura de Tenerife, 1977.
-Lorenzo Rodríguez, Juan B. Noticias para la historia de La Palma. Tomo I. Cabildo Insular de La Palma, 1975.
-Tejera Grimón, Leticia. La iglesia de San Mauro Abad. Puntagorda-La Palma. CICOP, 2002.

domingo, 7 de agosto de 2005

Los ex- votos marineros de Las Nieves

De los trece existentes en La Palma, siete se encuentran en el Real Santuario y datan de los siglos XVII, XVIII y XIX

Juan Carlos Díaz Lorenzo
Santa Cruz de La Palma


Al mundo de la marinería pertenece el tema, para nosotros muy entrañable, de los exvotos marineros, trece de los cuales existen en La Palma y siete de ellos cuelgan en las paredes del Real Santuario de Nuestra Señora de las Nieves. Hace algo más de dos lustros, el sacerdote Pedro Manuel Francisco de las Casas, rector del primer centro mariano de la isla, nos acercó, con su generosidad y afecto, al valioso fondo documental existente sobre este particular, con el que ahora finalizamos la serie de reportajes que durante las últimas semanas hemos venido dedicando a la Bajada de la Virgen.

Los trece ejemplares existentes en la isla están localizados en cuatro iglesias situadas todas ellas en el término municipal de Santa Cruz de La Palma. Hasta comienzos de la década de los setenta del siglo XX, los exvotos eran apenas conocidos y valorados por un reducido grupo de especialistas en Historia del Arte, así como otros expertos.

En el año 1973, los miembros del programa nacional "Misión Rescate" lograron despertar el interés por estas obras, que entonces se habían estado deshaciendo irremediablemente por el paso del tiempo, momento en el que el investigador palmero Alberto José Fernández García se encargó de la primera restauración de los mismos, lo que ejecutó con una apreciable minuciosidad y rigor, como era habitual en su trabajo.

Uno de los aspectos que más valoró el jurado nacional de "Misión Rescate" fue una memoria con una selección de más de setenta páginas y casi un centenar de fotografías de los ex-votos marineros de La Palma, lo que exigió varios meses de estudio, búsqueda de datos, análisis artístico de las obras, asesoramiento de expertos en la materia, redacción e ilustración gráfica. Posteriormente dicha documentación fue catalogada por la Dirección General de Patrimonio Artístico y Cultural.

Han pasado poco más de treinta años desde que la Patrulla nº 10 de "Misión Rescate" en La Palma alcanzó el premio del VI Torneo Nacional, correspondiente a la Campaña VIII, cuya entrega se celebró el 23 de noviembre de 1974 en un acto celebrado en Madrid, presidido por el entonces subsecretario de Información y Turismo, José María Sánchez-Ventura.

El galardón reconoció un conjunto de actividades que iban desde el rescate material y documental de lugares y piezas, hasta el despliegue de un pequeño museo para la conservación y exhibición pedagógica de los elementos más interesantes de cuantos se han rescatado, y algunos de los cuales tienen su lugar en el Museo Insular de Arte Sacro de Las Nieves, así como la publicación semanal de una página en DIARIO DE AVISOS, que se puso al servicio de la salvaguarda del patrimonio histórico-artístico de La Palma.

El director del Museo Marítimo de Barcelona, ubicado en las Reales Atarazanas de la Ciudad Condal, confirmó la existencia en La Palma de los dos ex-votos marineros pictóricos más antiguos del país, ya que, entre los recogidos en el trabajo galardonado, figuran dos del siglo XVII -1621 y 1639-, y el que por expertos era considerado como el más antiguo -fechado en 1702- estaba y sigue estando en el Museo Marítimo, pero ya no es el más antiguo del país, como se había considerado hasta entonces.

Siete son los ex-votos marineros pictóricos conservados en el Real Santuario de Nuestra Señora de las Nieves, que datan de los años 1639, 1704, 1722, 1723, 1757, 1768 y 1867. Todos ellos están pintados en óleo sobre lienzo y miden 70 x 50 cm., aproximadamente.



Ex-voto de 1639
Este exvoto, el único que se conserva del siglo XVII en el Real Santuario de Nuestra Señora de Las Nieves, es el segundo más antiguo de la Isla y, probablemente, de España. En coincidencia con los otros que existen en este templo, está realizado sobre lienzo y tiene prácticamente las mismas medidas. Pese a esas semejanzas, defiere de modo notable en la manera de representar el navío, ya que en este caso se trata de una fragata cuyo nombre se desconoce, aunque no así el de su capitán.

El episodio descrito se produjo en el golfo de Campeche, poco después de la salida del puerto de su mismo nombre. Obsérvese que varios de los hechos que motivan ex-votos de los que se conservan en La Palma, ocurrieron en esa región, en la que nuestra Isla estuvo presente a través de sus marinos y de sus barcos.

La leyenda de este ex-voto -al igual que sucede con todas las que existen en el Real Santuario-, está rehecha y destaca por los muchos datos que aporta sobre el episodio y que el autor del lienzo procuró representar con el mayor detalle posible, añadiendo a la descripción las expresivas palabras "como pintado se vé" y distinguiéndose las siluetas de ocho marineros maniobrando sobre cubierta y diversos objetos ya tirados al mar.

Leyenda: "El año de 1639 el día 9 de Mayo salió una fragata del puerto de Campeche, su Capn. Dn. Luis de Miranda, á cumplir su registro para estas Islas Canarias, y el día 12 del mismo mes á las 11 1/2 de la noche nos hallamos varados en un bajo que llaman el Alacran, y estuvimos varados hasta el día 16 á la tarde trabajando noche y día para salvar las vidas: y al cabo de este tiempo fué el Señor servido y la Virgen de las Nieves que nadara dicha fragata y fuera navegando hasta Campeche sin peligrar la carga y los palos picados botados al agua como pintando se vé. Un devoto de aquella Santa Virgen prometió colocar el portento en su milagrosa Casa" (Rehecha).



Ex-voto de 1704
Este es uno de los ex-votos más originales y bellos de cuantos se conservan en la Isla y representa un combate naval entre una nave cristiana y otra turca, un hecho por entonces -a principios del siglo XVIII- muy frecuentes en las proximidades de estas islas, al tratarse de un paso obligado de los navíos que traficaban con las Américas y que eran objeto de la codicia pirateresca.

Ningún otro ex-voto de La Palma recoge un hecho similar, de ahí que llame poderosamente la atención, así como su leyenda, pues hace referencia a una ermita y virgen de Las Nieves de Taganana, en Tenerife y no al Santuario de La Palma. La presencia, pues, del ex-voto en La Palma podría explicarse por la condición palmera de los navegantes o de las naves.

Donde en la leyenda dice "naga" léase "Anaga", zona costera del Norte de Tenerife, de difícil navegación y muy propicia a los ataques sorpresivos de naves piratas.

Leyenda: "El 30 de agosto de 1704, salió de la Habana el Capn. Juan Estrella, en el Navio nombrado Ntra. Sra. del Sagrario y S. José: y navegado 56 dias hasta naga, dió con un Navio argelino de turcos, á vista de una Ermita de ntra. sra. de las Nieves en Taganana y habiéndosele abordado y guerreado tres horas: luego qe. invocaron esta Sra. cesó el combate quedandoles muchos muertos, y de los ntros. no más que 3 heridos" (rehecha).



Ex-voto de 1722
Este ex-voto presenta la misma particularidad del anterior. No hay imagen sagrada en ningún rincón de la composición, pero el carácter sobrenatural del hecho queda expresado en esa claridad "celestial" que rodea la nave y en la alusión que en la leyenda se hace a una estrella, la cual se representa en el lienzo, asimismo orlada de luz sobrenatural.

El hecho constatado ocurrió en la ruta de La Palma -"este puerto" parece ser el de la capital palmera- hacia América o la Península, pues la mencionada "Isla de San Miguel" pudiera referirse a una de las Azores.

La nave aparece detalladamente representada en su aparejo, siendo minucioso también el tratamiento de los objetos que han caído al mar, detalles todos que confirman el interés descriptivo de estas obras populares que, por ello, quedan para la posteridad como un documento más del mundo de la navegación de la época.

Leyenda: "Habiendo salido de este puerto el barco de Nicolás Márques para la isla de Sn. Miguel el dia 25 de Febrero, al cabo de 25 días de viaje les dió un fuerte temporal, y habiendo visto en este conflicto una estrella, invocaron á nuestra Señora de las Nieves, y cesó la tormenta: el año de mil setecientos veinte y dos" (rehecha).



Ex-voto de 1723

Se trata de un ex-voto cuya composición es muy repetida en el conjunto de los ex-votos marineros pictóricos de La Palma. Resulta similar, sobre todo, a los ex-votos de la ermita de El Planto. La forma en que se hunde la nave recuerda a los ex-votos de 1715 y 1722 y, desde luego, al que se considera el mejor de ellos, el de 1621, en que parecen inspirarse todos estos.

El hecho ocurrió a un navío francés, cuya relación con La Palma se desconoce. Lo cierto es que el ex-voto está en el Real Santuario de Nuestra Señora de Las Nieves y hace referencia a la Patrona palmera -su imagen aparece fielmente representada en un ángulo del lienzo-, pero la "gravísima tormenta" sobrevino en la travesía de la Isla Martinica a Cádiz.

Es apreciable el valor geográfico que encierran todos estos ex-votos, con esa riqueza de referencias a mares, islas, rutas de puerto a puerto, etcétera. Constituyen, asimismo, un documento que constata la presencia de determinadas gentes -estos marinos palmeros, tan devotos de sus advocaciones religiosas- en sitios tan dispares.

Leyenda: "Habiendo salido de la Maritinica para Cádiz en una Galera Francesa, el 8 de Abril de 1723 á las 11 1/2 de la noche nos aconteció tan gravísima tormenta que nos vimos sumergidos: é invocando a Ntra. Sra. de las Nieves, fuimos socorridos en tan grande conflicto" (rehecha).



Ex-voto de 1757
Este ex-voto recoge un hecho cuyos protagonistas -nave y capitán- son los mismos del suceso que motivó el ex-voto de la ermita de El Planto y además ocurrió en el mismo año, aunque se trata de dos viajes diferentes, pues el ex-voto de El Planto refiere uno ocurrido en la travesía Campeche-La Habana, en julio y el ex-voto de Las Nieves sitúa el hecho en la travesía La Habana-Canarias, en el mes de agosto, a continuación del anterior.

Sin embargo, los dos ex-votos nos conducen a dos autores diferentes, pues son distintas las técnicas y hasta las dimensiones, aún cuando la forma de representar el navío es la misma. En el ángulo superior izquierdo, en un claro del cielo, aparece la efigie de la Virgen y sus atributos: los vestidos, en rojo y con joyas, y los atributos, los mismos que en los ex-votos de 1639 y 1723.

Sin embargo, en este ex-voto hay que destacar el detalle de su leyenda, que aparece rehecha, su integridad queda respaldada, no obstante, por la comparación que puede hacerse de la misma con la leyenda intacta del ex-voto de 1757.

Leyenda: "Habiendo salido para las Canarias de la Habana el 9 de agosto del año 57 el navío nombrado Ntra. Sra. de las Angustias (a) el Canario, su Capitan Dn. Franco. Cousel, desembocó con felicidad; y estando en altura de 36º 8' y en longd. de 31º 43' le sobrevino un huracan y corrió 24 horas: pero habiendo invocado a Ntra. Sra. de las Nves. cesó la tempestad. Hízose este diseño pr. devocon. del Capn. y Dn. Jose Benito Lujan, piloto de dha. embarcacion" (rehecha).



Ex-voto de 1768

Este ex-voto pudiera ser el más valioso desde el punto de vista pictórico y por lo que a la efigie sagrada representada se refiere, si bien en ella hay un punto muy oscuro, no cabe duda que la invocación es a la Virgen de Las Nieves -así se lee en la leyenda-, pero en la efigie representada queda una imagen de la Virgen que nada tiene que ver con la Patrona de La Palma.

Los protagonistas, por lo que a las embarcaciones se refiere, son dos: una goleta y un bote, distinguiéndose en este último y a buen tamaño -caso único en los ex-votos marineros pictóricos de La Palma- a un marino en actitud de reverente plegaria.

El hecho que motivó este ex-voto está muy bien descrito en la leyenda del pie, pues ocurrió en las costas venezolanas, en las que, al igual que en las Antillas, era importante ya en este tiempo la presencia de colonias de isleños, muchos de ellos palmeros.

Obsérvese cómo en cualquier lugar en que se encontrara, no había para el palmero más intercesión celestial que pedir a la de Nuestra Señora de Las Nieves, advocación mariana muy vinculada desde siempre a las personas y labores de la mar. No era, por supuesto, la única intercesión a la que se acogía el navegante palmero pero sí, con mucho, la más frecuente.

Leyenda: "Saliendo el dia 22 de Sete. de 1768 la Goleta nombrada Ntra. Sra. del Rosario con su Capn. Dn. Franco. Padron de las Islas de Turquilan pa. el Guarico, á las 8 de la noche le entró un fuerte temporal que hundió el barco bajo el agua, sin más que la popa de fuera y á una distancia corta su bote con Lorenzo Alvarez; po. á este á poco rato se le sasobró , el cual desps. de vuelto lo achicó con un plato qe. había tomado de abordo, y usando de su vela llegó á Guarico en 5 días sin pasar en ellos alimento alguno; favor de la Reina de los ángeles bajo el título de las Nieves á quien llamó de todo su corazón" (rehecha).



Ex-voto 1867

Aunque es el más moderno de todos y, desde el punto de vista artístico uno de los más simples y pobres, se trata de un auténtico ex-voto marinero pictórico, que pertenece a la colección del Real Santuario de Las Nieves. Al igual que el resto de los ex-votos, ha sido restaurado y tiene nuevo marco, sustituto de uno de madera normal carcomida.

El ex-voto presenta en el lado derecho un faro recortado sobre el mar. La duda es la siguiente: ¿Quién es ese niño? ¿el hijo de un navegante, navegante él a su vez quizás? ¿un miembro de la familia del faro, arrebatado por una ola traicionera? Ahí queda su nombre y el año del prodigio agradecido. En la parte superior del cuadro, la Virgen protectora, Nuestra Señora de Las Nieves. La leyenda del pie, la más lacónica de todos los ex-votos, no dice nada más.

Leyenda: "Antonio Esbert Campos - Enero 21 de 1867" (Intacta).

domingo, 24 de julio de 2005

A los pies de la Patrona palmera

Juan Carlos Díaz Lorenzo
Santa Cuz de La Palma


En algo más de quinientos años de historia, La Palma, isla de larga y arraigada tradición marinera, tiene el principal punto convergente de la fe y la devoción de su pueblo en la venerada imagen de Nuestra Señora de las Nieves, cuya advocación siempre ha estado presente en el mundo de la marinería.

"Señores, recemos y digamos que buen viaje hagamos; una salve a la Virgen de Las Nieves, abogación de esta embarcación: el Señor nos dé buen viaje y buen tiempo y nos lleve a puerto de salvamento". Con esta oración se hacían a la mar los barcos que en los lejanos tiempos del Imperio, y en centurias posteriores, la suave limosna de la brisa les permitía cruzar el Atlántico a merced de las olas y las corrientes, teniendo siempre presente que, cuando estuvieran de retorno, había pendiente una visita de agradecimiento al templo donde habita la Patrona palmera.

De la tradición marinera de La Palma y su relación con la venerada imagen existe constancia plena. En las paredes del Real Santuario de Nuestra Señora de las Nieves cuelgan siete magníficos exvotos marineros -otros cuatro se encuentran en la ermita de El Planto, uno en la iglesia de Nuestra Señora de la Luz, también llamada de San Telmo y el último en la iglesia de Santo Domingo- en muestra de agradecimiento por los beneficios recibidos, "y son un vivo exponente de la fe y agradecimiento de aquellos hombres por el favor recibido", escribía Alberto José Fernández García.

Desde que comenzó la tradición marinera de La Palma, era costumbre que los veleros llevaran a bordo imágenes religiosas y en el caso de los barcos de la isla, una de Nuestra Señora de las Nieves, que siempre se situaba en lugar decoroso. A Ella los marineros le rezaban, agradecían y suplicaban, en cualquier momento y circunstancia, como bien escribe Armando Yanes en su libro Cosas viejas de la mar:

"Todos estos barcos llevaban en su cámara una imagen de la Virgen de Las Nieves, a la que imploraban y se encomendaban con fervorosa oración en momentos de peligro, diciendo: Madre mía de las Nieves, ayúdanos. Todavía recuerdo perfectamente oírles decir a algunos que, cuando en noches cerradas en plena y dura tempestad se les mandaba subir para ejecutar cualquier maniobra, el poner los pies sobre la regala y agarrar la jarcia para coger los flechastes, era lo primero que decían: ¡Madre mía de las Nieves, ayúdanos!. Y seguidamente trepaban obenques arriba con gran decisión, y esto, decían, les daba ánimos y alientos para luchar allá arriba, a veces en lo alto de la jarcia, ejecutando ciegamente las órdenes que les había mandado su capitán".

Y cuando estaban de vuelta en la isla, rápidamente acudían al santuario a postrarse a los pies de la Patrona, expresándole su agradecimiento por el feliz regreso, teniendo la costumbre, si el viaje había sido malo y les había alcanzado alguna tempestad, llevarle botijas de aceite para el uso de la lámpara y haciendo promesas, entre ellas la de ir caminando unos desde el muelle, con el torso desnudo; otros sin hablar hasta llegar al santuario, y otros descalzos, la mayoría, dando así cumplimiento de lo que habían prometido.

Nuestra Señora de las Nieves fue la principal devoción que acompañó a la marinería y a los paisanos emigrantes en su camino a las Américas. Su culto está especialmente vinculado a los palmeros de ultramar, de modo que en los libros de fábrica de la ermita se encuentran abundantes referencias a las dádivas y regalos hechos por los indianos en gratitud a la Patrona por los favores recibidos, algunos de ellos de especial hondura espiritual.

De esta manera, el Real Santuario de Nuestra Señora de Las Nieves figura entre los primeros templos de Canarias en cuanto a platería americana, de una calidad y riqueza poco comunes. En el siglo XVIII, Viera y Clavijo estimaba que la plata y las joyas de la Virgen ascendían a más de 20.000 pesos; cantidad que se iba incrementando continuamente con las donaciones de los emigrantes palmeros, agradeciéndole a la Patrona, de este modo, primero, su buena travesía y, después, su buena fortuna en la otra orilla del Atlántico. Esta costumbre, arraigada en el sentimiento de tantos y tantos palmeros creyentes y de buen corazón, se ha mantenido en el transcurso del tiempo y, entre otros, quienes en años idos para siempre fueron emigrantes en Cuba y después en Venezuela.

Era costumbre frecuente que los navíos que hacían la carrera de Indias llevaran una alcancía a nombre de Nuestra Señora de las Nieves, para recibir las limosnas y donativos. Lo explica el profesor Pérez Morera, cuando cita que "las cuentas de 1706 mencionan los 1.488 reales recaudados ’en las alcansías que a repartido el mayordomo en los nauios de Indias’ y las de 1672 los 10 reales del ’costo de seys alcansias de oja de lata que se hisieron para repartir en vajelez para la limosna’".

El magnífico tesoro que constituye el joyero de la Nuestra Señora de las Nieves está compuesto, en una gran mayoría, por regalos de indianos. A finales del XVII -señala el citado investigador palmero- existían en América dos apoderados del santuario, uno en la capital peruana, Lima y otro en la capital cubana, La Habana, nombrados en 1694 por su mayordomo con el objeto de recibir los legados hechos a la Patrona de La Palma en "rrealez, oro, plata, perlas, joyas, prendas y otras cualesquiera alajas de los géneros referidos, ornamentos, bestidos… así en el dicho reyno del Pirud como en otras cualesquiera partes…".

El viajero inglés Charles Edwardes, que visitó La Palma en 1887, escribe de su visita a la ermita de Las Nieves, que "es también en esta famosa capilla donde los hombres de la mar hacen sus promesas antes de embarcarse para La Habana. De sus paredes cuelgan viejas pinturas grotescas que representan milagros obrados en la mar por la Virgen misericordiosa. En 1704, por ejemplo, el capitán de una bricbarca canaria, enfrentada a un barco pirata turco, invocó a la Virgen de Las Nieves con tal éxito que durante tres horas que duró la lucha no cayó un solo español, aunque sí numerosos turcos".


Las plagas

Como hemos manifestado en anteriores crónicas, la venerada imagen de Nuestra Señora de Las Nieves ha sido trasladada en rogativas a la capital palmera fuera de los años lustrales de su Bajada. El motivo siempre ha sido el mismo: pedirle su intercesión ante las furias desatadas de la naturaleza, tanto en sequías prolongadas como en erupciones volcánicas, incendios, enfermedades...

En palabras del siempre bien recordado investigador Alberto José Fernández García, "Ella es el inmenso refugio espiritual de todos los palmeros, y a Ella recurrimos cuando los titánicos fuegos volcánicos estremecen nuestro suelo, cuando las cosechas se pierden por falta de agua, cuando los grandes incendios azotan nuestros montes o nuestras casas, cuando la enfermedad se apodera de nuestra pobre naturaleza, y en tantos, tantos momentos de nuestra existencia".

Relacionada con la sequía prolongada encontramos la rogativa de finales de marzo de 1639, en que permaneció en El Salvador durante nueve días, repitiendo la estancia en 1631, 1632 y 1676 por el mismo motivo, implorando los sufridos palmeros la llegada del agua tan necesaria.

Precisamente, en este último año, y "hallándose pues este prelado, D. Bartolomé García Jiménez, Obispo de Canarias en esta Isla... y viendo la gran falta de lluvias que había entonces, informado de la gran devoción que estos naturales tenían a la Virgen de Las Nieves, dispuso se trajese a esta ciudad de Santa Cruz de La Palma, con motivo de esta calamidad y se celebrase aquel año, la octava de Candelaria con dicha santa imagen. (...) Y viendo la decencia del acto y la veneración con que se celebró dicha octava, juzgó sería conveniente que dicha santa imagen se trajese cada cinco años a esta iglesia parroquial de la Ciudad ..."

Ante las calamidades, los caminos de La Palma se llenaron de peregrinos que acudían al Santuario para pedir la intercesión de la Virgen. Entre los hechos relacionados con la langosta encontramos el acontecido el 16 de octubre de 1659, en que la plaga entró y "llenó toda la isla y comió la corteza de todos los árboles y destruyó todos los pastos, con que murió mucho ganado mayor y menor y muchas cabalgaduras, yeguas y jumentos y destruyó muchas sementeras y algunas volvieron a reventar y las que comió tres veces no volvieron".

Los cronistas atestiguan cómo se hicieron numerosos sufragios, procesiones y sermones. Se llevaron procesionalmente a la capital palmera las imágenes de Nuestra Señora de La Piedad y el apóstol San Andrés, a San Juan de Puntallana, al Santo Cristo del Planto y, finalmente, a Nuestra Señora de Las Nieves. "Fue nuestro Señor servido, por mediación de la Virgen, que no durase esta langosta más que hasta marzo de dho. año".

En el transcurso del tiempo se produjeron otras ocasiones significativas, siempre relacionadas con prodigios y milagros atribuidos a la Virgen, como bien reflejan los testimonios de los cronistas de la época, siendo de destacar la presencia excepcional de la Patrona, entre otras desdichas, en enero de 1768 por una epidemia catarral y en junio de 1852, por haberse librado del cólera morbo.

En relación con la epidemia de 1768, se acudió a Nuestra Señora de Las Nieves implorando el remedio de la enfermedad que diezmaba la población palmera. Pérez Morera recoge en su trabajo sobre la Bajada de 1765 una relación sobre la terrible enfermedad que asoló a la Isla. Del Libro de Acaecimientos, formado por el vicario Felipe Alfaro en 1767 y depositado en el Archivo Parroquial de El Salvador, extraemos el siguiente párrafo:

"Aviendose señalado por su merced el dia siete de marzo para el último tramo de la Procesión de allí llevar a Nuestra Señora a su propia Parroquia compuestos todos los caminos y aseandose todas las calles por donde debía transitar no se pudo conseguir hasta el día diez por las continuas lluvias que hubo en estos días (…) quedando todos los moradores desta ciudad e Ysla mui contentos y alegres por aver conseguido de dios mediante la intercesión de la Santísima Virgen María ubiesse cesado a sus primeros ruegos la cruel enfermedad que tantos estragos hasía y llovido con mansedumbre tanto que se puede decir se repitió en esta ysla el milagro que en tiempo del Señor San Gregorio aconteció en Roma …"

Otro suceso célebre fue el ocurrido el 6 de abril de 1750, fecha en la que la sagrada imagen se encontraba en el Convento de las Monjas Claras, hoy Hospital de Dolores, donde está entronizada "la preciosa imagen de la olvidada patrona" de la ciudad, Santa Águeda, como bien apunta José Guillermo Rodríguez Escudero. Previamente se había señalado este día para hacer las rogativas por el hambre y la falta de lluvias que se padecía en toda la Isla. Entonces comenzó a llover copiosamente y llegó a la bahía de la ciudad un barco cargado de trigo, con gran regocijo del pueblo palmero, que atribuyó todo esto a un milagro de Nuestra Señora.

El 7 de mayo de 1770 se había fijado el día para que la Virgen regresase a su templo de la montaña, después de la Bajada de aquel año. El día anterior había venido la imagen del patriarca San José desde su ermita capitalina hasta El Salvador para despedirse de la Patrona palmera.

Cuentan los cronistas de la época que la noche estaba muy serena con algunas señales de viento de levante, como lo demostraba un círculo o cerco que poseía la luna "y viento al Oeste, sin truenos, tempestad ni otra novedad que unos chubascos o lluvia muy quieta, después de medianoche". Lo sorprendente es que, amaneció toda la cumbre cubierta de nieve, "hasta el lomo que se llama de las Nieves, por estar a su falda la Iglesia de Nuestra Señora".

Este hecho sobrenatural, por haber ocurrido en tiempo tan avanzado de primavera, "y no haberlo visto los nacidos en unas circunstancias como las presentes de terror en que se hallaban las gentes sencillas, que oprimía los ánimos de todos, llenó de mayor consuelo los corazones, alabando las divinas piedades de la Madre de la Misericordia, que nos puso el signo de su benignidad a la vista para que no desfalleciesen, comprobó con esto el milagro de haber suspendido el castigo del fuego que nos amenazó consumir y asegurarnos con la nieve su protección, el día amaneció claro y despierto el sol, con singular gozo de las almas devotas".